Jueves 26 de mayo de 2022

Mons. Mestre dedicó el templo y consagró el altar de la parroquia de Pinamar

  • 25 de enero, 2022
  • Pinamar (Buenos Aires) (AICA)
El obispo de Mar del Plata presidió la dedicación del templo y consagración del altar de la parroquia Nuestra Señora de la Paz, en Pinamar, y animó a la reflexión en torno a "consagrar, pueblo y paz".
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El obispo de Mar del Plata, monseñor Gabriel Mestre, en una misa celebrada el 24 de enero, realizó la dedicación del templo y la consagración del altar de la parroquia Nuestra Señora de la Paz, en la ciudad de Pinamar.

La Eucaristía, que contó con la asistencia de miembro de la comunidad,  fue concelebrada por el párroco del lugar, presbítero Marcelo Panebianco, y sacerdotes de la diócesis.

En su homilía, el obispo destacó la alegría y el espíritu de fiesta de este momento especial para la parroquia. En ese sentido, felicitó y agradeció al padre Panebianco y a la comunidad de la que es párroco, “por el empeño y las energías puestas al servicio de la vivencia de la fe en la liturgia de la Iglesia”.

El prelado eligió tres palabras para meditar a la luz de las lecturas bíblicas y con el centro en la advocación de Nuestra Señora de la Paz: Consagrar, pueblo y paz.

En primer lugar, se refirió a “consagrar” a Dios y explicó que en este verbo, referido a la dedicación del templo “existe algo permanente y algo dinámico”. 

“Lo permanente queda definido por el ofrecimiento absoluto a Dios y al culto divino. Este edificio es para Dios y para la alabanza de su nombre, con este espíritu lo consagramos, lo dedicamos”. 

También, continuó, “descubrimos en este consagrar un sentido dinámico. Revisando la historia de las dedicaciones de los templos en la liturgia de la Iglesia, descubrimos la infinidad de formas, ritos y expresiones que se han ido dando a lo largo del tiempo. Algunas permanecen, otras se han suprimido, en otros casos se han asimilado y amalgamado”. 

“Consagramos este templo: en la firmeza y solidez de nuestro Señor que es el mismo ayer, hoy y siempre; y a la vez, en la dinámica y vivacidad de nuestra liturgia abierta en todo momento a la sensibilidad de cada tiempo y de cada cultura, nunca cerrada sino siempre reformándose al pulso de los nuevos tiempos”, aseguró.

En segundo lugar, se refirió a la centralidad del pueblo. En ese sentido, se refirió a la lectura del día, que plantea una evidente centralidad de la asamblea: “Ustedes son el edificio de Dios… ustedes son ese templo”, y destacó las ocho veces en que aparece la palabra “pueblo”.

“La centralidad de Dios en el día y el lugar consagrado, se hace presente para la asamblea, para el pueblo, para la comunidad. Es un pueblo consagrado y pecador que quiere interpretar y entender la Palabra de su Dios; un pueblo puesto de pie y que sigue con atención la lectura santa; un pueblo que escucha al ministro de Dios y responde “amén, amén” con fidelidad. Es un pueblo que está triste y que llora; un pueblo que se inclina y se postra delante de su Dios”.

Y afirmó: “Nosotros somos hoy este pueblo, con nuestra realidad y nuestra propia historia. Somos ese pueblo templo que da sentido al edificio templo que hoy consagramos. Consagramos la Iglesia a Dios, solo a Él le rendimos culto y homenaje eterno y permanente. Pero el templo es para el pueblo, porque el pueblo es templo de Dios”.

Finalmente, hizo hincapié en la paz “como fruto del culto nuevo”, y explicó:  “La dedicación que hoy hacemos lleva un título mariano que nos conecta con el misterio de Cristo que es nuestra paz”.

“El Evangelio nos revela el corazón pacífico de nuestra Madre que se abre al misterio de Dios y se trasforma en obediencia de esclava para cumplir la Palabra de paz de Dios en la historia”, destacó. 

La bienaventurada virgen María, como discípula de la paz, “rezando con los apóstoles, esperó la promesa del Padre, el Espíritu de la paz, de la unidad, del amor y de la alegría. La teología del prefacio es clara y contundente: María es discípula de la paz porque participa de Cristo, su Hijo, que es nuestra paz, el Rey pacífico y pacificador”.

“¡Cuánto necesitamos dejarnos tocar por la gracia de la paz de Cristo! ¡Cuánto para aprender de María, Nuestra Señora de la Paz! Hoy, al consagrar el templo con esta bella advocación, somos invitados a revisar nuestra vida y detectar aquellos rincones donde no reina la paz”, animó. 

“El resentimiento, el fracaso no digerido, las frustraciones no integradas, las ofensas recibidas y no perdonadas reclaman la fuerza de la paz de Cristo y la caricia de la paz de María. Para eso es necesario que nuestro culto madure y sea realmente un culto nuevo, un culto en espíritu y en verdad. Un culto que toque las fibras más íntimas de nuestra vida; un culto que se aleje de todo ritualismo superficial y farisaico, formalista y exterior. Así, y solo así, seremos, por la gracia de Dios, artesanos e instrumentos de la paz en un mundo dividido y agrietado”. 

“Pidamos a Dios el don de vivir realmente un culto nuevo que nos vincule de corazón a corazón con Cristo nuestra paz, y nos haga vibrar con la delicada intercesión de María, Nuestra Señora de la Paz”.+