Jueves 3 de abril de 2025

Mons. Azpiroz Costa destacó la importancia de la reconciliación y la medida del amor

  • 2 de abril, 2025
  • Bahía Blanca (Buenos Aires) (AICA)
El arzobispo de Bahía Blanca planteó que la reconciliación es el camino, y el amor de Dios, siempre inmenso y desbordante, es la única medida posible para caminar hacia la verdadera paz.
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En el IV Domingo de Cuaresma, conocido también como Domingo de Laetare, el arzobispo de Bahía Blanca, monseñor Fray Carlos Azpiroz Costa OP celebró la misa en la parroquia San Luis Gonzaga de esa ciudad bonaerense, donde reflexionó sobre la reconciliación y la medida del amor.

Este domingo, que invita a la alegría en medio del tiempo de penitencia, fue una oportunidad para reflexionar sobre las enseñanzas del Evangelio y el llamado a la conversión. Por eso, en su homilía, monseñor Azpiroz Costa destacó el color rosado, un signo litúrgico de esperanza que simboliza la cercanía de la luz al amanecer, la promesa de algo nuevo. "Este color nos recuerda que la tierra prometida está cerca, y aunque el camino para llegar a ella es arduo, no estamos solos en nuestra lucha", señaló.

Refiriéndose a las lecturas del día, invitó a los fieles a ver en ellas un llamado a la reconciliación, no solo con Dios, sino también con los demás. El arzobispo se adentró en la parábola del hijo pródigo, y destacó la figura del padre, quien, a pesar del desdén y la desobediencia de su hijo, siempre lo recibe con los brazos abiertos. "El padre no mide su amor. No hay condiciones para la reconciliación, no hay cálculo. El amor de Dios no tiene medida", afirmó el prelado.

A lo largo de la homilía, monseñor Azpiroz Costa invitó a reflexionar sobre la idea de "medir" el amor, que aparece repetidamente en las Escrituras. "Todo tiene un precio, nos dice el Evangelio. La parábola del hijo pródigo pone en evidencia cómo cada uno de nosotros tiene una medida de lo que considera es justo para sí mismo, pero ¿cuál es la medida de la felicidad? ¿Es posible medir el amor?", preguntó a los presentes.

El arzobispo explicó que, para el hijo menor, la medida de la felicidad era la independencia, el deseo de salir y buscar algo "más". Sin embargo, después de perderlo todo, se da cuenta de que la verdadera felicidad se encuentra en el amor incondicional del padre. "Cuando el hijo se da cuenta de que está perdido, decide regresar, pero no para ser tratado como un hijo, sino como uno de los servidores de su padre. Sin embargo, el padre lo recibe como hijo, lo viste, lo cubre con un manto de ternura, porque el verdadero amor de Dios no tiene medida", señaló.

A través de esta parábola, el prelado bahiense planteó una reflexión sobre las distintas formas de medir el amor y la felicidad en la propia vida. "A veces, nos comparamos con los demás, nos preguntamos si estamos recibiendo lo que nos corresponde, pero Dios no mide con esa vara. Él no nos da lo que nos corresponde, nos da lo que necesitamos: su gracia inmensa, que supera todas nuestras expectativas", explicó.

Monseñor Azpiroz Costa también hizo referencia a la famosa frase de San Pablo, "donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia", y destacó la importancia de reconocer esa gracia en nuestra vida cotidiana. En este sentido, invitó a la comunidad a estar atentos a los signos de la gracia de Dios que se nos revelan cada día. "La gracia de Dios se manifiesta en la luz que ilumina nuestra vida, en la música que llena nuestros corazones de alegría y en el perfume de la reconciliación, que es como un perfume que no se puede medir ni contar", subrayó.

La homilía se centró en la necesidad de comprender la reconciliación no solo como un acto de perdón, sino como un acto de amor que no se mide. "El padre no solo espera al hijo pródigo, sino que sale a su encuentro, así como Jesús salió al encuentro de los pecadores. Este es el modelo de la reconciliación: salir al encuentro del otro, no para juzgarlo, sino para acogerlo con amor", explicó el arzobispo.

Monseñor Azpiroz recordó la importancia de la conversión y destacó que no se trata de una conversión externa, sino interna, que comienza con el reconocimiento de nuestra propia medida del amor. "La conversión no es solo una cuestión de cumplir con normas, es un acto de abrir el corazón a la infinita misericordia de Dios, un Dios que siempre está dispuesto a recibirnos como hijos, independientemente de nuestras faltas", concluyó.+