Domingo 2 de octubre de 2022

"La contradicción, que el bien y la verdad oponen al mal y al error, reconstruye a la persona"

  • 12 de agosto, 2022
  • Corrientes (AICA)
El arzobispo emérito de Corrientes, Mons. Domingo Salvador Castagna, aseguró que "el mal será definitivamente vencido, y con él la muerte" y sostuvo que "esa 'contradicción' reconstruye a la persona".
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El arzobispo emérito de Corrientes, monseñor Domingo Salvador Castagna, recordó que “el mal será definitivamente vencido, y con él la muerte” y aseguró que “la contradicción, que el bien y la verdad oponen al mal y al error, reconstruye a la persona”.

“Jesús encarna esa contradicción; la ejecuta en cada uno de sus discípulos y con ellos en el mundo. Su acción no promueve la confusión entre el bien y el mal, y por lo mismo, no muestra el mal como si fuera el bien o impone el error como si fuera la verdad”, sostuvo en su sugerencia para la homilía dominical. 

“En el fragor del combate cotidiano se producen forcejeos, a veces muy violentos, que desbordan la justicia y la tolerancia”, advirtió, y agregó: “Los acercamientos ecuménicos favorecen, no precisamente a la confusión sino al entendimiento”.

El prelado señaló que “por ese sendero, regulado prudentemente por inteligentes interlocutores, se avanza hacia Cristo, como Verdad”.

“El mal y el error cierran toda vía de aproximación a la reconstrucción que pueblos, como el nuestro, necesitan para poner en perspectiva un futuro mejor que su presente”, indicó. 

Monseñor Castagna lamentó no ver “en nuestros confundidos candidatos políticos, capacidad de adoptar esa ‘vía de aproximación’”.

“No basta la habilidad en la esgrima parlamentaria, se necesita la honestidad de hombres y mujeres, como Esteban Bullrich, sobrellevando heroicamente su enfermedad: Esclerosis lateral amiotrófica o ELA”, destacó.

Texto de la sugerencia
1. Signo de contradicción. Las expresiones explosivas de Jesús, en este breve texto, nos recuerda la escena de la circuncisión: “Su padre y su madre estaban admirados de lo que oían decir de él. Simeón, después de bendecirlos, dijo a María, la madre: “Este niño será causa de caída y elevación para muchos en Israel; será signo de contradicción…”. (Lucas 2, 33-34) El signo de contradicción no significa la existencia de un poder destructivo sino discernitivo. Entre el bien y el mal no hay lugar para la reconciliación o la connivencia. Sin pretender escandalizar a nadie, Jesús utiliza fuertes e inequívocas expresiones: “¿Piensan ustedes que he venido a traer la paz a la tierra? No, les digo que he venido a traer la división, De ahora en adelante, cinco miembros de una familia estarán divididos…”. (Lucas 12, 51-52) Esa contradicción se da en el interior de cada persona, aún de las muy santas. San Pablo lo dice de sí mismo: “En efecto, el deseo de hacer el bien está a mi alcance, pero no el realizarlo. Y así, no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero. Pero cuando hago lo que no quiero, no soy yo quien lo hace, sino el pecado que reside en mí”. (Romanos 7, 17-20)

2. Esa “contradicción” reconstruye a la persona. El mal será definitivamente vencido, y con él la muerte. La contradicción, que el bien y la verdad oponen al mal y al error, reconstruye a la persona. Jesús encarna esa contradicción; la ejecuta en cada uno de sus discípulos y con ellos en el mundo. Su acción no promueve la confusión entre el bien y el mal, y por lo mismo, no muestra el mal como si fuera el bien o impone el error como si fuera la verdad. En el fragor del combate cotidiano se producen forcejeos, a veces muy violentos, que desbordan la justicia y la tolerancia. Los acercamientos ecuménicos favorecen, no precisamente a la confusión sino al entendimiento. Por ese sendero, regulado prudentemente por inteligentes interlocutores, se avanza hacia Cristo, como Verdad. El mal y el error cierran toda vía de aproximación a la reconstrucción que pueblos, como el nuestro, necesitan para poner en perspectiva un futuro mejor que su presente. No vemos, en nuestros confundidos candidatos políticos, capacidad de adoptar esa “vía de aproximación”. No basta la habilidad en la esgrima parlamentaria, se necesita la honestidad de hombres y mujeres, como Esteban Bullrich, sobrellevando heroicamente su enfermedad: “Esclerosis lateral amiotrófica” o ELA. 

3. Un combate inacabado. Cristo viene a librar la guerra del bien contra el mal, de la gracia contra el pecado. La profecía de Simeón se cumple con exactitud y se extiende hasta el fin de los tiempos. Al modo de Jesús, y representándolo, la Iglesia debe hacer efectivo ese combate inacabado. Lo hace a través del ministerio de la Palabra y de los Sacramentos. También lo padece en la cruz cotidiana de la persecución y del martirio. El testimonio de Cristo Resucitado sigue siendo necesario para un mundo que bordea todos los abismos del error y del pecado. No decimos “más que nunca” sino “sigue siendo necesario”. La humanidad está hoy tironeada entre el pecado y la gracia divina, entre la mentira y la verdad, entre la mediocridad y la santidad. Gran desafío para quienes saben escuchar la Palabra de Dios y se disponen a testimoniarla para sus hermanos confundidos. El Universo creado nos conduce, en sus diversos ciclos de nacimiento y de muerte, al reconocimiento de la presencia viva de Dios. En Él hallamos el sentido de nuestra vida creada y redimida.

4. Cristo, el Dios desconocido. Antes de catequizar -algunos objetan a la catequesis como inapropiado adoctrinamiento- será preciso despertar el hambre de Dios, que todo ser humano experimenta consciente o inconscientemente. Cumplida esa instancia, en un lenguaje accesible a todos, podemos presentar el testimonio cristiano. San Pablo, en una memorable escena de su ministerio apostólico, lo expresa con claridad: “Atenienses, veo que ustedes son, desde todo punto de vista, los más religiosos de todos los hombres. En efecto, mientras me paseaba mirando los monumentos sagrados que ustedes tienen, encontré entre otras cosas un altar con esta inscripción: “Al dios desconocido” Ahora, yo vengo a anunciarles eso que ustedes adoran sin conocer”. (Hechos 17, 22-23) Nuestros coetáneos adoran al Dios desconocido, incluso negándolo. Lo hacen de diversas maneras, con otros nombres o sin nombres.+