Jueves 26 de mayo de 2022

A 30 años del primer Milagro Eucarístico, Jesús nos pide volver a ser el centro de nuestra fe

  • 7 de mayo, 2022
  • Buenos Aires (AICA)
En diálogo con AICA, el presbítero Eduardo Pérez Dal Lago, uno de los primeros testigos del Milagro Eucarístico ocurrido en Buenos Aires en 1992, recordó ese momento de enorme gracia.
Doná a AICA.org

Al cumplirse este 8 de mayo 30 años del primer Signo Eucarístico acontecido en la parroquia Santa María, de la arquidiócesis de Buenos Aires, el presbítero Eduardo Pérez Dal Lago compartió con AICA su vívido recuerdo de aquel momento de gracia, las repercusiones que tuvo en su vida y ministerio, y también en la historia de la parroquia.

El sacerdote se refirió también al claro mensaje que este acontecimiento extraordinario trajo consigo: el mensaje de un Cristo vivo y herido, que busca incansablemente nuestra respuesta, que busca volver a ser el centro de nuestra fe.

-Se cumplen 30 años de aquel 8 de mayo cuando Jesús se manifestó de forma especial, en aquellas hostias que se transformaron en carne y sangre. ¿Cuáles fueron las primeras reacciones de los miembros de la comunidad al encontrarse con lo que podría ser un Milagro Eucarístico?
-Los primeros testigos del milagro eucarístico de 1992 fueron el párroco de Santa María, Juan Salvador Carlomagno, después él nos lo comunicó a mí y al diácono, que era Marcelo Tomaino, y después vino Eduardo Graham, que era sacerdote. Al principio los únicos que supimos eso fuimos nosotros cuatro, y se lo comunicamos a monseñor (Eduardo) Mirás, que era el vicario general de la arquidiócesis de Buenos Aires, y a una médica –a pedido de monseñor Mirás que se llama Isabel Botto.

Y la primera reacción fue creer, es decir: era una evidencia para nosotros, porque nosotros habíamos puesto esas hostias en agua para que se diluyeran el 1° de mayo, y las habíamos visto por una semana. Por eso estábamos muy conscientes de que eran dos pedacitos de hostia que habíamos encontrado al pie del sagrario, que se habían puesto en agua y se habían guardado esperando que se diluyeran.

Fue el 8 de mayo, Día de la Virgen de Luján, en la misa de 10, que se transformaron en algo que parecía carne y sangre, lo que inmediatamente la médica confirmó, aunque todavía no podía determinar si eran carne y sangre humana, o no. Inmediatamente creímos, rezamos y lo cuidamos, cuidamos el secreto y lo comunicamos a la autoridad. En ese sentido, el padre Carlomagno -que murió hace dos años de Covid- fue ejemplar, porque él verdaderamente fue la cabeza de esto.

No sólo por ser párroco, por su edad y su temperamento, sino que también siempre nos enseñó a vivirlo de una manera muy sobrenatural, muy en oración y pensando cuál sería la voluntad de Dios, y también muy eclesial, inmediatamente sometiéndose al juicio de la Iglesia.

-En lo personal, ¿Qué sensaciones le provocó este acontecimiento? ¿Qué mensaje pudo encontrar en esa gracia especial, en ese momento de su vida y su ministerio?
-Con respecto a mí, yo estaba recién ordenado, hacía menos de un año, así que fue algo que marcó mucho el inicio de mi vida pastoral. Yo siempre creí en la presencia de Jesús vivo en la Eucaristía, pero lo que entendí era que Él me mostraba que estaba vivo y que estaba herido en la Eucaristía, y que mi vida tenía que ser una vida eucarística: que lo principal iba a ser la celebración de la misa, que tenía que dedicar tiempo a la Adoración Eucarística, y que en la pastoral yo tenía que llevar a los demás a la Eucaristía. 

En mi vida eso me sacó mucho protagonismo, porque en realidad, lo importante es que Él está vivo, que Él habla, que Él cura, que Él sana, que Él alimenta y que yo soy un canal para que se realice esa gracia, para traer la Eucaristía a determinada persona, y que después se arregle Él con la persona. 

Entonces, eso me hizo dar un paso al costado para que Él fuera el real protagonista, y eso se mantuvo durante toda mi vida, esa sensación de que en realidad, lo más importante que yo tengo que hacer es rezar delante de la Eucaristía, donde está Jesús, para contarle las cosas que llevo en el corazón y las cosas que le pasan a mi rebaño, y por otra parte celebrar la misa y recomendar la adoración eucarística.

-¿En qué medida piensa que repercutió la noticia en la comunidad parroquial y en la Iglesia arquidiocesana de Buenos Aires aquel primer Signo en 1992?
-Pienso que la repercusión fue poca, debido a que durante ocho años nosotros no pudimos hablar abiertamente de esto, porque empezó un largo proceso de investigación, hasta que en 1999 fue estudiado en Estados Unidos. 

El diagnóstico fue que se trataba de carne y sangre del miocardio, y que ese miocardio estaba vivo y estaba herido, y en ese momento fue cuando el cardenal Bergoglio permitió la adoración de esto que él llamó Signo Eucarístico, esperando que después la repercusión en la vida de la Iglesia lo permitiera llamar milagro eucarístico. Esto iba a depender de si había oración, conversiones, vocaciones, si crecía la adoración eucarística, por ejemplo.

Es decir que durante un tiempo fue muy silencioso, porque nadie lo conocía y aún después del año 2000, cuando vino el cardenal Bergoglio porque se cumplían los ocho años del milagro eucarístico, tampoco hubo una avalancha de personas, tampoco él trató esto abiertamente, sino que siempre se mantuvo muy ‘de tú a tú’, con una comunicación muy serena. Si uno pregunta, la mayoría de la gente no conoce el milagro eucarístico de Buenos Aires y no sabe que está aprobado por el entonces cardenal Bergoglio.

-Durante estos 30 años, la parroquia Santa María estuvo indudablemente marcada por este Signo. ¿Cómo  fue el camino transitado por la comunidad parroquial desde este enorme testimonio de la presencia de Cristo Vivo, hasta hoy?
-La parroquia vivió un tiempo de purificación. Juan Carlomagno dejó de ser el párroco y llegó Luis María Rodríguez Melgarejo, que tuvo un ACV, y durante dos años no pudo hablar; Marcelo Tomaino tuvo dos veces tuberculosis y finalmente murió; fue un tiempo de purificación para todos, también en otros miembros hubo otras purificaciones. Pero la parroquia tuvo muy buena comunicación del signo eucarístico, a través del único de los cuatro que quedó en la parroquia, que fue Eduardo Graham, y llevó esto adelante, comunicándolo muy bien a la comunidad parroquial: hicieron una capilla de adoración, siempre la catequesis se centró en la Eucaristía, se hicieron dos veces por mes unas catequesis acerca del Milagro Eucarístico en forma muy testimonial.

Yo he ido varias veces y he aconsejado que fueran muchas personas, y la parroquia creció en adoración, en la centralidad de esta Eucaristía, y lo hizo de manera muy serena, no convirtiéndose en un santuario, en un lugar de peregrinación, sino más bien en un lugar silencioso de encuentro con Dios.

-Hoy, a 30 años de aquel acontecimiento, la presencia de Cristo y su mensaje se renueva en la celebración de este aniversario. ¿Cuál piensa que es ese mensaje para la sociedad actual?
-Nosotros lo pensamos mucho en aquel momento, porque el cardenal (Antonio) Quarracino nos preguntaba: ¿Cuál es el mensaje que nos da Jesús?  

Al no haber una alocución al lado de este milagro para poder interpretarlo, entonces nosotros rezamos mucho, los cuatro, pidiéndole a Dios luces acerca de qué quería decirnos. Y la respuesta que nosotros teníamos era que Jesús quería decirnos que estaba, y que estaba vivo. 

Después, cuando vino el resultado de los análisis y resultó que no solamente estaba vivo, sino que eso era su corazón, porque era tejido del miocardio, y que además estaba herido, creo que le agregó algo más sentimental, por así decir: Jesús nos mostraba no sólo que estaba vivo, sino que su corazón estaba vivo y herido, como queriendo una respuesta más afectiva de parte nuestra, no sólo de la reverencia de nuestra fe en aceptar que Jesús está vivo y presente en la Eucaristía, sino que quería amistad, quería atención, quería amor, quería reparación, porque una herida hay que repararla.

Ese es el mensaje que nos dice hoy: que lo volvamos a mirar, que lo volvamos a tener presente, que sea el centro de nuestra fe, que sea el centro de nuestra esperanza, que pongamos realmente nuestra esperanza en que Él está vivo, y no confiemos en otras cosas, que no pongamos nuestro corazón en otras cosas. Creo que esa es la actualidad de este mensaje.+