Jueves 13 de mayo de 2021

Vida consagrada: una luz sobre el vínculo entre lo divino y lo humano

  • 25 de marzo, 2021
  • Ciudad del Vaticano (AICA)
El cardenal João Braz de Aviz escribe a los consagrados a 25 años de la exhortación apostólica "Vitae consecrata" de San Juan Pablo II.
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El cardenal Joao Braz de Aviz, prefecto de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, escribe a los religiosos en una carta conmemorativa del 25 aniversario de la exhortación apostólica “Vita consecrata” de San Juan Pablo II pidiéndoles ser “testigos de la belleza”, despertando en otros la atracción por lo bello y verdadero, ante todo el rostro de Dios.

El texto, publicado el 25 de marzo de 1996 como resultado de la reflexión de la IX asamblea del Sínodo de los Obispos en octubre de 1994, fue publicado “en tiempos de gran incertidumbre, en una sociedad líquida, con identidades confusas y afiliaciones débiles” y estableció con sorprendente certeza: “la identidad de la vida consagrada”.

Una identidad que se fundamenta en la relación con la Trinidad, porque es un “icono de Cristo transfigurado”, que “revela la gloria y el rostro del Padre en el resplandor luminoso del Espíritu”. Una forma original de entender la vida consagrada que integra “lo divino y lo humano, intuyendo ese vínculo misterioso y luminoso entre ascenso y descenso, entre altura trascendente e inmersión “kenótica” en las periferias de lo humano, entre belleza sublime para contemplar y pobreza dolorosa para servir”.

En relación con la Iglesia y el mundo
Las implicancias de esta relación: una salvación que pasa por la vida de quien se hace cargo del otro, un testimonio de una fraternidad que vive lo que anuncia y disfruta, una santidad no de perfectos solitarios, sino de pobres pecadores y una consagración que no se opone a los valores del mundo y a la sed universal de felicidad, quiere decir que “hoy la vida consagrada se siente 'más pobre' de lo que fue, pero vive -por gracia- mucho más la relación con la Iglesia y el mundo, con los que creen y los que no creen, con los que sufren y están solos “.

En particular, esto es cierto cuando la exhortación apostólica aborda el tema de la formación a través de una relación “que alcanza un contacto tan intenso y profundo como para redescubrir en uno mismo la sensibilidad del Hijo, a su vez imagen y encarnación de la sensibilidad del Padre”.

“Dios sensible, que escucha el gemido de los oprimidos, escucha la súplica de la viuda, y sufre con el hombre y por el hombre”, escribe el prefecto.

“Queremos creer que la vida consagrada, con sus múltiples carismas, es exactamente la expresión de esta sensibilidad”, prosigue la carta, y “que cada instituto enfatiza un sentimiento divino particular con su propio carisma”.

Una formación “que se prolonga en el tiempo, para toda la vida”, entendida como un proceso “para ser entendido y más para ser instrumentado hoy” que lleva a “experimentar las mismas sensaciones, emociones, sentimientos, afectos, deseos, gustos, criterios electivos, sueños, expectativas, pasiones del Hijo-Siervo-Cordero”.

El encanto de la belleza
La persona consagrada está “llamada a ser testigo de la belleza”. Si Dios es bello y el Señor Jesús “es el más bello entre los hijos del hombre”, escribe el cardenal Braz de Aviz, “entonces estar consagrado a él es bello”.

Una “via pulchritudinis”, que “parece la única forma de llegar a la verdad, o de hacerla creíble y atractiva”.

Bello debe ser “el testimonio y la palabra ofrecida, porque bello es el rostro que anunciamos”, y “la fraternidad y el ambiente que se respira” debe ser bello. Hermoso debe ser “el templo y la liturgia, a la que todos están invitados, porque es hermoso rezar y cantar las alabanzas del Altísimo y dejarse leer por su palabra”, “nuestro ser virgen para amar con su corazón, nuestro ser pobre para decir que él es el único tesoro, nuestro obedecer su voluntad de salvación y también entre nosotros buscarlo solo a él”.

Bello es “tener un corazón libre para acoger el dolor de quien sufre para expresarle la compasión del Eterno” y “hasta el ambiente debe ser bello, en sencillez y sobriedad creadora”, “para que todo en la casa permita la presencia y centralidad de Dios”. +