Lunes 20 de mayo de 2024

Mons. Urbanc en la Jornada del Enfermo: Jesús nos invita a ser samaritanos

  • 10 de febrero, 2023
  • San Fernando del Valle de Catamarca (AICA)
El presidente de Comisión Episcopal de Pastoral de la Salud anima a buscar nuevos caminos para avanzar juntos en el cuidado de los más frágiles, convencidos de que toda vida vale y que hay que amarla
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Con ocasión de la XXXI Jornada Mundial del Enfermo que se celebra el 11 de febrero, fiesta de Nuestra Señora de Lourdes, AICA consultó al obispo de Catamarca y presidente de la Comisión Episcopal de Pastoral de la Salud, monseñor Luis Urbanc, quien reflexionó acerca del mensaje del papa Francisco para la ocasión, que lleva por título “Cuida de él”.

– En su mensaje por la Jornada Mundial del Enfermo 2023 Francisco nos dice que la enfermedad forma parte de nuestra experiencia humana. En un mundo que cada vez parece más deshumanizado, y en el que “no hay lugar para la fragilidad”, ¿qué mensaje nos daría como presidente de la Comisión Episcopal de Pastoral de la Salud para afrontar el sufrimiento y cómo abordarlo como católicos? 
– Es un hecho que vivimos en un mundo donde el ‘otro’ no está en el centro, sino ‘el propio yo’. Impera el egoísmo individualista y utilitarista en el marco de un sistema económico que propicia el consumo ilimitado, donde el placer, la comodidad y el propio interés están en el centro. De allí que todo lo que implique sacrificio, renuncia y servicio es desechado como la peor desgracia. Por ende, “no hay lugar para la fragilidad”, para ocuparse del enfermo, del anciano, del abandonado, del descartado, puesto que molestan, dificultan y distraen del disfrute que día a día se aspira tener, dando lugar a las satisfacciones inmediatas.

Pensar en el otro y atender a sus necesidades implica posponer, priorizar, invertir tiempo y recursos pero, sobre todo, posponerse a uno mismo, poniendo en el centro al que necesita de tu amor, de tu solicitud, de tu tiempo, de tus capacidades, de tu ternura, de tu atención.

El sufrimiento sólo se entiende y es aceptado como elemento humanizador a la luz del Misterio de la Pasión Muerte y Resurrección de Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre. Un católico no puede prescindir de esta mirada teológica del dolor humano, si pretende lograr una conversión personal ante el dolor propio y del prójimo, logrando así incorporar de un modo positivo y edificante la realidad inexorable del sufrimiento en su propia vida personal y social.

Por tanto, el Papa nos invita no sólo a rezar por los enfermos y a estar cerca de los que sufren, sino también a sensibilizar al Pueblo de Dios, a las instituciones y a toda la sociedad a buscar nuevos caminos para avanzar juntos en el cuidado de los más frágiles, convencidos de que toda vida vale y que hay que amarla y protegerla como viene.

 Teniendo en cuenta las diferentes formas graves de sufrimiento que atraviesan las personas enfermas, ¿cuáles son las principales dificultades que tiene que afrontar la Iglesia, y sobre todo la Pastoral de la Salud, para poder llevar a cabo su misión?
– En primer lugar, el desconocimiento de lo que significa estar enfermo a la luz de la fe y, por consiguiente, el rechazo absoluto de esta realidad que es inherente a nuestra condición creatural. El Señor Jesús vino, asumiendo toda la fragilidad humana, a traer luz sobre este misterio que afecta a toda la especie humana. Hay necesidad de catequizar a los fieles cristianos en esta realidad tan nuestra mientras peregrinamos por esta tierra hacia la morada eterna.

En segundo lugar, la falta de voluntarios para dedicarse con propiedad, sabiduría y amor a estar al lado del que sufre, cualquiera sea su condición; a la vez, para saber involucrar a oros en la tarea, en especial a los mismos familiares de los enfermos, a los agentes de salud y a ayudar al mismo enfermo a amigarse con su situación y a obtener una mirada de fe sobre lo que le toca vivir.

En tercer lugar, la cultura hedonista y de descarte en la que nos encontramos inmersos, que cierra las puertas a toda reflexión que la contradiga, más aún, que obra con animosidad contra todo lo que implique sacrificio, renuncia y atención con los más débiles e improductivos de la sociedad.

Por último, la falta de escucha y, por ende, de interés ante el clamor de tantos hermanos y hermanas que sufren en su cuerpo y espíritu, por parte de las instituciones civiles y eclesiales, privadas y estatales.

Carecemos de políticas públicas eficaces para atender a cada situación de personas que están sufriendo. Sólo se llega a algunos con pobres recursos materiales, tecnológicos y humanos. Hay mucho por hacer, sobre todo, motivando a la participación de todos en la toma de conciencia de la deuda que nos tenemos los unos con los otros. Y que en esto no podemos dilatar los tiempos, ni escatimar los recursos.

 ¿Qué opina de la tentación actual de optar por una solución fácil ante el sufrimiento y la enfermedad, como es el camino de la eutanasia o el suicidio asistido?
– De lo dicho anteriormente se desprende que, si carecemos de una mirada superadora del sentido de la vida humana, el atajo, ante el dolor prolongado o insuperable, es la eutanasia o el suicidio asistido. Es la salida que propone la reflexión carente de amor y de valoración de lo que el ser humano es y significa en el corazón de la creación. Es la falacia que propone el discurso de la autocompasión o de la compasión por el otro; que en el fondo no es otra cosa que huida y mezquindad con la vida.

 El Papa eligió la parábola del buen samaritano como eje de su reflexión. ¿Qué iniciativas se pueden hacer siguiendo el ejemplo evangélico para no dejar que se erija una sociedad de exclusión sino que prevalezca el bien común?
– Siguiendo el ejemplo de la parábola, todos tenemos cada día la oportunidad de ayudar a alguien. Jesús nos invita, como al doctor de la Ley, a imitar al buen samaritano: “Ve, y haz tú lo mismo”.

Comencemos por casa. Vayamos a un centro de salud. Entremos a un geriátrico. Sumémonos al voluntariado de la pastoral de la salud. Recemos todos los días por los enfermos y los que los cuidan. Asumamos la propia enfermedad o sufrimiento con espíritu de fe, con paciencia esperanzada y con fervor misionero, dando testimonio de que el otro importa más que uno mismo, a ejemplo de Jesús, el ‘samaritano’ por excelencia y el modelo del que sabe sufrir y transformar el dolor en oportunidad salvífica por su inquebrantable comunión con Dios, su Padre.

 La Jornada Mundial del Enfermo no sólo invita a la oración y a la cercanía con los que sufren. También tiene como objetivo sensibilizar al pueblo de Dios, a las instituciones sanitarias y a la sociedad civil sobre una nueva forma de avanzar juntos. ¿Cómo podemos aprender a caminar juntos según el estilo de Dios? 
– Ya que estamos haciendo el camino sinodal, miremos más a Jesús que nos mostrará en cada circunstancia a estar al lado de los demás: enfermos, ancianos, moribundos, abandonados, y al lado de Dios. Jesús se compadecía de los enfermos, se acercaba a ellos, permitía que se le acerquen, que lo toquen, que le pidan, interpretaba sus necesidades y deseos obrando sin preámbulos para ayudarlos. Él cargó con nuestras miserias y dolores; no se avergonzó de ser uno de nosotros; nos hizo sus hermanos. Él intercede constantemente por cada ser humano ante el Padre celestial. Él nos ha dado su Madre para que nos cuide y sea nuestra Madre.

 ¿Qué mensaje le daría a las personas que transitan el sufrimiento de una enfermedad? 
– A los hermanos enfermos los animo a mirar a Jesús que vino a ocuparse de nosotros, a acompañarnos, a consolarnos y a darnos esperanza. Vean la enfermedad como una oportunidad para aprender, para reconocer que somos frágiles, que no lo podemos todo, que necesitamos de los demás, que nos ayuda para cultivar la paciencia y a ser agradecidos, que nos permite asociarnos a los sufrimientos salvíficos de Jesús, como decía san Pablo: “cumplo en mí lo que falta a los sufrimientos de Jesucristo” (Col 1,24).

Tengan la certeza que no son inútiles, ni permitan que los traten como tales. Por el contrario, estén convencidos que uniendo sus dolores a los de Jesucristo cooperan con la salvación del mundo y al conocimiento de Jesús por parte de tantos que no lo conocen, ni lo aman. Permiten que sus seres queridos hagan una obra de misericordia, que les será tenida en cuenta a la hora del juicio final. Estén convencidos que el don precioso de la vida que Dios nos ha dado tenemos que cuidarlo y agradecerlo puesto que no todo termina con la muerte, sino que se perpetúa más allá de ella.

Recuerden siempre, sobre todo cuando los invada el dolor, la soledad o la incomprensión, las palabras de san Pablo: “Si nosotros hemos puesto nuestra esperanza en Cristo solamente para esta vida, seríamos los hombres más dignos de lástima. Pero no, Cristo resucitó de entre los muertos, el primero de todos” (1Cor 15,19-20). Sí, querido hermano, querida hermana, tanto para ti, como para mí, cuando estamos enfermos, la única luz, el único consuelo, la única fuerza la tenemos en Cristo Resucitado. Él es nuestra Esperanza y nuestra Alegría sin fin.+