Jueves 30 de junio de 2022

Mons. Buenanueva compartió con los fieles "algunos senderos de oración"

  • 17 de junio, 2022
  • San Francisco (Córdoba) (AICA)
Al finalizar el tiempo pascual, el obispo de San Francisco, monseñor Sergio Osvaldo Buenanueva, compartió con los fieles su tercera carta.
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El obispo de San Francisco, monseñor Sergio Osvaldo Buenanueva, compartió con los fieles su tercera carta pascual, titulada “El Espíritu del Hijo clama en nosotros: ¡Abba! ¡Padre!”.

En el marco de la solemnidad de la Santísima Trinidad, el prelado se dirigió a los fieles el 12 de junio, con la propuesta de “algunos senderos de oración” para transitar cada día, inspirados tanto en la enseñanza de la Iglesia como en su experiencia personal, detalló.

“Yo, como ustedes, soy un peregrino de la fe. Busco el Rostro de Dios, iluminada mi noche por la sed de la fe. Y eso es caminar la oración”, reconoció el obispo.

En primer lugar, bajo el subtítulo “Silencio y soledad, tiempo y recogimiento”, el prelado destacó que orar es tratar a Dios como amigo. “La oración es amor hecho tiempo, trato frecuente, silencio que ama y se deja amar. Requiere silencio, soledad, tiempo prolongado y recogimiento”.

En ese sentido, afirmó que “el silencio exterior es expresión del silencio interior, el más importante y difícil. Y lo es para todos. La soledad no es encierro sobre sí mismo. Expresa que la oración (como la fe) es un encuentro de personas que se buscan, se aman y se comprometen. Orar es tratar de ‘vos’ a Jesús. Y dejarse tratar así por Él. La figura del amigo le da la mano ahora a la del enamorado”, detalló.

La oración, enumeró, requiere tiempos generosos; recogimiento -poner a Cristo en el centro-, que a su vez requiere que estemos en paz; cuidar la posición corporal, que expresa nuestro interior. En este punto, ejemplificó: Se puede orar sentado, de rodillas, postrado, con las palmas de las manos hacia arriba, con las manos juntas (entrelazando los dedos o con los dedos hacia arriba), con los ojos cerrados, en cuclillas, de pie, con las manos en alto. O alternando esos gestos según sea el momento de la oración. 

La palabra recogimiento, aclaró, “indica que, al entrar en la oración, vamos paulatinamente recogiendo todas nuestras potencias (sentidos, cuerpo, facultades) centrándolas en Cristo. Por ejemplo, invocamos al Espíritu Santo al ritmo de nuestra respiración, para calmar lentamente el corazón, la mente y nuestra persona”.

Para ayudarnos a orar, aconsejó la lectura de un pasaje de la Biblia o recitar alguna oración querida, como también leer un libro espiritual, mirar un ícono inspirador, o el santo rosario.

También consideró muy importante el ambiente que nos rodea. “Es costumbre tener un ‘altarcito’ con la Biblia, una imagen sagrada, un cirio, el Rosario. La belleza y armonía son importantes para el recogimiento. Dios es Belleza”, señaló.

Otra de las claves que compartió monseñor Buenanueva es la de ponerse en la Presencia del Señor y dejarse mirar por Él. “A diferencia de los métodos orientales que son impersonales, la experiencia cristiana no consiste en quedarnos vacíos ante la nada. Es serenar el corazón para entrar en comunión con el Señor. Así crecemos en nuestra identidad personal. La oración es encuentro de personas libres”.

En segundo lugar, el obispo se detuvo en el sendero de la Lectio divina, “un sendero precioso e imprescindible de oración”.

"La 'lectura orante' de las Escrituras o, la 'lectura de Dios' -afirmó- es la oración del pueblo de Israel que ha pasado a la tradición cristiana. La oración es nuestra respuesta a Dios que nos habla. Como enseñaba san Agustín: escuchamos a Dios cuando leemos las Escrituras; le respondemos cuando oramos”.

Al respecto, detalló: “Se trata de algo más que leer un texto y entenderlo. La lectura cotidiana de las Escrituras -enseñaba san Gregorio Magno- persigue una finalidad exquisita: aprender a sentir el corazón de Dios en la lectura asidua de su Palabra”.

Al entrar en la lectio, añadió, “pedimos el Don del Espíritu Santo. Solo si estamos llenos del Espíritu -como María- podremos beber de Cristo, como dice San Efrén”. 

Seguidamente, detalló los tres momentos fundamentales de la lectio divina: lectio, meditatio y contemplatio (lectura, meditación y contemplación).

En primer lugar, explicó la lectio (busco leyendo): “La lectio debe tener un tiempo fijo para leer un texto fijo, no al azar, improvisando o por casualidad. También aquí el recogimiento es importante”, y agregó: “Orar supone este acto de confianza”.

“Cuando vamos a la lectio también tenemos que estar dispuestos a leer un texto oscuro, exigente, extraño. Hay que leer el texto tal como está escrito. Puede ser que la respuesta más adecuada sea un silencio aparentemente sin sentido. Nuevamente resuena el consejo más importante a todo aprendiz de orante: perseverar… En la oración, no hay otro secreto”, consideró.

“Cuando hago la lectio tengo que llegar al texto, despreocupado de la eficacia espiritual o pastoral de esa lectura: preparar una charla, por ejemplo. La lectio divina es un encuentro gratuito con Dios en su Palabra. Esta ‘gratuidad’ en la lectura es una actitud clave, pero también ardua y difícil”, reconoció.

Finalmente, aclaró que si la meta es comprender las Escrituras para escuchar la Voz de Dios, no podemos dejar de lado una adecuada formación bíblica. 

El obispo explicó luego el momento de meditatio (encuentro meditando): “Si con este espíritu caminamos la lectio, casi sin darnos cuenta, entraremos en la meditatio. Aquí la imagen es la rumia. Meditar significa ‘rumiar’ una palabra, un versículo, un pasaje de la Escritura. ¿Qué es ‘rumiar’ un texto bíblico? No es hacer reflexiones, hilando ideas, imágenes, pensamientos. Eso se puede hacer en otro momento, como fruto de la lectio divina. Rumiar es detenerse en la palabra o versículo que ha tocado nuestro corazón cuando hemos leído y releído el texto. Quedarnos ahí, repetirlo y memorizarlo. Es como sacarle el jugo a la Palabra de Dios, que es inagotable, siempre sabrosa y sorprendente”, puntualizó. “Repetimos para memorizar, memorizamos para asimilar y, de esa manera, hacer pasar por el corazón la Palabra que hemos escuchado”, agregó.

Finalmente, en cuanto a la contemplatio (llamo orando y contemplando recibo), expresó: “Si la lectio nos lleva a la meditatio, esta, normalmente desemboca en la contemplatio. Es la etapa más difícil de definir, aunque se puede describir un poco. La contemplación es el fruto maduro de la lectio. Oramos desde que tomamos la Biblia en las manos. En la contemplatio, sin embargo, la oración llega a su momento pleno”.

“La contemplatio es para todos los bautizados, no para algunos elegidos. En el bautismo, el Espíritu nos da a todos la gracia de la oración contemplativa. Algunos alcanzan alturas especialmente extraordinarias. No las han buscado ni es lo más importante en su vida de fe. A la mayoría de nosotros, la contemplación se nos da de forma ordinaria, fatigosa y fugaz”, admitió. 

“Unos y otros, sin embargo, contemplamos al mismo Dios, en la oscuridad de la fe y no en la plena visión del cielo. Pero esa contemplación bienaventurada comienza ya en la tierra, por la gracia y la fe”.

“En la lectio recibimos de Dios su Palabra; en la contemplatio, la Palabra nos hace ir hacia Dios. La contemplación es fruto de la lectio. Suscita en nosotros el quedarnos mirando a Dios (a Cristo y sus misterios, a María, a la Trinidad…) con una fe viva y esperanzada, iluminada por el fuego ardiente de la caridad derramada en nuestros corazones por el Espíritu Santo”, expuso.

La liturgia de la Iglesia, ejemplificó el obispo, es una gran maestra de contemplación. “La misa del domingo, por ejemplo, es el modelo de lo que tenemos que vivir en la oración personal: reunirnos, invocar al Espíritu, elevar el corazón, cantar, dirigir la mirada al Señor, unirnos a Él. Los salmos son escuela de contemplación, porque ponen en nuestros labios y en nuestro corazón, las palabras que Dios mismo ha inspirado para que hablemos con Él. ¿Rezás con los salmos? Jesús, María y José, como todos los grandes orantes, han aprendido a orar con ellos”, destacó.

“En la contemplación, más que hacer nosotros algo, es la Trinidad la que ilumina su Rostro sobre nosotros. Contemplar es dejarnos mirar por el Dios amor, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Y entrar en su dinamismo de amor. Hacia esa experiencia bienaventurada nos lleva el Espíritu cuando viene en ayuda de nuestra oración pobre, frágil y sedienta”, sostuvo.

Finalmente, monseñor Buenanueva dejó a los fieles una invitación: “Entregate a la aventura de la oración con toda tu alma y corazón, con paciencia y perseverancia. Con mucho amor. Dios te está buscando y te espera en el silencio. Quiere darte todo. Quiere darse a Sí mismo a vos, como Padre, Hijo y Espíritu Santo. Es el Espíritu el que, en nosotros, ora, suplica y alaba. El Padre escucha el grito del Espíritu de su Hijo en nosotros. Dejate entonces llevar”, concluyó.+

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