Jueves 6 de mayo de 2021

Mons. Buenanueva: "La promesa de Dios es darnos su propia alegría y felicidad"

  • 4 de noviembre, 2020
  • San Francisco (Córdoba) (AICA)
En su reflexión semanal, el obispo de San Francisco, monseñor Sergio Osvaldo Buenanueva, se refirió a las solemnidades de Todos los Santos y los Fieles Difuntos.
Doná a AICA.org

El obispo de San Francisco, monseñor Sergio Osvaldo Buenanueva, dedicó su columna semanal en el periódico “La Voz de San Justo”, a reflexionar sobre dos fechas del calendario litúrgico que se suceden cada noviembre: “Todos los Santos” (1º de noviembre) y los “Fieles Difuntos” (2 de noviembre). “Me gusta verlas como una sola fiesta en dos jornadas de fe, oración y esperanza”, reconoció.

Al comienzo de su reflexión, recordó la cita del Evangelio de Juan: “No se inquieten. Crean en Dios y crean también en mí. En la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera así, se lo habría dicho a ustedes. Yo voy a prepararles un lugar. Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes”.

Las palabras de Jesús que abren esta columna, consideró el obispo, “pueden ayudarnos a contemplar esta unidad” entre las dos fechas. “Dichas durante la última cena, son palabras de despedida, a la vez que testamento espiritual. Son, sobre todo, su más grande y bella promesa que contiene el Evangelio: estar con Él, allí donde Él esté”.

“La liturgia de este domingo 1º de noviembre lo indica con otra preciosa palabra bíblica: ‘bienaventurados’. La promesa de Dios es darnos su propia alegría y felicidad. Ser benditos con la bienaventuranza que viven el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo”, señaló el obispo.

Esa, consideró, “es la meta de nuestra vida y de toda la historia humana. Una bienaventuranza que comienza ya ahora, aunque de forma paradójica. Jesús llama bienaventurados a los pobres, a los que lloran, a los que son perseguidos, a los que anhelan la justicia y la paz”, enumeró.

“No es un consuelo superficial. Es la experiencia más intensa que podamos tener: en medio de la fragilidad de la vida, con todas sus contradicciones y frustraciones, ser alcanzados por la fuerza del mismo Dios. Y, con esa fuerza en el corazón pelear la vida, tender puentes, jugarse por la justicia, el bien y la belleza en todas sus formas”, aseguró.

“Jesús está llevándonos hacia la casa del Padre. Ese es el misterio más hondo de nuestra vida. La verdad más real de nuestra existencia, por encima de todas las apariencias. Ese es el misterio que envuelve la muerte de nuestros seres queridos: han partido, porque han sido tomados de la mano de Jesús y llevados por esas ‘oscuras quebradas’ de las que habla el salmo, pero sostenidos y guiados por el Dios que siempre está del lado del que vacila, teme y sufre”.

“Su presencia anima, da confianza y, en definitiva, la alegría más duradera. La que llamamos bienaventuranza. Es bueno tenerlo presente en este tiempo de pandemia, de restricciones, de incertidumbres y de partidas”, concluyó.+

» Texto completo de la reflexión