Viernes 12 de agosto de 2022

La fe, una puerta a la vida de gracia y un instrumento vivo para la conversión

  • 31 de enero, 2013
  • Corrientes (AICA)
El arzobispo emérito de Corrientes, monseñor Domingo Salvador Castagna, difundió una sugerencia homilética sobre las lecturas del cuarto domingo del tiempo durante el año en la que indicó que la fe "es la puerta" por la que todos pueden ingresar a la Iglesia, y señaló que es "el instrumento vivo para un diálogo fecundo con el ateísmo" y el modo de suscitar la fe en quienes no la tienen. El mensaje de monseñor Castagna tiene como propósito facilitar la tarea pastoral de los sacerdotes y ofrecer una reflexión a quienes deben interpretar cada domingo la Palabra de Dios.
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El arzobispo emérito de Corrientes, monseñor Domingo Salvador Castagna, difundió una sugerencia homilética sobre las lecturas del cuarto domingo del tiempo durante el año en la que indicó que la fe "es la puerta" por la que todos pueden ingresar a la Iglesia, y además, "lleva la delantera" sobre cualquier otra condición, sin importar la nacionalidad o la pertenencia.

El siguiente es el texto completo del mensaje de monseñor Castagna que tiene como propósito facilitar la tarea pastoral de los sacerdotes y ofrecer una reflexión a quienes deben interpretar cada domingo la Palabra de Dios.

Sólo les exigieron creer
En la enseñanza de Jesús la fe lleva la delantera, antes que la pertenencia al pueblo Judío y la circuncisión. Así lo declara ante aquel auditorio atónito y enfurecido. Recuerda el comportamiento de Elías y de Eliseo a favor de dos personajes no judíos, consignados en la Escritura. En ambos casos - la viuda de Sarepta, del país de Sidón, y el sirio Naamán - los grandes Profetas hicieron caso omiso a la nacionalidad de los favorecidos por el prodigio; sólo les exigieron creer. El Señor responde únicamente a la apertura del corazón que se produce por la fe. De esta manera confirma el comportamiento de los Profetas, favoreciendo a quienes creen, sean judíos o extranjeros. La historia es una prueba fehaciente de la supremacía de la fe.

Cuando la Iglesia se universaliza pastoralmente trascendiendo, con graves y entendibles objeciones, su origen judío, se produce el ingreso calificado de los gentiles. El Concilio de Jerusalén deja zanjada la cuestión que, por momentos, puso en peligro la misma unidad del Colegio Apostólico. La inspiración del Cielo no se dejó esperar y, mediante el liderazgo de su "instrumento" elegido en Damasco, quedó dilucidada la difícil cuestión. La fe en Jesucristo es la "puerta" por la que todos pueden ingresar en la Iglesia, recibir el Bautismo y celebrar la Eucaristía. Quedan abolidas la circuncisión y la pertenencia religiosa al pueblo de la primera Alianza para quienes, sin ser parte de ese pueblo, reciban por la fe en Jesucristo la gracia y la santidad.

El fariseísmo reaparece en todas las épocas. Los hombres no aprendemos de la historia. Recaemos en los mismos errores sin advertir que la verdad no está sometida a rígidas y exclusivas interpretaciones humanas. Entre los seguidores de Jesús encontramos antiguos fariseos. Aquellos no lograban desprenderse de los hábitos mentales adquiridos en la secta que los había educado. El fariseísmo, rector moral de un comportamiento de enorme rigidez, sabe reaparecer en todas las épocas y encarnarse en los ámbitos sociales más disímiles, también en el religioso. Jesús, como lo hace en las diversas escenas del Evangelio que relatan sus encuentros con ellos, sigue mirándolos con tristeza e indignación. Su espíritu de mansedumbre, humildad y destacable bondad con los pecadores, se impone cuando la fidelidad a su persona y a su palabra logra una auténtica madurez. El año de la fe, inaugurado y alentado por el Papa Benedicto XVI, intenta renovar la fe en Jesucristo de quienes se confiesan cristianos y, a través de ellos, suscitarla en quienes no creen. El mismo Pontífice hace, de su acción pastoral, el instrumento vivo para un diálogo fecundo con el llamado "ateísmo".

Un mundo sin Dios es un ente a la deriva. Mientras no reconozca a Dios, el mundo se constituye en un empedernido "ateo". El egocentrismo producido por el pecado contamina su historia y la frustra irremediablemente. No hay Dios para quien se ha constituido en centro absoluto de su propia vida. ¡Qué pobre dios es uno de si mismo! Un mundo sin Dios es un ente a la deriva, destinado inevitablemente al fracaso y a la destrucción. Jesucristo ha manifestado su enorme compasión al observar a las personas dispersas y cansadas: "como ovejas sin Pastor". Nos llevaríamos chascos dolorosos si intentáramos hurgar en la opinión pública qué piensan de Dios los hombres. Es un desafío digno de atender la exposición de los posibles orígenes de tanta confusión e ignorancia. Sería injusto cargar las tintas sobre únicas causas. El error de atribuir la responsabilidad a los otros es tan común como nefasto. Pocos son quienes se formulan la inquietante y oportuna pregunta: "¿Qué parte de culpa me corresponde en esta dificultad o doloroso acontecimiento?". ¡Qué fácilmente se juzga y condena a quienes se equivocan y pecan!

Las arenas movedizas del engaño
Es urgente que los creyentes reflexionemos sobre nuestras actitudes y comportamiento entre quienes comparten con nosotros los peligros y esperanzas del momento. Los cambios que el Evangelio reclama son sumamente comprometedores; requieren un empeño constante y de toda la vida. Saltar de una vida frívola a una vida en serio supone convertirse de verdad a la Verdad. El hombre contemporáneo huye de tal determinación existencial. Cristo viene a llamar a esa "conversión", contraponiendo la edificación del Reino de Dios a las suntuosas construcciones fundadas en las arenas movedizas del engaño y de la hipocresía. Es preciso escucharlo como quienes atendían entonces su llamado a la conversión: "A partir de ese momento, Jesús comenzó a proclamar: Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca" (Mateo 4, 17). No hay tiempo de espera y menos de descuento.+