Domingo 17 de octubre de 2021

En Tierra Santa también celebran la beatificación de Fray Esquiú

  • 31 de agosto, 2021
  • Jerusalén (Israel) (AICA)
A pocos días de la beatificación de Fray Mamerto Esquiú, que se celebrará el 4 de septiembre, en Tierra Santa recuerdan el paso del fraile catamarqueño y celebrarán su paso a los altares.
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Con el título “Peregrino en Tierra Santa con espíritu misionero”, el fraile Ulise Zarza OFM recordó desde la tierra de Jesús a Fray Mamerto Esquiú, a pocos días de su beatificación. A la espera de las celebraciones, compartió la biografía del fraile catamarqueño, “testimonio de una vida entregada a Dios ya la patria”.

“El nuevo beato nació el 11 de mayo de 1826 en Piedra Blanca, Catamarca. Al nacer sufrió una grave enfermedad que pronto fue curada por la devota promesa que hiciera su madre de vestirle con el hábito de San Francisco. Desde el 1841 al 1849 llevó a cabo su formación franciscana en la provincia de la Asunción en la Argentina. Celebró su primera misa el 15 de mayo de 1849 y se distinguió en la predicación de la Palabra de Dios”, relató. 

“En 1862 su celo apostólico lo llevó a pedir el traslado a un convento en tierra de misión, en Tarija, Bolivia, donde deseaba llevar una vida oculta y austera. El año 1870 fue crucial para la vida de este fraile, que buscaba esconderse y vivir en la sencillez del claustro franciscano, ya que fue propuesto a la sede episcopal de la ciudad de Buenos Aires. Su humildad lo llevó a considerar indigno de tal servicio y se alejó del país peregrinando a Tierra Santa, Roma y Asís”, continuó.

Respecto al paso del fraile catamarqueño por Tierra Santa, describió: “Su paso por Tierra Santa se encuentra registrado en los archivos de la Custodia de Tierra Santa, aunque con pocos documentos. El primer documento importante que testimonia la estadía de este ilustre peregrino con fervor misionero es la carta que el ministro general de entonces, padre Bernardino de Portogruaro, envió al Custodio de Tierra Santa, padre Gaudencio de Matelica el 7 de junio de 1876”.

“En dicha carta el ministro general informa al Custodio que llegará a Tierra Santa el Padre Mamerto Esquiú de la República Argentina, perteneciente al colegio apostólico de Tarija en Bolivia. Es justamente el padre Bernardino de Portogruaro quien informa que Esquiú había sido propuesto como arzobispo de Buenos Aires pero huyó para no ser elegido”, destacó. 

“De la persona de Esquiú el ministro general destaca su espíritu misionero, el don de la predicación y dice que es un« buen religioso y un verdadero hombre de Dios». El padre Bernardino de Portogruaro dice, además, que el peregrino catamarqueño había expresado su deseo de quedarse y morir en Tierra Santa pero, concluye el ministro general, «yo no lo permitiré, para no privar a América de un hombre que puede allí mucho bien ». Y tenía razón, de hecho, después de año y medio regresa a la Argentina y «hace mucho bien» a la Iglesia”, reconoció.

“Por lo tanto, Fray Mamerto Esquiú estuvo en Tierra Santa como peregrino, esto se ve confirmado por el certificado que le dieron al final de su estadía en los lugares santos. Dicho certificado lleva la fecha del 5 de noviembre de 1877 y fue dado al «RP Mamerto Esquiú de la Observante provincia argentina de América meridional, por haber estado en Tierra Santa bajo la obediencia del Reverendísimo P. Custodio en calidad de peregrino, del 27 de junio 1876 al 5 de noviembre de 1877»”.

“El espíritu misionero animaba constantemente a este humilde hijo de san Francisco, que después de trece años de misión en Tarija pidió ir a Tierra Santa, tierra que verá solo en calidad de peregrino según el deseo del ministro general de entonces. Gracias a su Diario de recuerdos es posible asomarse al interior de este fraile menor para ver las huellas que Tierra Santa dejó en él. Con sentimientos de humildad y temor Fray Mamerto se acerca a la ciudad santa de Jerusalén y anota en su diario: «Cuando veo las cúpulas y murallas de Jerusalén, pido que pare el carricoche; ya en las tierras de esa nueva población, me bajo y beso la misteriosa tierra que por un inmenso beneficio de la Divina Misericordia recibe un gran pecador»”, citó.

“El fraile de Catamarca revive la experiencia que durante siglos los peregrinos han experimentado en la Tierra del Señor, en cada lugar percibe la presencia del Señor. Así describe su vivencia en el mar de Galilea: «En la visita del lago hay para mí la cosa más bella del mundo. El sentir no sé qué modo particular la presencia del Señor en estos santos lugares: parece que uno le viera atravesar de esta agua». Visitando Nazaret queda impactado por la humilde aldea que vio crecer al Hijo de Dios y escribe sobre el taller de san José: «Ninguna de las tres veces que he ido a celebrar en ese Santuario, tan humilde y silencioso como el objeto de él, he dejado de barrer su pavimento; lo hacía con indecible consuelo de mi alma y sintiendo algo del misterio de iniquidad e ingratitud que es mi vida».

“En Jerusalén se hospedó en el convento de san Salvador desde donde visitaba los diferentes santuarios de la ciudad Santa, vivía en fraternidad y se dedicaba al estudio. Se dice que fray Mamerto conocía muy bien el francés y el italiano, pero que en su estadía en Jerusalén aprendió también el alemán y el inglés. En la iglesia de San Salvador celebra misas y las aplicaba por las intenciones de los hermanos laicos, su firma es aún visible en los registros de misas conservados en el archivo de la Custodia de Tierra Santa”, narró.

“Visitando la ciudad de Belén, cuyo nombre, según los Padres de la Iglesia, significa «casa del pan», Esquiú tiene una experiencia mística que lo plasmó en su Diario de recuerdos diciendo: «Sentí como un rayo de luz que me enseñaba: Cúrate y sana en el Santísimo Sacramento: allí está ese mismo Niño Dios, cuyo amor no sabes sentir ni corresponder». En Belén, en la casa del pan, donde nació el verdadero pan del cielo, nuestro fraile peregrino tiene esta experiencia que reaviva en él el amor a la Eucaristía”, agregó.

“Fray Mamerto Esquiú, vivió en Tierra Santa en minoridad y sencillez: visitaba los lugares santos, oraba con fervor, realizaba humildes trabajos manuales, leía y estudiaba, vivía en fraternidad. Según su biógrafo, fray Luis Cano, en Tierra Santa se agigantó más y más su vida espiritual. Fiel hijo de san Francisco, sabemos por su Diario de recuerdos, que poseía el don de lágrimas, y que lloraba amargamente al contemplar los lugares donde padeció y murió el Dios hecho hombre”, continua.

“Años más tardes, ya de regreso a la Argentina y después de su consagración como obispo de Córdoba, el humilde fraile obispo se retiró a su celda y desde allí le dedicó a la ciudad de Jerusalén una página llena de amor y de devoción: «¡ Jerusalén! Por lo que se habla de ti yo había entendido que tu semblante era siniestro y horrible como el del fratricida Caín. Ni de ese error me libraron los testimonios que, a cada paso se ven en los Libros Santos sobre tu gloria y dignidad. Yo sabía que tú eras llamada la Ciudad del Gran Rey, que por ti no se extinguió, en el lujo, la descendencia de David; sabía que la sangre de Jesucristo no pide venganza como la de Abel, sino que, siendo la de un Hombre-Dios, pide misericordia y perdón; sin embargo, pensaba que los valles que te rodean y las ruinas en que te asientas, sólo respiran ira y furor contra los hombres que derramaron la sangre de tu mismo Dios. Así los pensaba, hasta que te contemplé con mis propios ojos. Centenares de veces he recorrido tus calles, desde el sitio de la antigua Aelia hasta el fondo del Valle de Josafat; te he contemplado muchas veces desde la altura del Monte Olivete, como desde el sitio del campamento de todos tus conquistadores; he dado vuelta a tus muros y he mirado desde lejos la cima de tus cúpulas y almenas, como he penetrado en tus lóbregas necrópolis; durante un año y medio he respirado tu aire y he contemplado tus días y tus noches; tu sol abrasador y tu melancólica luna y siempre y por doquier no he visto otra cosa que la ciudad de Dios, oprimida por la enhorabuena humana; no he sentido nunca acentos de ira, sino los gemidos de la más bella y desolada de las criaturas. ¡Jerusalén, yo deseé acabar mis días a la triste y solemne sombra de tus ruinas; pero el Señor, tu Rey no lo quiso y debí volver donde era honrado sin ningún mérito. Sólo pido a Dios el inestimable bien de que me haga participante de tu suerte que es la suerte de todos los santos: ser nobles y desolados, como eres tú, oh amada Jerusalén!»”.

“Se puede constatar su deseo de vivir y morir en Tierra Santa, y al mismo tiempo el espíritu con el cual vivió la obediencia a sus superiores. No fueron ellos los que no le permitieron quedarse en Tierra Santa sino el Señor Rey de Jerusalén, que le preparaba otra tierra de misión en su propia patria. Que su ejemplo de hermano menor sea de estímulo para los que peregrinan y viven en Tierra Santa”, concluye el homenaje.

Fray Marcelo Ariel Cichinelli, mendocino, Guardián del Convento San Salvador y Discreto de Tierra Santa, Casa Madre de la Custodia de Tierra Santa, en Jerusalén, dio a conocer la información sobre la celebración eucarística convocada por la fraternidad de ese Convento, que habitualmente se hace por los peregrinos de Tierra Santa y que será presidida por el padre Fray Francisco Patton OFM, Custodio de Tierra Santa, con motivo de la Beatificación del Siervo de Dios Mamerto Esquiú OFM, obispo, el 4 de septiembre a las 10.30 (4.30 hora argentina) en la Iglesia de San Salvador en Jerusalén. 

“La Misa se celebrará dentro de la ciudad vieja de Jerusalén, en el Convento del Santísimo Salvador, la casa principal de la Custodia de Tierra Santa, a 200 metros del Santo Sepulcro y de los otros Santuarios de los que se encargan de custodiar los frailes de la Orden de los Menores”, detalló fray Cichinelli.+