Miércoles 5 de octubre de 2022

Un salesiano que se empecinó en quedarse en La Pampa

  • 21 de julio, 2014
  • Santa Rosa (La Pampa) (AICA)
El P. Valentín Holzmann es el último de los salesianos en Santa Rosa, La Pampa. Cuando los sacerdotes salesianos dejaron Santa Rosa y el colegio Domingo Savio él se negó a dejarlo y hoy es el referente obligado para quienes quieren saber de los salesianos, los "misioneros de la Patagonia" que dejaron su impronta en la geografía pampeana. El P. Valentín es querido y respetado por todos, por gente de su generación y por la gente menuda que hoy corretea por las galerías del colegio. Luis María Fiorini, exprofesor del Domingo Savio, de Santa Rosa, escribió una nota en la que describe con bellas pinceladas la vida de uno de esos "héroes" ignorados y ocultos porque no forman parte de ninguna selección ni aparecen en "los modernos medios". La nota llegó a AICA mediante Lina Molinari, a quien agradecemos su gentileza.
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El padre Valentín Holzmann SDB es el último baluarte de los salesianos en Santa Rosa, la capital de La Pampa. Cuando en 2008 los sacerdotes salesianos fueron retirados de Santa Rosa y del colegio Domingo Savio él se negó a dejarlo y es así que hoy es el referente obligado para quienes quieren referirse a los salesianos, esos que fueron los "misioneros de la Patagonia" y dejaron su impronta en toda la geografía pampeana.

El padre Valentín es muy querido y muy respetado por todos, desde gente de su generación hasta la gente menuda que hoy corretea por las galerías del colegio.

Luis María Fiorini, exprofesor del Instituto Domingo Savio, de Santa Rosa, gran conocedor de este anciano y santo varón, escribió una nota en la que describe con bellas pinceladas la vida de uno de esos "héroes" que necesita la juventud para imitar, pero que permanecen ignorados y ocultos porque no forman parte de ninguna selección ni aparecen en "los modernos medios". La nota llegó a la redacción de AICA mediante Lina Molinari, a quien agradecemos su gentileza. A continuación la nota.

Valentín, bendito empecinado
Quienes lo conocen, lo saben. Es empecinado y cabeza dura. De manera que cuando hace unos años, al ser retirados los salesianos de Santa Rosa intentaron trasladarlo a otro lugar, su respuesta fue: "De aquí me van a sacar con los pies para adelante". Hasta ahora, cumplió. El padre Valentín Holzmann, sacerdote salesiano, continúa en Santa Rosa, La Pampa, cumpliendo allí su tarea.

El 24 de mayo ("No quise interrumpir la fiesta patria", dijo) cumplió 89 años. Camina con pasos cortos y veloces que lo llevan directo a su destino, habla con una voz baja y susurrante que, de manera asombrosa, resulta perfectamente audible, su cabeza está coronada por un cabello blanco abundante y rebelde y sus pequeños ojos azules emiten una mirada diáfana, directa, ante la cual no queda otra salida que ser honesto y sincero porque nada parece escapar a ella.

Cada día a las 7 de la tarde el padre Valentín va a la sacristía de la capilla erigida junto al instituto Domingo Savio, perteneciente a la obra de los salesianos en la ciudad, se prepara y sale a celebrar su misa. El resto del día está ocupado por tareas que lo apasionan. Por ejemplo, preparar la comida de los docentes que atienden a los más de 1.200 alumnos que acuden al Instituto. O recibir a los huéspedes que se alojan en el piso que alguna vez albergó a los sacerdotes de la congregación y en donde hoy habita el propio padre Valentín.

Aunque delgado y fibroso, el padre es de buen diente y despliega ante sus comensales, sean pocos o sean muchos, una atención, una disposición y una entrega que se antojan maternales. Les ofrece menús consistentes y variados e insiste con suavidad y persistencia hasta que prueban todo y en abundancia. Abre esos momentos con bellas oraciones de agradecimiento y de esperanza (algunas de ellas párrafos del Antiguo Testamento) y en sus brindis suena siempre la palabra perseverancia, como un principio irrenunciable de fe en la vida más allá del obstáculo y el sufrimiento. No permite que uno pase por allí sin beber un vaso de vino e incluso sin probar el de misa. Y él cierra su jornada en su sillón de siempre con un vaso de whisky en la mano ("Es mi eficaz terapeuta", sonríe).

Pude experimentar todo esto en carne propia cuando fui recibido y alojado en el instituto para dar una charla a padres y madres, en la que reflexionamos juntos acerca de su función irreemplazable en la crianza y educación de los hijos.

El padre Valentín me contó entonces que nació el 24 de mayo de 1925 en Guatraché, a 171 kilómetros de la capital pampeana, en una casa humilde, a 20 kilómetros de unas enormes salinas que hoy han sido abandonadas como fuente del mineral. Sus padres llegaron hasta allí desde Alemania y la inmigración familiar se prolongó de manera fecunda. Todos los años, me contó, los Holzmann se reúnen y llegan a sumar 250 miembros de la saga. El padre Valentín está empeñado en seguir siendo parte de ese encuentro durante muchos años más. Y, si se lo piden, no le temblará el pulso al cocinar para toda la tropa, como le gusta hacerlo en el instituto.

El padre Holzmann fue ordenado sacerdote y sus manos consagraron por primera vez el pan y el vino en el altar de Dios el 28 de noviembre de 1954. Tenía 29 años.

Ha dejado su huella en varios lugares del país, de norte a sur, algunos alejados y extremos. Y ha dado su servicio, su escucha, su asistencia, su contención y su trabajo en todos ellos con esa misma presencia, firme y suave al mismo tiempo, proveedora de calma y calidez, con la que lo vi desempeñarse en el par de días que estuve allí.

La capilla en la que celebra diariamente su misa es austera y elegante, un templo que, al igual que las montañas o los viejos árboles frondosos, parece dispuesta a permanecer, como un faro o como un refugio, por mucho tiempo, y ha sido pensada y erigida por él mismo.

También el cine y teatro Don Bosco, aledaño al instituto, una sala como las de antes (cuando el cine era una ceremonia colectiva en la que había silencio, emoción y respeto y no un bullicioso comedero de pochoclo y bebedero de gaseosas), es parte del trabajo y la inventiva de Valentín. Lo imaginó y lideró su construcción hace medio siglo. Él mismo, con un grupo de voluntarias, cosió la pantalla de 25 metros por 10 (todavía hoy la más grande del país, dice con orgullo) que sigue siendo la misma y está en perfectas condiciones.

De eso se trata para el padre Valentín, aunque en su modestia él no lo diga, de dar servicio a través de acciones que queden impregnadas en la vida cotidiana de quienes lo reciben, y que dejen una huella sutil e indeleble. Lector constante y aplicado (todavía hoy está al tanto de libros y sigue cotidianamente las noticias en los diarios) el padre Valentín convierte en una certeza lo que el poeta Ralph Waldo Emerson escribió una vez: "El sentido de la existencia consiste en saber que al menos una vida ha respirado mejor porque tú has vivido".

El padre Valentín es uno de mis referentes vitales como persona, como varón, como cristiano. Lo difundo porque no hay tantos de este nivel como para desperdiciar que se sepa que existen.+ (Prof. Luis María Fiorini)