Martes 30 de noviembre de 2021

La Guerra Cristera, un episodio doloroso de la historia de México

  • 17 de febrero, 2016
  • Buenos Aires (AICA)
Ante la próxima canonización de un niño mártir mexicano, y en coincidencia con la visita pastoral que el papa Francisco está realizando en México, el diario digital argentino de actualidad y economía Infobae publicó un artículo, firmado por Claudia Peiro, que trae el recuerdo de un episodio bastante olvidado, y también ocultado, de la historia de ese país.
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Ante la próxima canonización de un niño mártir mexicano, y en coincidencia con la visita pastoral que el papa Francisco está realizando en México, el diario digital argentino de actualidad y economía Infobae publicó un artículo, firmado por Claudia Peiro, que trae el recuerdo de un episodio bastante olvidado, y también ocultado, de la historia de ese país. A continuación publicamos el mencionado artículo.

La historia de los Cristeros, el ejército de católicos que puso en jaque al gobierno de México
En enero el papa Francisco anunció la canonización de José Sánchez del Río, un niño mártir de aquella olvidada guerra (1927-1929), cuando al grito de ¡Viva Cristo Rey! 50.000 campesinos se armaron en defensa de su fe.

En 2012 una película filmada en Hollywood (Cristiada), con Andy García como principal protagonista, reflotó este episodio sangriento de la historia de México. La principal reacción ante el filme fue de sorpresa: pocos tenían presente lo que había sido la Guerra Cristera, pese a que este lamentable conflicto dejó 250.000 víctimas -150 mil de ellas civiles- y le dio a la Iglesia varios mártires: unos 30 sacerdotes y laicos fueron beatificados o canonizados por san Juan Pablo II y Benedicto XVI. Ahora será el turno de Francisco con José Luis Sánchez del Río, un niño de 13 años que se había sumado a la rebelión cristera y que fue capturado por el Ejército mexicano, torturado para forzarlo a abjurar de su fe y entregar información, luego apuñalado y finalmente rematado de un disparo.

Es sabido que el anticlericalismo fue uno de los componentes del movimiento que finalmente prevaleció en la Revolución Mexicana (de 1910) y por eso la Constitución de 1917 privó a la Iglesia de personalidad jurídica y limitó fuertemente su influencia. Los sitios de culto fueron nacionalizados, la educación completamente secularizada, se prohibieron las órdenes monásticas, el uso de hábitos y el voto por parte de los sacerdotes, entre otras restricciones.

Pero estas disposiciones no se aplicaron hasta la llegada a la presidencia en 1924 de Plutarco Elías Calles, socialista ateo, masón y anticlerical. La chispa que encendió el fuego fue un discurso en el cual el presidente designó a la Iglesia Católica como el enemigo número uno de México. El paso siguiente fue elaborar una legislación tendiente a hacer cumplir a rajatabla la Constitución en sus aspectos anticatólicos. Para justificar la privación de derechos civiles a los sacerdotes, Calles argumenta por ejemplo que éstos estaban al servicio de un jefe de Estado extranjero, el Papa.

El 14 de junio de 1926 una ley federal dispone la expulsión de las congregaciones educativas, la nacionalización de los bienes de la Iglesia y la prohibición de las asociaciones profesionales católicas. Calles apela al ejército para hacer cumplir las disposiciones anticlericales con la consecuente dosis de violencia.

Los católicos responden inicialmente con formas pacíficas de protesta y resistencia: manifestaciones, ocupación de iglesias y peticiones al Congreso que llegan a reunir dos millones de firmas. Animaban este movimiento asociaciones católicas laicas, como la Liga Nacional de Defensa Religiosa o la Acción Católica de la Juventud Mexicana.

Pero Calles dobla la apuesta con un decreto que penaliza con cárcel toda infracción a las leyes antirreligiosas y dispone que los sacerdotes se inscriban en las comisarías para que el ministerio del Interior decidiera a qué parroquia destinarlos.

Es entonces cuando el Episcopado mexicano, con el visto bueno del papa Pío XI, adopta una medida drástica e inédita: anuncia la suspensión del culto en todas las iglesias de México en una suerte de huelga general por tiempo indeterminado, hasta que la ley fuese derogada. En una reseña sobre el filme Cristiada, el historiador y periodista francés, Jean Sévillia, escribió: "Destinada a presionar a Calles, esta medida sin precedentes desembocó en un resultado que no habían previsto ni el Gobierno ?para el que la religión era un asunto de señoras que no protestarían ante la fuerza- ni el Episcopado, que subestimaba al pueblo cristiano".

El hecho es que México vivió una nueva rebelión, india y campesina, esta vez en nombre del derecho a profesar la fe. Un estallido de la religiosidad popular.

"Cualquier acto religioso no autorizado daba lugar a represalias terribles: un casamiento, una primera comunión, terminaban en ejecuciones sumarias y enlutaban a todo un pueblo. ¿Cómo no reaccionar ante semejantes atrocidades? Eso no está en la sangre mexicana". Es el recuerdo de José Francisco Gutiérrez, hijo del combatiente cristero José Gutiérrez y Gutiérrez.

"En un país donde el 90 por ciento de la población era católica practicante ?explicó en una entrevista reciente-, el artículo 130 de la Constitución de 1917, que le quitaba toda libertad a la Iglesia, preocupaba. La resistencia pacífica se organizaba... [Pero] cuando el presidente Calles transformó la presión en represión, mi padre, que estaba entonces en tercer año de medicina, se unió a los cristeros".

Plutarco Calles fue también el presidente que consolidó las conquistas sociales de la Revolución Mexicana de 1910. Pero su anticatolicismo militante arrastró a su pueblo a una nueva guerra civil.

El levantamiento se inicia el 31 de julio en Oaxaca, pero pronto se extiende a otras zonas del país. La mayoría de los insurrectos son campesinos pobres, mal equipados y peor armados. De la fiesta de Cristo Rey instituida por Pío XI tomarán su grito de guerra: ¡Viva Cristo Rey! y de éste saldrá el nombre ?inicialmente despectivo- que recibirán estos resistentes católicos: cristeros. En sus banderas iba la imagen de la Virgen de Guadalupe, la que en 1531 se le había aparecido al indio Juan Diego.

La transición de tropa espontánea y desharrapada a ejército disciplinado y organizado será la obra de un general mexicano, retirado por disidencias con la política oficial, al que la Liga Nacional de Defensa Religiosa va a buscar para ofrecerle la jefatura del movimiento.

Enrique Gorostieta Velarde, que entonces tenía 38 años, cumple su cometido con éxito: llegará a tener 50.000 hombres bien formados, divididos en regimientos y con jefes legendarios, como los curas-generales padre Vega y padre Pedroza, y una brigada de mujeres que garantizaba el aprovisionamiento en municiones y cumplía funciones de intendencia, enfermería e incluso espionaje.

Los escenarios de la guerra fueron el desierto y los pequeños pueblos del interior mexicano. La represión fue violenta. Miles de iglesias serán clausuradas y el culto se volverá clandestino.

A los cristeros se les imputó un solo crimen de guerra: el incendio de un tren antes de su completa evacuación. El Gobierno, cuyo ejército federal se encuentra en inferioridad táctica frente a la guerrilla católica, apela al terror sistemático contra las poblaciones involucradas, o sospechadas de estarlo, en la rebelión.

La guerra cristera produjo además un auténtico martirologio, ya que cientos de religiosos y laicos fueron asesinados en razón de su fe.

Sin embargo, luego de tres años de lucha, el ejército Cristero llega a controlar la mitad de los 30 estados de México, poniendo en jaque al gobierno de Plutarco Calles.

Pero entonces entran a tallar los aspectos geopolíticos del conflicto. La mayor parte de los miembros del Episcopado mexicano se han exiliado. Sólo tres obispos, en las montañas, apoyan la rebelión. Para la Santa Sede se impone entonces la necesidad de una salida política. Calles, por su parte, apela a los Estados Unidos, que necesitan del petróleo mexicano y a quienes también conviene la paz interior.

Se iniciarán así conversaciones entre el Presidente, el embajador norteamericano en México, Dwight Morrow, y el titular de la conferencia episcopal, monseñor Ruiz y Flores. El resultado son los llamados "arreglos", firmados el 21 de junio de 1929, pero sin la presencia ni la consulta a los principales protagonistas. El acuerdo consiste en la reanudación de los cultos, el regreso de los obispos y el fin de los combates. Pero las leyes antirreligiosas sólo son suspendidas, no abolidas.

También se promete la amnistía a los combatientes cristeros, una vez que depongan sus armas. Como era previsible, esta parte de los "arreglos" no se cumple. El 15 de agosto de 1930 se reabre la catedral, pero durante varios meses más los cristeros serán perseguidos y fusilados sumariamente. Según el historiador francés Jean Meyer, autor de La Cristiada, el Estado y el pueblo en la revolución mexicana (1975), más de 5000 cristeros serán ejecutados ?fusilados o ahorcados a lo largo de los caminos- después de la firma de los arreglos.

Antes del estallido de la rebelión, había 4500 sacerdotes en México. Concluida ésta, sólo 305 están autorizados a predicar en el país.

Tres semanas antes de la firma de los acuerdos, el general Gorostieta cae en una emboscada que, se sospecha fue orquestada por espías que el gobierno mexicano había logrado infiltrar en la Cristiada. Su cadáver fue expuesto a modo de escarmiento. Es muy posible que la muerte del líder cristero haya sido una precondición de los "arreglos".

Poco antes de morir, Gorostieta había escrito un documento explicando su oposición a los acuerdos destinado a los representantes de la Santa Sede que negociaban con el gobierno.

En el filme Cristiada es Andy García quien interpreta a Gorostieta, mientras que el resto del reparto lo completan Eva Longoria, Catalina Sandino y Peter O´Toole, entre otros.

En 1937, el escritor británico Graham Greene viaja a México por encargo de la Iglesia Católica para escribir un libro sobre la situación religiosa en ese país: Caminos sin ley es el título de este diario de viaje en el que recoge muchos testimonios de lo que había sido la rebelión cristera.

En el estado de Tabasco, Greene se entera de que el general Garrido Cabanal había organizado la represión anticatólica con especial entusiasmo: destruyó todas las iglesias y organizó una milicia ?las Camisas Rojas- para cazar sacerdotes. "Todos los curas eran perseguidos y muertos ?escribe Greene-, excepto uno que subsistió durante diez años en las selvas y los pantanos, aventurándose sólo de noche..." Las desventuras de ese sacerdote le darán a Greene el material para una de sus novelas más célebres: El poder y la gloria.

El martirologio cristero está lejano en la historia de México, y desde los años 40 existe un entendimiento entre la Iglesia y los sucesivos gobiernos. Pero el repaso de esos acontecimientos hace pensar en las actuales persecuciones contra los cristianos en muchos países de Asia y África, algo que parecía impensable a esta altura de la historia, y que fue una de las más fuertes motivaciones para el encuentro entre el papa Francisco y el patriarca de Moscú, Cirilo.+ (Claudia Peiro)