Martes 30 de noviembre de 2021

Las "Bienaventuranzas del obispo", el regalo del Papa a los obispos italianos

  • 23 de noviembre, 2021
  • Roma (Italia) (AICA)
El pontífice inauguró la 75ª Asamblea Plenaria del episcopado italiano en un encuentro estrictamente privado.
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El papa Francisco se trasladó el lunes 22 de noviembre al Hotel Ergife Palace de Roma, para inaugurar -en un encuentro estrictamente privado- la 75ª Asamblea General Extraordinaria de la Conferencia Episcopal Italiana (CEI), que tiene lugar del 22 al 25 de noviembre sobre el tema "Camino sinodal de las Iglesias en Italia" iniciado el pasado mes de mayo. 

A su llegada, el Santo Padre fue recibido por el cardenal Gualtiero Bassetti, arzobispo de Perugia-Città della Pieve y presidente del CEI; por los vicepresidentes monseñor Erio Castellucci, arzobispo abad de Modena-Nonantola y obispo de Carpi; monseñor Giuseppe Andrea Salvatore Baturi, arzobispo de Cagliari; monseñor Antonino Raspanti, obispo de Acireale; y por el secretario general, monseñor Stefano Russo, obispo emérito de Fabriano-Matelica. 

Al inicio del encuentro, según informó la Oficina de Prensa de la Santa Sede, el papa Francisco distribuyó a los presentes una tarjeta con la imagen del Buen Pastor y el texto de las "Bienaventuranzas del Obispo". 

“El pastor que se parece a Jesús -dijo en una homilía en Santa Marta el 3 de mayo de 2020- confía en el rebaño, porque Él es la puerta”.

Aquí ya podemos ver algunas de las características que el Papa, en su magisterio, sugirió repetidamente a los obispos, como, por ejemplo, la "mansedumbre" y la "ternura de la cercanía". 

En el reverso de la tarjeta, Francisco retoma las 8 Bienaventuranzas que el arzobispo de Nápoles, en una homilía pronunciada el 31 de octubre de 2021, indicó en la misa de ordenación de tres nuevos prelados. Ocho bienaventuranzas reescritas, aclaró monseñor Domenico Battaglia, sobre el servicio que la Iglesia encomienda a los pastores.

Al final del encuentro, que finalizó poco antes de las 6 de la tarde, el Papa abandonó el Hotel Ergife Palace y regresó al Vaticano.

Bienaventuranzas del obispo
Bienaventurado el obispo que hace pobreza y comparte su estilo de vida, porque con su testimonio está construyendo el reino de los cielos.

Bienaventurado el obispo que no teme mancharse el rostro de lágrimas, para que los dolores de la gente, las labores de los sacerdotes se reflejen en ellos, encontrando en el abrazo de los que sufren el consuelo de Dios.

Bienaventurado el obispo que considera su ministerio un servicio y no un poder, haciendo de la mansedumbre su fuerza, dando a todos el derecho de ciudadanía en su corazón, a habitar la tierra prometida a los mansos.

Bienaventurado el obispo que no se encierra en los edificios de gobierno, que no se vuelve un burócrata más atento a las estadísticas que a los rostros, a los trámites que a las historias, tratando de luchar junto al hombre por el sueño de justicia de Dios porque el Señor, encontró en el silencio de la oración diaria, será su alimento.

Bienaventurado el obispo que tiene un corazón para la miseria del mundo, que no tiene miedo de ensuciarse las manos con el barro del alma humana para encontrar el oro de Dios, que no se escandaliza por el pecado y la fragilidad de los demás porque él es consciente de su propia miseria, porque la mirada del Crucifijo Resucitado será para él un sello de perdón infinito.

Bienaventurado el obispo que aleja la duplicidad de corazón, que evita cualquier dinámica ambigua, que sueña con el bien incluso en medio del mal, porque podrá regocijarse en el rostro de Dios, encontrando su reflejo en cada charco del ciudad de los hombres.

Bienaventurado el obispo que trae la paz, que acompaña los caminos de la reconciliación, que siembra la semilla de la comunión en el corazón del presbiterio, que acompaña a una sociedad dividida en el camino de la reconciliación, que lleva a todo hombre y mujer de buena voluntad de la mano para construir la fraternidad: Dios lo reconocerá como hijo .

Bienaventurado el obispo que por el Evangelio no tiene miedo de ir contra corriente, endureciendo su rostro como el de Cristo en su camino a Jerusalén, sin dejarse detener por malentendidos y obstáculos porque sabe que el Reino de Dios avanza en la contradicción del mundo.+