Viernes 19 de julio de 2024

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25 de Mayo

Homilía de monseñor Carlos María Dominguez OAR, administrador apostólico de San Rafael, en el solemne te deum de acción de gracias por el 212º aniversario de la Revolución de Mayo (25 de mayo de 2022)

Queridos hermanos:

El aniversario de la constitución del primer gobierno patrio, donde fue el incipiente comienzo de la conciencia patriótica, nos congrega para dar gracias por los dones de Dios Padre, dones por los que los padres de la Patria supieron, dura y trabajosamente, vivir, luchar y morir.

En el pasaje del Evangelio que acabamos de oír hay una pedagogía del Señor que nos puede da luz para ser fieles a nuestro “ser pueblo”: una pedagogía de cercanía, acompañamiento y encuentro. El relato nos refiere a los dos discípulos de Emaús y nos muestra los acontecimientos en su caminar que, más que andar, era huída. Efectivamente, escapan de la alegría de la Resurrección; mascullan sus amarguras y desilusiones, y no pueden ver la nueva Vida que el Señor ha venido a ofrecerles. Nuestro pueblo argentino, como los discípulos de Emaús, caminamos en nuestra historia con actitud huidiza. Podemos encontrarnos acaparados por cierta amargura en nuestra marcha, fatigados por problemas que no dejan vislumbrar la urgencia de un futuro que nunca parece llegar. Podemos quedarnos en la amargura quejumbrosa o dejarnos sacudir por el llamado del Resucitado y reaccionar, haciendo memoria de aquellos momentos salvíficos y constructivos que nos dieron identidad como nación. Hacer memoria no es un simple recuerdo nostálgico de formalidad social. Se trata de la memoria del corazón donde se forja la identidad y el compromiso y se transforma en un acto trascendente. Nuestra historia pasada y nuestro presente están llenos de encrucijadas, tensiones y conflictos. Sin embargo, el pueblo argentino supo cargar al hombro su destino cada vez que, en solidaridad y trabajo, forjó una amistad social de convivencia que marca nuestro estilo de vida. Los argentinos supimos y sabemos acercarnos y acompañarnos.

La historia apuesta a la verdad superior; a rememorar lo que nos une y construye; a los logros más que a los fracasos. La memoria histórica nos pide profundizar nuestros logros más profundos; aquellos que no aparecen en la mirada rápida y superficial. Debemos abandonar nuestras divisiones, que sólo nos hacen diferentes y no enemigos, y pesimismos y, como los discípulos de Emaús, dar lugar a nuestra sed de encuentro: “Quédate con nosotros porque ya es tarde y el día se acaba”. El Evangelio nos marca el rumbo: sentarnos a la mesa y dejarnos convocar por el gesto profundo de Cristo. No es una mera invitación a compartir. No es sólo reconciliar opuestos y adversidades. Sentarse a la misma mesa y compartir el pan del Resucitado es animarse a vivir de otra manera. El Evangelio nos llama a refundar el vínculo social entre nosotros; a apostar por una “cultura del encuentro” y a construir caminos de reencuentro. Y ésta es una verdadera revolución. No contra un sistema, sino una revolución interior; una revolución de memoria y amistad: memoria de las grandes gestas fundantes y memoria de los gestos sencillos que hemos aprendido en familia. Esa memoria condensa los valores que nos hacen grandes: el modo de celebrar y defender la vida; de aceptar la muerte; de cuidar la fragilidad de nuestros hermanos más pobres; de abrir las manos solidariamente ante el dolor y la pobreza; de hacer fiesta y de rezar; la ilusión de trabajar juntos y amasar solidaridad.

Ser constructores de una “cultura de encuentro” es pasar del deseo de ser nación al compromiso de la construcción de la nación que queremos. Somos protagonistas y debemos comprometernos a ello. La pasión por la verdad deberá superar la mentira y los engaños. Pasión por la verdad sobre la dignidad humana de la vida desde el momento mismo de la concepción hasta la muerte natural. Pasión por la verdad de la familia como escuela de vida y de amor que eduque para superar el egoísmo y el manejo de las personas y de todo aquello que viole su verdad, su vocación y misión. Sin verdad y sin bien agonizamos entre el amor y la muerte. El compromiso por el bien común consistirá en desterrar de nosotros toda actitud egoísta e individualista. El bien común será el resultado de la cooperación de las personas y fuente de deberes de todos los ciudadanos.

Debemos desterrar de nuestras vidas la cultura del “no te metás”; de “hacé la tuya”. Necesitamos los oídos y los ojos de Jesús para que podamos escuchar y ver las interpelaciones de tantos hermanos que buscan y necesitan una respuesta solidaria de parte nuestra.

Necesitamos de la libertad que nos alcanzó Jesús desde la cruz. Porque para ser libres nos liberó de la servidumbre que esclaviza pero no del servicio que se presta por amor. Porque sólo en el amor se realiza la verdadera libertad. Necesitamos la valentía de elegir lo que debemos hacer y la mirada para ver a los demás como nuestros hermanos y no como competidores y enemigos.

Debemos ejercitar la capacidad de descubrir en el rostro sufriente de los pobres el rostro del Señor: rostros desfigurados por el hambre; rostros desilusionados por la política; rostros humillados por pertenecer a una cultura no respetada y despreciada; rostros atemorizados por la violencia diaria e indiscriminada; rostros angustiados de los chicos abandonados; rostros sufridos de mujeres humilladas y postergadas; rostros cansados de los migrantes; rostros envejecidos por el trabajo de quienes no tienen lo mínimo para vivir dignamente; rostros de jóvenes víctimas de empobrecimiento y de la marginación; de la falta de empleo y del subempleo; de una educación que no responde a las exigencias de sus vidas, del narcotráfico; rostro de los enfermos que sufren esta pandemia; de aquellos que han perdido seres queridos; rostros perplejos de no saber cómo seguirá todo esto.

Necesitamos la capacidad para superar los resentimientos y el pensamiento único; de aprender a dialogar, reconociendo con apertura y tolerancia lo que hay de bueno y verdadero en opiniones distintas a las nuestras. Que, con nuestras ansias de búsqueda y autenticidad, y con una mirada desprejuiciada, podamos ser constructores de diálogo y testigos de la verdad. Debemos abrirnos al encuentro con todos y así lograr una Patria de hermanos donde los que gobiernan sean servidores y el pueblo, protagonista y escuchado.

Aquel Mayo histórico, lleno de vaivenes e intereses en juego, supo congregar a todo el pueblo en una decisión común, iniciadora de otra historia. Quizás necesitemos sentir que la Patria de todos es un nuevo Cabildo, una gran mesa de comunión donde, no ya la nostalgia desolada, sino el reconocimiento esperanzador, nos impulse a proclamar como los discípulos de Emaús: "¿Acaso no ardía nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?" Que arda nuestro corazón en deseos de vivir y crecer en este hogar que es nuestra patria.

Mons. Carlos María Dominguez OAR, administrador apostólico de San Rafael