Lunes 15 de agosto de 2022

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Tedeum 25 de Mayo

Homilía de monseñor José Adolfo Larregain OFM, obispo auxiliar de Corrientes en el aniversario de la Revolución de Mayo (Santuario de Nuestra Señora de la Merced, 25 de mayo de 2021)

Una vez más estamos congregados en este histórico templo dando gracias a Dios por un nuevo aniversario de la gesta del 25 de Mayo de 1810. Es el segundo Te Deum a puertas cerradas, con medidas restrictivas duras y con una realidad muy preocupante en diversos aspectos: sanitario, social, económico, laboral, etc. Esta situación ha hecho emerger las grandezas miserias.

La parábola que acabamos de escuchar es muy actual y es como un icono iluminador para nuestro hoy dejando de manifiesto algunas opciones que nos pide la realidad imperante en este tiempo de pandemia. La gran opción es ser como el Buen Samaritano que se hace cargo de la situación encontrada en el camino y creativamente responde.

Hemos tomado el texto del Evangelio según san Lucas 10, 25-37: conocido como la parábola del Buen Samaritano. En la Carta Encíclica Fratelli Tutti del santo padre Francisco sobre la fraternidad y la amistad social, se le dedica un capítulo muy bello. Recomendamos la lectura y reflexión de todo el documento pontificio. De él tomo algunos conceptos.

La narración es muy sencilla y lineal, teniendo toda la dinámica de la lucha interna que se da en la elaboración de nuestra identidad, en toda existencia lanzada al camino para realizar la fraternidad humana. Puestos en camino chocamos con una realidad dura, cruel, dolorosa y esperanzada. Encontramos un hombre herido, consecuencia de personas ausentes y presentes.

Se presenta una acción consumada, un asalto que sucedió no se sabe cuánto tiempo antes ni quienes lo hicieron. La parábola con ello no quiere decir que no haya que hacerse preguntas, ni dejar de lado la justicia, ni buscar responsabilidades, ni hacernos cargo de crímenes, desidias y mentiras. Nos indica más bien que es necesario (Quizás nos indica) ir más allá y no quedarnos en la queja y entretenernos en ella, en el lamento o evadir la situación acuciante.

Es notable ver las diferencias de los personajes del relato totalmente transformadas al confrontarse con la dolorosa manifestación del caído, del humillado, del moribundo. Simplemente hay dos tipos de personas: las que pasan de largo y las que se hacen cargo. Los que distraen su mirada y aceleran el paso y las que se inclinan reconociendo al caído. Los salteadores del camino siempre tienen sus aliados. En la sociedad globalizada que vivimos existen estilos elegantes de mirar hacia otro lado que se practica recurrentemente y se camufla como lo políticamente correcto o las modas ideológicas. Se mira sin acercarse o se mira sin que modifique y por lo tanto no importa y cada cual hace la suya. Hay situaciones espantosas que se televisan en directo y se siguen como si fuesen serie de ficción: se mira pero no se ve (como dice un hermoso chamamé).

Hoy la humanidad entera está representada en el hombre tirado al borde del camino, que lo han dejado medio muerto y, sin embargo está vivo con todas las posibilidades que ello implica. Tenemos un bandido entre nosotros, un salteador invisible, que lo hemos definido con el nombre de Covid 19. Este nuevo 25 de mayo nos enfrenta ante un presente al cual no le tenemos que tener miedo, aunque nos supere y no tengamos las cosas claras; haya confusión y distintas opiniones. En los momentos de crisis las opciones se vuelven acuciantes y fundamentales: podríamos decir que en este momento podemos asumir –voluntaria o involuntariamente- roles y actitudes de los diversos personajes mencionados en la parábola. Nos vamos a detener en tres actitudes importantes que en este tiempo nos pueden ser de gran ayuda: la amabilidad, la amistad social y la caridad política.

Hoy somos nosotros, personas e instituciones civiles, políticas, gubernamentales, religiosas, los que nos encontramos ante la realidad con la cual nos confronta la parábola. Es una historia que se repite y nos da la posibilidad de recomenzar, de refundar. Gozamos de un espacio de corresponsabilidad capaz de iniciar y generar nuevos procesos y transformaciones, como lo hicieron aquellos hombres y mujeres, que en el 1810 optaron por la comunión de ideas que profesaron y sustentaron antes, en los comienzos de la Revolución de Mayo y posterior a ella.

En la medida de nuestras oportunidades, somos parte activa en la reconstrucción, auxilio y rehabilitación de nuestra patria chica en esta tierra del Taraguí. Tenemos la posibilidad de poner de manifiesto la esencia fraterna del pueblo correntino, de ser otros buenos samaritanos que ayudamos a cargar los dolores, sufrimientos y penas, alejando odios, resentimientos y actitudes mezquinas e interesadas. Serían diferentes muchas cosas si nuestras relaciones no fueran por conveniencia y estuvieran fundamentadas en la búsqueda de la amistad, el amor, la solidaridad, la colaboración.

Como ese viajero ocasional de nuestra historia -que el autor sagrado no indica nombre- tengamos el deseo y la actitud comprometida en la tarea de incluir, integrar, levantar al caído. Es posible empezar de abajo y de a uno, pugnar por lo concreto y local y de ese modo expandir la solidaridad y fraternidad. Dificultades, que son enormes y gigantes, son oportunidades para crecer. El desafío es no hacerlo solos, individualmente. Estamos invitados a convocar y encontrarnos en un nosotros que sea mucho más que la suma de pequeñas individualidades. Como dice una conocida frase atribuida a un reconocido autor: “mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo”.

Para encontrarnos y ayudarnos mutuamente necesitamos acercarnos, expresarnos, escuchar, mirar, conocer, comprender, buscar puntos de contacto… estas y muchas otras palabras las podríamos resumir en el verbo dialogar. El diálogo es una manera de comunicación, es buscar el modo del entendimiento mutuo. Tenemos que tener mucho cuidado con los atropellos que se acentúan especialmente en épocas de crisis, es posible optar por la amabilidad. El atropello es un atentado contra la comunión, la fraternidad y el diálogo. En su etimología amabilidad significa la cualidad de poder inspirar y dar amor. La persona que tiene esta cualidad ayuda a los demás, hace mucho bien, la existencia es más soportable. Es una manera de tratar que se manifiesta de diversas formas y maneras: en el trato, cuidado en las palabras y en los gestos para no herir, aliviando el peso a los demás. Implica decir palabras de aliento, que reconfortan, fortalecen, consuelan, estimulan. Algunas personas reducen la amabilidad a simplemente cuestiones de trato personal, urbanidad o diplomacia empobreciendo de este modo su concepto. La amabilidad es el barbecho donde se puede cultivar la amistad social y todo lo que de ella emana.

Reconocer a cada ser humano como hermano y buscar una amistad social que integre a todos no son meras utopías –en el sentido negativo como aquello que nunca se puede lograr o alcanzar. Es un modo concreto de hacer efectiva y real la amabilidad. Exige la decisión y la capacidad para encontrar caminos que hagan posible dicha realidad. Estas acciones se convierten en un ejercicio supremo de la caridad política. Un individuo puede ayudar a una persona necesitada (o varias) pero, cuando se une a otros para generar procesos sociales de fraternidad y justicia entra en el campo de la más amplia caridad que es la caridad política. Esta actitud supone haber desarrollado un sentido social amplio que supera toda mentalidad individualista. Si en nuestras interrelaciones cotidianas buscáramos la amistad social con quienes tratamos, todo sería más fácil y llevadero. Estos son tiempos donde se ejercita de un modo muy particular la caridad política buscando el bien común.

Mirar la gesta de Mayo es volver a nuestros orígenes más genuinos, aun cuando somos conscientes -para no idealizar- de las limitaciones de la época y sus integrantes. Es volver a repensar el bien común, que indefectiblemente nos conduce a buscar el bien de todas las personas que habitan este bendito suelo, consideradas no sólo en la individual sino también en la dimensión social que nos une.

En este día –jornada de oración por nuestra Patria- le pedimos especialmente a la pura y limpia Concepción de Nuestra Señora de Itatí, que se quedó milagrosamente junto al río Paraná, como signo de maternal protección sobre nuestro pueblo peregrino, nos ilumine a nosotros y todos los argentinos en este año electoral –en diversos niveles- a tomar conciencia de la importancia de los actos eleccionarios, en la importancia de buscar caminos y opciones que conduzcan a la realización de la mejor política. Que por medio de ella se puedan construir comunidades en los distintos niveles de la vida social, en orden a reequilibrar y reorientar nuestro presente suscitando vías nuevas para afrontar los problemas del hoy. Se puedan renovar, fortalecer, revitalizar y recrear estructuras, organizaciones sociales, políticas y ordenamientos jurídicos. Que Dios ocupe el centro, el meollo desde donde se tomen decisiones y opciones que es el que hace nuevas todas las cosas.

Mons. José Adolfo Larregain OFM, obispo auxiliar de Corrientes