Martes 19 de octubre de 2021

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Ordenación sacerdotal y ordenaciones diaconales

Homilía de monseñor Andrés Stanovnik OFMCap, arzobispo de Corrientes, en la ordenación sacerdotal de Leonardo Guedes; del diácono permanente Oscar Guillermo Lombardero; y de los diáconos Horacio Abel Villasanti y Oscar Alfredo Luna (6 de marzo de 2021)

Jesús nos convoca esta tarde para hablarnos y darnos el alimento que necesitamos para vivir dignamente como hijos de Dios, como hermanos entre nosotros y con todos. Jamás en la historia de la humanidad hemos necesitado tanto de Dios como ahora en esta crisis global que nos afecta a todos y a todo, y de la que aún no sabemos el final. Sin embargo, los cristianos no perdemos la esperanza porque tenemos la certeza de que Dios no está ausente, al contrario, está más cerca allí donde los seres humanos experimentamos nuestra radical fragilidad. Y, entre las muchas señales de su presencia, hoy se manifiesta por medio de estos hermanos nuestros que serán ordenados diáconos y presbíteros, precisamente para acompañar al Pueblo de Dios, a través de las crisis, hacia la maduración en el amor a Dios y al prójimo.

Efectivamente, ellos fueron elegidos entre los hombres para las cosas que son de Dios. Porque en la medida que conozcamos las cosas que son de Dios, sabremos mejor las cosas a las que tenemos que dedicarnos para ser felices nosotros y para hacer felices a los otros. Cuando conocemos bien el prospecto de un instrumento, estamos en mejores condiciones para utilizarlo de acuerdo con el fin para el cual el instrumento fue confeccionado. Y, por el contrario, si desconocemos las instrucciones de uso de un aparato, es muy probable que lo utilicemos mal y además lo malogremos. Algo semejante sucede con el ser humano. Si conocemos el fin para el que fuimos creados también desarrollaremos nuestras potencialidades en la dirección correcta. Para ello es importante conocer al Creador, saber cuáles fueron sus intenciones al crearnos, y descubrir el camino por el cual desea llevarnos hacia Él. Estos hermanos nuestros serán ordenados para las cosas de Dios que son también y exactamente las nuestras. Dos de ellos en el orden del presbiterado y dos para el orden del diaconado con vista a recibir en un futuro próximo también el sacerdocio.

Dado que estos hombres, que están aquí delante de nosotros, serán ordenados para el servicio del Pueblo de Dios en las cosas, como decíamos, que pertenecen a Dios. Para ello, tendrán que ir aprendiendo su oficio mirándose continuamente en el espejo de Jesús. Él es el único eterno Sacerdote, mediador entre Dios y los hombres. Por él, con él y en él, como decimos al final de la Plegaria eucarística, no solo aprenderán el oficio del buen pastor, sino que deberán conformar su propia vida con la de él, que no vino a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate de muchos (cf. Mc 10,45). Tal como lo acabamos de oír en el Evangelio, Jesús “se levantó de la mesa, se sacó el manto y tomando una toalla se la ató a la cintura. Luego echó agua en un recipiente y empezó a lavar los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que tenía en la cintura” (Jn 13,4-5).

Ese servicio, que tiene como símbolo el delantal, es un servicio a la comunión que prepara a los hombres a participar en la mesa común; y es, al mismo tiempo, un servicio que prepara a la misión. El poder del servicio se distingue del otro poder, porque el servicio capacita, integra y envía. En cambio, el otro poder se disfraza de servicio, pero para satisfacer, someter y despersonalizar. Hay que estar muy atento para permanecer en el servicio al Pueblo de Dios y no caer en la tentación de servirse de él. Para ello, el sacerdote deberá cultivar un vínculo muy estrecho con Jesús, Buen Pastor, a través de la oración diaria, la meditación de la Palabra de Dios, la celebración de la Eucaristía y recurrir al sacramento de la Reconciliación, para evitar la tentación de cambiar el delantal del servicio por la capa de la dominación. El verdadero servidor crea lazos de amistad con todos, aún con aquellos que se resisten o que actúan movidos por intereses mezquinos, todos son objeto de su preocupación pastoral y el centro de su oración.

Ustedes, que serán ordenados en unos instantes más, serán ministros llamados por Dios para acompañar y guiar a su Pueblo que se encuentra atemorizado y frágil por la pandemia. Sean instrumentos que infunden confianza y alejan el miedo; promotores de solidaridad con todos, pero especialmente con los que la pasan mal; inspiradores de todo proyecto que cuide la vida humana siempre y en cualquier circunstancia, y de las iniciativas en favor del respeto al lugar que habitamos, con la conciencia de que todo esto pertenece a la causa de Dios que es también la causa del hombre. Ustedes fueron llamados por Dios para mirar todas esas cosas desde Él, tal como las reveló en la mirada y los gestos de Jesús, sobre todo, a través de su pasión, muerte y resurrección. Por eso, la celebración de la Eucaristía, deberá ser la fuente y la culminación de toda la obra evangelizadora que el Espíritu Santo tiene dispuesto realizar a través de ustedes.

Por último, comparto con ustedes y con toda la asamblea, dos testimonios de sacerdotes santos. Uno, del beato Angelelli, que se refiere a la unidad y comunión entre los sacerdotes y el obispo y de éste con los sacerdotes, cuando le tocó intervenir en el Concilio Vaticano II, insistiendo que todo lo que se refiere al oficio episcopal por analogía tendría que ser relacionado al ministerio de los presbíteros; “si se dice ‘nada sin el Obispo’, también se ha de decir nada sin los sacerdotes”. Y el otro testimonio es del Santo Cura Brochero, quien les dijo a los sacerdotes: “Cuanto sean más pecadores o más rudos o más inciviles mis feligreses, los han de tratar con más dulzura y amabilidad en el confesionario, en el púlpito y aún en el trato familiar”. Por eso, queridos Leonardo, Guillermo, Horacio y Oscar, no se no se cansen de trabajar por la unidad y la comunión entre los sacerdotes y con el obispo, en las comunidades y entre ellas, para que esa comunión se convierta en una fecunda misión a favor de Pueblo de Dios que nos ha sido confiado.

Y que María, nuestra Tierna Madre de Itatí, junto con San José con corazón de Padre, los proteja de todo mal, los consuelen en las dificultades, y les ayuden a vivir gozosamente el sacramento del Orden Sagrado que van a recibir.

Mons. Andrés Stanovnik OFMCap, arzobispo de Corrientes