Viernes 23 de abril de 2021

Tras el temporal, monseñor Aguer llamó en Luján a ser más buenos, humildes y hermanos

  • 21 de mayo, 2013
  • Luján (Buenos Aires)
El arzobispo de La Plata, monseñor Héctor Aguer, presidió la celebración eucarística que sirvió de corolario a la 114ª peregrinación arquidiocesana a Nuestra Señora de Luján, a la que cientos de fieles de los cinco partidos bonaerenses que integran la jurisdicción eclesiástica llegaron en vehículos. Monseñor Aguer admitió que la arquidiócesis de La Plata llegó, este año, con "dolor y angustia" por la "calamidad" sucedida. En la basílica, pidió por los afectados, los difuntos y quienes desplegaron su ayuda durante esos días, a la vez que animó a suplicar "que esta prueba nos haga más buenos, más humildes, más hermanos".
Doná a AICA.org
El arzobispo de La Plata, monseñor Héctor Aguer, presidió la celebración eucarística que sirvió de corolario a la 114ª peregrinación arquidiocesana a Nuestra Señora de Luján, a la que cientos de fieles de los cinco partidos bonaerenses que integran la jurisdicción eclesiástica llegaron en vehículos.

La manifestación piadosa de devoción a la patrona de la Argentina se vio este año marcada por el recuerdo vivo de las inundaciones ocurridas el pasado martes 2 de abril, cuando las fuertes tormentas que azotaron la ciudad de La Plata y su zona de influencia provocaron la muerte de decenas de vecinos y graves destrozos. Monseñor Aguer admitió que la arquidiócesis de La Plata llegó, este año, con "dolor y angustia" por la "calamidad" sucedida.

"Muchos de ustedes, queridos hermanos, han sufrido sus efectos. Pidámosle a nuestra Madre de Luján consolación para su pueblo, descanso eterno para los difuntos, recompensa abundante para cuantos han desplegado una ayuda generosa inspirada por el amor, la reacción responsable de quienes deben velar por el bien y la seguridad de todos y protección que nos libre de futuras desgracias", dijo.

"Y sobre todo -concluyó-, que esta prueba nos haga más buenos, más humildes, más hermanos. Dulcísima Virgen María, recíbenos a todos en el abrazo de tu compasión, ya que estamos consagrados a ti y con gran esperanza reconocemos en tu Concepción Inmaculada la aurora de la nueva creación. Consíguenos del Señor la gracia de una mirada suya que forje en nosotros un alma de pobre, para que podamos cantar su grandeza y estremecernos siempre de gozo en Él, nuestro Salvador".

Una atención sobre los más fuertes, los prepotentes y los soberbios
En su homilía, el arzobispo enfatizó que Dios no acepta la injusticia sobre la que se fundan las sociedades humanas, en las que se impone la ley del más fuerte. Lo hizo al reflexionar sobre el Magnificat, la oración que pronunciara la Virgen María al momento de la Encarnación del Verbo de Dios. "Él privilegia a los que el mundo desprecia y rechaza. Así como los humildes y los hambrientos son identificados como los que temen a Dios, los potentados y los opulentos a los que se refiere el Magnificat constituyen también una categoría calificada con criterios religiosos: son los prepotentes, los soberbios, amantes del poder y del dinero".

Ejemplificó, al respecto, que "en la Biblia se caracteriza de modo diverso a la soberbia". En las Sagradas Escrituras "es la vanidad sedienta de honores, la arrogancia y presunción del rico, el orgullo del hipócrita de corazón corrompido; la soberbia de los impíos, opresores de los pobres, equivale al desprecio de Dios y de su justicia, se burla de las promesas del Señor y humilla a sus servidores". Los potentados y enriquecidos, dominados por la soberbia, abusan del poder, ponen su confianza en la riqueza que acumulan y manipulan a los pobres convirtiéndolos en sus clientes y perpetuos mendigos".

El prelado agregó, ante los fieles de La Plata, Ensenada, Berisso, Magdalena y Punta Indio, que "es impresionante observar cómo van parejas la prepotencia del poderoso con la indiferencia religiosa, la superficialidad farisaica o la superstición". El cántico de María, añadió, "es una enseñanza profética y siempre actual que nos exhorta a poner nuestra confianza solo en Dios, nuestro Salvador. Es éste un aspecto fundamental del acto de fe, por el cual creemos en Aquel que es el Trascendente, el absolutamente Otro, y a la vez nuestro Salvador, el Dios cercano, que se nos ha hecho prójimo en Jesucristo y nos muestra su ternura en la maternidad de María. ¡Que él nos libre de la ambición, de la envidia y del resentimiento!".+

Texto completo de la homilía