Miércoles 25 de mayo de 2022

Mons. Margni pide respetar indicaciones sanitarias para participar de las celebraciones religiosas

  • 31 de diciembre, 2021
  • Avellaneda (Buenos Aires) (AICA)
En un mensaje ante el aumento de casos de Covid-19, el obispo de Avellaneda-Lanús exhortó a redoblar los esfuerzos en este sentido y requirió a los no vacunados que lo hagan por el bien de todos.
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Ante el aumento significativo de casos de Covid-19, el obispo de Avellaneda-Lanús, monseñor Marcelo Julián Margni, pidió a la comunidad diocesana redoblar los esfuerzos para hacer de las celebraciones y encuentros, espacios “seguros y cuidados”.

“Pongan la mayor atención en respetar y hacer respetar las indicaciones que vienen de las autoridades de salud”, sugirió en un mensaje ante la nueva situación epidemiológica en el país.

“No den lugar a rumores infundados, a opiniones pronunciadas sin sustento alguno, a mensajes que irresponsablemente generan confusión y repercuten –como estamos viendo– en un agravamiento de la situación”, sostuvo.

El obispo requirió a quienes no recibieron las vacunas “que, en nombre del Amor en el que creemos, que se las apliquen. Por ustedes mismos y, en especial, por las personas más vulnerables”. Monseñor Margni invitó a no dejar de tener presente en la oración a “quienes más sufren y a quienes cuidan la salud y la vida de nuestro pueblo”. 

“Mi mensaje quiere ser no un grito de alarma, sino un llamado a esa esperanza comprometida que nace del Evangelio. Esta, en definitiva, es la buena noticia que hemos oído y en la que creemos: amadas y amados, hechos capaces de vivir en el amor, amándonos mutuamente pasamos juntos y juntas de la muerte a la vida”, concluyó.

Texto del mensaje
Queridas hermanas, queridos hermanos: 

En estos días de Navidad, siguiendo una antigua tradición, la liturgia nos propone contemplar la venida del Hijo de Dios con la primera carta de San Juan, que recorre como primera lectura las Misas de este tiempo. Un llamado resuena con insistencia en las páginas de esa carta: «Amémonos unos a otros». Es un mensaje que nos resulta conocido, a veces «demasiado» familiar. Pero, cuando abrimos el oído, vibra con la urgencia y la novedad de lo verdaderamente esencial… 

Aquí está toda la buena noticia que hemos escuchado y en la que hemos creído (1Jn 2, 7-8; 4, 16): Dios nos amó primero (4, 10), y no con palabras y buenas intenciones, sino con obras y de verdad (3, 18), enviando a su Hijo al mundo —un mundo con toda su carga de oscuridad, de dolor y de pecado— para darnos vida (2, 8; 4, 9). Al Dios que nos amó de este modo, haciéndose hermano nuestro, no es posible amarlo si no es amando a hermanas y hermanos (3, 16-17; 4, 19-21). Así, esta buena noticia nos abre un camino (2, 6): amar como somos amadas y amados, amar con presencias y gestos —no meras palabras— capaces de dar vida, amar asumiendo la carga de fragilidad y sufrimiento de quienes están a nuestro lado hasta hacerla nuestra y dar la vida por ellas y ellos… En este amor, nosotros mismos pasamos de la muerte a la vida (3,14). 

Queridas hermanas, queridos hermanos: Si me he extendido un poco, recogiendo en este párrafo una lectura de la primera carta de Juan, lo he hecho porque quisiera dejar que su mensaje resuene con toda su fuerza para nosotros, para nuestras comunidades, también ahora, en esta Navidad de 2021. Es una Navidad que, como ya sabemos, está marcada por un aumento significativo, pronunciado y preocupante de contagios de COVID, lo que ya es descrito como el inicio de una «nueva ola» de la pandemia en nuestro país. Los barrios y las ciudades que forman parte de nuestra Diócesis están lejos de verse exentos. 

No olvidamos que, detrás de los números a veces fríos de las estadísticas, están siempre los rostros de hermanos y hermanas. Está el malestar y el sufrimiento de las personas contagiadas, del aislamiento en el que se ven recluidas y, en algunos casos, de la internación que se ha vuelto necesaria. Está también la angustia de sus familias y el dolor de quienes tienen que despedir al ser querido. Está el esfuerzo, el largo, heroico y aún extenuante esfuerzo de todo el personal médico y de la salud. Está el compromiso de mujeres y hombres que, desde hace casi dos años, luchan por contener y erradicar la pandemia, aún a costa de su propia vida. Está la angustia de los pobres, de quienes pierden su fuente de ingreso, de los sectores más vulnerables y expuestos de nuestra sociedad. Detrás de los fríos números de las estadísticas, está la vida de nuestros hermanos y hermanas, la vida de nuestro pueblo.

Y entonces, en este contexto, ¿cómo resuena la buena noticia del Amor que, con su encarnación, ha venido a darnos vida? ¿Cómo diremos, no con palabras o buenas intenciones, sino con obras y de verdad, que hemos creído en ese Amor? ¿Cómo haremos nuestro el camino por el que él continuamente anduvo (1Jn 2, 6)? 

En el espíritu de esta buena noticia de la Navidad les pido, hermanos y hermanas, que redoblemos los esfuerzos por hacer de nuestras comunidades, de sus celebraciones y encuentros, espacios seguros y cuidados. Pongan la mayor atención en respetar y hacer respetar las indicaciones que vienen de las autoridades de salud. No den lugar a rumores infundados, a opiniones pronunciadas sin sustento alguno, a mensajes que irresponsablemente generan confusión y repercuten —como estamos viendo— en un agravamiento de la situación. Confío en el buen juicio y el discernimiento evangélico de las y los responsables pastorales de las parroquias, atentos al bien mayor de nuestras comunidades y de nuestro pueblo, para tomar las decisiones necesarias. A quienes no han recibido las vacunas, les pido, en nombre del Amor en el que creemos, que se las apliquen. Por ustedes mismos y, en especial, por las personas más vulnerables. Y no dejemos de tener presente en la oración a quienes más sufren y a quienes cuidan la salud y la vida de nuestro pueblo. 

Queridos hermanos, queridas hermanas: Mi mensaje quiere ser no un grito de alarma, sino un llamado a esa esperanza comprometida que nace del Evangelio. Esta, en definitiva, es la buena noticia que hemos oído y en la que creemos: amadas y amados, hechos capaces de vivir en el amor, amándonos mutuamente pasamos juntos y juntas de la muerte a la vida.

Reciban mi saludo fraterno y mi bendición.+