Sábado 15 de mayo de 2021

La persona de Jesús, centro de la predicación del cardenal Cantalamessa

  • 26 de marzo, 2021
  • Ciudad del Vaticano (AICA)
Delante del Papa, y citando uno de sus documentos, el predicador invitó a "renovar ahora mismo el encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él".
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El papa Francisco, junto a los cardenales, arzobispos, obispos, prelados de la Familia Pontificia, con los empleados de la Curia Romana y del Vicariato de Roma y los superiores generales o los procuradores de las Órdenes religiosas pertenecientes a la Capilla Pontificia, participó hoy de la cuarta predicación de Cuaresma en el Aula Pablo VI a cargo del cardenal Raniero Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia, quien abordó el tema de la persona de Jesús de Nazaret.

A partir de los Hechos de los Apóstoles, que narran el episodio de la llegada del rey Agripa a Cesarea, a quien el gobernador Festo le presenta el caso de Pablo custodiado por él, a la espera de juicio, el purpurado explicó que este detalle, aparentemente secundario, “se resume la historia de los veinte siglos que siguieron a ese momento”.

“Todo sigue girando en torno a un tal Jesús que el mundo considera que está muerto y la Iglesia proclama que está vivo”, sostuvo.

Y precisamente sobre esto el predicador propuso su última meditación, es decir, “¡que Jesús de Nazaret está vivo!”. Que “no es un recuerdo del pasado”; “un personaje, sino una persona”, que “vive según el Espíritu”, es decir, de “una forma de vivir más fuerte que según la carne porque le permite vivir dentro de nosotros, no fuera, o al lado”.

En su reexamen del dogma, el cardenal Cantalamessa recordó asimismo la “etapa fundamental” del Concilio de Éfeso, en 431, en el que se definió el título de María Theotokos, “Madre de Dios”. Y explicó que su objetivo final sólo se logró en el Concilio de Calcedonia en 451, “con la fórmula de la cual retomamos la parte relativa a la unidad de Cristo”:

“Siguiendo, pues, a los Santos Padres, todos a una voz enseñamos que ha de confesarse a uno solo y el mismo Hijo, nuestro Señor Jesucristo, conservando, más bien, cada naturaleza su propiedad y concurriendo en una sola persona y en una sola hipóstasis”

Después de recordar que para la recepción completa de la definición de Nicea se necesitó un siglo, el predicador afirmó que “para la recepción completa de esta otra definición hicieron falta todos los siglos siguientes, hasta nuestros días”. De hecho, prosiguió: “Sólo gracias al reciente clima de diálogo ecuménico, se ha podido restablecer la comunión entre la Iglesia Ortodoxa y las llamadas Iglesias Nestorianas y Monofisitas del Oriente Cristiano”

El purpurado destacó “para revitalizar el dogma”, su dimensión subjetiva y existencial, para lo cual se refirió a San Gregorio Magno y a San Ireneo, quien escribió que “la verdad revelada”, “es como un licor precioso contenido en una vasija valiosa”, que por obra del Espíritu Santo, “siempre rejuvenece y rejuvenece incluso al jarrón que la contiene”. De manera que “la Iglesia es capaz de leer la Escritura y el dogma de una manera siempre nueva, porque ella misma es hecha nueva por el Espíritu Santo”.

“El dogma de la única persona de Cristo es también una estructura abierta, es decir, capaz de hablarnos hoy, de responder a las nuevas necesidades de la fe, que no son las mismas que en el siglo V. Hoy nadie niega que Cristo sea una persona”, aseguró, y agregó: Lo más importante hoy en día, sobre el dogma de Cristo ‘una persona’, no es tanto el adjetivo ‘una’, cuanto el sustantivo ‘persona’. No tanto el hecho de que sea ‘uno e idéntico a sí mismo’, ‘unus et idem’, cuanto que sea una ‘persona’. Esto significa descubrir y proclamar que Jesucristo no es una idea, un problema histórico y ni siquiera sólo un personaje, sino una persona ¡y una persona viva!

Tras señalar que “esto es, de hecho, de lo que carecemos y de lo que necesitamos mucho para no dejar que el cristianismo se reduzca a la ideología, o simplemente a teología”, el predicador prosiguió con el Nuevo Testamento en el momento en el que habla del célebre “encuentro personal con el Resucitado que jamás haya sucedido sobre la faz de la tierra: el del apóstol Pablo. Es precisamente Pablo quien, con su relato, nos anima a hacer lo mismo, es decir, a dar testimonio de la gracia de Dios”.

Reflexionando sobre el concepto de persona en el ámbito de la Trinidad, el cardenal Cantalamessa explicó que San Agustín y santo Tomás de Aquino, llegaron a la conclusión de que “persona”, en Dios, significa “relación”. Y agregó que la “persona es persona en el acto en que se abre a un ‘tú’ y en esta confrontación adquiere conciencia de sí. Ser persona es ‘ser-en-relación’”. Lo que también es válido para las personas divinas de la Trinidad, que son “relaciones puras” o como se dice en teología, “relaciones subsistentes”; pero vale también para toda persona en el ámbito creado.

“La persona no se conoce en su realidad, si no es entrando en ‘relación’ con ella. Por eso no se puede conocer a Jesús como persona, si no es entrando en una relación personal, de yo a tú, con él”

Además constató que “desgraciadamente, para la gran mayoría de los cristianos Jesús es un personaje, no una persona”. Y dijo que “si permanecemos en el nivel de la fe objetiva, sin desarrollar una relación existencial con él, él permanece externo a nosotros, toca nuestra mente, pero no calienta el corazón. Sigue estando, a pesar de todo, en el pasado; entre nosotros y él se interponen, inconscientemente, veinte siglos de distancia”.

El cardenal Cantalamessa glosó la invitación que el papa Francisco planteó al comienzo del número 3 de su exhortación apostólica Evangelii gaudium: “Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso. No hay razón para que alguien piense que esta invitación no es para él”

Dando un paso más allá, el predicador destacó que “nunca seremos lo suficientemente agradecidos a los Padres de la Iglesia por haber luchado, a veces literalmente hasta casi la sangre, para mantener la verdad de que Cristo es ‘una sola persona’ y que esta persona no es otra que el Hijo eterno de Dios, una de las tres personas de la Trinidad”.

“El misterio más grande y más inaccesible para la mente humana no es, en mi opinión, que Dios sea uno y trino, sino que Dios es amor”, afirmó, y añadió: “Nosotros modernos proclamamos que la persona es el valor supremo que debe respetarse en todos los campos, el fundamento último de la dignidad humana. Sin embargo, de dónde proviene este concepto moderno de persona, sólo se entiende a partir de la Trinidad (…). Cristo, siendo una persona divina y trinitaria, tiene, pues, con nosotros, una relación de amor que funda nuestra libertad”.

Por lo tanto, continuó el predicador, “nuestra relación personal con Cristo es esencialmente una relación de amor”. Y “consiste en ser amado por Cristo y amar a Cristo”. Algo que vale para todos, “pero asume un significado particular para los pastores de la Iglesia”.

El cardenal Cantalamessa concluyó destacando “la consecuencia de todo esto para nuestra vida, en un momento de gran tribulación para toda la humanidad como es el presente”. Por esta razón afirmó que estamos invitados, “a mirar con ojos de fe al mundo que nos rodea y que nos da aún más miedo ahora que el hombre ha adquirido el poder de desestabilizarlo con sus armas y sus manipulaciones”.

“Lo que Pablo llama ‘altura’ y ‘profundidad’, son para nosotros, en el acrecentado conocimiento del tamaño del cosmos, lo infinitamente grande por encima de nosotros y lo infinitamente pequeño por debajo de nosotros. En este momento, ese infinitamente pequeño que es el corona virus que desde hace un año paraliza a toda la humanidad”.

“Dentro de una semana será Viernes Santo e inmediatamente después el Domingo de Resurrección. Al resucitar, Jesús no regresó a la vida de antes como Lázaro, sino a una vida mejor, libre de toda inquietud: “Esperemos que éste sea el caso también para nosotros. Que del sepulcro en el que la pandemia nos ha tenido encerrados durante un año, el mundo – como el Santo Padre nos repite constantemente – salga mejor, no el mismo que antes”, concluyó.+