Lunes 10 de mayo de 2021

Consudec: Educar después de la pandemia

  • 12 de marzo, 2021
  • Buenos Aires (AICA)
"Solo la presencia de un gran amor es capaz de arrancar al hombre de la nada, y darle un camino educativo para un nuevo comenzar", afirma el presidente del Consudec en su editorial mensual.
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"El virus que ha sustituido al 'enemigo' clásico de la fe (la Ilustración), no ataca directamente o no tiene como objetivo directo la 'naturaleza espiritual' de nuestra persona, no mina los fundamentos históricos de la revelación cristiana, no pone en cuestión la razonabilidad de la fe; este virus neutraliza, como jamás lo había hecho el anterior 'rival', los movimientos del mismo 'yo', amenaza su misma consistencia", afirma el presidente del Consejo Superior de Educación Católica, presbítero José Álvarez.

En su editorial en la revista institucional, el sacerdote advierte que la humanidad atraviesa "una época de una peligrosidad extrema" y recuerda lo dicho por el papa Francisco: "El peligro más grande para el hombre no es la esclavitud física, sino la eliminación de la posibilidad de comportarse como hombre. Vivimos una época en la que las cadenas no se llevan en los pies, sino que impiden los movimientos más originales del yo y de la propia vida".

Tras profundizar sobre la palabra "yo" y lo que considera "la gran confusión" de hoy, hace hincapié en el nihilismo que, sostuvo, "reina en el modo de pensar y de ver que impone la cultura dominante".

"Pero se trata de un nihilismo que ni siquiera conserva el sentimiento trágico por la derrota que lo motiva, sino que más bien lo disimula reduciendo engañosamente todo a juego, a arbitraria invitación al escepticismo y a la ligereza moral".

El presidente del Consudec sostiene que "las consecuencias de este nihilismo (que se ha evidenciado más en esta pandemia) serían un debilitamiento de la relación con la realidad que tiene como consecuencia un torpor del yo" y precisa: "Una sensación de vacío cuya consecuencia es un debilitamiento de la relación con la realidad, con las circunstancias, que a la postre parecen todas insensatas, no merecedoras de obtener de nosotros un verdadero asentimiento. Se produce una especie de torpor del yo que frena la implicación con lo que sucede".

"Este es el rostro que asume hoy el nihilismo: una astenia, una ausencia de tensión, de energía, una pérdida del gusto de vivir, íntimamente ligada a la ausencia de algo que de verdad nos atraiga. Solo la presencia de un gran amor es capaz de arrancar al hombre de la nada, y darle un camino educativo para un nuevo comenzar", concluye.

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