Miércoles 12 de mayo de 2021

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Reverendo Monseñor Rubén Oscar López, Administrador Diocesano,
Reverendos Sacerdotes del Clero diocesano de Avellaneda-Lanús,
Reverendos Sacerdotes del Clero Religioso,
Reverendos Diáconos y Seminaristas,
Reverendos Hermanos Religiosos y Hermanas Religiosas,
Queridos Hermanos y Hermanas en Cristo, también todos aquellos que siguen esta misa a través de los medios de comunicación y redes sociales.

El Santo Papa Juan Pablo II, tenía el uso, algunos de ustedes seguramente recuerdan, de escribir una carta a los sacerdotes con ocasión del Jueves Santo. Quisiera citar aquella primera del 1979, cuando Juan Pablo saludaba a los sacerdotes en esta manera:

“A todos ustedes, pues, que en virtud de una gracia especial y por una entrega singular a Nuestro Salvador, soportan el peso del día y el calor (cfr. Mt 20-12), entre las múltiples ocupaciones del servicio sacerdotal y pastoral”.

Así es estimados sacerdotes, ustedes son obreros de la viña del Señor en la Diócesis de Avellaneda-Lanús. Ustedes tienen el privilegio y la responsabilidad de anunciar el Evangelio y ser pastores según el modelo de nuestro Señor Jesucristo, Eterno Sacerdote.

En la misma carta el Santo Papa, adaptando las palabras de San Agustín, escribe: “Para ustedes soy Obispo, con ustedes soy Sacerdote”. Queridos Hermanos, en el tiempo durante el cual su Diócesis espera un nuevo Obispo, quiero como Nuncio Apostólico, Obispo y sobre todo como sacerdote, celebrar con ustedes esta Misa Crismal, misma en la que renováremos las promesas sacerdotales y bendeciremos los óleos santos; pero antes, quisiera compartir con ustedes, queridos hermanos en el sacerdocio, también algunas reflexiones.

Hoy día y, sobre todo mañana Jueves Santo, volvemos con nuestros pensamientos y con nuestro corazón al Cenáculo de la Última Cena. Volvemos al momento de establecimiento del Sacramento de la Eucaristía y del Sacerdocio. Esta noche nuestro Cenáculo es esta Catedral. Es más que natural que hoy día recordemos el de nuestra ordinación sacerdotal. ¿Cuántos años pasaron ya? ¿Uno, dos, cinco, diez, veinte, treinta o más? No importa. Lo importante es que somos sacerdotes, todos somos jóvenes recordando nuestra primera misa. Hoy y mañana es una fiesta de los sacerdotes, permítanme de presentar a todos Ustedes mis felicitaciones, mejores deseos y agradecimientos por el servicio cotidiano sacerdotal.

Nosotros, “in persona Christi” (en nombre de Cristo) decimos cada día las palabras “Tomen y beban todos de él, porque este es mi Cuerpo…. Tomen y beban todos de él, porque éste es el cáliz de mi Sangre”. En realidad, Nuestro Señor nos recomendó de hacerlo cuando dijo “Hagan esto en conmemoración mía”.

Y nosotros lo hacemos, sirviendo en esta manera el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios en nuestro cuerpo humano. En nombre de Cristo, no solo celebramos la santa Eucaristía, sino que también in persona Christi proclamamos la buena nueva, damos la absolución de pecados, fortalecemos con santo óleo los enfermos y bendecimos el Pueblo de Dios.

Sí, estimados hermanos en el Sacerdocio, Dios nos ha confiado los más grandes dones. Somos débiles y pequeños pero Dios nos ha confiado los grandes misterios, que humanamente nos sobrepasan. Uno casi pude tener miedo de la grandeza del Sacerdocio; por lo tanto un sabio sacerdote decía: “Temo a mi proprio sacerdocio. Me arrodillo ante mi sacerdocio y ante mi sacerdocio caigo en polvo”.

En el primero capitulo del Evangelio según San Juan podemos encontrar la descripción de la vocación del los primeros apóstoles.

“Al día siguiente, estaba Juan otra vez allí con dos de sus discípulos y, mirando a Jesús que pasaba, dijo: «Este es el Cordero de Dios». Los dos discípulos, al oírlo hablar así, siguieron a Jesús. Él se dio vuelta y, viendo que lo seguían, les preguntó: «¿Qué quieren?». Ellos le respondieron: «Rabbí –que traducido significa Maestro– ¿dónde vives?». «Vengan y lo verán», les dijo. Fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él ese día. Era alrededor de las cuatro de la tarde. Uno de los dos que oyeron las palabras de Juan y siguieron a Jesús era Andrés, el hermano de Simón Pedro. Al primero que encontró fue a su propio hermano Simón, y le dijo «Hemos encontrado al Mesías», que traducido significa Cristo (J 1, 35-42).

Sabemos que el día después Jesús llamó Felipe. Mientras más tarde “Felipe encontró a Natanael y le dijo: «Hemos hallado a aquel de quien se habla en la Ley de Moisés y en los Profetas. Es Jesús, el hijo de José de Nazaret». Natanael le preguntó: «¿Acaso puede salir algo bueno de Nazaret?». «Ven y verás», le dijo Felipe (J 1, 45-46).

Estimados hermanos, en esta descripción de la llamada de los primeros discípulos, podemos encontrar la definición de un Apóstol de Jesús.

El primero paso es encontrar y conocer Jesús. Es necesario aceptarlo como mi Señor y Salvador. Es necesario creer firmemente que “Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna” (J 3, 16).

Entonces, debemos creer en Dios y conocer a Dios y solo cuando creemos y tratamos de conocerlo podemos decir a los demás, como Felipe a Natanael: Ven y verás, (vengan y verán). Debemos ser gente de fe. No podemos ser guías ciegos y malos que no conocen a Nuestro Señor.

Todo nuestro espíritu, toda nuestra mente, nuestro corazón y nuestra voluntad deben ser dirigidos a Cristo, Nuestro Redentor. Queremos repetir junto con San Pedro “«Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna. Nosotros hemos creído y sabemos que eres el Santo de Dios» (J 6, 68). Queremos repetir estas palabras no como la gente fracasada que no tiene otra posibilidad, sino que como personas que tengan fe y confianza en su Señor.

Las palabras del santo Juan Pablo II, que he citado al comienzo: “Para ustedes soy Obispo, con ustedes soy Sacerdote”, son una adaptación de las palabras de San Agustín “Vobis enim sum episcopus, vobiscum sum Christianus”, Para ustedes soy obispo, con ustedes soy cristiano.

Es bien recordar estas palabras, porque de un lado, Dios nos ha confiado grandes cosas, por otro somos iguales a todos los otros cristianos. Estamos al servicio de nuestros hermanos y hermanas. Un sacerdote es uno que ama la gente, alguien que no ama ser humano, no debería ser sacerdote.

Nuestro querido Papa Francisco en su primera Exhortación Apostólica “Evagelii Gaudium” comienza con las siguientes palabras: “La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría” (1).

Nunca olvidemos que somos heraldos de buena nueva, que anunciamos al mundo entero la esperanza que no puede defraudar y alegría que nadie nos podrá quitar (J 16, 22).

Normalmente, los sacerdotes predican, pero hoy día es una ocasión especial, para predicar a los sacerdotes, entonces, espero que quien no es sacerdote: las religiosas, los religiosos y laicos, me perdonen hoy día que he dedicado esta breve reflexión a mis hermanos sacerdotes.

Queridos hermanos sacerdotes que el Espíritu del Señor esté siempre sobre ustedes, porque ustedes son ungidos. Ustedes son enviados para anunciar la buena nueva y a proclamar el perdón a los cautivos. Ustedes son enviados a consolar a los afligidos. Y así sea. Amen.

Mons. Miroslaw Adamczyk, Nuncio Apostólico

Su Eminencia Reverendísima Señor Cardenal Mario Aurelio Poli, Arzobispo de Buenos Aires,
Su Excelencia Monseñor Óscar Vicente Ojea, Obispo de San Isidro y Presidente de la Conferencia Episcopal,
Su Excelencia Monseñor Carlos Humberto Malfa, Obispo de Chascomús, Secretario general de la Conferencia Episcopal,
Excelentísimos señores Obispos de la Provincia Eclesiástica de Buenos Aires,
Excelentísimos Señores Obispos Auxiliares (aquí presentes),
Reverendos Sacerdotes de la Arquidiócesis,
Reverendos Religiosos y Religiosas,
Queridos hermanos y hermanas en Cristo, también todos aquellos que siguen esta misa a través de los medios de comunicación y redes sociales.

El pasado sábado el Santo Padre Papa Francisco ha firmado su tercera carta encíclica. La ha firmado sobre la tumba de San Francisco, en Asís. El nuevo documento se llama “Fratelli tutti” (hermanos todos). El papa, inspirándose en las palabras de San Francisco, ha decidido dedicar su nueva carta a la fraternidad y a la amistad social. Partiendo de la parábola del Buen Samaritano el Sumo Pontífice nos recuerda “que Dios ha creado todos los seres humanos iguales en los derechos, en los deberes y en la dignidad, y los ha llamado a convivir como hermanos entre ellos” (5).

El nuevo documento papal es una sabia mirada sobre nuestra sociedad que atraviesa un difícil momento de la pandemia. El Santo Padre ofrece también pistas para encontrar soluciones a los problemas de nuestra época, por lo tanto, algunos consideran justamente esta encíclica un modo para sanar el mundo; una brújula en tiempos de crisis.

El Papa nota en su documento que la religión ofrece “un aporte valioso para la construcción de la fraternidad y para defesa de la justicia en la sociedad” (271).

Nosotros tenemos el privilegio de pertenecer a una gran familia, a la Santa Católica y Apostólica Iglesia. Somos muchos unidos por la misma fe, los mismos sacramentos y por el Cristo nuestro Señor y Salvador. Estamos unidos también reconociendo que el Vicario del Señor en la tierra es el Obispo de Roma. En nuestros tiempos, el sucesor de San Pedro es Su Santidad Papa Francisco.

Él envía a cada país su representante, y desde hace pocas semanas, tengo el privilegio de ser Nuncio Apostólico en Argentina, el país natal del Papa. Cumplo con mi deber y transmito los más calurosos saludos que el Santo Padre envía, a través de mí, a sus compatriotas, a ustedes. Él ama la Argentina y reza por ella continuamente; con sus pensamientos y oraciones, está cerca a la vida de todos los argentinos.

Yo, como he dicho hace poco tiempo, estoy honorado de ser Nuncio en el país del Papa, y Ustedes, los argentinos están seguramente orgullosos de tener un argentino a la Cabeza de nuestra Iglesia. Es un honor, pero, al mismo tiempo, es un deber; un deber de rezar por el Santo Padre. Celebro esta eucaristía por la Persona del Sumo Pontífice, nuestro amado Santo Padre y por sus intenciones; e invito todos Ustedes a rezar todos juntos conmigo.

Agradezco a su Eminencia, el Señor Arzobispo, por la invitación de celebrar esta santa misa en la catedral de Buenos Aires al comienzo de mi misión.

Como ya saben, soy polaco y desde hace 27 años trabajo en las diferentes Nunciaturas. Argentina es mi tercera misión como Nuncio Apostólico.

Quisiera aprovechar esta eucaristía para saludar muy cordialmente a todos los habitantes de la Capital y del país entero, deseando a todos ustedes mucha salud, paz, felicidad y prosperidad. Que Dios les bendiga y otorgue todas las gracias terrestres y celestiales.

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En el evangelio de hoy día, Jesús nos cuenta la parábola de las bodas. Un banquete de bodas, en todo momento de la historia humana y en toda cultura, ha sido algo muy serio. Cuando una familia debe preparar un almuerzo para el matrimonio de uno de sus hijos, todos piensan con tiempo a quiénes invitar y a quiénes no. Se prepara una lista y, después, se discute, recordando a quienes nos han invitado, en el pasado, a su matrimonio y a quienes no se han acordado de nosotros. Por lo demás, cuando nos llega una invitación para una boda, nos sentimos muy honrados y contentos.

Pero, cuando somos nosotros los amos de casa y hemos preparado un almuerzo o una cena y hemos trabajado tanto y gastado mucho dinero y, después, no viene ninguno… ¡qué desilusión y qué sufrimiento!, pues los invitados nos han depreciados, no nos han respetado, es más, nos han ofendido.

 “El reino de los cielos es semejante a un rey que preparó un banquete de bodas para su hijo”.

El rey de la parábola es Dios. Y Él organiza una gran fiesta para su Hijo, que es Jesús. La esposa del Hijo es la Iglesia. En efecto, las bodas que se celebran significan la alianza entre Dios y la humanidad. Esta alianza ha sido sellada a través de Jesús. Él mismo, en los evangelios, se presenta como el esposo. Basta recordar el Evangelio de Marcos, donde leemos: “Un día en que los discípulos de Juan y los fariseos, fueron a decirle a Jesús: « ¿Por qué tus discípulos no ayunan, como lo hacen los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos? ». Jesús les respondió: « ¿Acaso los amigos del esposo pueden ayunar cuando el esposo está con ellos?” (Mc. 2, 18-19). Veamos, por lo tanto, cómo Jesús define al esposo.

La expresión ‘bodas’ aparece siete veces en la parábola y no se trata de un caso, pues en toda la tradición bíblica, cuando se habla de alianza entre Dios y la humanidad, se utilizan los términos del amor conyugal.

Las simbólicas bodas, es decir, la eterna y perfecta alianza, las ha realizado Jesús a través de su pasión, muerte y resurrección. Los primeros invitados han sido, indudablemente, los hebreos, miembros del Pueblo elegido. Pero la mayoría de los hebreos no ha reconocido a Jesús como el Mesías.

Cuando los primeros invitados se han rehusado a ir, el rey de la parábola ordena a sus siervos: “Salgan, pues, a los cruces de los caminos y conviden al banquete de bodas a todos lo que encuentren. Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos a los que encontraron, malos y buenos. Y la sala del banquete se llenó de convidados”.

La sala llena de gente buena y mala es una imagen de la humanidad, o mejor, de la Iglesia. A las bodas del rey, a la alianza con Dios, todos, absolutamente todos, están invitados. No hay excepción en el hecho de que uno sea pobre o no haya recibido educación, o esté marginado en la sociedad. Es más, sin mirar si uno es santo o pecador. Es algo importante recordarlo. Estamos, por ello, contentos de pertenecer a la Iglesia Católica. Sin embargo, debemos recordar que no somos miembros de un club cerrado. No podemos despreciar a nadie; no podemos cerrar a nadie las puertas de la Iglesia. Nadie puede ser excluido de la Salvación. Si lo hacemos, somos malos servidores que no obedecen a Dios, que es Quien nos ha invitado a todos. Seríamos como la gente que no deja entrar a los invitados a la casa que no es suya, y no deja entrar a las bodas que nosotros hemos organizado. Los siervos malos y desobedientes merecen un severo castigo.

Queridos hermanos y hermanas: Por lo tanto, podemos decir que, generalmente no tenemos dificultades para comprender la primera parte de la parábola. Lo sentimos por el pobre Rey que ha preparado el banquete y ninguno ha querido ir, y, en verdad, no entendemos la actitud de los comensales que han rechazado la invitación.

El problema se presenta cuando vemos al rey que entra en la sala llena, donde, como recordamos, había buenos y malos, es decir, todos aquellos a quienes los servidores han encontrado en los caminos. Y, uno de ellos, se encuentra sin vestido de bodas. El rey se ha encolerizado y lo ha castigado severamente. “Átenlo de pies y manos y arrójenlo fuera a las tinieblas. Allí será el llanto y la desesperación”.

Nos deja estupefactos el ver que se exija a uno que se encontraba en la calle, que venga vestido de bodas. Tal vez se encontraba en el trabajo y no está preparado para ir a las bodas. ¿Qué significa, pues, la segunda parte de la parábola?

Vamos a los que entraron a la fiesta de bodas. Los hay buenos y malos, pero todos igualmente invitados y vestidos con el traje de bodas. En el vocabulario del Nuevo Testamento, se sabe que el vestido de bodas es el del bautismo. Hemos asistido, sin duda, al Sacramento del bautismo y recordamos que el nuevo bautizado recibe un vestido blanco, el mismo color de las bodas.

Queridos hermanos y hermanas: aquí viene el grueso de la segunda parte de la parábola: el vestido de bodas que necesitamos es exactamente el bautismo. Y de nuevo, algo muy importante para nosotros que hoy escuchamos el evangelio de Jesús. Ya que son siempre más numerosos aquellos que crecen sin bautismo, decimos que nuestros niños crecerán y, ellos mismos, decidirán si quieren ser bautizados o no. Los padres, que también han sido bautizados y no se preocupan del bautismo de sus hijos, son como aquellos malos servidores de los que hemos hablado, que no dejan entrar a los invitados a la casa del rey. ¡Ay de ellos!

Hay un proverbio común a muchos idiomas: “el hábito no hace al monje”. La salvación es gratuita, pero es también necesario recordar las exigencias del bautismo, a las que llamamos ‘promesas’. Como el mismo Jesús ha dicho: Muchos me dirán en aquel día: “Señor, Señor”, pero solamente entrarán en el Reino de los cielos aquellos que hacen la voluntad de mi Padre. Amén.

Mons. Miroslaw Adamczyk, nuncio apostólico

Su Excelencia Reverendísima Monseñor Jorge Eduardo Scheinig, Arzobispo de Mercedes-Luján,
Reverendos Padres,
Reverendos Religiosos,
Reverendas Religiosas,
Hermanos y Hermanas en Cristo, también todos aquellos que siguen esta misa a través de los medios de comunicación y redes sociales.

Saludo a todos ustedes muy cordialmente, en el nombre de Su Santidad Papa Francisco, que tengo honor de representar en su país natal, y los saludo también a mi nombre personal. Agradezco Monseñor Arzobispo por la invitación de hoy día. He llegado a la Argentina el domingo 6 de este mes, hace 18 días, entonces esta es mi primera salida de Buenos Aires y la primera misa pública en la Argentina.

Aprovecho esta ocasión para enviar a todos los argentinos mis mejores augurios y saludos: mucha salud y prosperidad y que Dios les colme con sus gracias y bendiciones.

Junto a Jesucristo Nuestro Señor y Redentor que es nuestro camino, verdad y vida, la Santísima Virgen María siempre ha acompañado al querido pueblo argentino que la venera en múltiples advocaciones.

Hoy día celebremos la Virgen María con una advocación especial: la de Nuestra Señora de la Merced que es la Patrona de la Arquidiócesis de Mercedes-Luján.

Estoy muy contento de poder celebrar mi primera misa pública en la Argentina bajo el manto de la Virgen María y además en la Arquidiócesis donde se encuentra el Santuario Nacional de Luján. Antes de llegar aquí, a la catedral, he podido visitar, junto con el Señor Arzobispo, el Santuario.

Cuando celebremos, como hoy día, una fiesta mariana, podemos preguntarnos, ¿por qué nosotros católicos, tenemos tan grande devoción por María? La respuesta es, porque la Iglesia Católica quiere proclamar la plenitud del Evangelio sobre la salvación.

En la primera Carta de San Pablo a los Corintios, leemos: “Como todos mueren por Adán, todos recobrarán la vida por Cristo” (15, 22). Si, a causa del pecado de Adán llegó la muerte, gracias a Cristo y su cruz llegó la salvación. Por esta razón le llamamos el nuevo Adán. Pero la historia del primer pecado no es solo la historia de Adán, es también de Eva.

Si Jesús es el nuevo Adán, ¿Quién es la nueva Eva? La virgen María, Madre de Jesús, ella es la nueva Eva. Si la historia completa del pecado incluye a Adán y a Eva, así la historia de la redención incluye al nuevo Adán y la nueva Eva. No se puede proclamar la historia completa de la redención sin la nueva Eva, María.

Podemos encontrar en la Biblia muchos paralelos entre el viejo Adán y Eva, por una parte, y por otra parte, entre Jesús y María.

Por ejemplo, en el Antiguo Testamento, Eva salió de la costilla de Adán. En el libro de Génesis leemos: “Dios hizo caer sobre el hombre un profundo sueño, y (…) Le sacó una costilla y llenó con carne el sitio vacío”(Gen 2, 21), pero en el Nuevo Testamento Jesús nació de la Virgen María, Jesús tomó carne de una mujer, su madre.

En el Antiguo Testamento, fue Eva la primera en desobedecer e introducir a Adán al pecado, en el Nuevo Testamento, fue la mujer, María, la primera en obedecer. Ella ha dicho “sí” al Arcángel Gabriel, “Yo soy la esclava del Señor: que se cumpla en mi tu palabra” (Lc 1, 38).

Ahora vemos claramente, que nuestra devoción a la Virgen María forma parte de la verdadera historia de nuestra redención. La verdadera devoción a María nunca nos aleja de su Hijo, nuestro Señor y Salvador.

“Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre María de Cleofás y María Magdalena”.

Todos han abandonado a su Hijo, pero ella no lo abandonó. María se quedó con su Hijo. Una mujer que ama, pero también una mujer fuerte.

Puede ser que en el momento de la pasión de su Hijo, no recordaba más las palabras del Ángel sobre su Hijo “Será grande, llevará el título de Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, para que reine sobre la casa de Jacob por siempre y su reino no tenga fin” (Lc 1, 32-33).

No está ningún trono, María ha visto su Hijo en agonía en la madera de la cruz; su Hijo está en la cruz, un trono para los esclavos. La muerte de la cruz, en realidad, fue reservada sobre todo a los esclavos.

Es entonces más que natural, que celebrando la advocación de María de la Merced, recordemos la escena de María bajo la cruz, trono de su Hijo, porque Ella nos libra de ser esclavos. María que nos libre de los cautivos. Cada época tiene sus esclavitudes. En tiempo de la fundación del Orden Religioso de la Merced, en el siglo decimo tercero, fue la esclavitud de los cristianos en las tierras musulmanas, hoy día tenemos nuestras esclavitud. Nuestros pecados, vicios y debilidades que dependen de nosotros. Tenemos en el mundo de hoy también esclavitudes que no siempre dependen de nosotros como por ejemplo la pobreza, la falta de trabajo y la injusticia.

Este año 2020 es excepcional a causa de la pandemia, desde hace seis meses estamos bajo la esclavitud del coronavirus. Nuestro mundo fue encerrado y todavía lo está, porque queremos frenar la difusión de esta enfermedad. La Arquidiócesis de Mercedes-Luján hace pocos días ha despedido al arzobispo emérito, Monseñor Agustín Radrizzani, que falleció el miércoles 2 del corriente, por Covid-19. La pandemia está presente y es peligrosa. Es una vera esclavitud de nuestro tiempo.

Pedimos hoy día, a través de la poderosa intercesión de María de la Merced, que el Señor nos libre de la esclavitud de la pandemia. En las situaciones difíciles quién sufre más, son siempre los débiles, los pobres y los desprotegidos. Gritemos entonces hoy día frente de Nuestra Señora de la Merced: “Ayúdanos; por tu intercesión, que tu Hijo libere el mundo entero de este coronavirus.

Este tiempo de pandemia nos enseño al menos tres cosas: si la muerte de una persona querida nos permite de asumir la fragilidad de nuestra vida, la pandemia nos mostró la fragilidad de nuestro mundo cotidiano, de nuestro modo de vivir. Todo mundo estuvo encerrado y todos los planes humanos fueron cancelados. La secunda, es la importancia de estar juntos; la importancia de comunidad. Es casi paradójico, de un lado tenemos miedo de otro ser humano, para no ser infectado, de otro, no se puede sobrevivir a la pandemia sin ayuda de la gente que trabaja en las tiendas, en los hospitales, sin gente que trabaja para que haya luz y agua. La tercera, en este tiempo de pandemia, debemos hacer algunas preguntas sobre el sentido de vida; sobre el destino y finalidad de nuestra vida y de nuestro mundo.

María de la Misericordia puede ayudarnos a acoger las lecciones de esta pandemia. Conscientes de que no todo depende de nosotros, fuertes con el espíritu de fraternidad y sabiendo que pretendemos en la vida, podemos volver al mundo post pandemia, para continuar nuestra vida.

“Jesús, viendo a su madre y al lado al discípulo amado, dice a su madre: Mujer, ahí tienes a tu hijo. Después dice al discípulo: ahí tienes a tu madre”.

A primera vista, parece que Jesús está simplemente cumpliendo con el deber filial del cuarto mandamiento, es decir, hallar acomodo y seguridad par una madre viuda que va a quedarse sola. Pero, más allá de esta lectura, hay un dato que nos inclinan a otra interpretación. Por ejemplo, si Cristo sólo hubiera querido dejar a su madre en el cuidado de san Juan, lo natural sería dirigirse primeramente a él, y no a ella, como consta en el texto. Además, ¿por qué comienza llamándola “mujer” y no “madre”? Sin duda porque la vocación maternal de María no se refiere aquí a Jesús, sino que se hace extensiva a todos a quienes el discípulo amado está representando.

Todo indica que aquí se proclama la maternidad espiritual de María sobre los cristianos. Ella es nuestra Madre; Madre de todos los discípulos de su Hijo. María tiene muchos títulos; es suficiente recordar la letanía loretana, llena de lindas advocaciones, pero más bella y más importante es ser Madre de Dios y nuestra Madre.

Amar a María como nuestra Madre supone sentirnos unidos en la gran familia, que es la Iglesia. Llamar madre a María nos remite necesariamente al gran momento en que Cristo entregó su vida por nosotros en la madera de la cruz. Invocar a María como madre nuestra es algo más que un puro recurso sentimental, supone sentirse unidos como hermanos en la cruz de Cristo; supone ayudarnos a llevar mutuamente las cargas y las cruces; supone tener las fuerzas de liberarnos de nuestras esclavitudes.

Es ella la que nos repite siempre “Hagan lo que Él les diga” (Jn 2, 5). Ella no solo dice, sino que también fue la primera discípula de su hijo, y nos muestra cómo ser buena cristiana o buen cristiano.

Si queremos renovar nuestra fe y nuestro compromiso con Jesucristo, María puede ayudarnos, no solamente a través de su intercesión sino a través de su ejemplo.

Hoy queremos encontrarnos con María de la Misericordia; con nuestra madre. Si recurrimos confiados a ella, ella nos va a decir qué debemos hacer y sentiremos su amor por nosotros. Pidamos a Nuestra Señora de la Merced que nos ayude a liberarnos de todo aquello, que no nos permite sentir el amor de Dios en nuestras vidas cada día.

La solemnidad de hoy día es la fiesta patronal de esta Catedral y la Arquidiócesis de Mercedes-Luján; es la fiesta de ustedes, permítanme pues de presentar a todos Ustedes, en primer lugar a su Arzobispo, a todo el clero, a los religiosos, las religiosos y a todos los fieles de esta Iglesia, los mejores deseos, que María de la Misericordia pida su Hijo, nuestro Señor, de conceder a Ustedes muchas gracias terrestres y celestiales, de paz, salud y prosperidad; que Dios bendiga esta Arquidiócesis y toda la Argentina. Y así sea.

Mons. Miroslaw Adamczyk, nuncio apostólico