Jueves 7 de julio de 2022

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S.E. Monseñor César Daniel Fernández, obispo de Jujuy
S.E. Mons. Mario Cargnello, arzobispo de Salta,
Obispos del Noroeste de la Argentina: Mons. Carlos Sánchez, arzobispo de Tucumán; Mons. Vicente Bokalic, obispo de Santiago del Estero; Mons. Luis Urbanc, obispo de Catamarca; Mons.Dante Braida, obispo de La Rioja; Mons. Luis Scozzina, obispo de Orán; Mons. José Antonio Díaz, obispo de Concepción: Mons. José Luis Corral, obispo de Añatuya; Mons. Félix Paredes, obispo prelado de Humahuaca; Mons. Enrique Martínez Ossola, obispo auxiliar de Santiago del Estero; Mons. Roberto Ferrari, obispo auxliar de Tucumán; Mons. José María Rossi OP, obispo emérito de Concepción; R.P. Pablo Moreno, administrador diocesano de la prealtura de Cafayate
Reverendos sacerdotes y diáconos
Reverendos hermanos religiosos,
Reverendas hermanas religiosas,
Hermanos y hermanas en Cristo, también todos aquellos que nos siguen a través de las redes de comunicación social.

Celebramos la Santa Misa para conmemorar el centenario de la coronación pontificia de la sagrada imagen de Nuestra Señora de Río Blanco y Paypaya, Patrona de la provincia de Jujuy.

La historia de las tierra de Jujuy está muy vinculada con la profunda devoción a la Virgen, Madre de Dios. No obstante nuestra piedad mariana sea tan natural, podemos preguntarnos hoy día, ¿por qué nosotros, católicos, tenemos tan grande devoción por María? La respuesta es, porque la Iglesia Católica quiere proclamar la plenitud del Evangelio sobre la salvación.

En la primera Carta de San Pablo a los Corintios, leemos: “Como todos mueren por Adán, todos recobrarán la vida por Cristo” (15, 22). Si, a causa del pecado de Adán llegó la muerte, gracias a Cristo y su cruz llegó la salvación. Por esta razón le llamamos el nuevo Adán. Pero la historia del primer pecado no es solo la historia de Adán, es también la de Eva.

Si Jesús es el nuevo Adán, ¿Quién es la nueva Eva? La virgen María, Madre de Jesús, ella es la nueva Eva. Si la historia completa del pecado incluye a Adán y a Eva, así la historia de la redención incluye al nuevo Adán y a la nueva Eva. No se puede proclamar la historia completa de la redención sin la nueva Eva, María.

Podemos encontrar en la Biblia muchos paralelos entre el viejo Adán y la vieja Eva, por una parte, y por otra, entre Jesús y María.

Por ejemplo, en el Antiguo Testamento, Eva salió de la costilla de Adán. En el libro de Génesis leemos, “Dios hizo caer sobre el hombre un profundo sueño, y (…) Le sacó una costilla y llenó con carne el sitio vacío” (Gen 2, 21), pero en el Nuevo Testamento Jesús nació de la Virgen María, Jesús tomó carne de una mujer, su madre.

En el Antiguo Testamento, fue Eva la primera en desobedecer e introducir a Adán al pecado, en el Nuevo Testamento, fue la mujer, María, la primera en obedecer. Ella ha dicho “sí” al Arcángel Gabriel, “Yo soy la esclava del Señor: que se cumpla en mi tu palabra” (Lc 1, 38).

Ahora vemos claramente, que nuestra devoción a la Virgen María forma parte de la verdadera historia de nuestra redención. La verdadera devoción a María nunca nos aleja de su Hijo, nuestro Señor y Salvador. Es ella la que nos repite siempre “Hagan lo que Él les diga” (Jn 2, 5).

Ella no solo lo dice, sino que también fue la primera discípula de su hijo, y nos muestra cómo ser buena cristiana o buen cristiano. Todo esto lo sabe el Pueblo de Jujuy que desde hace mucho tiempo escogió a Nuestra Señora del Rosario como su patrona y protectora.

Conocemos muchas advocaciones de la Virgen María, basta recordar las Letanías Lauretanas, y justamente, entre estas advocaciones se encuentra la expresión de “reina”, trece veces: Reina de los ángeles, Reina de los patriarcas, Reina de los profetas, Reina de los apóstoles, Reina de los mártires, Reina de los confesores, Reina de las vírgenes, Reina de todos los santos, Reina concebida sin pecado original, Reina asunta al cielo, Reina del Santo Rosario, Reina de la familia, Reina de la paz.

En realidad, la devoción popular invoca a María como Reina. El Concilio Vaticano Segundo, después de recordar la asunción de la Virgen «en cuerpo y alma a la gloria del cielo», explica que fue «elevada (...) por el Señor como Reina del universo, para ser conformada más plenamente a su Hijo, Señor de los señores (cf. Ap 19, 16) y vencedor del pecado y de la muerte» (Lumen gentium, 59, San Juan Pablo II 1997).

La Fiesta de María Reina fue instituida por el Papa Pío XII en 1954. Se celebra el sábado siguiente a la Solemnidad de la Asunción. En la encíclica “Ad Caeli Reginam” (A la Reina del Cielo, n. 15), sobre la dignidad y realeza de María, Pío XII señalaba lo siguiente: “Cristo, el nuevo Adán, es nuestro Rey no sólo por ser Hijo de Dios, sino también por ser nuestro Redentor”. “Así, según una cierta analogía, puede igualmente afirmarse que la Beatísima Virgen es Reina, no sólo por ser Madre de Dios, sino también por haber sido asociada cual nueva Eva al nuevo Adán”.

Por su parte, el Papa Benedicto XVI en el día de la celebración de esta Fiesta en 2012 dijo que María “es Reina precisamente amándonos y ayudándonos en todas nuestras necesidades, es nuestra hermana y sierva humilde”.

La Virgen María es nuestra Reina, entonces ¿qué significa la coronación de su imagen?

La coronación es una de las principales manifestaciones de veneración hacia la Santa Madre. María tiene dignidad real, es Reina porque es la Madre de Cristo Rey. María se regocija en la gloria del cielo como Reina del mundo entero. Para honrar esta dignidad de María, se estableció la costumbre de decorar con coronas reales las imágenes de María rodeadas de una veneración excepcional.

La coronación de la Imagen de la Madre de Dios es ante todo una manifestación de gratitud filial y de amor al pueblo de Dios por María, que cuida de los pueblos y naciones con su protección maternal.

También es un llamado a estar agradecido por los favores y bendiciones de Dios recibidos a través de ella. Poner las coronas sobre la imagen de María significa, en primer lugar, glorificar a Dios mismo, que eligió y otorgó a la Virgen María, involucrándola en la ejecución de los planes salvíficos. Es también una expresión de veneración y homenaje a quien sirve a la Iglesia como madre.

Hace cien años, el 31 de octubre de 1920 en una bellísima mañana de primavera, la imagen de Nuestra Señora del Rosario de Río Blanco y Paypaya fue coronada. Estaba presente el Presidente de la Republica, Sr. Hipólito Irigoyen, el Gobernador Dr. Horacio Carillo, Mons. Alberto Vassallo de Torregrossa, Nuncio Apostólico y representante del Papa de aquel entonces, Benedicto Décimo quinto (XV), los obispos, los sacerdotes, los religiosos y religiosas y cinco mil personas. La homilía la pronunció Monseñor Miguel de Andrea, Obispo auxiliar de Buenos Aires.

Hace cien años el pueblo de Jujuy decidió que Nuestra Señora del Rosario sería su reina; ella es su Patrona y Protectora. Y hoy día, después de cien años, el Pueblo de Jujuy, en el año jubilar mariano, quiere repetir de manera simbólica la coronación de la Virgen para decir: que sea nuestra Reina, que sea nuestra Madre, que sea nuestra guía para seguir a su Hijo amado y nuestro Señor Jesucristo.

Celebramos Nuestra Señora del Rosario. Durante esta hermosa y sencilla oración estamos reflexionando sobre la vida de Jesús. Estamos considerando también la vida de la madre al lado de su hijo amado. El símbolo de esta intimidad entre la madre y su hijo divino se expresa en el Inmaculado Corazón de María. La primera vez que se menciona en el Evangelio el Corazón de María es para expresar toda la riqueza de esa vida interior de la Virgen: “María conservaba estas cosas en su corazón”.

El corazón de María conservaba como un tesoro el anuncio del Ángel sobre su Maternidad divina; guardó para siempre todas las cosas que tuvieron lugar en la noche de Belén, la adoración de los pastores ante el pesebre, y la presencia, un poco más tarde, de los Magos con sus dones,... la profecía del anciano Simeón, y las preocupaciones del viaje a Egipto.

Más tarde, el corazón de María sufrió por la pérdida de Jesús en Jerusalén a los doce años de edad según lo relata San Lucas.

María conservaba todas estas cosas en el corazón... Jamás olvidaría los acontecimientos que rodearon la muerte de su Hijo en la Cruz, ni las palabras que le oyó decir: “Mujer, he ahí a tu hijo”. Y al mirar a Juan ella nos vio a todos nosotros. Vio a todos los hombres. Desde aquel momento nos amó con su Corazón de madre, con el mismo Corazón que amó a Jesús.

Pero María ejerció su maternidad desde antes que se consumase la redención en el Calvario, pues Ella es madre nuestra desde que prestó su colaboración a la salvación de los hombres en la Anunciación.

En el relato de las bodas de Caná, San Juan nos revela un rasgo verdaderamente maternal del Corazón de María: su atenta disposición a las necesidades de los demás. Un corazón maternal es siempre un corazón atento, vigilante.

La devoción a la Virgen no es una devoción más. Nos enseña acómo tratar a nuestra Madre con más confianza, con la sencillez de los niños pequeños que acuden a sus madres en todo momento: no sólo se dirigen a ellas cuando están en gravísimas necesidades, sino que también en los pequeños apuros que le salen al paso. Las madres les ayudan a resolver los problemas más insignificantes. Y ellas – las madres – lo han aprendido de nuestra Madre del Cielo.

Si queremos renovar nuestra fe y nuestro compromiso con Jesucristo, María puede ayudarnos, no solamente a través de su intercesión, sino que a través de su ejemplo. La ceremonia de hoy es para nosotros una ocasión para seguir concretamente el ejemplo de María.

Hoy queremos encontrarnos con María, con nuestra madre. Si recurrimos confiados a ella, ella nos va a decir qué debemos hacer y sentiremos su amor por nosotros. Ese mismo amor que Jesús tiene por cada uno de nosotros. Y ella nos dirá que nos quiere, que nos quiere con toda su alma.

Pidamos a Dios, que preparó en la Virgen María una morada digna al Espíritu Santo, que haga que nosotros, por intercesión de la Santísima Virgen, lleguemos a ser templos dignos de su gloria. Y así sea. Amén.

Mons. Miroslaw Adamczyk, nuncio apostólico en la Argentina

Su excelencia monseñor Hugo Ricardo Araya, obispo de Cruz del Eje.
Su excelencia monseñor Santiago Olivera, obispo castrense
Su excelencia mons. Marcelo Cuenca, obispo emérito de Alto Valle del Rio Negro
Reverendos sacerdotes, religiosos, religiosas, diáconos
Queridos hermanos en Cristo
Honorable intendente
Honorables representantes y autoridades civiles

El culto de los santos acompaña a la Iglesia desde el comienzo de su historia. En la carta a los Hebreos leemos: “acuérdense de quienes los dirigían, ellos les trasmitieron la palabra de Dios, miren como acabaron sus vidas e imiten su fe”.

Ya en los siglos II y III la Iglesia conmemoraba el aniversario de la muerte de los mártires celebrando la Eucaristía en sus tumbas. En realidad el culto de los santos es una expresión de la fe de la Iglesia. La Iglesia es una comunidad de los hijos e hijas de Dios y no se limita sólo a los vivientes, sino también a los que pasaron después de la muerte y son salvados. Son santos entre los santos y contemplan a Dios cara a cara. Somos una Iglesia aquí en la tierra y en el cielo, nuestra Patria, todos estamos en comunión, esto nosotros lo llamamos justamente comunión de los santos.

El concilio Vaticano II en el decreto Lumen Gentium dice claramente “todos los fieles de cualquier estado o condición están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad.” Es decir que la santidad no es privilegio de unos pocos, sino que es una llamada general dirigida a todos los cristianos. Nadie nace perfecto pero lo puede ser a través de su vida con Cristo y en Cristo. San Juan Pablo II durante su largo pontificado ha beatificado 1340 personas y ha canonizado 483. El santo papa no lo ha hecho para batir record, para nada. Él lo ha hecho para mostrar a todos nosotros que el santo y la santa viven a nuestro lado. Los santos no son algo del pasado distante, sino que una realidad cotidiana.

El Santo Padre Francisco lo dice muy claramente en la exhortación apostólica sobre el llamado a la santidad donde nos habla de los santos de la puerta de al lado.

Queridos hermanos y hermanas, hoy hacen exactamente 5 años que el Santo Padre ha canonizado a José Gabriel del Rosario Brochero. El santo que nació en Argentina, que se santificó en Argentina y que aquí murió. El cura Brochero o cura gaucho como se dice comúnmente de él, Juan PabloII lo llamó el santo cura de Ars argentino refiriéndose a la persona de San Juan María Vianney, patrono de los párrocos.

Queridos amigos ustedes seguramente saben mucho más que yo sobre la vida y obra del santo cura Brochero. Frente de mi oficina en Buenos Aires se encuentra una imagen del santo, eta famosa imagen del cura Brochero en una mula con un cigarrillo en la boca. Entonces cuando entro a mi oficina, me han explicado que se trata de un santo sacerdote muy popular en Argentina. Mi pensamiento fue: “debe ser un santo fuera de lo común”. En realidad así es y no por su imagen física, sino que por ser hombre de fe y sacerdote entregado a Dios y a su pueblo. Tenemos fotos del santo que nos muestran un hombre sencillo y fuerte. Tenemos también muchos dichos de él que nos muestran su personalidad y también su espiritualidad.

Me permito citar algunos para ver mejor la persona de nuestro santo: “Dios es como los piojos, está en todas partes pero prefiere a los pobres”. Otro dicho dice: “la gracia de Dios es como la lluvia que a todos moja” son frases que nos dicen mucho sobre la fe del cura Brochero. Para él la presencia de Dios en nuestra vida fue muy natural y obvia. Dios se dirige a todos y su gracia es gratuita. En estas palabras del cura Brochero se siente el eco de Jesús que dice que el padre del cielo hace salir su sol sobre malos y buenos y hace llover sobre justos e injustos.

Antes de su ordenación le escribe al obispo: “Señor obispo, he examinado nuevamente mi vocación y he permanecido firme en el propósito de consagrarme al servicio de Dios Nuestro Señor y a su santa Iglesia. Deseo dar principio a la recepción de las órdenes.” Recuerda más tarde: “al ordenarme como sacerdote sentí mucho miedo, apenas soy un pobre pecador tan lleno de límites y miserias, me preguntaba ¿podré ser fiel a la vocación? ¿en qué enriedo me metí? Pero enseguida una sensación inmensa de paz invadió todo mi ser. Si el Señor me había llamado, él sería fiel y sostendría mi fidelidad.”

Queridos hermanos y hermanas cada vocación sacerdotal es una repetición de aquella que Jesús ha hecho a sus discípulos. Quiero recordar aquí la llamada de sus primeros apóstoles: Juan y Andrés. Cuando ellos han preguntado a Jesús ¿Dónde vives Rabbi? Jesús respondió: vengan a ver, ellos fueron y vieron y se quedaron con Jesús. Como sabemos al día siguiente llamó a Natanael y le dijeron: “ven y veraz” He aquí dos palabras claves: ven y veras. En las descripciones de la llamada a los discípulos podemos encontrar una definición de cada discípulo de Jesús. La primera cosa es encontrar a Jesús y solo después de haberlo invitado conocido, podemos invitar a los otros. Conocimos al salvador, ¡vengan a conocerlo para que se salven! Menciono esto porque he encontrado otra bellísima frase del Cura Brochero: “En la cruz está nuestra salud y guía, la fortaleza del corazón, el gozo del espíritu, y la esperanza del cielo. Somos cristianos cuando nos encontramos con Jesucristo”. El cura Brochero conoció a Cristo y quería llevar a los demás a Él. No olvidemos que José Gabriel del Rosario Brochero recibió una buena educación, incluyendo aquella universitaria. Él obtiene el grado de maestro de filosofía en la Universidad de Córdoba, después fue prefecto de estudios en el Seminario Mayor, cuando fue nombrado vicario interino del cuarto de San Alberto, lugar de gran extensión, con difícil acceso, con poca educación y abandono espiritual, pronto recorrió en mula todo el territorio y empezó a conocer a los feligreses y adaptarse a las necesidades. Una de las necesidades fue un lenguaje sencillo. Su palabra se tornó sencilla, llana, familiar pero al mismo tiempo fue variada, incisiva y gráfica matizada con algunas anécdotas luminosas y comparaciones tan ingeniosas como fáciles.

Para llevar a la gente a Jesucristo, apreciaba con gran eficacia los ejercicios espirituales que tenemos al lado de nosotros un testimonio de su fe, de su celo apostólico. El cura Brochero fue un sacerdote lleno de amor por los fieles y conocía bien la misericordia de Dios. Es interesante darse cuenta que fue canonizado el año de la misericordia. Él afirmaba: “Cuanto sean más pecadores, mas rudos o inciviles mis feligreses, los han de tratar con más dulzura y amabilidad en el confesionario, en el púlpito y aún en el trato familiar.” Tratar con misericordia.

El santo cura también observaba que “el sacerdote que no tiene lastima de los pecadores, es medio sacerdote.” No se puede olvidar su empeño y trabajo a favor de los enfermos durante la epidemia de cólera en Córdoba y a las personas más contagiadas con lepra, le tocó a él con todos sus sufrimientos y antes de morir.

Juan Pablo II en su penúltima carta a los sacerdotes con ocasión del jueves santo del año 2004 recordaba que los sacerdotes han nacido de la Eucaristía, no hay Eucaristía sin sacerdocio, como no existe sacerdocio sin la Eucaristía. Lo entendió perfectamente San José Gabriel del Rosario cuando dice: “La hostia consagrada es un milagro de amor, es un prodigio de amor, es una maravilla de amor, es un complemento de amor, es la prueba más acabada de su amor infinito hacia mí, hacia ustedes, hacia el hombre.”

El cura Brochero fue seguramente un buen pastor, capaz de buscar cada oveja perdida por amor. Expresó una vez su profundo deseo: “yo me felicitaría si Dios me saca de este mundo sentado confesando y predicando el Evangelio”. Él fue según las palabras de nuestro papa Francisco: “pastor con olor a oveja”.

Queridos hermanos y hermanas: hoy recordamos su quinto aniversario de canonización. Queremos dar gracias al único Dios y agradecer por todas las cosas maravillosas que ha hecho en la vida del santo sacerdote José Gabriel del Rosario Brochero. Él como cada santo es para nosotros un ejemplo de cómo seguir a nuestro maestro y redentor Jesucristo. Claro que no podemos ser un segundo cura Brochero. Él para nosotros es ejemplo de cómo amar a Dios y su Iglesia. Es ejemplo de cómo amar a nuestro prójimo, él es para nosotros ejemplo de fe y de confianza en Dios. Los santos son también nuestros intercesores y justamente por la intercesión del Cura Brochero y siguiendo sus ejemplos podamos renovar el fervor de nuestra fe y llenos de la caridad podamos procurar el bien a todos. Pidamos hoy día en este santuario por su intercesión todas las gracias terrestres y celestiales para nosotros, para la Iglesia y Argentina. Así sea.

Mons. Miroslaw Adamczyk, Nuncio Apostólico

Hermanos y Hermanas en Cristo:

En la solemnidad de los Santos Pedro y Pablo, la Iglesia conmemora dos grandes personas que han jugado un papel fundamental al comienzo de la Iglesia.

Dios, como dice la oración colecta, nos llena de una santa alegría en la celebración de los santos Pedro y Pablo, pero aún si la celebración es una sola, ellos fueron dos personas muy distintas y con vidas muy diferentes.

Pedro fue un sencillo pescador de Galilea. El Señor lo llamó a ser no solo Apóstol sino también, a ser cabeza de los doce apóstoles. En realidad él fue el primer papa en la historia de nuestra Iglesia.

En el evangelio según San Mateo, que acabamos de escuchar, Jesús le dijo después de su confesión de fe: « ¡Dichoso tú, Simón, hijo de Juan, porque esto no te lo ha revelado ningún hombre, sino mi Padre que está en los cielos! Y yo te digo a ti que Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Los poderes del infierno no prevalecerán sobre ella. Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo».

San Pedro nunca leyó este evangelio, porque la vida de Jesús fue escrita en el evangelio solo después del martirio de Pedro. Conocemos mejor la historia de este primer papa, a través de su triple negación del Señor durante la noche de la pasión hasta la escena, después de la resurrección, a las orillas del mar de Tiberíades, cuando Jesús le preguntó tres veces «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?» Y el Señor cada vez le respondió «Apacienta mis ovejas».

San Pablo, al contrario, era una persona culta y pertenecía a la clase de los fariseos: nunca conoció a Jesús en persona, pero es justamente él quien se convirtió en el Apóstol de las naciones.

A estas dos personas las ha unido para siempre la persona de Jesús. Ambos han creído que Él es Señor, Maestro, Mesías y Salvador del mundo. Por Él han dejado todo, dedicándose a la proclamación de la Buena Nueva. Como afirma la liturgia de hoy, “Pedro es nuestro guía en la fe que profesamos; Pablo, expositor preclaro de los divinos misterios. Pedro consolidó la Iglesia primitiva con los israelitas que creyeron; Pablo fue preceptor y maestro de los paganos”.

Ambos fueron Apóstoles firmes de Jesús; ambos fueron constantes en la tribulación y perseverantes en la oración. Ambos han ofrecido su vida por Jesús.

Hoy día celebramos la fiesta del Papa y rezamos por otro Apóstol firme en Cristo; rezamos por el sucesor de Pedro, Su Santidad Papa Francisco.

Este año, el 13 de marzo, han pasado ocho años de pontificado de Papa Francisco. Nosotros creemos profundamente que Dios nos da el pastor universal que necesitamos nosotros y nuestro tiempo. Cada Sumo Pontífice trae su contribución a la vida de la Iglesia. Permítanme de señalar en modo telegráfico y lamentablemente no completo, por falta del tiempo, el último año del pontificado.

El Papa Bergoglio es el primer papa latinoamericano y argentino. Él ha llevado a la ciudad eterna de Roma la riqueza de la fe de este País, su cultura y el entusiasmo del pueblo argentino. La elección del Papa Francisco ha dado a la Iglesia un nuevo viento de esperanza. Él mismo ha llevado su sencillez, bondad y cordialidad.

Sabemos, evidentemente, que tenemos un papa jesuita, y no obstante esto, él ha escogido el nombre de Francisco y no uno de los nombres de los santos jesuitas u otros papas, sus predecesores. Ha hecho esto, no solo para mostrarse cercano a los pequeños y pobres tan queridos a San Francisco de Asís, sino que también, con referencia a la otra misión de San Francisco, la de reconstruir la Iglesia. Recordemos que San Francisco empezó su misión como albañil reconstruyendo la pequeña Iglesia de San Damián en Asís.

En realidad, la Iglesia está en construcción perenne desde hace dos mil años. El Papa Francisco es el 266 (duocentésimo sexagésimo sexto) papa y él también agrega sus ladrillos y piedras a la construcción de la Iglesia y del Reino de Dios.

Mucha gente, a veces, ve la tarea del Papa únicamente a la luz de la sociedad civil, pero el Papa no es un director de una grande corporación internacional, él es Vicario de Cristo, Sucesor de Pedro; él es la piedra de nuestros tiempos y nuestro guía espiritual.

La reforma de la Iglesia que quiere el Papa Francisco es aquella interior y profunda, él quiere poner a Cristo siempre al centro de la Iglesia. En realidad esta es la única y verdadera reforma de la Iglesia: Cristo al centro.

El Santo Padre quiere también escuchar a toda la Iglesia y a sus hermanos obispos. Justamente la próxima Asamblea General del Sínodo de los Obispos será dedicada al tema: Por una Iglesia sinodal: comunión, participación y misión”.

Hay también una novedad: el próximo octubre, el Papa dará inicio a un camino sinodal de tres años de duración, articulado en tres fases (diocesana, continental y universal), compuesto por consultas y discernimiento, que culminará con la Asamblea de octubre de 2023 en Roma.

Me parece oportuno recordar las palabras del Santo Padre en ocasión del Sínodo de los Obispos sobre la Familia. Saludando a los padres sinodales durante la primera Congregación General, él dijo a los presentes que: “se debe escuchar con humildad y acoger con corazón abierto lo que dicen los hermanos. Con estas dos actitudes se ejerce la “sinodalidad”.

En Octubre del año pasado, el Santo Padre ha publicado su tercera carta encíclica “Fratelli tutti”, sobre la fraternidad y la amistad social. El Sumo Pontífice recuerda que todos nosotros estamos involucrados en la construcción de un mundo mejor.

El Papa Francisco, al presentar al mundo la nueva encíclica, el domingo 4 de octubre de 2020, dijo: “La ofrecí a Dios en la tumba de San Francisco, de quien me inspiré, como en el anterior Laudato sí. Los signos de los tiempos muestran claramente que la fraternidad humana y el cuidado de la creación constituyen el único camino hacia el desarrollo integral y la paz, ya indicado por los Santos Papas Juan XXIII (vigésimo tercero), Pablo VI (sexto) y Juan Pablo II (segundo)”.

El inicio del octavo año del Pontificado fue marcado por la pandemia del Corona Virus. Era el 27 de marzo de 2020 cuando Francisco rezó en una Plaza de San Pedro desierta. El mundo sabía desde dos semanas que el Covid-19 era una pandemia.

En el pasaje del Evangelio elegido para ese día, que fue el mismo del domingo pasado, vemos a Jesús con sus discípulos en la barca en un mar atormentado por la tempestad. Partiendo de aquella escena, el Santo Padre observó que también nosotros “nos encontramos asustados y perdidos. Al igual que los discípulos del Evangelio, fuimos sorprendidos por una tormenta inesperada y furiosa. Nos dimos cuenta de que estábamos en el mismo barco, todos frágiles y desorientados, pero al mismo tiempo importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos, todos necesitados de consuelo. Todos estamos en este barco...”.

Las palabras del Papa fueron y son las palabras de la esperanza, de la fe y de la confianza y son una invitación a “remar juntos” para superar el duro tiempo de la pandemia. El Santo Padre, en este año de San José, nos muestra este gran santo como el padre de la valentía que protegió a la santa Familia como protege hoy día la Iglesia.

Queridos Hermanos y Hermanas en Cristo, hoy día celebrando la fiesta del Papa, queremos agradecer a Dios por el pontificado del Papa Francisco; por todo el bien que ha hecho por la Iglesia y por el mundo entero.

Queremos también asegurar nuestras oraciones y buenos deseos. Le deseamos al Santo Padre una buena salud y muchas fuerzas para cumplir su misión al timón de la Iglesia. Así sea, Amén.

Mons. Miroslaw Adamczyk, nuncio apostólico en la Argentina

Reverendo Monseñor Rubén Oscar López, Administrador Diocesano,
Reverendos Sacerdotes del Clero diocesano de Avellaneda-Lanús,
Reverendos Sacerdotes del Clero Religioso,
Reverendos Diáconos y Seminaristas,
Reverendos Hermanos Religiosos y Hermanas Religiosas,
Queridos Hermanos y Hermanas en Cristo, también todos aquellos que siguen esta misa a través de los medios de comunicación y redes sociales.

El Santo Papa Juan Pablo II, tenía el uso, algunos de ustedes seguramente recuerdan, de escribir una carta a los sacerdotes con ocasión del Jueves Santo. Quisiera citar aquella primera del 1979, cuando Juan Pablo saludaba a los sacerdotes en esta manera:

“A todos ustedes, pues, que en virtud de una gracia especial y por una entrega singular a Nuestro Salvador, soportan el peso del día y el calor (cfr. Mt 20-12), entre las múltiples ocupaciones del servicio sacerdotal y pastoral”.

Así es estimados sacerdotes, ustedes son obreros de la viña del Señor en la Diócesis de Avellaneda-Lanús. Ustedes tienen el privilegio y la responsabilidad de anunciar el Evangelio y ser pastores según el modelo de nuestro Señor Jesucristo, Eterno Sacerdote.

En la misma carta el Santo Papa, adaptando las palabras de San Agustín, escribe: “Para ustedes soy Obispo, con ustedes soy Sacerdote”. Queridos Hermanos, en el tiempo durante el cual su Diócesis espera un nuevo Obispo, quiero como Nuncio Apostólico, Obispo y sobre todo como sacerdote, celebrar con ustedes esta Misa Crismal, misma en la que renováremos las promesas sacerdotales y bendeciremos los óleos santos; pero antes, quisiera compartir con ustedes, queridos hermanos en el sacerdocio, también algunas reflexiones.

Hoy día y, sobre todo mañana Jueves Santo, volvemos con nuestros pensamientos y con nuestro corazón al Cenáculo de la Última Cena. Volvemos al momento de establecimiento del Sacramento de la Eucaristía y del Sacerdocio. Esta noche nuestro Cenáculo es esta Catedral. Es más que natural que hoy día recordemos el de nuestra ordinación sacerdotal. ¿Cuántos años pasaron ya? ¿Uno, dos, cinco, diez, veinte, treinta o más? No importa. Lo importante es que somos sacerdotes, todos somos jóvenes recordando nuestra primera misa. Hoy y mañana es una fiesta de los sacerdotes, permítanme de presentar a todos Ustedes mis felicitaciones, mejores deseos y agradecimientos por el servicio cotidiano sacerdotal.

Nosotros, “in persona Christi” (en nombre de Cristo) decimos cada día las palabras “Tomen y beban todos de él, porque este es mi Cuerpo…. Tomen y beban todos de él, porque éste es el cáliz de mi Sangre”. En realidad, Nuestro Señor nos recomendó de hacerlo cuando dijo “Hagan esto en conmemoración mía”.

Y nosotros lo hacemos, sirviendo en esta manera el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios en nuestro cuerpo humano. En nombre de Cristo, no solo celebramos la santa Eucaristía, sino que también in persona Christi proclamamos la buena nueva, damos la absolución de pecados, fortalecemos con santo óleo los enfermos y bendecimos el Pueblo de Dios.

Sí, estimados hermanos en el Sacerdocio, Dios nos ha confiado los más grandes dones. Somos débiles y pequeños pero Dios nos ha confiado los grandes misterios, que humanamente nos sobrepasan. Uno casi pude tener miedo de la grandeza del Sacerdocio; por lo tanto un sabio sacerdote decía: “Temo a mi proprio sacerdocio. Me arrodillo ante mi sacerdocio y ante mi sacerdocio caigo en polvo”.

En el primero capitulo del Evangelio según San Juan podemos encontrar la descripción de la vocación del los primeros apóstoles.

“Al día siguiente, estaba Juan otra vez allí con dos de sus discípulos y, mirando a Jesús que pasaba, dijo: «Este es el Cordero de Dios». Los dos discípulos, al oírlo hablar así, siguieron a Jesús. Él se dio vuelta y, viendo que lo seguían, les preguntó: «¿Qué quieren?». Ellos le respondieron: «Rabbí –que traducido significa Maestro– ¿dónde vives?». «Vengan y lo verán», les dijo. Fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él ese día. Era alrededor de las cuatro de la tarde. Uno de los dos que oyeron las palabras de Juan y siguieron a Jesús era Andrés, el hermano de Simón Pedro. Al primero que encontró fue a su propio hermano Simón, y le dijo «Hemos encontrado al Mesías», que traducido significa Cristo (J 1, 35-42).

Sabemos que el día después Jesús llamó Felipe. Mientras más tarde “Felipe encontró a Natanael y le dijo: «Hemos hallado a aquel de quien se habla en la Ley de Moisés y en los Profetas. Es Jesús, el hijo de José de Nazaret». Natanael le preguntó: «¿Acaso puede salir algo bueno de Nazaret?». «Ven y verás», le dijo Felipe (J 1, 45-46).

Estimados hermanos, en esta descripción de la llamada de los primeros discípulos, podemos encontrar la definición de un Apóstol de Jesús.

El primero paso es encontrar y conocer Jesús. Es necesario aceptarlo como mi Señor y Salvador. Es necesario creer firmemente que “Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna” (J 3, 16).

Entonces, debemos creer en Dios y conocer a Dios y solo cuando creemos y tratamos de conocerlo podemos decir a los demás, como Felipe a Natanael: Ven y verás, (vengan y verán). Debemos ser gente de fe. No podemos ser guías ciegos y malos que no conocen a Nuestro Señor.

Todo nuestro espíritu, toda nuestra mente, nuestro corazón y nuestra voluntad deben ser dirigidos a Cristo, Nuestro Redentor. Queremos repetir junto con San Pedro “«Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna. Nosotros hemos creído y sabemos que eres el Santo de Dios» (J 6, 68). Queremos repetir estas palabras no como la gente fracasada que no tiene otra posibilidad, sino que como personas que tengan fe y confianza en su Señor.

Las palabras del santo Juan Pablo II, que he citado al comienzo: “Para ustedes soy Obispo, con ustedes soy Sacerdote”, son una adaptación de las palabras de San Agustín “Vobis enim sum episcopus, vobiscum sum Christianus”, Para ustedes soy obispo, con ustedes soy cristiano.

Es bien recordar estas palabras, porque de un lado, Dios nos ha confiado grandes cosas, por otro somos iguales a todos los otros cristianos. Estamos al servicio de nuestros hermanos y hermanas. Un sacerdote es uno que ama la gente, alguien que no ama ser humano, no debería ser sacerdote.

Nuestro querido Papa Francisco en su primera Exhortación Apostólica “Evagelii Gaudium” comienza con las siguientes palabras: “La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría” (1).

Nunca olvidemos que somos heraldos de buena nueva, que anunciamos al mundo entero la esperanza que no puede defraudar y alegría que nadie nos podrá quitar (J 16, 22).

Normalmente, los sacerdotes predican, pero hoy día es una ocasión especial, para predicar a los sacerdotes, entonces, espero que quien no es sacerdote: las religiosas, los religiosos y laicos, me perdonen hoy día que he dedicado esta breve reflexión a mis hermanos sacerdotes.

Queridos hermanos sacerdotes que el Espíritu del Señor esté siempre sobre ustedes, porque ustedes son ungidos. Ustedes son enviados para anunciar la buena nueva y a proclamar el perdón a los cautivos. Ustedes son enviados a consolar a los afligidos. Y así sea. Amen.

Mons. Miroslaw Adamczyk, Nuncio Apostólico

Su Eminencia Reverendísima Señor Cardenal Mario Aurelio Poli, Arzobispo de Buenos Aires,
Su Excelencia Monseñor Óscar Vicente Ojea, Obispo de San Isidro y Presidente de la Conferencia Episcopal,
Su Excelencia Monseñor Carlos Humberto Malfa, Obispo de Chascomús, Secretario general de la Conferencia Episcopal,
Excelentísimos señores Obispos de la Provincia Eclesiástica de Buenos Aires,
Excelentísimos Señores Obispos Auxiliares (aquí presentes),
Reverendos Sacerdotes de la Arquidiócesis,
Reverendos Religiosos y Religiosas,
Queridos hermanos y hermanas en Cristo, también todos aquellos que siguen esta misa a través de los medios de comunicación y redes sociales.

El pasado sábado el Santo Padre Papa Francisco ha firmado su tercera carta encíclica. La ha firmado sobre la tumba de San Francisco, en Asís. El nuevo documento se llama “Fratelli tutti” (hermanos todos). El papa, inspirándose en las palabras de San Francisco, ha decidido dedicar su nueva carta a la fraternidad y a la amistad social. Partiendo de la parábola del Buen Samaritano el Sumo Pontífice nos recuerda “que Dios ha creado todos los seres humanos iguales en los derechos, en los deberes y en la dignidad, y los ha llamado a convivir como hermanos entre ellos” (5).

El nuevo documento papal es una sabia mirada sobre nuestra sociedad que atraviesa un difícil momento de la pandemia. El Santo Padre ofrece también pistas para encontrar soluciones a los problemas de nuestra época, por lo tanto, algunos consideran justamente esta encíclica un modo para sanar el mundo; una brújula en tiempos de crisis.

El Papa nota en su documento que la religión ofrece “un aporte valioso para la construcción de la fraternidad y para defesa de la justicia en la sociedad” (271).

Nosotros tenemos el privilegio de pertenecer a una gran familia, a la Santa Católica y Apostólica Iglesia. Somos muchos unidos por la misma fe, los mismos sacramentos y por el Cristo nuestro Señor y Salvador. Estamos unidos también reconociendo que el Vicario del Señor en la tierra es el Obispo de Roma. En nuestros tiempos, el sucesor de San Pedro es Su Santidad Papa Francisco.

Él envía a cada país su representante, y desde hace pocas semanas, tengo el privilegio de ser Nuncio Apostólico en Argentina, el país natal del Papa. Cumplo con mi deber y transmito los más calurosos saludos que el Santo Padre envía, a través de mí, a sus compatriotas, a ustedes. Él ama la Argentina y reza por ella continuamente; con sus pensamientos y oraciones, está cerca a la vida de todos los argentinos.

Yo, como he dicho hace poco tiempo, estoy honorado de ser Nuncio en el país del Papa, y Ustedes, los argentinos están seguramente orgullosos de tener un argentino a la Cabeza de nuestra Iglesia. Es un honor, pero, al mismo tiempo, es un deber; un deber de rezar por el Santo Padre. Celebro esta eucaristía por la Persona del Sumo Pontífice, nuestro amado Santo Padre y por sus intenciones; e invito todos Ustedes a rezar todos juntos conmigo.

Agradezco a su Eminencia, el Señor Arzobispo, por la invitación de celebrar esta santa misa en la catedral de Buenos Aires al comienzo de mi misión.

Como ya saben, soy polaco y desde hace 27 años trabajo en las diferentes Nunciaturas. Argentina es mi tercera misión como Nuncio Apostólico.

Quisiera aprovechar esta eucaristía para saludar muy cordialmente a todos los habitantes de la Capital y del país entero, deseando a todos ustedes mucha salud, paz, felicidad y prosperidad. Que Dios les bendiga y otorgue todas las gracias terrestres y celestiales.

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En el evangelio de hoy día, Jesús nos cuenta la parábola de las bodas. Un banquete de bodas, en todo momento de la historia humana y en toda cultura, ha sido algo muy serio. Cuando una familia debe preparar un almuerzo para el matrimonio de uno de sus hijos, todos piensan con tiempo a quiénes invitar y a quiénes no. Se prepara una lista y, después, se discute, recordando a quienes nos han invitado, en el pasado, a su matrimonio y a quienes no se han acordado de nosotros. Por lo demás, cuando nos llega una invitación para una boda, nos sentimos muy honrados y contentos.

Pero, cuando somos nosotros los amos de casa y hemos preparado un almuerzo o una cena y hemos trabajado tanto y gastado mucho dinero y, después, no viene ninguno… ¡qué desilusión y qué sufrimiento!, pues los invitados nos han depreciados, no nos han respetado, es más, nos han ofendido.

 “El reino de los cielos es semejante a un rey que preparó un banquete de bodas para su hijo”.

El rey de la parábola es Dios. Y Él organiza una gran fiesta para su Hijo, que es Jesús. La esposa del Hijo es la Iglesia. En efecto, las bodas que se celebran significan la alianza entre Dios y la humanidad. Esta alianza ha sido sellada a través de Jesús. Él mismo, en los evangelios, se presenta como el esposo. Basta recordar el Evangelio de Marcos, donde leemos: “Un día en que los discípulos de Juan y los fariseos, fueron a decirle a Jesús: « ¿Por qué tus discípulos no ayunan, como lo hacen los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos? ». Jesús les respondió: « ¿Acaso los amigos del esposo pueden ayunar cuando el esposo está con ellos?” (Mc. 2, 18-19). Veamos, por lo tanto, cómo Jesús define al esposo.

La expresión ‘bodas’ aparece siete veces en la parábola y no se trata de un caso, pues en toda la tradición bíblica, cuando se habla de alianza entre Dios y la humanidad, se utilizan los términos del amor conyugal.

Las simbólicas bodas, es decir, la eterna y perfecta alianza, las ha realizado Jesús a través de su pasión, muerte y resurrección. Los primeros invitados han sido, indudablemente, los hebreos, miembros del Pueblo elegido. Pero la mayoría de los hebreos no ha reconocido a Jesús como el Mesías.

Cuando los primeros invitados se han rehusado a ir, el rey de la parábola ordena a sus siervos: “Salgan, pues, a los cruces de los caminos y conviden al banquete de bodas a todos lo que encuentren. Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos a los que encontraron, malos y buenos. Y la sala del banquete se llenó de convidados”.

La sala llena de gente buena y mala es una imagen de la humanidad, o mejor, de la Iglesia. A las bodas del rey, a la alianza con Dios, todos, absolutamente todos, están invitados. No hay excepción en el hecho de que uno sea pobre o no haya recibido educación, o esté marginado en la sociedad. Es más, sin mirar si uno es santo o pecador. Es algo importante recordarlo. Estamos, por ello, contentos de pertenecer a la Iglesia Católica. Sin embargo, debemos recordar que no somos miembros de un club cerrado. No podemos despreciar a nadie; no podemos cerrar a nadie las puertas de la Iglesia. Nadie puede ser excluido de la Salvación. Si lo hacemos, somos malos servidores que no obedecen a Dios, que es Quien nos ha invitado a todos. Seríamos como la gente que no deja entrar a los invitados a la casa que no es suya, y no deja entrar a las bodas que nosotros hemos organizado. Los siervos malos y desobedientes merecen un severo castigo.

Queridos hermanos y hermanas: Por lo tanto, podemos decir que, generalmente no tenemos dificultades para comprender la primera parte de la parábola. Lo sentimos por el pobre Rey que ha preparado el banquete y ninguno ha querido ir, y, en verdad, no entendemos la actitud de los comensales que han rechazado la invitación.

El problema se presenta cuando vemos al rey que entra en la sala llena, donde, como recordamos, había buenos y malos, es decir, todos aquellos a quienes los servidores han encontrado en los caminos. Y, uno de ellos, se encuentra sin vestido de bodas. El rey se ha encolerizado y lo ha castigado severamente. “Átenlo de pies y manos y arrójenlo fuera a las tinieblas. Allí será el llanto y la desesperación”.

Nos deja estupefactos el ver que se exija a uno que se encontraba en la calle, que venga vestido de bodas. Tal vez se encontraba en el trabajo y no está preparado para ir a las bodas. ¿Qué significa, pues, la segunda parte de la parábola?

Vamos a los que entraron a la fiesta de bodas. Los hay buenos y malos, pero todos igualmente invitados y vestidos con el traje de bodas. En el vocabulario del Nuevo Testamento, se sabe que el vestido de bodas es el del bautismo. Hemos asistido, sin duda, al Sacramento del bautismo y recordamos que el nuevo bautizado recibe un vestido blanco, el mismo color de las bodas.

Queridos hermanos y hermanas: aquí viene el grueso de la segunda parte de la parábola: el vestido de bodas que necesitamos es exactamente el bautismo. Y de nuevo, algo muy importante para nosotros que hoy escuchamos el evangelio de Jesús. Ya que son siempre más numerosos aquellos que crecen sin bautismo, decimos que nuestros niños crecerán y, ellos mismos, decidirán si quieren ser bautizados o no. Los padres, que también han sido bautizados y no se preocupan del bautismo de sus hijos, son como aquellos malos servidores de los que hemos hablado, que no dejan entrar a los invitados a la casa del rey. ¡Ay de ellos!

Hay un proverbio común a muchos idiomas: “el hábito no hace al monje”. La salvación es gratuita, pero es también necesario recordar las exigencias del bautismo, a las que llamamos ‘promesas’. Como el mismo Jesús ha dicho: Muchos me dirán en aquel día: “Señor, Señor”, pero solamente entrarán en el Reino de los cielos aquellos que hacen la voluntad de mi Padre. Amén.

Mons. Miroslaw Adamczyk, nuncio apostólico

Su Excelencia Reverendísima Monseñor Jorge Eduardo Scheinig, Arzobispo de Mercedes-Luján,
Reverendos Padres,
Reverendos Religiosos,
Reverendas Religiosas,
Hermanos y Hermanas en Cristo, también todos aquellos que siguen esta misa a través de los medios de comunicación y redes sociales.

Saludo a todos ustedes muy cordialmente, en el nombre de Su Santidad Papa Francisco, que tengo honor de representar en su país natal, y los saludo también a mi nombre personal. Agradezco Monseñor Arzobispo por la invitación de hoy día. He llegado a la Argentina el domingo 6 de este mes, hace 18 días, entonces esta es mi primera salida de Buenos Aires y la primera misa pública en la Argentina.

Aprovecho esta ocasión para enviar a todos los argentinos mis mejores augurios y saludos: mucha salud y prosperidad y que Dios les colme con sus gracias y bendiciones.

Junto a Jesucristo Nuestro Señor y Redentor que es nuestro camino, verdad y vida, la Santísima Virgen María siempre ha acompañado al querido pueblo argentino que la venera en múltiples advocaciones.

Hoy día celebremos la Virgen María con una advocación especial: la de Nuestra Señora de la Merced que es la Patrona de la Arquidiócesis de Mercedes-Luján.

Estoy muy contento de poder celebrar mi primera misa pública en la Argentina bajo el manto de la Virgen María y además en la Arquidiócesis donde se encuentra el Santuario Nacional de Luján. Antes de llegar aquí, a la catedral, he podido visitar, junto con el Señor Arzobispo, el Santuario.

Cuando celebremos, como hoy día, una fiesta mariana, podemos preguntarnos, ¿por qué nosotros católicos, tenemos tan grande devoción por María? La respuesta es, porque la Iglesia Católica quiere proclamar la plenitud del Evangelio sobre la salvación.

En la primera Carta de San Pablo a los Corintios, leemos: “Como todos mueren por Adán, todos recobrarán la vida por Cristo” (15, 22). Si, a causa del pecado de Adán llegó la muerte, gracias a Cristo y su cruz llegó la salvación. Por esta razón le llamamos el nuevo Adán. Pero la historia del primer pecado no es solo la historia de Adán, es también de Eva.

Si Jesús es el nuevo Adán, ¿Quién es la nueva Eva? La virgen María, Madre de Jesús, ella es la nueva Eva. Si la historia completa del pecado incluye a Adán y a Eva, así la historia de la redención incluye al nuevo Adán y la nueva Eva. No se puede proclamar la historia completa de la redención sin la nueva Eva, María.

Podemos encontrar en la Biblia muchos paralelos entre el viejo Adán y Eva, por una parte, y por otra parte, entre Jesús y María.

Por ejemplo, en el Antiguo Testamento, Eva salió de la costilla de Adán. En el libro de Génesis leemos: “Dios hizo caer sobre el hombre un profundo sueño, y (…) Le sacó una costilla y llenó con carne el sitio vacío”(Gen 2, 21), pero en el Nuevo Testamento Jesús nació de la Virgen María, Jesús tomó carne de una mujer, su madre.

En el Antiguo Testamento, fue Eva la primera en desobedecer e introducir a Adán al pecado, en el Nuevo Testamento, fue la mujer, María, la primera en obedecer. Ella ha dicho “sí” al Arcángel Gabriel, “Yo soy la esclava del Señor: que se cumpla en mi tu palabra” (Lc 1, 38).

Ahora vemos claramente, que nuestra devoción a la Virgen María forma parte de la verdadera historia de nuestra redención. La verdadera devoción a María nunca nos aleja de su Hijo, nuestro Señor y Salvador.

“Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre María de Cleofás y María Magdalena”.

Todos han abandonado a su Hijo, pero ella no lo abandonó. María se quedó con su Hijo. Una mujer que ama, pero también una mujer fuerte.

Puede ser que en el momento de la pasión de su Hijo, no recordaba más las palabras del Ángel sobre su Hijo “Será grande, llevará el título de Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, para que reine sobre la casa de Jacob por siempre y su reino no tenga fin” (Lc 1, 32-33).

No está ningún trono, María ha visto su Hijo en agonía en la madera de la cruz; su Hijo está en la cruz, un trono para los esclavos. La muerte de la cruz, en realidad, fue reservada sobre todo a los esclavos.

Es entonces más que natural, que celebrando la advocación de María de la Merced, recordemos la escena de María bajo la cruz, trono de su Hijo, porque Ella nos libra de ser esclavos. María que nos libre de los cautivos. Cada época tiene sus esclavitudes. En tiempo de la fundación del Orden Religioso de la Merced, en el siglo decimo tercero, fue la esclavitud de los cristianos en las tierras musulmanas, hoy día tenemos nuestras esclavitud. Nuestros pecados, vicios y debilidades que dependen de nosotros. Tenemos en el mundo de hoy también esclavitudes que no siempre dependen de nosotros como por ejemplo la pobreza, la falta de trabajo y la injusticia.

Este año 2020 es excepcional a causa de la pandemia, desde hace seis meses estamos bajo la esclavitud del coronavirus. Nuestro mundo fue encerrado y todavía lo está, porque queremos frenar la difusión de esta enfermedad. La Arquidiócesis de Mercedes-Luján hace pocos días ha despedido al arzobispo emérito, Monseñor Agustín Radrizzani, que falleció el miércoles 2 del corriente, por Covid-19. La pandemia está presente y es peligrosa. Es una vera esclavitud de nuestro tiempo.

Pedimos hoy día, a través de la poderosa intercesión de María de la Merced, que el Señor nos libre de la esclavitud de la pandemia. En las situaciones difíciles quién sufre más, son siempre los débiles, los pobres y los desprotegidos. Gritemos entonces hoy día frente de Nuestra Señora de la Merced: “Ayúdanos; por tu intercesión, que tu Hijo libere el mundo entero de este coronavirus.

Este tiempo de pandemia nos enseño al menos tres cosas: si la muerte de una persona querida nos permite de asumir la fragilidad de nuestra vida, la pandemia nos mostró la fragilidad de nuestro mundo cotidiano, de nuestro modo de vivir. Todo mundo estuvo encerrado y todos los planes humanos fueron cancelados. La secunda, es la importancia de estar juntos; la importancia de comunidad. Es casi paradójico, de un lado tenemos miedo de otro ser humano, para no ser infectado, de otro, no se puede sobrevivir a la pandemia sin ayuda de la gente que trabaja en las tiendas, en los hospitales, sin gente que trabaja para que haya luz y agua. La tercera, en este tiempo de pandemia, debemos hacer algunas preguntas sobre el sentido de vida; sobre el destino y finalidad de nuestra vida y de nuestro mundo.

María de la Misericordia puede ayudarnos a acoger las lecciones de esta pandemia. Conscientes de que no todo depende de nosotros, fuertes con el espíritu de fraternidad y sabiendo que pretendemos en la vida, podemos volver al mundo post pandemia, para continuar nuestra vida.

“Jesús, viendo a su madre y al lado al discípulo amado, dice a su madre: Mujer, ahí tienes a tu hijo. Después dice al discípulo: ahí tienes a tu madre”.

A primera vista, parece que Jesús está simplemente cumpliendo con el deber filial del cuarto mandamiento, es decir, hallar acomodo y seguridad par una madre viuda que va a quedarse sola. Pero, más allá de esta lectura, hay un dato que nos inclinan a otra interpretación. Por ejemplo, si Cristo sólo hubiera querido dejar a su madre en el cuidado de san Juan, lo natural sería dirigirse primeramente a él, y no a ella, como consta en el texto. Además, ¿por qué comienza llamándola “mujer” y no “madre”? Sin duda porque la vocación maternal de María no se refiere aquí a Jesús, sino que se hace extensiva a todos a quienes el discípulo amado está representando.

Todo indica que aquí se proclama la maternidad espiritual de María sobre los cristianos. Ella es nuestra Madre; Madre de todos los discípulos de su Hijo. María tiene muchos títulos; es suficiente recordar la letanía loretana, llena de lindas advocaciones, pero más bella y más importante es ser Madre de Dios y nuestra Madre.

Amar a María como nuestra Madre supone sentirnos unidos en la gran familia, que es la Iglesia. Llamar madre a María nos remite necesariamente al gran momento en que Cristo entregó su vida por nosotros en la madera de la cruz. Invocar a María como madre nuestra es algo más que un puro recurso sentimental, supone sentirse unidos como hermanos en la cruz de Cristo; supone ayudarnos a llevar mutuamente las cargas y las cruces; supone tener las fuerzas de liberarnos de nuestras esclavitudes.

Es ella la que nos repite siempre “Hagan lo que Él les diga” (Jn 2, 5). Ella no solo dice, sino que también fue la primera discípula de su hijo, y nos muestra cómo ser buena cristiana o buen cristiano.

Si queremos renovar nuestra fe y nuestro compromiso con Jesucristo, María puede ayudarnos, no solamente a través de su intercesión sino a través de su ejemplo.

Hoy queremos encontrarnos con María de la Misericordia; con nuestra madre. Si recurrimos confiados a ella, ella nos va a decir qué debemos hacer y sentiremos su amor por nosotros. Pidamos a Nuestra Señora de la Merced que nos ayude a liberarnos de todo aquello, que no nos permite sentir el amor de Dios en nuestras vidas cada día.

La solemnidad de hoy día es la fiesta patronal de esta Catedral y la Arquidiócesis de Mercedes-Luján; es la fiesta de ustedes, permítanme pues de presentar a todos Ustedes, en primer lugar a su Arzobispo, a todo el clero, a los religiosos, las religiosos y a todos los fieles de esta Iglesia, los mejores deseos, que María de la Misericordia pida su Hijo, nuestro Señor, de conceder a Ustedes muchas gracias terrestres y celestiales, de paz, salud y prosperidad; que Dios bendiga esta Arquidiócesis y toda la Argentina. Y así sea.

Mons. Miroslaw Adamczyk, nuncio apostólico