Lunes 15 de agosto de 2022

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Inicio del ministerio pastoral en la diócesis de Avellaneda-Lanús

Homilía de monseñor Marcelo Julián Margni, obispo de Avellaneda-Lanús, en el inicio de su ministerio pastoral (Iglesia catedral de Avellaneda-Lanús, 24 de septiembre de 2021)

«El Espíritu del Señor está sobre mí…
Él me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres…
Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír.»

Querida comunidad diocesana de Avellaneda-Lanús:

Aquí estoy. Vengo a estar entre ustedes, a caminar con ustedes, en medio de esta Iglesia diocesana en la que el Señor Jesús, hoy como ayer, sigue anunciando su Buena Noticia y a la que compromete, con la fuerza y la dulzura de su Espíritu, a unirse en su misma misión.

Aquí estoy. Quisiera que estas palabras bíblicas sean la expresión sincera de mi disponibilidad a las llamadas de Dios y al ministerio que me confía. Vengo con los pies descalzos, para conocer y enamorarme de las comunidades de Lanús y Avellaneda, para hacer aquí mi casa. Soy consciente de que no podría ser pastor para esta comunidad diocesana, si no tengo aquí mi corazón. Quiero hundir raíces entre ustedes; quiero en verdad que estas sean las calles que camino, la comunidad en la que viva concretamente el amor del Evangelio. Entonces: Aquí estoy.

Mi disponibilidad ante Dios y ante ustedes es también una respuesta de comunión sentida y franca con el papa Francisco que me ha convocado. En la comunión del Colegio episcopal, quiero hacerme eco de su ministerio y su enseñanza en esta porción del pueblo de Dios –una enseñanza que no es sino una actualización, bajo la guía del Espíritu, del magisterio del Concilio Vaticano II, al que profeso con convicción mi adhesión, como aprendí de mi primer obispo, el siervo de Dios Padre Obispo Jorge Novak.

Recojo, entonces, la llamada a ser juntas, juntos,

  • una Iglesia en salida, que vive y anuncia la alegría del Evangelio, que se pone en camino para que el anuncio de la Buena Noticia –el «hoy» de salvación, de misericordia y de vida en abundancia– llegue a todos y a todas;
  • una Iglesia pobre en medio del pueblo pobre, que encarna en su vida, en su predicación y en sus prácticas la predilección de Jesús por los últimos de la historia, «esa opción que nace de las entrañas mismas del Evangelio» (Padre Obispo Jorge Novak);
  • una Iglesia de la misericordia, que se reconoce llamada a ser «hospital de campaña» que asume la vida como viene, que clama por tierra, techo y trabajo, que acoge a los heridos del camino y cuida con ternura y pasión la vida; Iglesia del Laudato si’, en cuyo corazón encuentra eco el gemido de la creación y el clamor de quienes sufren, comprometida hasta el final con la inalienable dignidad de todo ser humano;
  • una Iglesia testigo y servidora de comunión, que tiende puentes y crea lazos de fraternidad, que se anima a hacer ella misma camino sinodal, con la paciencia y la constancia de un amor concretamente vivido en la escucha, el diálogo y la búsqueda en común.

«El Espíritu del Señor está sobre mí…
Él me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres…
Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír.»

Es la voz de Jesús –no la mía– la que resuena en estas palabras. Es su voz la que le habla, la que nos habla, no sólo a mí, sino a toda esta comunidad diocesana. Es su Buena Noticia, que se nos anuncia hoy, como mensaje que es causa de alegría y de esperanza, a todo este pueblo de Dios peregrino en Avellaneda-Lanús. Y es toda nuestra comunidad diocesana la que está invitada a dejarse incluir en ese «hoy» del cumplimiento de las Escrituras, llamada a dejarse interpelar, renovar e impulsar por el Evangelio de Jesús… Para poder decir, con él y como él, que el Espíritu del Señor está sobre nosotros, que el Señor de la historia nos envía como portadores de la Buena Noticia a los pobres, que hoy como ayer el Evangelio sigue siendo presencia que nutre y hace plena la vida. Somos todas y todos, como Iglesia diocesana, los que estamos llamados a decir junto con Pablo: «¡Ay de mí si no predico el Evangelio!» (1Co 9, 16).

En esta llamada descubrimos de nuevo quiénes somos como Iglesia, quiénes estamos llamados a ser en la historia: primicia y fermento de nueva humanidad. Por eso podemos animarnos a ponernos en camino hacia donde el Espíritu nos quiera llevar, buscando discernir juntos lo que el Espíritu dice hoy a las Iglesias (Ap 2, 7 etc.). Por eso podemos dejarnos renovar desde dentro, como creyentes y como comunidades, por las llamadas del Evangelio que nos pide abandonar con decisión y con coraje formas antiguas y nuevas de clericalismo, de autoritarismo, de violencias, de abusos… para edificar juntos una comunión que pueda reflejar con transparencia la Buena Noticia del Reino de Dios. Sin temor a que el Evangelio brille también en nuestra debilidad, sin miedo a sentirnos débiles por pedir perdón, quiero animar una Iglesia que se abre humildemente a la llamada del Evangelio a una continua conversión.

«El Espíritu del Señor está sobre mí…
Él me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres…
Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír.»

Vivimos este encuentro y esta celebración de nuestra comunidad diocesana, sin olvidarnos ni ser indiferentes a tantas hermanas y tantos hermanos de nuestro pueblo que están sufriendo, y están sufriendo duramente. Tal vez nos faltan todavía las palabras para comprender y expresar lo que venimos atravesando desde el inicio de esta pandemia que todavía nos tiene en vilo; para asomarnos al abismo de dolor que ha provocado de tantas maneras; para llorar a nuestros seres queridos que han muerto. La «tormenta inesperada y furiosa» –como la describió el Papa Francisco aquella tarde imborrable del 27 de marzo de 2020, de pie en el atrio vacío de la Basílica de San Pedro– ha dejado al descubierto todas las fragilidades de nuestra humanidad. Tal vez también toda la inhumanidad de nuestro mundo.

Las palabras de Jesús en el Evangelio que escuchamos cobran una profundidad diferente en este contexto. El «hoy» de la Buena Noticia busca traducirse en cercanía y cuidado, en solidaridad y presencia. Aunque nos falten las palabras, somos conscientes de que ni nosotros ni el mundo somos los mismos después de la tormenta. Y entonces se nos plantea de nuevo una pregunta: ¿Cómo vamos a transitar los caminos del cuidado de la humanidad? Aquí, la Iglesia tiene una misión indelegable. Está llamada a tomar una posta; más aún, a abrir caminos. Con la compasión de Jesús y animados por su mismo Espíritu, podemos animarnos a decir humildemente todos juntos, como comunidad diocesana: «El Espíritu del Señor está sobre mí… Él me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres… Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír».

Para hacer juntos este camino vengo a estar entre ustedes como el que sirve (Lc 22, 27). Cuento con ustedes. Cuenten conmigo.

Que la Virgen de la Asunción, Madre de nuestro pueblo, Santa Teresa de Jesús, y tantas y tantos testigos del Evangelio –también anónimos, «santas y santos de la puerta de al lado»–, intercedan por nosotros y nos alienten en nuestro camino.

Mons. Marcelo Julián Margni, obispo de Avellaneda-Lanús