Sábado 23 de octubre de 2021

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Corpus Christi

Homilia de monseñor Gabriel Bernando Barba, obispo de San Luis, en la solemnidad del Corpus Crhisti (6 de junio de 2021)

Nos encontramos en la Localidad de EL Volcán. Lugar bellísimo (y frío en estos días…). Aquí tenemos nuestro querido Seminario San Miguel. Aquí están nuestros queridos seminaristas.

Como este fin de semana no podemos tener presencialidad de fieles en las Misas, he elegido celebrar el Corpus Diocesano desde este lugar, para que, desde aquí pueda ser transmitido a toda la Diócesis. Y como se necesita de ayuda especial para esta celebración, al ser una comunidad que vive en una misma casa, sin necesidad de que vengan de otros lados, podemos cumplir de este modo, con todo lo necesario. La Fiesta del Corpus nos remite a la última cena de Jesús junto a sus Apóstoles.

Momentos previos a su entrega final en la cruz. Poco tiempo antes…, sentado junto a la Mesa celebra con ellos la Pascua, con la novedad de la Nueva y Eterna Alianza que se sella con su sangre de una vez y para siempre. Y se entrega como alimento espiritual. Y los hace partícipes de su memoria, encomendando en ellos la repetición sacramental como memorial para ellos y para las generaciones futuras. Como suave y discreto alimento de la Iglesia portadora de la Buena Nueva a todos los hombres. Alimento para fortalecer sus espíritus. Memoria de un Dios que nos ama hasta dar la vida, para el perdón de nuestros pecados.

Si hacemos memoria de nuestras vidas personales, fácilmente podemos volver a la “mesa familiar”. Al encuentro en familia. Al respeto, donde nos enseñaban que el PAN que no se tira…, que debe besarse si no quedara otra antes de descartarlo…; en el seno de nuestras familias hemos recibido nuestra educación en la fe. Nos llevaron a ser bautizados, nos enseñaron las cosas más básicas como rezar y persignarnos…, nos enseñaron a amar a Jesús.

Esa“memoria”de la fe ha comenzado en la propia casa.

Y nos ha hecho llegar a nuestras parroquias y comunidades, para celebrarla en la Eucaristía. En ese encuentro único y personal con el cuerpo y la sangre de Cristo.

El misterio de Cristo lo vivimos siendo miembros de Su propio cuerpo. Y lo recibimos como alimento en cada comunión.

Alimento para la vida. Alimento para la Vida Eterna.

Reconocemos y celebramos en esta Santa Misa su presencia sacramental. Donde lo reconocemos presente en su cuerpo, sangre, alma y divinidad. Tan presente como en la misma cruz, donde ha dado su vida por nosotros. Tan presente como en aquel pesebre que cobijó su humanidad. Pero hoy…, bajo otra forma visible. Bajo la apariencia de pan y de vino. Silencioso…, pero real.

Pan de los ángeles. Fortaleza de los mártires.

Alimento de los que tienen hambre de Dios.

Esperanza de los pecadores…, al escuchar en las palabras de la consagración: “Sangre de la Alianza Nueva y Eterna…, que será derramada por ustedes y por muchos…, paraelperdóndelos pecados”, nos recuerda que su Sangre sacia la sed de Dios…, y alimenta nuestra esperanza del perdón.

Al iniciar esta homilía, quise hacer referencia a la mesa familiar. A la propia familia, como lugar desde donde recibimos nuestra educación en la fe, dado que, en estos momentos, la realidad de encierro, producto de la pandemia, nos hace vivir muchas horas de nuestras vidas, en el ambiente familiar y así, como nos pasa tantas veces en la vida…, cuando alguna realidad se debilita, otra se fortalece.

En este tiempo difícil que nos toca vivir, no tenemos mucha elección. Con mucha incertidumbre, hacemos lo que se puede. Nos debemos adaptar a los tiempos. Pero simultáneamente, la vida continúa como continúa como también nuestra fe.

Y debemos cuidar y preservar la vida. Y debemos también seguir alimentando nuestra fe.

Pedimos en esta Eucaristía que se fortalezca nuestra fe. Que se fortalezcan nuestras familias. Que nosotros, como Iglesia viva, crezcamos en nuestro fiel testimonio recibiendo a Cristo. Siguiendo sus pasos… y haciéndolo visible frente al mundo. Desde esta Iglesia que también reconocemos como doméstica.

Como obispo de San Luis, los invito a que esta celebración del Corpus, la vivamos desde el espíritu de PENTECOSTÉS. Hace tiempo que el Espíritu Santo nos viene suscitando cosas…; y animando a salir…, y renovando en el Espíritu nuestras pastorales. Se dirige también a nuestros sacerdotes, consagrados y seminaristas. Nos ha reglado dos diáconos formados afuera que hoy, trabajan para ayudar a transitar ese mismo camino a otros puntanos y sanluiseños.

El viento del Espíritu sopla y mueve, empuja, cambia, aviva, rompe…; no tengamos miedo al Espíritu. Vivamos con docilidad sus mociones y para ello debemos rezar mucho… y escuchar su Palabra. Y rezar juntos…; y sobre todo alimentarnos con la Eucaristía que nos hace sentar en una misma mesa. A construir comunidades donde nadie quede fuera. Y si por algún motivo, alguno no puede recibir la comunión…, lo podrá hacer, como dije, sentado en la misma mesa del Altar y, rezando la comunión espiritual. Fruto de la no presencialidad, esta ha sido, para muchos, la única posibilidad en este tiempo y ojalá les haya servido también para entender a quienes lo viven así siempre. Valorando el regalo que tienen de poder comulgar. Pero… insisto… sentándonos todos a la mesa. No dejando nadie fuera…, sobre todo de nuestro corazón. Eso es COMUNIÓN también.

Cada Diócesis tiene sus costumbres, sus formas, sus prácticas y sus tiempos…; aquí por muchos años, no se autorizó recibir la comunión en la mano. Y hoy sí.

Entiendo que a muchos les cueste y por eso, respeto la libertad de que cada uno decida cómo recibirla. Pero debo hacer una aclaración MUY IMPORTANTE: La Iglesia en sus costumbres y tradiciones…, JAMÁS va a proponer como práctica universal un sacrilegio. Lo expreso así de claro, porque sé que más de uno así lo piensa. Y quiero que tengan la serenidad de que no lo es. No es un sacrilegio recibir la comunión en la mano.

Los invito a la libertad de cómo recibir la Sagrada Eucaristía, sumándome a la práctica de la Iglesia Universal. No quiero que seamos una isla. Pero tampoco quiero que esto, sea materia de separación y mucho menos de acusación. Mucha tinta y mucho tiempo ya se ha gastado al respecto, muchas veces ocultos en perfiles que esconden su identidad.

Justamente la Eucaristía nos tiene que llevar a fortalecer la comunión. Y desde la Eucaristía seguir construyendo y fortaleciendo nuestra hermosa Diócesis. Guardando y preservando lo bueno y lo propio, como así también, cambiado aquellas estructuras caducas que a nada conducen, o que nos impiden avanzar. Por ambas cosas velaré.

“La fuerza de la evangelización quedará muy debilitada si los que anuncian el Evangelio están divididos entre sí por tantas clases de rupturas. ¿No estará quizás ahí uno de los grandes males de la evangelización? En efecto, si el Evangelio que proclamamos aparece desgarrado por querellas doctrinales, por polarizaciones ideológicas o por condenas recíprocas entre cristianos, al antojo de sus diferentes teorías sobre Cristo y sobre la Iglesia, e incluso a causa de sus distintas concepciones de la sociedad y de las instituciones humanas, ¿cómo pretender que aquellos a los que se dirige nuestra predicación no se muestren perturbados, desorientados, si no escandalizados?” [1]

Qué importante es, insisto, que vivamos este tiempo Diocesano como un Pentecostés. Como un tiempo de Dios. Como una oportunidad para crecer y renovarnos Eclesialmente. Sin miedos. Sin prejuicios. Impregnados de Evangelio. Debemos “oler a Evangelio” y eso no lo da el incienso. Eso solo lo da la caridad. El amor. Disfruto la exquisitez del incienso en la liturgia…, pero más disfruta Dios, que nuestras relaciones huelan a caridad. Mateo 9, 13:“me gusta la misericordia, más que las ofrendas”; Oseas 6, 6: “me gusta más el amor que los sacrificios, y el conocimiento de Dios, más que las víctimas consumidas por el fuego”.

Cuánto deseo que este alimento Eucarístico nos abra los ojos a los curas para vernos desde otro lugar. Ver que nuestra primera misión es: la CARIDAD. Solo allí podremos construir un presbiterio distinto y renovado. No desgastados por cuestiones humanas. Que no aniden en nuestros corazones sacerdotales, prácticas que tienen más que ver con la patología o humana debilidad, que con la virtud. Que la Eucaristía sea en nosotros sacerdotes, NOVEDAD y no costumbre. Que sea el motor para dejar de lado lo que no corresponda…, cada uno sabrá mirar su vida y corazón, para llegar a ser entonces, una ofrenda agradable al Padre.

Tengan la seguridad de que si nos alejamos del Fuego del Espíritu… y perderemos su fuerza podemos acostumbrarnos a recibir al Señor sin la debida devoción y sobre todo sin que cambie nuestra vida. Porque las formas y las costumbres nos pueden engañar, dado que muchas veces solo nos preocupamos por lo que ven nuestros ojos…, y no por lo que pasa por el corazón. Y allí anida silenciosamente el mal espíritu.

Quiero adoradores en Espíritu y en Verdad.

Nuestra Diócesis tiene estructuralmente una gran y hermosa organización de Capillas de Adoración. Que esa oración de cientos de personas y establecidas en incontables horas de silencio frente al Señor, alimenten nuestra fidelidad en la CARIDAD en cada uno de los hijos e hijas de esta Diócesis de San Luis. Caridad verdadera y real. Que sea un hecho, y no una abstracción. La caridad no es una idea, es una acción. Ser testigos auténticos y creíbles es una acción, no un pensamiento. Les encomiendo a los adoradores: recen por nuestra Diócesis.

Esta Misa la vamos a vivir por separado…, cada uno en sus casas…; pero… UNIDOS EN UNA MISA FE. Unidos en Comunión.

No puedo dejar de nombrar en esta Misa, a tantos hermanos y hermanas que están sufriendo fuertemente el dolor de la enfermedad. El dolor de la lejanía de sus seres queridos, de quienes deben separarse para no contagiar.

No podemos dejar de tener en cuenta a todo el personal de la salud que vela por sus hermanos. Sean médicos, enfermeros/as, auxiliares, camilleros, personal de limpieza…etc.; tantos que nos cuidan al precio de arriesgarse. Y lo hacen con sus miedos propios y su frustración cuando la hermana muerte, llega a sus pacientes.

También son parte de nuestra memoria agradecida, tantas religiosas y sacerdotes que están junto a los enfermos cuidando su salud espiritual. Cuánto vale todo esto. Recordamos a la Madre Natividad, quien ha ofrendado su vida…, sirviendo en el hospital.

Damos gracias por la salud del P. Daniel Pérez, quien ya fue dado de alta y a quien tuve la gracia de acompañar en su dolor. Pedimos también por el P. Miguel García, que pueda superar pronto esta enfermedad.

A cada uno de ellos, hoy los ponemos una vez más, en nuestras oraciones. Junto a Jesús Eucaristía.

Pidamos al Señor que acepte nuestra entrega…, la de cada uno…, distinta y particular… y la haga agradable al Padre. Y nos una en Comunión.

Que María, quien fuera el primer Sagrario portador del Hijo, nos lleve al amor y a la contemplación de Jesús, para que, alimentados y fortalecidos por Él, salgamos presurosos y sin miedo, al encuentro de nuestros hermanos.

Finalmente, no puedo terminar esta homilía sin hacer una mención al servicio fundamental que se hace desde CARITAS, desde donde las comunidades parroquiales organizan la CARIDAD de la Iglesia para que sea efectiva.

Porque eso es también testimonio y Evangelización. Esta es un área que debemos fortalecer. Decía San Pablo: “Ay de mi si no anuncio el Evangelio” (1 Cor 9,16).

Ojalá digamos todos: Ay de mí si no me conmuevo por los pobres. Allí está Jesús. Y me espera… Como nos espera también en el Sagrario.

Referidos al Prójimo estará basada la pregunta y nosotros tendremos que dar respuesta en nuestro Juicio Final:

Fui a tu encuentro: ¿Qué hiciste conmigo…?

Mons. Gabriel Bernardo Barba, obispo de San Luis


Nota:
[1] Evangelii Nuntiandi, N° 77 - San Pablo VI (1975)