Viernes 30 de julio de 2021

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Fiesta patronal diocesana

Homilía de monseñor Sergio O. Buenanueva, obispo de San Francisco, en la fiesta patronal diocesana en honor a nuestra Señora de Fática (Catedral de San Francisco, 13 de mayo de 2021)

 “Sesenta años con María contemplativa, servidora y misionera”

Con este lema estamos celebrando nuestra Fiesta Patronal Diocesana en honor a Nuestra Señora del Rosario de Fátima. 

¿Qué significa que María es “contemplativa”? ¿Qué es “contemplar”? ¿Sirve para algo realmente significativo la oración contemplativa?

Podríamos multiplicar las preguntas. Pienso que, más que sospechas y objeciones, sobre esta palabra pesa un sentido de resignación: “sí, muy bonito; pero, en realidad, no es para mí; me supera, mejor contentarse con menos”. 

Y, sin embargo…

La contemplación es la madurez de la oración cristiana. Cada vez que siento el llamado de la oración y me adentro en ese territorio fascinante, el impulso del Espíritu es que alcance la meta de la contemplación. Dios me busca y quiere ese encuentro, cara a cara. 

La escena evangélica que acabamos de escuchar es el icono de la Iglesia orante y contemplativa: María, las santas mujeres y el discípulo amado al pie de la cruz, contemplando a Jesús en su Hora. Están en el radio de su influencia, al alcance de su Espíritu. Todo en ellos -mente, sentimientos y sentidos- se concentra en el Señor que vive su Hora. 

Tal vez, todavía no tengan las palabras para expresarlo con suficiente fluidez. Sin embargo, en esa Hora suprema -la del mayor amor: el amor hasta el fin- están ante el Rostro trinitario de Dios que irrumpe en nuestra historia: el Padre entrega al Hijo, el Hijo se ofrece al Padre, Padre e Hijo dan al mundo el Espíritu que renueva la faz de la tierra. 

En la oración, como en la fe, nunca dominamos el Misterio, sino que Él nos toma, nos desborda y nos envuelve. 

La contemplación es la madurez de la oración porque la visión beatífica será la plenitud de la condición humana, nuestra verdadera madurez. Ese es el verdadero motivo de nuestra esperanza: la bienaventuranza eterna, en el cielo, cuando veamos cara a cara y conozcamos como somos conocidos; el encuentro con el Señor y el reencuentro con todos los que amamos y nos amaron; la patria trinitaria que es también nuestro verdadero hogar. 

En una fe humilde, orante y viva como la de María, ya en esta historia frágil e imperfecta, comienza a madurar esa gracia definitiva. El cielo germina en la tierra. 

El Rosario que María encomendó a Jacinta, Francisco y Lucía, por ejemplo, es oración vocal y corporal, pero, en su dinámica interior nos lleva a contemplar: con los ojos y el corazón de nuestra Señora, el misterio de Cristo. 

* * *

Enseña el Catecismo de la Iglesia Católica: “La contemplación busca […] a Jesús y en Él, al Padre. Es buscado porque desearlo es siempre el comienzo del amor, y es buscado en la fe pura, esta fe que nos hace nacer de Él y vivir en Él. En la contemplación se puede también meditar, pero la mirada está centrada en el Señor.”

Quedémonos con esta sola frase: contemplación es tener la mirada centrada en el Señor. Podríamos añadir: simplificar la mirada interior, teniendo los ojos de la fe puestos en su Persona. 

En realidad, tenemos que decir que no resulta sencillo definir con palabras lo que constituye la oración contemplativa. Son más útiles las imágenes, las metáforas, las comparaciones que dejan abierta la puerta y libre el espíritu para aventurarse en este terreno. 

Personalmente, me gusta mucho cómo define la oración contemplativa, pero, sobre todo, cómo la describe, Don Bernardo Olivera, trapense argentino que fuera Maestro General de la Orden. Aquí la definición: “[…] la contemplación cristiana es: fe iluminada por el fuego del amor que anticipa lo esperado. O, más propiamente, fe enamorada en anticipo de esperanza.”.

Como toda oración, la contemplación es don de Dios. Si la fe es un modo de ver la realidad con los mismos ojos de Dios, la oración contemplativa es un momento especialmente intenso en que los ojos de la fe se concentran en el Misterio de Cristo. 

Es un ver que, transfigurado por la esperanza, sabe ir a fondo, más allá de las apariencias, para comprender que la salvación de Dios está actuando en el mundo y es el verdadero futuro que nos espera. 

El amor que el Espíritu Santo infunde en nuestros corazones es un fuego que, a la vez, nos enciende, nos da calor y también nos ilumina para que podamos ver. 

Esa es la metáfora que usa Don Bernardo Olivera para hacernos comprender lo que es la oración contemplativa: fuego de amor que caldea el corazón e ilumina todo alrededor. 

En otros escritos añade otras imágenes: es amor de mamá o de papá que, precisamente por que aman intensamente a sus hijos, son capaces de adivinar sus estados de ánimo, sus penas y expectativas. El amor ve, y ve más lejos. Preguntémosle, si no, al discípulo amado, o a María Magdalena. 

Todo enamorado es, de una forma u otra, un contemplativo. Busca el silencio para estar, para mirar, para reposar. 

El orante de Israel viene en nuestra ayuda. Él ha llegado a comprender que la contemplación puede crecer en el corazón creyente solo porque es Dios el que, con su amor primero, nos mira y nos contempla y, de esa forma, nos crea constantemente con su aliento de vida. Reza así el Salmo 104: “Si escondes tu rostro, se espantan; si les quitas el aliento, expiran y vuelven al polvo. Si envías tu aliento, son creados, y renuevas la superficie de la tierra.” (Sal 104, 29-30). De ahí que la Escritura, una y otra vez, repita la súplica: “Que Dios tenga piedad y nos bendiga, haga brillar su rostro sobre nosotros […]” (Sal 67, 2). 

Esto supone un giro fundamental en la propia experiencia cristiana: es Dios el que nos contempla y hace posible nuestra propia mirada centrada en Él. ¿Se dan cuenta de que siempre, invariablemente, tenemos que terminar hablando de la gracia? Es así: la vida cristiana es don, regalo, gracia, iniciativa de Dios. Él primero. Siempre. 

* * *

Nuestra Iglesia diocesana nació a las vísperas del Concilio Vaticano II. Su nacimiento entonces estuvo dinamizado por la gracia de ese nuevo Pentecostés. 

Contemplado con los ojos de María, madre de la Iglesia, el Concilio es un tiempo fuerte, profético y todo él concentrado en la Persona de Cristo, luz del mundo, de los pueblos y clave de ese misterio que somos los seres humanos. 

La profecía conciliar se puso en marcha precisamente con la reforma de la liturgia de la Iglesia. Este es el hogar, a cuyo calor maduró el camino de la Iglesia en nuestro tiempo, también el de nuestra Iglesia diocesana. Y la liturgia es tiempo, espacio y experiencia de contemplación. Es oración que se acelera y alcanza su punto máximo, de manera particular en la celebración eucarística, especialmente el domingo, la Pascua semanal. “Por lo cual, la Eucaristía aparece como la fuente y cima de toda la evangelización”, como afirma con certera lucidez el Decreto sobre la vida y misión de los presbíteros.

La contemplación no es un lujo de algunas almas exquisitas. Menos aún una pérdida de tiempo porque otras urgencias son prioritarias. Por el contrario, la contemplación de Cristo, en la oración personal y en la oración eclesial, es el clima del Espíritu en que transcurre y acontece nuestra vida personal, social y eclesial. 

El silencio en el que madura la contemplación -enseña también Don Bernardo Olivera- es la dimensión interior de la solidaridad. O, como hemos enunciado en nuestro lema: del servicio y la misión. La contemplación les da hondura a nuestros compromisos, especialmente a aquellos que nos sumergen más intensamente en la pobreza y fragilidad de la siempre cambiante condición humana. 

Contemplamos escuchando la Palabra y celebrando los misterios, no menos que en los encuentros con nuestros hermanos, sus temores y heridas, sus alegrías y esperanzas. 

Entre tantas experiencias fuertes que estamos viviendo en esta pandemia, una verdaderamente significativa podría ser esta: la gracia de, por una parte, caer en la cuenta de hasta qué punto habíamos perdido el norte en nuestra vida. Pero, por lo mismo, de qué manera el Espíritu nos reorienta, nos enseña por dentro, nos mueve a recuperar aliento, centrándonos nuevamente en Jesús, su Evangelio y su Pascua. Sí, en este tiempo, muchos han redescubierto ese anhelo de encuentro que nos habita y que el Espíritu Santo potencia, alimenta y anima. 

¿Podemos llamar “gracia de contemplación” a esta experiencia? Tal vez, podamos y nos convenga hacerlo. 

Lo cierto es que, puestos a mirar lo que está viviendo nuestra Iglesia diocesana, podemos soñar para ella (para nosotros) esta gracia de profunda conversión: una Iglesia que, como María, se vuelve más contemplativa, más servidora y misionera, según el Evangelio, porque más realmente radicada en Cristo, en su pobreza, en su humildad y, sobre todo, en su compasión y misericordia. 

Hace pocos días, en sus estupendas catequesis sobre la oración, el Papa Francisco decía con perspicacia: “Todo en la Iglesia nace en la oración, y todo crece gracias a la oración. Cuando el Enemigo, el Maligno, quiere combatir la Iglesia, lo hace primero tratando de secar sus fuentes, impidiéndole rezar. Por ejemplo, lo vemos en ciertos grupos que se ponen de acuerdo para llevar adelante reformas eclesiales, cambios en la vida de la Iglesia… Están todas las organizaciones, están los medios de comunicación que informan a todos… Pero la oración no se ve, no se reza.”

Para pensar, ¿no?

La Providencia ha dispuesto que este aniversario diocesano tuviera lugar en medio de una pandemia, por tanto, sin el fasto que suele ser usual en estas celebraciones. Es un despojo para que vivamos más intensamente lo esencial, lo “único necesario”, aquella parte que, como a María de Betania, no nos será quitada.

María de Fátima que sostuvo la oración de los pastorcitos sostenga también la conversión al Evangelio de nuestra Iglesia diocesana. 

Amén. 

Mons. Sergio O. Buenanueva, obispo de San Francisco