Lunes 20 de septiembre de 2021

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VI Domingo de Pascua

Homilía de monseñor Marcelo Daniel Colombo, arzobispo de Mendoza, para el VI Domingo de Pascua (Parroquia San Antonio de Padua, Las Heras, 9 de mayo de 2021)

Queridos hermanos:

El Evangelio fue para el mundo antiguo una verdadera fuerza renovadora de la vida humana, invitándola a encontrar su fuente de vida. Sobre todo, en un mundo fragmentado por las distintas proveniencias y orígenes, Dios vino a soplar los aires nuevos de la fraternidad humana. Él llama a todos a conocer a Cristo, su Palabra y a recibir su Espíritu para vivir como miembros de su pueblo.

Así nos lo proclama Pedro, para quien no hay distinciones porque Dios no hace acepción de personas ni de nacionalidades. Se trata de amar como nos invita a amar Dios y de practicar la justicia, lo cual significa vínculos sanos y respetuosos entre nosotros, donde no haya lugar para la mentira, el aprovechamiento ni el odio.

La Carta de Juan nos insiste en el origen de nuestra vida nueva. No es una iniciativa nuestra sino de nuestro Padre Dios que nos primereó escogiéndonos como hermanos en su Hijo y lo envió para entregarse por nosotros. Es la fuerza de ese amor la que nos sostiene y la única garantía al final del camino.

En el Evangelio, aunque no esté precedido como en los otros domingos por la fuerte expresión “Yo soy”, podríamos sintetizar este texto con una afirmación aplicable al Señor: “Yo soy el amigo”. Luego de algunos años junto a sus discípulos, el Señor subraya este amor de elección en el cual Él nos regala una nueva identidad, la de hijos de un Dios Padre y sus amigos, los que lo hemos llegado a conocer a Él y su voluntad porque así lo ha querido.

El fundamento de esta amistad exige vivir la dinámica de los mandamientos, cumplirlos vitalmente, para permanecer en el amor. Permanecer en Él es ser fieles a sus enseñanzas y testimonio. Permanecer a Él pide una relación dinámica, abierta a sus signos y nuevas llamadas, no relegándolo ni postergándolo por otras elecciones aparentemente mejores.

Este amor de elección implica también un sentido que trasciende la intimidad de la amistad para extenderse a otros y dar fruto. Este “para que vayan y den fruto” nos habla de una amistad que invita, incorpora, suma para que otros, a través nuestro, conozcan al Señor, y conociéndolo lo amen y sigan, para dar a su tiempo mucho fruto.

Mons. Marcelo Daniel Colombo, arzobispo de Mendoza