Viernes 1 de julio de 2022

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Ordenacion sacerdotal Oscar Bernardo Carús

Homilía de monseñor Fernando Martín Croxato, obispo de Neuquén, en la ordenación sacdrdotal de Oscar Bernardo Carús (Iglesia catedral María Auxiliadora, 12 de diciembre de 2020, Fiesta de Nuetra Señora de Guadalupe)

Querido Oscar:

¡Cómo te pagaremos todo el bien que nos hiciste! Así lo cantamos en tu diaconado junto al P. Fede y ahora seguimos cantando con María: ‘Mi alma glorifica al Señor mi Dios’...No podía ser de otro modo, ya que sos el ‘pájaro cantor’…

Y esta expresión nos acerca el corazón de nuestra Madre, su intimidad silenciosa, la que venía rumiando en el camino a la casa de su ‘parienta Isabel’. Su corazón contemplativo, rebozaba de ‘alabanza, de gratitud, de esperanza’, su corazón que estaba en Dios, experimentó la certeza que Jesús seguirá revelando “Padre te alabo porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y se las haz revelado a los pequeños, si Padre así lo has querido”. Que tu corazón Oscar que hoy marcás con esta expresión, sea ‘mariano’, que esté en Dios y que bueno recordar aquel dicho tan cierto ‘que el corazón del que ama, está más en el amante que en sí mismo’.

Este corazón de María que estaba en Dios, que amaba, que no estaba en sí mismo, también estaba en su pueblo, en sus hermanos. ¿Acaso el Sí del anuncio, no fue un no mirarse a sí misma sino el bien de ese pueblo que esperaba al Salvador? ¿Acaso esta visita a su prima no nos dice ‘dónde tenía puesta su prioridad’, que eran los otros? ¿Acaso hoy no estamos celebrando a la Guadalupana, en la que ‘desde su santuario hace sentir a sus hijos más pequeños que ellos están en el hueco de su manto’(DA. 265)? ¿Acaso podemos ser sacerdotes sin estar al lado de la gente, sin salir a su encuentro en sus alegrías y tristezas que hoy son tantas? Cuidado con la tentación de las redes y la virtualidad, está bien ser animadores y organizadores virtuales, pero lo nuestro y lo que la gente necesita y espera, es que miremos su rostro, sintamos su corazón, le hablemos a su corazón, las abracemos y las bendigamos, pero no virtualmente.

Que claridad tenía María en su amor, Ella sabía “qué nadie puede experimentar el valor de vivir sin rostros concretos a quienes amar. Aquí hay un secreto de la verdadera existencia humana, porque «la vida subsiste donde hay vínculo, comunión, fraternidad; y es una vida más fuerte que la muerte cuando se construye sobre relaciones verdaderas y lazos de fidelidad. Por el contrario, no hay vida cuando pretendemos pertenecer sólo a nosotros mismos y vivir como islas: en estas actitudes prevalece la muerte»(Ft.87). En este tiempo el testimonio de apertura y acogida a lo distinto, de escucha a fondo, de cercanía y misericordia, de ponernos a la par y caminar junto a los otros, de fraternidad, nos desafía como iglesia y como sacerdotes más aún.

El corazón del pastor es ‘un corazón que ama’ y que bien nos hace en el silencio de la oración cada mañana, en esa liturgia de las horas dejarnos interpelar por el Señor. Un texto rezado en estos días de San Pedro Crisólogo decía: “La exigencia del amor no atiende a lo que va a ser, o a lo que debe o puede ser. El amor ignora el juicio, carece de razón, no conoce la medida. El amor no se aquieta ante lo imposible, no se detiene ante la dificultad…El amor engendra el deseo, se crece con el ardor y, por el ardor, tiende a lo inalcanzable. ¿Y qué más? El amor no puede quedarse sin ver lo que ama: por eso los santos tuvieron en poco todos sus merecimientos, si no iban a poder ver a Dios”. Y nosotros, sacerdotes, tomados por Cristo en el altar hacemos viva la víctima del amor sin medida, por eso estamos hechos para la Eucaristía.

¡Cómo no hacer presente tu historia tejida desde la Palabra de Dios, movimiento que te alimentó en tu juventud! (¡¡porque ya no lo eres tanto!!). En esto también que tu corazón sea mariano, como lo muestra su canto, Ella habla y piensa con la Palabra de Dios; la Palabra de Dios se le hace su palabra, y su palabra nace de la Palabra de Dios. Además, así se revela que sus pensamientos están en sintonía con los pensamientos de Dios, que su querer es un querer

junto con Dios. Y no te olvides de tener a mano siempre el Rosario, en donde ‘El pueblo cristiano aprende de María a contemplar la belleza del rostro de Cristo y a experimentar la profundidad de su amor y donde recibiremos, mediante el Rosario, abundantes gracias de las mismas manos de la madre del Redentor”.(DA.271)

Termino recordando lo que les decía a vos y a Fede, SEAN DIGNOS DE SER SACERDOTES, no te olvides nunca quien está detrás de la historia; Dios se va a asomar a través de muchas personas y circunstancias y cada tiempo ‘maravilloso o difícil, como decía Pablo VI, nos invitan a ser santos’. Que María, mujer creyente y valiente, sea siempre ‘rostro y corazón’, que te cuide en esta fidelidad. Amén

Mons. Fernando Martín Croxato, obispo de Neuquén