Sábado 25 de septiembre de 2021

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Misa Crismal

Homilía de monseñor Carlos José Ñáñez, arzobispo de Córdoba, en la Misa Crismal (15 de agosto de 2020)

Queridos hermanos:

La Misa crismal constituye cada jueves santo un momento importante en la vida de nuestra Arquidiócesis y, especialmente, en la vida de nuestro presbiterio. Es la ocasión propicia para dar gracias al Señor por el don del sacerdocio; para encontrarnos con los hermanos sacerdotes en torno al altar ofreciendo la Eucaristía; y para animarnos mutuamente en nuestro empeño pastoral en el servicio al pueblo santo de Dios.

Este año la celebración tiene varios matices particulares. Ante todo, el lugar y la fecha en la que la concretamos: en la capilla del Seminario Mayor, observando la distancia social, y en la solemnidad de la asunción de la Santísima Virgen. En razón del aislamiento social preventivo como consecuencia de la pandemia del coronavirus, no pudimos realizarla el jueves santo pasado.

 

Además, en esta oportunidad, no todos los sacerdotes pueden tomar parte en esta celebración, sino sólo una representación constituida por los vicarios episcopales, los decanos de la ciudad y del interior, el representante de la Junta de religiosos en el consejo presbiteral, los formadores del Seminario Mayor y los seminaristas.

Agradezco especialmente la compañía de los obispos auxiliares, Padre Pedro Torres y Padre Ricardo Seirutti, que comparten conmigo el servicio episcopal a la Iglesia que peregrina en Córdoba.

Como los presentes en la sinagoga de Nazareth, queremos fijar nuestra mirada en Jesús, autor y consumador de nuestra fe, para darle gracias por el don del sacerdocio que sin mérito de nuestra parte nos ha concedido; para alabar su bondad y misericordia; para presentar nuestra súplica humilde por nuestras intenciones y las de todo el pueblo confiado a nuestro cuidado.

Este don precioso lo hemos recibido, precisamente, también para intervenir en favor de los hombres en todo lo que se refiere a Dios, como dice el autor de la carta a los Hebreos (cf. Heb 5, 1).

Elegidos para servir a los hermanos debemos hacerlo con generosidad, con alegría, con paciencia, sin ningún tipo de brusquedad ni torpeza y sin dar lugar a ninguna expresión de clericalismo. Al contrario, el ícono de Jesús lavando los pies a sus discípulos, durante la última cena, debe estar siempre ante los ojos de nuestros corazones y animando nuestro servicio.

Los santos óleos que en instantes vamos a bendecir y luego llevar a nuestras comunidades son instrumentos de ese servicio que debemos brindar con cariño y con alegría. Al renovar las promesas de nuestro sacerdocio debemos hacerlo con sinceridad, sin retaceos, volviendo a ofrecer al Señor y a nuestros hermanos un corazón indiviso, un corazón que se dispone siempre a amar con transparencia, con integridad, con calidez.

También en esta oportunidad queremos proyectarnos en nuestro servicio pastoral avizorando ya el desafiante tiempo de la post-pandemia. En algunas homilías, especialmente en las Misas que se transmiten los domingos por Cadena 3, así como en la carta pastoral con motivo del jubileo de la creación de nuestra Arquidiócesis, he sugerido algunas pistas a tener en cuenta.

Hoy quiero dar a conocer una nueva carta pastoral, que lleva por título: “Estamos ante el comprometedor horizonte de la pastoral ordinaria”. Un título que se inspira en la exhortación apostólica “Novo millennio ineunte” del Papa san Juan Pablo II.

Este hecho coincide con la publicación de la reciente instrucción de la Congregación del Clero: “La conversión pastoral de la comunidad parroquial al servicio de la misión evangelizadora de la Iglesia” y la declaración de la Academia de la vida: “Humana communitas en la era de la pandemia”. Ambas publicaciones nos sugieren pautas a tener en cuenta para el tiempo que sigue al aislamiento social, provocado por la pandemia.

A la luz de todas estas propuestas, se trata de imaginar algo nuevo. No simplemente un desplazamiento de fechas, es decir, que lo que pensábamos hacer en el transcurso de este año, lo haremos un poco más adelante.

La situación que vendrá, ya no será la misma de antes; nos demandará un esfuerzo nuevo. Deberemos, por tanto y ante todo, renovar nuestra confianza en la Divina Providencia, poner por obra una profunda compasión, acostumbrarnos a vivir con más austeridad, con una mayor solidaridad y porque no con un renovado entusiasmo pastoral.

En la encíclica “Laudato si”, el Papa Francisco nos habla de un paradigma “consumista-tecnocrático” que, en este último tiempo, ha dominado la escena del mundo y de nuestras vidas. Nos ha condicionado fuertemente en nuestro accionar cotidiano, determinando un uso que podríamos denominar “avasallante” del tiempo y una necesidad casi desmedida de cosas, de objetos en los que hacer consistir nuestra satisfacción.

La pandemia y el aislamiento nos han ofrecido y nos ofrecen la oportunidad de cuestionar ese paradigma, que pone un ritmo casi inhumano a nuestro actuar; de redescubrir que podemos vivir bien y satisfactoriamente con menos cosas, siendo “señores de nosotros mismos y de nuestro tiempo”.

Las necesidades de muchos hermanos, que ya se han manifestado y se manifestarán más agudamente, nos invitan y nos invitarán a ser verdaderamente compasivos, a ponernos en el lugar del que sufre, a socorrerlo según nuestras posibilidades, a ser buenos samaritanos, a cultivar mucho más una auténtica solidaridad. Gracias a Dios, ya ha habido expresiones de esas actitudes. Alguna comunidad parroquial, incluso, con motivo de la pandemia, elaboró y difundió, a través de las redes, un “plan de contingencia” que le permitió y le permite estar atenta a las necesidades de los miembros de la comunidad. Es un ejemplo, entre otros, que debe motivarnos en la línea del fraterno compartir y de la creatividad en relación con él.

A propósito, no podemos dejar de mencionar la creatividad que ustedes, queridos hermanos sacerdotes, con la ayuda de los laicos, especialmente de los jóvenes, han desplegado y siguen desplegando para establecer y mantener contacto con los miembros de sus comunidades, brindándoles el servicio de las celebraciones eucarísticas, momentos de adoración eucarística, de oración litúrgica y de reflexión, así como también información de interés pastoral y espiritual.

El Santo Padre señala que la virtualidad no reemplaza la presencialidad, pero lo caminado en ese ámbito nos ha demostrado que se trata de una realidad complementaria. Se la puede incorporar para llegar con mensajes evangelizadores que alcanzan a más necesitados a los que, por diversos motivos no se llega, pero a los que el Señor de ninguna manera descuida.

Finalmente, los invito cordialmente a que pidamos en nuestra oración, que como presbiterio y como comunidad arquidiocesana, tengamos la lucidez y la fortaleza que provienen del Espíritu Santo para estar a la altura de los desafíos del momento actual.

Fortaleza para no ceder a particularismos ni mezquindades, para asumir efectivamente compromisos entre todos. De la pandemia no se sale solos sino juntos, nos dice con insistencia el Papa Francisco.

Fortaleza para no ceder a nostalgias, para no quedarnos en el “siempre se hizo así” que paraliza y anquilosa; fortaleza en definitiva para animarnos a caminar decididamente hacia algo nuevo, que tendremos que buscar, identificar y realizar entre todos, con incansable paciencia, con serena firmeza y con inquebrantable constancia.

Hoy también hacemos memoria de la Santísima Virgen en una de sus fiestas más antiguas y más preciosas. Ella, inmaculada desde el primer instante de su existencia, fue la servidora humilde y fidelísima de su Señor.

El sí gozoso y generoso de la anunciación, lo ratificó con el sí abnegado y dolido al pie de la cruz. Asociada a la ofrenda salvadora de Jesús, ahora goza de la plenitud de su triunfo sobre el pecado y la muerte.

María Santísima se dejó habitar por el Espíritu Santo, se dejó conducir y animar por Él; se confió totalmente a Dios y fue siempre “hacia adelante”, hacia algo nuevo, hacia la vida en Dios, de la que goza ahora en plenitud.

Le pedimos que ella interceda por nosotros; por todas nuestras necesidades; por el fin de la pandemia que nos aflige; y que nos alcance también el saber caminar “hacia adelante”, hacia algo nuevo, hacia lo que el Señor nos está invitando. Que así sea.

Mons. Carlos José Ñáñez, arzobispo de Córdoba