Domingo 21 de julio de 2024

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Corpus Christi

Homilía de monseñor Luis Urbac, obispo de Catamarca, en la solemnidad del Corpus Christi (1 de junio de 2024)

Queridos hermanos:

La Liturgia es muy rica en el tiempo, llamado ‘ordinario’ o ‘durante el año’: La Ascensión, Pentecostés, Santísima Trinidad, y ahora Corpus Christi. ¡Cuántas oportunidades, para profundizar en nuestra Fe, fortalecer nuestra Esperanza y renovarnos en el Amor!

Celebramos, por tanto, un misterio medular de la fe: la fiesta del Cuerpo y la Sangre de Crsito. Sólo lo comprenderemos si conocemos la vida de Jesús. Porque su vida fue una continua entrega de sí. Y la muerte fue la entrega de sí llevada hasta el final, hasta el extremo: nadie ama tanto como el que da la vida por los amigos. Toda esa vida y toda esa muerte están condensadas en cada una de nuestras Eucaristías: la Santa Misa.

El relato del Éxodo nos recuerda la Alianza del Antiguo Testamento, que comenzó el largo camino hasta la Nueva Alianza del mismo Jesucristo. Dios lo tenía todo previsto, desde el comienzo hasta el final de los tiempos. El carácter bilateral o de pacto de esta alianza (berît) se pone de manifiesto con el reparto de la sangre en dos partes iguales: una mitad es vertida sobre el altar dedicado a Dios, mientras la otra mitad es rociada sobre los israelitas reunidos. El aspecto propio de imposición de obligaciones al pueblo queda patente en la fórmula de compromiso al final de la narración.

En esa lectura, el pueblo de Israel hasta dos veces promete cumplir todo lo que Moisés les presenta. Para hacer más patente ese acuerdo, se ponen por escrito esas palabras. Las Tablas de la Ley. Las reglas de vida del pueblo elegido. Sabemos, por las Sagradas Escrituras, pero pronto dejaron de cumplirlas, volviendo a los ídolos y rompieron con su Dios, el Único Dios; y sufrieron múltiples penalidades. Y Dios, lo permitía, pues somos libres.

¿Cuál era el plan de Dios? Según los profetas, sobre todo Jeremías, (Jer 31,33). Dios promete hacer una Nueva Alianza, que no sería necesario escribir ya en piedra, porque estaría impresa en el corazón de cada hombre. De esta manera, no serían necesarias normas externas, porque todo saldría del corazón. Interiorizar el mensaje, se dice ahora. Sin prisa, pero sin pausa. Día a día, año a año.

La iniciativa del pacto es de Dios, que sale al encuentro del errático ser humano para devolvernos al verdadero camino que lleva a la felicidad, es decir, reencontrarnos con Él, nuestro Creador y Padre.

Él nos ha creado y elegido, y sólo nos pide que seamos fieles, como Él es fiel. Esto es posible porque somos libres. Nos invita a ser santos, como Él es santo. Sin embargo, como el pueblo de Israel, también faltamos a ese pacto con relativa frecuencia. Menos mal que Dios sí es fiel, siempre respeta su alianza. Nos ofrece una nueva vida, como la que recibieron los hebreos, después de la salida de Egipto, para vivir según Dios. Y nos ha dado la máxima señal de este amor: a su propio Hijo.

La segunda lectura nos enseña que el culto antiguo era ritual, externo y convencional; en cambio, la ofrenda sacerdotal de Cristo es real, personal y existencial por lo que puede fundamentar una comunión auténtica con Dios y con los hombres. La ofrenda sacerdotal de Cristo es eficaz pues penetra definitivamente en la Morada de Dios para alcanzar la auténtica redención, fruto del derramamiento de su propia sangre. Por tanto, la Misa es el recordatorio de que ya no hace falta la sangre de los animales, porque, para el perdón de los pecados es suficiente la sangre entregada, de una vez para siempre, por el mismo Hijo de Dios, Jesucristo, y que se nos ofrece cada vez que participamos de la Eucaristía. En este sacrificio incruento, podemos recibir el perdón de nuestros pecados y siempre es posible renovar la alianza con nuestro Dios. Recuperamos la unión que, por nuestros pecados y debilidades, perdemos a menudo. Y lo hacemos “simplemente” con el arrepentimiento y el empeño de seguir adelante.

La Eucaristía es la Gracia para recuperar la alegría y fortalecer la esperanza. Y, revitalizados, debe llevarnos a la misión. El Señor, antes de marchar al cielo, nos dijo “vayan”. Desde entonces, los cristianos, hemos aprendido la siguiente lección: no nos podemos detener. El Señor nos aguarda en el Cielo; sin embargo, nos acompaña en el compromiso activo y sin límites en pro de un mundo mejor. La Eucaristía será fructuosa si nos hace comprender que cada uno de nosotros somos ‘misión’, es decir, sí nos abocamos, con el estilo de Jesús, a:

*Reconciliar a los hombres con su pasado, consigo mismos y con Dios para que se sientan y vivan como hijos de Dios, pues lo son.

*Ponernos siempre del lado del pobre, del que es marginado por la mayoría, del que no tiene derechos, del que menos cuenta.

*Consolar, curar, apoyar, alimentar y dar libertad y esperanza a los que creen que el sufrimiento tiene la última palabra.

*Buscar la soledad, lo escondido para encontrarnos con el Padre y sentirnos amados sin condiciones; perdonados porque sí; pacificados y fortalecidos porque Dios es así. Porque sabe que somos de barro. Y ante las caídas y desesperanzas, sólo tiene una pregunta que hacernos: ¿Me amas?

*Ser constructores de la gran familia del Padre, hermanos todos en Cristo y hermanos todos en el Espíritu… Este es el Plan de Dios Padre.

Por ende, comer a Jesús, que es ‘pan’, es hacerse uno con él, dejar que su vida corra por nuestras venas; dejarlo que ore en nosotros; amar y consolar con nuestro corazón y nuestras manos; ir por los mismos caminos por donde Él gustaba meterse; mirar con sus ojos limpios a los hombres; experimentar con Él que las cosas no dan la felicidad y que los pobres y despojados por amor estarán más cerca de Dios y de los hombres.

Esto es comulgar. Ofrecernos a Él. Pero contar también con su ayuda, porque “sin mí nada pueden hacer” (Jn, 15,5). Pentecostés nos lo dejó claro, con la promesa del Espíritu. Y es también una garantía de felicidad presente y futura. Acerquémonos hasta su Mesa, ofrezcámosle nuestras personas y recibamos el regalo de felicidad y vida eterna que nos tiene reservado.

El Año de la Oración nos ofrece un oportuno marco para profundizar mejor en el verdadero significado de la Eucaristía, y para percatarnos que la Santa Misa es oración por excelencia, la más alta, la más sublime, y el mismo tiempo la más «concreta». De hecho, es el encuentro de amor con Dios mediante su Palabra y el Cuerpo y Sangre de Jesús. Es un encuentro con el Señor. La liturgia eucarística es escuela de oración. Al respecto decía el Papa Benedicto XVI: “La misión de Cristo y del Espíritu Santo que, en la liturgia sacramental de la Iglesia, anuncia, actualiza y comunica el misterio de la salvación, se continúa en el corazón que ora”.

En fin, amados hermanos, la Eucaristía nos vuelve contemporáneos con el misterio de la cruz y de la resurrección de Jesús, nos mantiene en alianza de amor con el Señor, hasta que vuelva. Por eso, hoy, es un día muy especial para que renovemos nuestra alianza, para que sintamos cómo el Señor mismo nos pregunta humildemente: «¿Están dispuestos a revivir una vez más la memoria de mi Amor?». Nuestra respuesta es esta celebración, pública y festiva, de la Sagrada Eucaristía, adorada y mostrada a todos por las calles de nuestra ciudad, que queremos sea la ciudad de Jesús, donde reine, consuele, fortalezca, cure y anime la vida de cada ciudadano. Amén

María del Valle, nos ayude a adorar a Jesús, presente en la Eucaristía.

Mons. Luis Urbanc, obispo de Catamarca