Martes 20 de abril de 2021

Primera predicación de Cuaresma del cardenal Cantalamessa

  • 26 de febrero, 2021
  • Ciudad del Vaticano (AICA)
"¿Quién dices que soy?", fue el tema del primer sermón del predicador de la casa pontificia. Fue en el Aula Pablo VI y en el marco del último día de ejercicios espirituales del Papa y la Curia romana.
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El predicador de la Casa Pontificia, cardenal Raniero Cantalamessa, hizo esta mañana su primera predicación de Cuaresma en el marco del sexto y último día de los ejercicios espirituales de este tiempo litúrgico, que el papa Francisco y la Curia romana llevan a cabo de modo individual a raíz de las restricciones por la pandemia.

El purpurado vaticano predicó sobre “¿Quién dices que soy?” en el Aula Pablo VI, a donde acudieron cardenales, arzobispos, obispos, prelados de la Familia Pontificia, empleados de la Curia y del Vicariato de Roma , superiores generales o los procuradores de las órdenes religiosas pertenecientes a la Capilla Pontificia.

Los próximas predicaciones serán los viernes 5, 12 y 26 de marzo.

El predicador de la Casa Pontificia comenzó explicando que dedicaba esta primera meditación a una introducción general al tiempo cuaresmal, antes de entrar en el tema específico programado, una vez terminados los ejercicios espirituales de la Curia. Y recordó que en el Evangelio del primer domingo de Cuaresma del Año B escucharon el anuncio programático con el que Jesús inicia su ministerio público: “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios se acerca. ¡Conviértanse y crean en el Evangelio!”. Por esta razón su meditación se basó en este llamamiento de Cristo, al que consideró siempre actual.

Explicó que de conversión se habla en tres momentos o contextos diferentes del Nuevo Testamento. Y dijo que cada vez se resalta un nuevo componente, de manera que esos tres pasajes dan una idea completa de lo que es la metanoia evangélica, a la vez que añadió: "Hay una conversión para cada estación de la vida. Lo importante es que cada uno de nosotros descubra la adecuada para él en este momento”.

El cardenal Cantalamessa dijo que la primera conversión es la que resuena al principio de la predicación de Jesús y que se resume en las palabras: “Conviértanse y crean en el Evangelio”, párrafo a partir del cual explicó qué significa la palabra conversión: "'Conviértanse y crean' no significan dos cosas diferentes y sucesivas, sino la misma acción fundamental: ¡Conviértanse, es decir, crean! 'Prima conversio fit per fidem', dice santo Tomás de Aquino: La primera conversión es creer. Todo esto requiere una verdadera `conversión`, un cambio profundo en la forma de concebir nuestras relaciones con Dios. Exige pasar de la idea de un Dios que pide, que manda, que amenaza, a la idea de un Dios que viene con las manos llenas para dársenos del todo. Es la conversión de la 'ley' a la 'gracia', que era tan querida por san Pablo”.

Tras referirse al segundo pasaje en el que, en el Evangelio, se vuelve a hablar de la conversión y en el que entre otras cosas se lee: “En verdad les digo: si no se convierten y no se hacen como niños, no entrarán en el Reino de los cielos”, el predicador afirmó: “También para nosotros hacernos niños significa volver al momento en que descubrimos que fuimos llamados, al momento de la ordenación sacerdotal, de la profesión religiosa, o del primero y verdadero encuentro personal con Jesús. Cuando dijimos: ¡Sólo Dios basta! y creímos en ello”.

En el tercer contexto en el que tiene lugar la invitación a la conversión, el cardenal predicador dijo que “lo dan las siete cartas a las Iglesias del Apocalipsis”, que “están dirigidas a personas y comunidades que, como nosotros, han vivido durante mucho tiempo la vida cristiana y, más aún, ejercen en ellas un papel de liderazgo”. Y añadió que, de estas siete cartas del Apocalipsis, “la que sobre todo debería hacernos reflexionar es la carta a la Iglesia de Laodicea”, cuyo tono duro dice: “Conozco tus obras: "Porque eres tibio, no eres ni frío ni caliente, te voy a vomitar de mi boca... Sé celoso y conviértete”.

“Se trata de la conversión de la mediocridad y de la tibieza. En la historia de la santidad cristiana el ejemplo más famoso de la primera conversión, del pecado a la gracia, es san Agustín”, precisó.

Además, el predicador recordó que “el ejemplo más instructivo de la segunda conversión, de la tibieza al fervor, es santa Teresa de Jesús”, que dijo de sí misma algo “exagerado y dictado por la delicadeza de su conciencia”, que puede servirnos a todos para un examen de conciencia: “De pasatiempo en pasatiempo, de vanidad en vanidad, de ocasión en ocasión, a meterme tanto en muy grandes ocasiones y andar tan estragada mi alma en muchas vanidades […]. Dábanme gran contento todas las cosas de Dios; teníanme atada las del mundo. Parece que quería concertar estos dos contrarios, tan enemigo uno de otro, como es vida espiritual y contentos y gustos y pasatiempos sensuales”.

Después de destacar que “según el Nuevo Testamento hay una circularidad y una simultaneidad, de modo que, si es cierto que la mortificación es necesaria para alcanzar el fervor del Espíritu, también es cierto que el fervor del Espíritu es necesario para llegar a practicar la mortificación”, el predicador de la Casa Pontificia aludió a San Ambrosio, “cantor por excelencia, entre los Padres latinos, de la sobria ebriedad del Espíritu”, quien dijo: “También hay otra ebriedad que está operando a través de la lluvia penetrante del Espíritu Santo. Así, en los Hechos de los Apóstoles, los que hablaban en diferentes idiomas se aparecieron a los oyentes como si estuvieran llenos de vino”.

Hacia el final de su predicación el cardenal Cantalamessa afirmó que “el bautismo en el Espíritu ha demostrado ser un medio sencillo y poderoso para renovar la vida de millones de creyentes en casi todas las Iglesias cristianas”. Y concluyó invitando a pedir a la Madre de Dios “que nos obtenga la gracia que obtuvo del Hijo en Caná de Galilea. Por su oración, en aquella ocasión, el agua se convirtió en vino. Pidamos que a través de su intercesión el agua de nuestra tibieza se convierta en el vino de un fervor renovado. El vino que en Pentecostés provocó en los Apóstoles la sobria ebriedad del Espíritu y los hizo fervientes en el Espíritu”.+