Jueves 1 de diciembre de 2022

Murió Alberto Fariña Videla, articulador de la psicología con la fe

  • 29 de enero, 2022
  • Buenos Aires (AICA)
A los 82 años falleció Alberto Fariña Videla, psicólogo e intelectual católico. Fue el fundador de la Fundación Arché
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A los 82 años falleció Alberto Fariña Videla, psicólogo, intelectual católico que desde la investigación y la cátedra profundizó la relación entre la psicología y la fe, con una sólida fundamentación en la antropología cristiana.

El sepelio se efectuó el viernes 28 de enero en el cementerio Memorial, en Pilar. 

En 1976 Fariña Videla fundó la Fundación Arché para promover la presencia cristiana en la cultura, e invitó a un grupo de profesionales más jóvenes con quienes ya venía trabajando en el mundo universitario para que lo acompañaran en esa empresa.

Inicialmente orientada a la investigación y el estudio desde una cosmovisión cristiana, Arché fue ampliando su accionar hacia otros aspectos de la cultura (como las artes) y de la integración comunitaria (como programas de participación ciudadana en Monte Chingolo, Buenos Aires).

En su sede de Rodríguez Peña 778 se estableció CASA (Centro Asistencial Arché), un servicio de psicología clínica que venía siendo reflexionada desde la fe, en relación con la filosofía y la teología, y que se complementa con actividades de formación e investigación, con una cuidada y poblada biblioteca.

Fariña Videla fue uno de los primeros egresados de la carrera de psicología de la Universidad del Salvador y desplegó su entusiasta dinamismo docente en cátedras en esa casa de altos estudios y en otras universidades, como la Universidad de Buenos Aires (UBA), la Pontificia Universidad Católica Argentina (UCA) y la Universidad de Belgrano (UB), despertando en jóvenes generaciones de alumnos la pasión por la verdad.

Durante sus primeros 10 años, Arché desarrolló el Programa de Investigación Realista de la Subjetividad, en conexión con el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet).

Fariña Videla planteaba una visión que procuraba unir la tradición cristiana con la cultura contemporánea, sin caer en las actitudes defensivas de algunos ambientes católicos propensos a enfrentar la cultura vigente con un rechazo global a la modernidad, sino discerniendo y distinguiendo entre elementos negativos y valoraciones rescatables. De alguna manera, fue referente de un aire nuevo en el catolicismo argentino sin incurrir tampoco en las ingenuas ilusiones de cierto progresismo posconciliar de esos años. No se trataba de “bautizar” a Freud o a otros autores ajenos a la fe aceptando sin más acríticamente sus aportes –algunos de valor-, para pasar a convertirse en psicólogos con la misma mentalidad predominante pero que, además, como algo separado, los domingos fueran a misa, sino de repensar a fondo las problemáticas mentales ahondando en la realidad de la dignidad de persona humana, su dimensión espiritual y su orientación a Dios.

Hombre de amplísimas lecturas, encaró sin timidez el diálogo con las corrientes de pensamiento más variadas y encontradas desde la base sólida de una fe católica asentada en el realismo de Santo Tomás de Aquino. Una de las personas que tuvo más influencia en su desarrollo intelectual fue el filósofo tomista esloveno-argentino Emilio Komar (1921-2006), que dejó honda huella en muchos discípulos argentinos que participaban en sus clases y círculos sobre la sabiduría cristiana.

También tuvo ascendiente sobre él el sacerdote italiano Francesco Ricci (1930-1991), del movimiento Comunión y Liberación (cuyo fundador, don Luigi Giussani, lo consideraba su mano derecha, “el primer compañero de camino y el más grande”), con quien Alberto Fariña anudó una buena amistad en su no muy larga estada en la Argentina, hasta su temprana muerte al comenzar la década de los 90.

Admiró también a Leonardo Castellani (1899-1981), no solamente sacerdote, escritor costumbrista y de novelas, pensador polemista, sino también autor de ensayos psicológicos, como “Freud en cifra” o “Psicología humana”, que, con suma versación en la materia, observaba la limitación epistemológica y la reducción a lo fenoménico de lo que llamaba una “psicología sin alma”.

En su formación previa, en su vocación profesional, influyó fuertemente Juan Rodríguez Leonardi, sacerdote jesuita que fundó la carrera de Psicología de la Universidad del Salvador (que fue la primera Facultad de Psicología en el país, antes de que se organizara en la UBA u otras casas de estudio). Al fundar esa carrera, junto con los psiquiatras Celes Cárcamo y Jorge Saurí, entendían que en toda escuela psicológica subyace una antropología y que si ésta no es integral no es fundamento adecuado y suficiente del saber científico. Buscaban para los futuros psicólogos, además de la preparación específica, una formación médica, filosófica y teológica, con una concepción espiritualista de la persona humana. Rodríguez Leonardi, que era médico, pasó luego al estado laical sin comprometer su fe y continuando su labor docente.

Roberto Bosca señaló que años después de lo que significaron los Cursos de Cultura Católica y ya entrada la segunda mitad del siglo XX, Alberto Fariña Videla quizá haya sido uno de los que mejor encarnaron en la Argentina, con su Fundación Arché, el acento nuevo que representó Juan Pablo II de prestar atención a la por él denominada evangelización de la cultura o inculturación de la fe (un tema central de su pontificado), como en su momento fue el caso, similar, de Vicente Vetrano.

Al crear el Pontificio Consejo para la Cultura, Juan Pablo II dio una sentencia que, estima Bosca, Alberto la hizo una suerte de lema de Arché y que “además de magisterial me parece verdaderamente magistral”. Es la que dice: “Una fe que no se hace cultura es una fe no plenamente acogida, no enteramente pensada, no fielmente vivida”.

En última instancia, Fariña Videla consideraba que la Argentina no tenía una solución política sino cultural. No importan tanto las medidas tomadas desde el poder cuanto la mentalidad que impregna a la población, los valores comunes aceptados y vividos, la calidad de las relaciones humanas y las aspiraciones más allá de la mera supervivencia material.

Vetrano, antes mencionado, además de editar por tres décadas su revista Actualidad Pastoral, promovió las bienales de arte sacro, a las que hacían llegar sus obras centenares de artistas, en buena parte jóvenes, siendo jurados críticos y artistas de primer nivel. En forma parecida, Fariña Videla, con un estilo ágil y desacartonado, inspiró una inserción en el mundo del arte, promoviendo exposiciones y concursos en Arché. Así la muestra “El símbolo de la Cruz en el arte argentino” reunió en 1982 a más de 40 artistas de primer nivel. La Asociación Argentina de Críticos de Arte la consideró la mejor exposición del año. Y asistieron a la inauguración figuras salientes del ambiente de las artes plásticas como Raúl Soldi, Antonio Berni, Josefina Robirosa, Rogelio Polesello. Se editó un libro profusamente ilustrado, con textos e ilustraciones de Raúl Alonso, Libero Badii, Antonio Berni, Juan Carlos Castagnino, Vicente Forte, Fermín Fevre, Leopoldo Torres Agüero, entre otros.

Arché organizó además la primera bienal de pintura y dibujo en el Museo Nacional de Bellas Artes. Y merece señalarse que la ganó el joven pintor Guillermo Kuitca, que alcanzaría después un reconocimiento internacional con obras suyas expuestas en los museos más importantes del mundo.

En otro orden, muchas serían las figuras de alto vuelo intelectual que disertarían a lo largo de casi medio siglo en seminarios, cursos, clases en Arché. Desde el historiador y filósofo uruguayo Alberto Methol Ferré, con su mirada latinoamericana, hasta el también uruguayo Guzmán Carriquiry Lecour, abogado y periodista, de importante y larga actuación en el Vaticano; el sociólogo chileno Pedro Morandé o el filósofo argentino Alberto Caturelli. Otros exponentes en simposios de fe y cultura de Arché fueron el académico de la Historia Néstor Tomás Auza; el filólogo Ángel Batistessa, gran traductor y comentador del Dante; el nuncio papal Adriano Bernardini; el presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, entonces monseñor y luego cardenal, Estanislao Karlic;el filósofo de las ciencias y sacerdote argentino con décadas de cátedra en Roma Juan José Sanguineti, el rabino Abraham Skorka y el obispo auxiliar Jorge Bergoglio, sacerdote jesuita que sería luego arzobispo de Buenos Aires y desde 2013 es el papa Francisco. 

El mismo Fariña Videla participó en muchos congresos de psicología en el país y en el exterior. Y en septiembre de 2000, con motivo del jubileo del cristianismo, Arché organizó en Roma su XXI Simposio Cultura y Fe, sobre "Misión y Perdón, un encuentro, una experiencia entre católicos universitarios", conectado por teleconferencia vía satélite con Buenos Aires, Rosario y Salta.  

Arché también incursionó en los medios de comunicación. Entre 1985 y 1990 llevó adelante el emprendimiento de Radio Argentina, experiencia que se truncó al no obtener más apoyos morales y económicos. Su hermano Eduardo Fariña tuvo una más sostenida trayectoria en los medios audiovisuales, con la señal satelital María. 

Alberto Fariña Videla nació en una familia de origen tucumano, fue el segundo hijo de cuatro hermanos. Fue alumno del colegio del Salvador, de los padres jesuitas. Se casó con Silvia Boraschi y tuvo un hijo, Facundo. Su esposa murió bastante joven y él pasó muchos años viudo, guardando el recuerdo vivo y entrañable de la mujer que amó, siempre presente en su vida. Muy alto, algo desgarbado aunque elegante, era un hombre comunicativo, abierto, pronto al humor, a la salida chispeante (sin omitir alguna palabra de fuerte calibre). En los últimos años solía vérselo en la vereda del bar Troilo, en la esquina de Paraguay y Paraná, a metros de su casa, tomando algo y conversando amenamente con algún o algunos amigos, de los más variados temas habidos y por haber, siempre con interés, e incluso con apasionamiento, para terminar en una sonrisa comprensiva, indulgente, como dando a entender que no hay que dar por el pito más de lo que el pito vale.

Mucho de lo que transmitía era lo volcado en la conversación, la clase, la discusión, pero no dejó de legar a quienes vinieran después algunas huellas por escrito. “Breve y necesaria inquisición”, un primer libro editado con el sello Arché antes de constituirse la fundación; “Drama y mensaje de Sigmund Freud”, "Escándalo y Locura”, “Desde la ternura (entre el vacío y la plenitud)”, “De la ternura y otros excesos”.

Un aporte suyo en la psicología fue encontrarle un fundamento teológico en la dinámica de la vida trinitaria. Según su enfoque, ella es modelo y fundamento de la dinámica psicológica de la vida humana.

En los últimos tiempos de lucidez, se volcó a la expresión en la poesía. Ya había dejado hace tiempo la conducción de Arché, con previsora sabiduría, abriendo el paso –al igual que otros iniciadores, como Fernando Petroni o Elsa Donadío- a generaciones más jóvenes. Al comunicar el fallecimiento y reconocerlo como "un padre y maestro, que nos convocó a vivir en misión", la Fundación lo calificó como "alguien que construyó cosas fantásticas y se despegó de ellas cuando fue necesario para seguir vivo. Alguien con una mente grandiosa, una pasión sin límites y un amor a Cristo y a la Iglesia que alimentó a varias generaciones, y lo seguirá haciendo".

En los últimos años tuvo un progresivo decaimiento, pérdida de memoria y disminución de facultades cognitivas. Un tiempo de forzado retraimiento y purificación de una vida intensa, que había dado mucho generosamente a los demás, una preparación al encuentro definitivo con su Dios y Señor. (Jorge Rouillon).+