Martes 16 de agosto de 2022

Mons. Buenanueva llamó a la unidad para construir el bien común

  • 5 de julio, 2022
  • San Francisco (Córdoba) (AICA)
Al reflexionar sobre la realidad del país, el obispo de San Francisco alertó sobre la urgencia de afrontar esa desafiante "empresa común" y lamentó que se pierda tiempo en pujas "insensatas" de poder.
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El obispo de San Francisco, monseñor Sergio Osvaldo Buenanueva, titula “Bien común, presente y futuro” una invitación a reflexionar sobre la situación socioeconómica del país, a fin de intentar “atisbar una orientación para salir del laberinto por el que deambulamos”.

“La política fracasa rotundamente cuando se entretiene en una suerte de irresponsables juegos de guerra, pujas internas e insensatas por el poder. Se pierde tiempo y, lo que es más grave, hace que los ciudadanos perdamos nuestro tiempo, un bien más valioso que las reservas en dólares del Banco Central. Sobre todo, cuando el tiempo que se escabulle es el de las nuevas generaciones que dejan de soñar con su futuro. Pero también de los que van llegando al final de la vida”, advirtió.

“Este es un costado ético -en realidad, un grave pecado social de difícil redención- que tiene la persistente crisis política de la Argentina, al menos de 1983 a la fecha, y que, por estas horas, adquiere contornos dramáticos… una vez más”, aseveró.

El prelado consideró que los ciudadanos de a pie tienen que “obligar a nuestros representantes, tanto a los que gobiernan como a los que hacen política desde la oposición, a pensar con mayor seriedad en el futuro”.

“Y tenemos que hacerlo con firmeza y serenidad, sin dejarnos llevar por pasiones irracionales y echando mano de los medios que nuestra democracia nos ofrece: manifestarnos, peticionar, expresarnos”, indicó, y alertó: “La mecha está encendida y cada vez es más corta”.

“La política encuentra legitimidad cuando es ciencia, sabiduría y arte para construir la delicada arquitectura del orden público que requiere el trabajo nunca acabado de edificar el bien común. Y lo digo una vez más: pensando en las generaciones que están creciendo y en las que vendrán. El corto plazo es fatal. Y esta inmensa tarea supone hombres y mujeres virtuosos, con autodominio, racionalidad y magnanimidad. Los líderes mesiánicos -ya lo sabemos por experiencia- no existen y, por eso, no sirven”, enfatizó.

Dirigiéndose a los ciudadanos de a pie, dirigentes sociales (también los religiosos), hombres y mujeres de la política (gobierno y oposición), monseñor Buenanueva planteó: “Necesitamos abrevar en una fuente común para encontrar la fuerza ética para construir el bien común”.

“¿Y si pensamos en las nuevas generaciones? ¿Por qué no nos tomamos unos minutos para mirar a los ojos a los niños, a los adolescentes y jóvenes que nos han sido confiados? Tal vez, en ese movimiento simple de miradas encontremos el impulso humano que necesitamos para esa empresa común que hoy nos desafía”, agregó.

“¿No será esa nuestra misión, pero también nuestra mayor recompensa: el bien para ellos que nosotros preparamos y hacemos posible?”, preguntó y concluyó haciendo una invitación: “Este sábado 9 de julio, Día de la Independencia Nacional, tomémonos un tiempo para ese ejercicio. Pero, conscientes de que el tiempo se acaba”.

Texto de la reflexión
El bien común consiste en “el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección” (GS 26). Esta descripción del bien común deriva del personalismo que es el nervio de toda la enseñanza social de la Iglesia: “el principio, el sujeto y el fin de todas las instituciones sociales es y debe ser la persona humana.” (GS 25).

En la sociedad, los sujetos responsables del bien común somos todos los ciudadanos. Mientras más inquieta es una sociedad, mientras más dinamismo interior tienen los ciudadanos que la componen, mientras más espíritu de lucha, laboriosidad y tesón manifiestan, más posible se hace generar esas condiciones que son el clima en el que crecemos integralmente las personas. Mucho más en sociedades como la argentina: cada vez más plurales, abiertas y dinámicas… como lo son también sus crisis.

El servicio al bien común es también lo que legitima al estado y a la política. Le compete a quien detenta el poder político velar por el orden público (la paz social, el bienestar económico, las libertades, etc.) para que los ciudadanos podamos ser artífices de nuestro propio proyecto de vida, colaborando unos con otros en el desarrollo de la sociedad de la que somos parte.

En su encíclica Laudato si’, el papa Francisco hace un aporte interesante a la noción de bien común: la amplía, incluyendo dentro de las condiciones de la vida social el cuidado de la casa común (la atención al clima, por ejemplo) y la justicia que le debemos a las generaciones por venir.

El futuro, de alguna forma, entra a formar parte del bien común, en cuanto responsabilidad de quienes, aquí y ahora, vivimos y actuamos en sociedad: tanto de los ciudadanos de a pie como de quienes detentan ocasionalmente el gobierno de la cosa pública.

Si miramos la realidad de nuestro país, desde esta consideración del futuro como parte del bien común, tal vez, podamos atisbar una orientación para salir del laberinto por el que deambulamos.

La política fracasa rotundamente cuando se entretiene en una suerte de irresponsables juegos de guerra, pujas internas e insensatas por el poder. Se pierde tiempo y, lo que es más grave, hace que los ciudadanos perdamos nuestro tiempo, un bien más valioso que las reservas en dólares del Banco Central. Sobre todo, cuando el tiempo que se escabulle es el de las nuevas generaciones que dejan de soñar con su futuro. Pero también de los que van llegando al final de la vida.

Este es un costado ético -en realidad, un grave pecado social de difícil redención- que tiene la persistente crisis política de la Argentina, al menos de 1983 a la fecha, y que, por estas horas, adquiere contornos dramáticos… una vez más.

Los ciudadanos de a pie tenemos que obligar a nuestros representantes, tanto a los que gobiernan como a los que hacen política desde la oposición, a pensar con mayor seriedad en el futuro. Y tenemos que hacerlo con firmeza y serenidad, sin dejarnos llevar por pasiones irracionales y echando mano de los medios que nuestra democracia nos ofrece: manifestarnos, peticionar, expresarnos…

La mecha está encendida y cada vez es más corta.

La política encuentra legitimidad cuando es ciencia, sabiduría y arte para construir la delicada arquitectura del orden público que requiere el trabajo nunca acabado de edificar el bien común. Y lo digo una vez más: pensando en las generaciones que están creciendo y en las que vendrán. El corto plazo es fatal. Y esta inmensa tarea supone hombres y mujeres virtuosos, con autodominio, racionalidad y magnanimidad. Los líderes mesiánicos -ya lo sabemos por experiencia- no existen y, por eso, no sirven.

Ciudadanos de a pie, dirigentes sociales (también los religiosos), hombres y mujeres de la política (gobierno y oposición), necesitamos abrevar en una fuente común para encontrar la fuerza ética para construir el bien común.

¿Y si pensamos en las nuevas generaciones? ¿Por qué no nos tomamos unos minutos para mirar a los ojos a los niños, a los adolescentes y jóvenes que nos han sido confiados? Tal vez, en ese movimiento simple de miradas encontremos el impulso humano que necesitamos para esa empresa común que hoy nos desafía.

¿No será esa nuestra misión, pero también nuestra mayor recompensa: el bien para ellos que nosotros preparamos y hacemos posible?

Este sábado 9 de julio, Día de la Independencia Nacional, tomémonos un tiempo para ese ejercicio. Pero, conscientes de que el tiempo se acaba.+

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