Sábado 17 de abril de 2021

"Las Bienaventuranzas son para ti, que estás afligido, sediento de justicia y perseguido", dijo el Papa a los iraquíes.

  • 6 de marzo, 2021
  • Bagdad (Irak) (AICA)
Al celebrar la misa en la catedral caldea de San José de Bagdad, junto al Patriarca caldeo de Babilonia, Card. Louis Raphaël Sako, el papa Francisco habló sobre sabiduría, testimonio y promesas.
Doná a AICA.org

El sábado 6 demarzo, en el marco de su viaje apostólico a Irak, el 33 de su pontificado, el papa Francisco concluyó ese día con una misa en la catedral caldea de San José, de Bagdad, que fue celebrada según el rito caldeo, y en tres idiomas: italiano, caldeo y árabe. El Papa estuvo acompañado por Su Beatitud el cardenal Louis Raphaël Sako, patriarca caldeo de Babilonia.

A los peregrinos presentes el Pontífice les dio las gracias y les dijo que hay actualmente muchos testigos que los medios pasan por alto, pero que “son preciosos a los ojos de Dios”. Al hablar sobre el Evangelio, en su homilía, Francisco aseguró que “la Palabra de Dios nos habla hoy de sabiduría, testimonio y promesas”.

En primer lugar, dijo que “la sabiduría fue cultivada en estas tierras desde la antigüedad”. Sin embargo, se refirió a las desigualdades que ésta genera, algo “inaceptable”: “Para el mundo, quien posee poco es descartado y quien tiene más es privilegiado. Pero para Dios, no; quien tiene más poder es sometido a un examen riguroso, mientras que los últimos son los privilegiados de Dios”.

“Los pobres, los que lloran, los perseguidos son llamados bienaventurados. ¿Cómo es posible? Bienaventurados, para el mundo, son los ricos, los poderosos, los famosos. Vale quien tiene, quien puede y quien cuenta. Pero no para Dios. Para Él no es más grande el que tiene más, sino el que es pobre de espíritu; no el que domina a los demás, sino el que es manso con todos; no el que es aclamado por las multitudes, sino el que es misericordioso con su hermano”

El mismo Jesús es sabio y su propuesta “es sabia porque el amor, que es el corazón de las bienaventuranzas, aunque parezca débil a los ojos del mundo, en realidad vence”, añadió Francisco y afirmó que la fuerza más grande es el amor: “La fuerza de tantos hermanos y hermanas que aquí también han sufrido prejuicios y ofensas, maltratos y persecuciones por el nombre de Jesús. Pero mientras el poder, la gloria y la vanidad del mundo pasan, el amor permanece. Como nos dijo el apóstol Pablo, ‘el amor no pasa nunca’. Vivir las Bienaventuranzas, pues, es hacer eterno lo que pasa. Es traer el cielo a la tierra”.

Seguidamente se refirió al testimonio cotidiano y su importancia: “Así es como se cambia el mundo, no con el poder o con la fuerza, sino con las Bienaventuranzas. Porque así lo hizo Jesús, viviendo hasta el final lo que había dicho al principio. Se trata de dar testimonio del amor de Jesús, aquella misma caridad que San Pablo describe de manera tan hermosa en la segunda lectura de hoy”.

El Papa definió al amor como “sinónimo de bondad, de generosidad, de buenas obras, y ante todo magnánima”. Y prosiguió explicando que “la paciencia para comenzar de nuevo es la primera característica del amor, porque el amor no se indigna, sino que siempre vuelve a empezar”, dijo citando la carta de San Pablo.

En efecto, “el testigo de Dios actúa así, no es pasivo, ni fatalista, no vive a merced de las circunstancias, del instinto y del momento, sino que está siempre esperanzado, porque está cimentado en el amor que siempre disculpa y confía, siempre espera y soporta”.

En este sentido, Francisco advirtió sobre dos tentaciones: la huida y reaccionar con rabia: “Es lo que les ocurrió a los discípulos en Getsemaní; en su desconcierto, muchos huyeron y Pedro tomó la espada. Pero ni la huida ni la espada resolvieron nada”.

Sobre la última palabra, las promesas, Francisco dijo que son las que “nos garantizan una alegría sin igual y no defraudan”. Pero se cumplen “a través de nuestras debilidades”: “Dios hace bienaventurados a los que recorren el camino de su pobreza interior hasta el final. Este es el camino, no hay otro”.

Hacia el final, el Pontífice invitó a observar que “en la Virgen que, según lo establecido en la ley, no puede tener hijos, y es llamada a ser madre. Y veamos a Pedro, que niega al Señor, y Jesús lo llama para que confirme a sus hermanos”. Por eso, dijo a la comunidad iraquí: “Queridos hermanos y hermanas, a veces podemos sentirnos incapaces, inútiles. Pero no hagamos caso, porque Dios quiere hacer maravillas precisamente a través de nuestras debilidades”.

Resaltando que “el Señor cumple sus promesas”, afirmó: “Querida hermana, querido hermano: Tal vez miras tus manos y te parecen vacías, quizás la desconfianza se insinúa en tu corazón y no te sientes recompensado por la vida. Si te sientes así, no temas; las Bienaventuranzas son para ti, para ti que estás afligido, hambriento y sediento de justicia, perseguido”.

“Y hoy doy gracias con ustedes y por ustedes, porque aquí, donde en tiempos remotos surgió la sabiduría, en los tiempos actuales han aparecido muchos testigos, que las crónicas a menudo pasan por alto, y que sin embargo son preciosos a los ojos de Dios; testigos que, viviendo las bienaventuranzas, ayudan a Dios a cumplir sus promesas de paz”, concluyó Francisco.+

» Texto completo de la homilía