Sábado 26 de noviembre de 2022

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Misa de San Cayetano

Homilía de monseñor Andrés Stanovnik OFMCap, arzobispo de Corrientes, en la la 36ª Peregrinación de los Trabajadores y sus Familias (Santuario de San Cayetano, Corrientes, 7 de agosto de 2022)

Hoy coinciden la memoria del Santo del Pan y del Trabajo, y la tradicional Peregrinación de los Trabajadores y sus Familias. ¡Qué bien nos sentimos cuando podemos peregrinar juntos y darle un sentido a nuestra vida! ¡Y qué extraño es a nuestra manera de ser quedarnos aislados en nuestras casas! Y, sin embargo, ¡Cuánto nos cuesta caminar juntos! Por una parte, desde lo más profundo de nuestro corazón anhelamos el encuentro y, por otra parte, cuando estamos juntos nos agredimos y nos dañamos continuamente. Siempre debemos vigilar sobre nosotros mismos para mantenernos una “Comunidad en camino a la renovación en el Espíritu”, de acuerdo con la consigna que ilumina esta peregrinación.

Esa extraña contradicción de no hacer lo que quisiéramos, sabiendo que es lo mejor para nosotros, y empecinarnos en hacer lo que sabemos que no es bueno, también la vivió San Cayetano. ¿Cuál fue la reacción de nuestro santo ante esa contradicción? Los testimonios que tenemos de su vida nos cuentan que Cayetano se distinguió por su asiduidad en la oración y por la práctica de la caridad para con el prójimo. Con esas herramientas construyó su vida y muy pronto se le unieron otros que se sentían llamados a poner en práctica la oración y la caridad con el prójimo. Entonces, ¿qué mensaje nos deja San Cayetano a nosotros hoy?

Rezar quiere decir poner a Dios en primer lugar, desde que me despierto hasta finalizar el día. Estar atento a su presencia, tal como lo acabamos de oír en el Evangelio de hoy (cf. Lc 12, 35-40): “Estén preparados, ceñidos y con las lámparas encendidas (…) ¡Felices los servidores a quienes el señor encuentra velando a su llegada!” Velar su llegada es tenerlo presente durante la jornada, y preguntarse con frecuencia si estoy haciendo lo que Él quiere. El que reza, ama a Dios y expresa ese amor en la práctica del amor al prójimo. El prójimo es el que tengo al lado, tal vez no es aquel con el que gustaría estar, sino el que la vida me puso en el camino. Es allí donde estoy llamado a descubrir la voluntad de Dios y, en consecuencia, tratarlo con amor y con paciencia. Se trata del antiguo y siempre nuevo mandamiento del amor de Jesús: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo.

Está muy bien que hayamos venido a honrar al Santo del Pan y del Trabajo para agradecerle que tengamos un trabajo digno o para pedirle que nos alcance la gracia de tener ese trabajo. Pero no es suficiente con agradecer y suplicar, es necesario estar dispuesto a mejorar la propia vida y ponerla en el camino de la oración y la caridad con el prójimo. Por eso, al acercarnos a San Cayetano, debemos mirarlo a él, conocer su vida y su mensaje, porque la intercesión de un santo es posible si establecemos esa amistad espiritual con él, amistad que nos lleve a mejorar nuestra vida mediante su ejemplo. Es muy importante saber cómo enfrentó él los mismos problemas que tenemos hoy nosotros. Para San Cayetano, lo más importante era fortalecer su fe mediante la oración y el buen trato con el prójimo. La oración en primer lugar, porque es la que nos proporciona la energía para amar a Dios y caminar juntos, cuidándonos unos a otros y entre todos a los más pobres y necesitados.

Por eso, la estampa del santo y la oración que está en el reverso de la misma, esa que seguramente llevamos con mucha devoción a nuestras casas después de esta peregrinación, es una ayuda memoria para que cada día que empiezo y termino sea una jornada en la que puedo decir que hice todo lo posible por vivirla unido a Dios, esforzándome por tener un buen trato con mis familiares y amigos, con mis vecinos y con mis compañeros de trabajo; que no hablé mal de nadie y no me hice cómplice de quienes siempre buscan descalificar a otros, dividir y confundir; que me empeñé cuanto pude en decir la verdad, ser justo y solidario con todos, pero siempre atento y cercano a los más despreciados y abandonados.

Si actuamos así, tengamos la certeza de que nuestro santo patrono estará intercediendo ante Jesús, a quien él sostiene en sus brazos. Para San Cayetano Jesús era todo su tesoro, en Él ponía toda su confianza. Con nuestro santo, nos dirigimos a Jesús, para suplicarle que nuestra fe y esperanza no desfallezcan; para que el pan sea siempre fruto de nuestro trabajo, que no falte en nuestra mesa y sea siempre motivo para compartirlo con quienes carecen de él o para quienes ya no alcanza, y sabemos que son cada vez más; que tengamos horror de vivir a costa de otros y que si estamos con un plan lo justifiquemos con algún servicio en beneficio de los demás, aunque no lo exijan los prestadores de esos planes; que no nos olvidemos que el trabajo hace a las personas más dignas y más semejantes a Dios, ya se trate de un trabajo remunerado o una tarea de servicio a la comunidad.

Las crisis que vivimos en nuestra historia personal o familiar, o las que nos toca atravesar en la convivencia social y política, jamás se resuelven rompiendo, provocando el caos y saqueando. Las crisis se superan con la creación de nuevos espacios de encuentro y de diálogo, y con nuevas y creativas formas de solidaridad. A propósito, comparto con ustedes la siguiente reflexión que hace el Santo Padre Francisco sobre las consecuencias de los que creemos en Jesús y en su Buena Noticia: “El Evangelio nos invita siempre a correr el riesgo del encuentro con el rostro del otro, con su presencia física que interpela, con su dolor y sus reclamos, con su alegría que contagia en un constante cuerpo a cuerpo. La verdadera fe en el Hijo de Dios hecho carne es inseparable del don de sí, de la pertenencia a la comunidad, del servicio, de la reconciliación con la carne de los otros. El Hijo de Dios, en su encarnación, nos invitó a la revolución de la ternura”.

Motivados por nuestro santo patrono estamos reunidos alrededor de la Mesa del Altar del Señor para celebrar la Eucaristía, renovar el Misterio Pascual y comprometernos a extender la gracia de este encuentro a las personas, instituciones y lugares donde nos desempeñamos diariamente. Nuestros corazones vibran de emoción por la profunda devoción que sentimos a este gran santo del pan y del trabajo, a quien también le suplicamos ardientemente el don de la paz, paz en nuestros corazones, paz en nuestras familias, paz y amistad social para nuestro pueblo, esa paz que es fruto de la justicia y del compartir los bienes de la creación.

Y al celebrar hoy el decimoquinto aniversario de la creación de este Santuario, nos ponemos bajo el amparo de San Cayetano y nos encomendamos a nuestra Tierna Madre de Itatí. A Ella le pedimos que nos cuide, nos enseñe a cuidarnos entre nosotros y juntos a los que más sufren, para ser testigos creíbles de que es posible construir una convivencia en paz y con esperanza para todos. Que así sea.

Mons. Andrés Stanovnik OFMCap, arzobispo de Corrientes