Miércoles 28 de septiembre de 2022

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Solemnidad de los Apóstoles Pedro y Pablo

Homilía del cardenal Mario Aurelio Poli, arzobispo de Buenos Aires, en la solemnidad de los santos apóstoles Pedro y Pablo (Catedral de Buenos Aires, 29 de junio de 2022)

Lecturas: Hechos 3, 1-10; S.R. 18, 2-5;
Gálatas 1, 11-20;
Juan 21, 1.15-19

La solemnidad de la liturgia que estamos celebrando nos dispone a elevar la mente y el corazón ante el misterio de la Iglesia, la que hoy conmemora a los gloriosos apóstoles Pedro y Pablo. Por su fidelidad al Evangelio y el testimonio que dieron en su bautismo de sangre en Roma, Dios se valió para escribir la historia de amor y salvación que llega hasta nosotros con toda su vitalidad en la persona del Romano Pontífice. Pedro por su autoridad y Pablo por su doctrina, ambos investidos por Jesucristo resucitado, son las dos columnas que sostienen la Iglesia y su misión.

El Evangelio de Juan se ha esmerado en presentarnos las tres apariciones del Señor resucitado en Jerusalén, y ha reservado en el último capítulo que hemos proclamado, la narración del encuentro con siete de sus discípulos en Galilea, donde todo había comenzado.

La escena tiene lugar «a orillas del mar de Tiberíades» (Jn 21,14). El centro del capítulo fija su mirada sobre el ministerio pastoral de Pedro y su futuro lugar y misión en la Iglesia naciente. En el contexto de la pesca milagrosa narrada por San Juan, la presencia del Señor tiene la sorpresa de una aparición y la novedad de una revelación.

Los días que sucedieron a la Pasión, Pedro y sus compañeros desalentados vuelven a su oficio de pescadores, pero sin suerte. En esas circunstancias acontece la sorpresiva presencia del Señor resucitado en la orilla del lago, todavía sin darse a conocer. El hace una pregunta y da una orden a la que sucede una pesca desbordante: la red que no se rompe, el número de peces y la advertencia del discípulo amado que revela la identidad del Maestro, ofrece una secuencia de imágenes que sugieren un sinnúmero de simbolismos, tan propios del cuarto Evangelio. Quizá el más significativo es ver a Pedro solo arrastrando la red cargada de peces hasta la orilla.

Ahora, todos en tierra son invitados a compartir un pescado a las brasas y el que se pone a servirles es el mismo Maestro. Departir el pan y el pescado con Él, seguramente dio lugar a un encuentro íntimo con el Señor y los ojos de los discípulos pudieron ver los estigmas de sus manos, mientras escuchaban su voz, la que tantas veces reveló la sabiduría divina anunciada por los profetas. Finalmente, después que todos comieron, tiene lugar un encuentro personal: el diálogo de Jesús con Pedro, mientras que los demás discípulos desaparecen.

Con la triple pregunta: «¿Simón, hijo de Juan, me amas?», el Señor se dirige al corazón del apóstol con su nombre familiar, creando un clima de confianza y empatía. Eso motiva que responda afirmativamente: «Tú sabes que te amo», confiado en que Jesús lo conoce todo. Pedro confiesa su amor a pesar de su debilidad y su caída, y su tristeza final pone en evidencia que las tres preguntas sobre el amor, en el contexto del relato de los días de la pasión, se relacionan con las tres ocasiones en que lo negó.

Comentando este pasaje, San Agustín anima a Pedro: «No te entristezcas, apóstol; responde una vez, responde dos, responde tres. Venza por tres veces tu profesión de amor, ya que por tres veces el temor venció tu presunción. Tres veces ha de ser desatado lo que por tres veces habías ligado. Desata por el amor lo que habías ligado por el temor. A pesar de su debilidad, por primera, por segunda y por tercera vez encomendó el Señor sus ovejas a Pedro»[1]. Y San Ambrosio interpretó que «la triple respuesta confirmó el amor, o borró el error de la triple negación»[2].

Todo parece indicar que el Señor tuvo en cuenta aquella inspirada revelación en Cesarea de Filipo, cuando el apóstol declaró: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16.16); y sobre esa fe fundó su Iglesia. Pero sin esta nueva confesión de amor más grande, el Buen Pastor que da su vida por las ovejas, no podría confiar a Pedro la tarea de apacentar su rebaño. Pues el ministerio que Jesús ha recibido del Padre es idéntico a la entrega amorosa de su vida por sus ovejas. Si al comienzo del ministerio de Jesús lo llamó cuando estaba reparando las redes para hacerlo pescador de hombres, ahora lo instituye pastor de su rebaño. Y a partir de ese diálogo, el discípulo deberá llevar al extremo ese oficio de amor configurándose con el «Pastor auténtico» (Jn 10,11), ofreciendo su vida por las ovejas.

La unidad de ministerio y amor requerido por Jesús, quedará sellada con la predicción de la crucifixión de Pedro, como perfecta imitación de Cristo. Ese es el sentido cuando lo invita a seguirlo. Desde entonces la Cruz estará unida al ministerio del papado.

En el día en que los católicos elevamos nuestra oración por quien fue elegido para presidir la cátedra de San Pedro, la Arquidiócesis de la Santísima Trinidad que peregrina en Buenos Aires manifiesta una gran alegría por el singular vínculo afectivo que nos une a quien fuera nuestro pastor por más de 15 años. Hoy nos adherimos fervorosamente a toda la Iglesia para rezar por el papa Francisco, y deseamos renovar nuestra fidelidad a quien carga sobre sus hombros de buen pastor la comunidad universal de fieles.

Cursando el décimo año de su pontificado, el Papa Francisco continúa entregándonos un magisterio doctrinal y pastoral acorde con el espíritu y la letra del Concilio Vaticano II. El nos ha acostumbrado a que toda reflexión tenga su punto de partida en el Evangelio de Jesús, fuente inagotable de sabiduría divina.

Desde su primera encíclica Lumen fidei, redactada a cuatro manos con el Papa emérito Benedicto XVI, el Vicario de Cristo, consciente de la tarea confiada al sucesor de Pedro, nos decía: «Ayer, hoy y siempre, está llamado a confirmar a sus hermanos en el inconmensurable tesoro de la fe, que Dios da como luz sobre el camino de todo hombre»[3]. Del mismo modo, hizo suyas las orientaciones y conclusiones finales del Sínodo convocado por su antecesor, acerca de «La Nueva Evangelización para la Transmisión de la Fe Cristiana» (2012), lo que inspiró la exhortación apostólica Evangelii Gaudium: Sobre el anuncio del Evangelio en el mundo actual (2013). En ella el Papa expresó: «Sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en un cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que para la auto-preservación»[4].

Le siguieron dos Sínodos dedicados a las prioridades pastorales en el corazón del Papa Francisco: la familia y los jóvenes. En esas asambleas sinodales, la nota descollante fue la participación de los laicos, cuyas voces se vieron reflejadas en los documentos postsinodales sobre el amor en la familia[5] y la dirigida a los jóvenes y a todo el pueblo de Dios[6].

Además, el Santo Pueblo de Dios recuerda con alegría y gratitud cuando el Santo Padre abrió las puertas del Jubileo Extraordinario de la Misericordia y nos hizo vivir un año de gracia y consuelo, proclamando que «desde el corazón de la Trinidad, desde la intimidad más profunda del misterio de Dios, brota y corre sin parar el gran río de la misericordia»[7]. También guarda en su memoria la solicitud del Pastor Universal en los tiempos dramáticos, cuando la familia humana afrontaba las primeras consecuencias del flagelo de la pandemia: «Al igual que los discípulos -nos alentaba en aquella tarde de marzo del 2020-, experimentaremos que, con El a bordo, no se naufraga. Porque esta es la fuerza de Dios: convertir en algo bueno todo lo que nos sucede, incluso lo malo. El trae serenidad en nuestras tormentas, porque con Dios la vida nunca muere»[8].

Las encíclicas Laudato Si sobre el cuidado de la Casa Común y Fratelli tutti sobre la Fraternidad y la Amistad Social, seguidas del mensaje ecuménico para la protección de la creación[9] y el documento interreligioso firmado en Abu Dabi[10], han facilitado un diálogo y reflexión con pueblos, culturas, con hombres de la ciencia y la política.

Hacia el final de Fratellli tutti, Francisco nos recuerda: «Para nosotros, ese manantial de dignidad humana y de fraternidad está en el Evangelio de Jesucristo. De él surge para el pensamiento cristiano y para la acción de la Iglesia el primado que se da a la relación, al encuentro con el misterio sagrado del otro, a la comunión universal con la humanidad entera como vocación de todos»[11].

En una de sus últimas intervenciones abordó un desafío que lo apasiona, y su magisterio nos ha dado sólidos lineamientos para pensar y actuar en un Pacto Educativo Global, con la esperanza de aspirar a un acuerdo que haga realidad un renovado «humanismo solidario, que responda a las esperanzas del ser humano y al diseño de Dios»[12].

Finalmente, reparemos en sus viajes misioneros, con preferencia a países donde la comunidad católica es minoría y el cristianismo encuentra serios desafíos a la evangelización. También sus visitas a campos de refugiados, o donde el drama de los pobres muestra el rostro doliente de la humanidad -migrantes, perseguidos, fugitivos del hambre-; son parte sensible de su ministerio apostólico itinerante, siguiendo las huellas de Pedro y de sus antecesores.

Los papas envejecen y Francisco, con el buen humor que lo acompaña siempre, se ha identificado con los ancianos, a quienes dedicó las últimas catequesis en las Audiencias Públicas. Asistido por el Espíritu Santo, aun con limitaciones en su movilidad, sigue trabajando por una Iglesia sinodal que viva una auténtica comunión, invite a la participación plena de sus hijos y recobre «la dulce y confortadora alegría de evangelizar, incluso cuando hay que sembrar entre lágrimas»[13].

Nosotros, desde su Patria, lo seguimos encomendando a Nuestra Madre de Luján, para que no le aparte su mirada de ternura, lo siga cuidando y protegiendo bajo su manto.

Card. Mario Aurelio Poli, arzobispo de Buenos Aires


Notas:
[1] Sermón 295, 1-2. 4. 7-8; PL 38, 1348-1352.
[2]Oratio de Obitu Theodosii, 19; PL XVI, 1455.
[3]Lumen Fidei, 7.
[4]Evangelii Gaudium, 27.
[5] Exhortación Apostólica Postsinodal Amoris Laetitia (2016)
[6] Exhortación Apostólica Postsinodal Christus vivit (2019)
[7]Bula Misericordiae Vultus (2015), 25.
[8] Bendición Urbi et Orbi, del Santo Padre Francisco, Momento extraordinario de oración en tiempos de epidemia. Atrio de la Basílica de San Pedro, viernes 27 de 2020.
[9] Mensaje conjunto para la protección de la Creación del Santo Padre Francisco, Su Santidad Bartolomé I, Patriarca Ecuménico y arzobispo de Constantinopla, y Su Gracia Justin Welby, arzobispo de Canterbury, 07.09.2021.
[10] Documento sobre la fraternidad humana por la paz mundial y la convivencia común, Abu Dabi (4 febrero 2019): L’Os- servatore Romano, ed. semanal en lengua española (8 febrero 2019), p. 7.
[11]Fratelli tutti, 277.
[12] Mensaje para el lanzamiento del Pacto Educativo, 12 de septiembre 2019.
[13]Evangelii Nuntiandi, 75; citado en Evangelii Gaudium, 10.