Sábado 13 de julio de 2024

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Corpus Christi

Homilía de monseñor Carlos María Domínguez OAR, administrador apostólico de San Rafael, en la solemnidad del Corpus Christi (20 de junio de 2022)

Queridos hermanos:

Después de celebrar las dos solemnidades de comunión. La comunión eclesial suscitada por el Espíritu a partir de Pentecostés. Y la comunión trinitaria como vértice, modelo y fundamento de la comunión eclesial. Celebramos este domingo la comunión eucarística con Jesús. Esta celebración del Cuerpo y la Sangre del Señor nos sitúa una vez más en el plano de la amistad con Jesús y nos invita a tomar conciencia del hecho de que esta amistad tiene una dimensión sacramental que se realiza en el misterio eucarístico que el mismo Jesús instituyó. Fue Jesús mismo quien dijo de qué manera permanecería en medio de sus discípulos y cómo continuaría la comunión comenzada en el discipulado por los caminos de Galilea. El cual tuvo su culmen en el amor total expresado por el Maestro con los brazos abiertos en la cruz. Por eso, en nuestra celebración de hoy hacemos una profunda confesión de fe y agradecemos el inmenso tesoro que Jesús ha puesto en nuestras manos. Los verbos que utiliza el evangelio cuando nos relata la multiplicación de los panes y que describen la acción de Jesús: tomar, dar gracias, partir y dar se tornan verbos eucarísticos que conectan perfectamente la multiplicación de los panes con la última cena en la que Jesús instituyó la Eucaristía y la que expresa el sentido último de su misión. En torno a estos verbos, acciones y movimientos se proclama una doble verdad sobre la Eucaristía. Que Jesús está allí presente. Él se identifica con el pan y con el vino, haciéndolo su cuerpo entregado y su sangre derramada por amor.

En la comunión con su Cuerpo y con su Sangre, Jesús invita a sus discípulos a sellar una nueva alianza con Él. La Nueva Alianza en mi sangre, una nueva manera de ser comunidad a partir de la inmensa y sólida comunión con su persona y su misión. Los discípulos plantean a Jesús una necesidad y una estrategia. La necesidad. Una multitud cansada y hambrienta. Y la estrategia. Hay que despedir a esa multitud para que ella misma se procure alimento y hospedaje. Pero Jesús les plantea una solución nueva y diferente. Denles ustedes de comer. Esta interpelación pone en evidencia la limitación de los discípulos. No tenemos más que cinco panes y dos peces. Y hace que Jesús tome la iniciativa. Pide a los discípulos que hagan sentarse a la gente en comunidades de 50 personas. Eleva los ojos al cielo, reza la bendición, parte de los panes y los da a sus discípulos para que los distribuyan. Es un momento de profunda comunión. La multitud, saciada por la palabra del Señor, se nutre ahora por su pan de vida. Jesús. De esta manera se transforma en servidor y formador de la comunidad. También nosotros hoy estamos alrededor de la mesa del Señor, de la mesa del Sacrificio Eucarístico. En la que él se nos dona de nuevo. Y ese presente el único sacrificio de la cruz. Es en la escucha de Su Palabra, alimentándonos con Su Cuerpo y con Su Sangre, como Él hace que pasemos de ser multitud a ser comunidad del anonimato a la comunión.

La Eucaristía es el sacramento de la comunión que nos hace salir del individualismo para vivir juntos el seguimiento, la fe en Él. Hay un texto de la Liturgia de las horas del día de hoy Responsorio de la segunda lectura del oficio de lecturas que dice. Comed el vínculo que os mantiene unidos, no sea que os hagáis beber el precio de vuestra redención, no sea que os despreciéis. Vemos entonces que existe un peligro, una amenaza que atenta contra la comunión, cegarnos y despreciarnos. ¿Qué significa este cegarnos y este despreciarnos? Nosotros nos negamos cuando no somos dóciles a la palabra del Señor. Cuando no vivimos la fraternidad entre nosotros, cuando competimos por ocupar los primeros sitios. Cuando no encontramos la valentía de testimoniar la caridad. Cuando no somos capaces de dar esperanza, así nos cegamos. La Eucaristía nos ayuda a no despegarnos porque es vínculo de comunión. Es realización de la Alianza, es signo vivo del amor de Cristo, que se humilló y se abajó para que nosotros permaneciesen mos unidos. Participando de la Eucaristía y alimentándonos de ella, somos introducidos en un camino que no admite divisiones. El Cristo presente en medio de nosotros es el signo del pan y del vino que exige que la fuerza del amor se convierta en comunión. Y la otra palabra.

¿Qué significa para nosotros hoy? Depreciarnos. O sea, aguar nuestra identidad cristiana significa dejarnos mellar por las idolatrías de nuestro tiempo, el aparentar, el consumir, el yo en el centro de todo, pero también el ser competitivos. La arrogancia como actitud triunfante. El no admitir nunca habernos equivocado o no tener necesidad. Todo esto nos deprecia. Nos hace cristianos mediocres, tibios. Fíjense que dije depreciar, no despreciar. Depreciar es bajar el precio. Nos hacemos bagatela. ¿De dónde tiene de qué vivir? Acérquese. Crea. Incorpórese para ser vivificado. Celebrar la Eucaristía, entonces nos interpela y nos compromete a ser constructores de comunión entre nosotros. Sigue San Agustín diciendo: Se recibe la unidad y la comunión con Cristo cabeza. Pero a la vez es una exigencia de vivir la comunión con todos los miembros del Cuerpo de Cristo. Que la procesión eucarística que haremos dentro de un poco al finalizar la Misa, no sea solamente procesión pública de nuestra piedad, sino también manifestación de reconocernos cuerpo. Pues todos comemos el mismo pan. Como cuerpo, caminaremos unidos entre nosotros a nuestra cabeza. Cristo Eucaristía. Que este Pan de la unidad nos sane de la ambición de estar por encima de los demás. Que nos suscite la alegría de amarnos sin rivalidad. Viviendo la Eucaristía, adoremos, celebremos y agradezcamos al Señor por este supremo don. Memoria viva de su amor, que hace de nosotros un solo cuerpo y que nos conduce a la unidad. Que así sea.

Mons. Carlos María Domínguez OAR, administrador apostólico de San Rafael