Viernes 12 de agosto de 2022

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Misa Crismal

Homilía de monseñor Santiago Olivera, obispo castrense, durante la Misa Crismal (Parroquia Luján Castrense, 12 de abril de 2022)

Con mucha alegría somos convocados cada año para la celebración de la Misa Crismal. Esta convocatoria nos ofrece una buena oportunidad para animar y fortalecer el espíritu de comunión, como también el camino pastoral de nuestra Iglesia diocesana.

Esta Misa es por excelencia la manifestación, la “epifanía” de nuestra comunión. Además de expresarles la alegría que me da compartir la Eucaristía con ustedes, sacerdotes y pueblo de Dios, no quiero dejar de agradecerles el esfuerzo que supone concretar esta acción que manifiesta nuestra pertenencia y nuestra fraternidad. Particularmente gracias a los sacerdotes que haciendo muchos kilómetros están aquí, concelebrando este misterio que nos recuerda tan vivamente el “Único Sacerdocio de Cristo” que compartimos.

En esta eucaristía, que presido como Obispo Diocesano junto al presbiterio y a otros miembros del pueblo de Dios, adquiriere un significado especial la bendición de los Santos Oleos y la consagración del Santo Crisma, que luego utilizaremos en la administración de los sacramentos a nuestros fieles.

Con el santo crisma que hoy se consagra, serán ungidos los nuevos bautizados y serán signados los que reciben el sacramento de la confirmación. Asimismo, el santo crisma se utiliza para consagrar sacerdotes y consagrar o dedicar iglesias. El óleo de los catecúmenos prepara y dispone para el bautismo y con el óleo de los enfermos, nuestros hermanos serán aliviados en sus enfermedades.

Esta bendición y consagración, nos habla de la dimensión sacramental de la Iglesia, que nos comunica la gracia pascual de Cristo y nos inicia en la vida de la comunidad cristiana. Esta verdad se vive, de modo especial, en la Iniciación Cristiana como proceso que define nuestra identidad.

La iniciación cristiana es un tema fundamental para la vida de las comunidades y de cada cristiano. En el modo de realizarla está en juego la seriedad de la evangelización, la autenticidad de la comunidad eclesial, la verdad del ser cristiano. Porque no se trata sólo del “cómo hay que administrar los sacramentos”, sino de “qué cristiano hacemos”al preparar y celebrar estos sacramentos. Por esto debemos poner mucho acento y preparación en la formación inicial y permanente de nuestros hermanos. De esta formación va a depender, en gran medida, el futuro y el nivel de nuestras familias y comunidades, y podríamos decir el futuro de nuestra cultura, de nuestros ambientes, de nuestras “Fuerzas Armadas y Federales de Seguridad”, sin duda de nuestra Patria.

En nuestra diócesis queremos caminar hacia la consolidación e institución del catecumenado, como modelo de toda catequesis, esto nos debe llevar a recuperar el impulso kerigmático de la fe y a presentar la vida cristiana como un discipulado misionero. Esta es la línea en que debe moverse nuestra catequesis frente a un mundo que presenta signos, incluso, adversos a la fe. Muchos cristianos están anestesiados en su condición de bautizados, y muchas veces viven y aceptan criterios muy lejos de la fe cristiana. Tenemos urgencia de ver y palpar cómo los cristianos pueden con valentía y decisión dar testimonio de lo que creen, sin vergüenza y con convicción.

Sin duda que, en nuestra Iglesia Particular castrense, es este un gran desafío, pero a la vez apasionante, ¿cómo predicar el Evangelio a los jóvenes y adultos de hoy?

¿Cómo ayudar a profundizar la fe y a la vez como acompañar a los jóvenes y adultos que se nos confían para ser testigos auténticos y valientes del Evangelio en sus realidades?

El texto del Evangelio de San Lucas que leemos hoy, Jesús comenta el texto de Isaías, manifestando que Él era el enviado para anunciar la buena noticia a los pobres, esto es a todos: los marginados, los no tenidos en cuenta, los que están al borde del camino… para todos Jesús mostró un trato especial, a nadie excluyó de su amor y de su salvación… Nosotros los cristianos, como Jesús estamos llamados también con nuestras palabras y acciones teniendo sus mismos sentimientos, a anunciar la liberación y el año del Gracia que el Señor regala con su Presencia. En la oración Colecta de esta Misa hemos escuchado:

“Dios nuestro, que al ungir con el Espíritu Santo a tu Hijo unigénito lo constituiste Señor y Mesías, concede bondadosamente a quienes participamos de su misma consagración, ser ante el mundo testigos de la Redención.” Ser testigos de la Redención supone, estar dispuestos a darnos totalmente, a hacernos “Pan para nuestros hermanos”, porque decimos en cada Eucaristía, “tomen y coman, tomen y beban …esto es Mi Cuerpo, Esta es mi Sangre que será derramada”, por tanto no entregamos algo de nuestra vida, no entregamos algo de nuestro tiempo, entregamos o mejor, debemos entregar, toda nuestra vida, todo nuestro tiempo, debemos entregar todo, como Jesús que se entregó sin límites, “hasta el extremo”

Participamos hoy de un signo muy fuerte, los sacerdotes y yorenovamos las promesas que un día hicimos ante nuestro Obispo y ante el pueblo santo de Dios.

Por lo tanto, queremos unirnos más estrechamente a Jesús, renunciando a nosotros mismos, queremos cumplir nuestro ministerio movidos por el amor a Jesús y renovando la alegría que tuvimos al ser llamados al seguimiento que se concretó el día de nuestra Ordenación.

Queremos ser fieles administradores de los misterios de Dios, en la celebración diaria de la Santa Misa y en la celebración de los sacramentos, particularmente el de la Confesión, Penitencia o Reconciliación, tan necesaria e importante para el crecimiento espiritual de los discípulos de Jesús. Es en la Confesión donde podemos, a modo artesanal en nuestra Diócesis personal, ayudar a crecer y tallar vidas cristianas en serio, ayudadas por la gracia de Dios.

Queremos también, renovar el sagrado deber de enseñar, siguiendo a Cristo Cabeza y Pastor.

Estos compromisos que renovamos tienen su raíz y fundamento en la certeza del Amor de Dios, que nos mira amándonos y ofrece siempre su amor y su perdón dándonos la posibilidad de recomenzar. Para esto, confiamos en la oración de ustedes, nuestro Pueblo. Porque nos sabemos frágiles, pecadores, a veces cansados o desilusionados, a veces contagiados por el desánimo de hermanos nuestros lejos del gozo de la fe. Pero hoy como a Pedro, podemos, por Gracia de Dios, decirle a Jesús. Señor, “Tú sabes que te quiero”, y a la vez tu sabes que necesitamos tu auxilio y fortaleza.

Renovamos el ministerio recibido teniendo presente la exhortación de Pablo a Timoteo: “te recomiendo que reavives el don de Dios que has recibido” (2 Tim. 1, 6). Este don es el que da sentido a nuestras vidas. Es por esto por lo que debemos vivir cada momento de esta celebración con especial gratitud.

Hoy y siempre debemos recordar la grandeza del don que hemos recibido. Es esta una ocasión propicia y reparadora para volver a darle al Señor Jesús un «sí» pleno e incondicional, a Él que sin mérito de nuestra parte nos eligió y nos llamó, cuando Cristo por medio del Obispo nos impuso sus manos y nos consagró a su misión, constituyéndonos sacerdotes para siempre, mediadores entre Dios y los hombres. Con oración confiada e insistente:

¡Qué no disminuya nuestro celo! Cuidemos el tesoro de nuestro sacerdocio, procurando no tornar estéril la gracia que Dios nos ha dado en el Orden Sagrado y que continuamente nos envía. Para que no disminuya nuestro celo, despojémonos continuamente de las costumbres, hábitos y aspiraciones de nuestro hombre viejo, así como de las marcas de una cultura materialista, hedonista y aburguesada que lastimosamente deja muchas veces su huella en nosotros. No hacerlo es renunciar a ser sacerdotes santos, y sino aspiráramos todos los días de manera seria y responsable a la santidad, nos quedamos en la mitad de camino.

¡Qué no disminuya nuestro celo! Si no procuramos avanzar de modo humilde pero constante por el camino de nuestra santificación, terminaremos tarde o temprano haciendo componendas y concesiones a nuestro hombre viejo y al mundo. Al principio éstas podrán ser pequeñas, pero poco a poco se irán haciendo inexorablemente más graves y pueden desembocar incluso en la traición, abierta o encubierta, al amor de predilección con el que el Señor nos ama al habernos llamado al sacerdocio.

¡Qué no disminuya nuestro celo! Que sepamos acompañar y descubrir tu llamada en tantos niños y jóvenes. Y que, por la alegría de nuestro ministerio, muchos jóvenes quieran seguirte en la vida sacerdotal y en la vida consagrada.

Es oportuno volver a recordar hoy, que el camino real e insustituible para avanzar por el camino de nuestra santificación es la oración, entendida como “estar con Cristo” (Mc 3, 14), como “permanecer con Él” (Jn 15, 5), para que así Su mirada se transforme progresivamente en nuestra mirada y Su corazón en nuestro corazón y de esta manera podamos dar mucho fruto y un fruto que dure. Al sacerdote que siempre reza y se esfuerza por ser fiel al don recibido, Dios le ayuda siempre.

Que nuestros Santos Patronos Juan de Capistrano y José Gabriel del Rosario Brochero, nos estimulen y fortalezcan para entregar sin miedo nuestra vida en la batalla del mundo para que Cristo Reine en todos.

Pidamos a María, La Purísima Madre de Dios, en las distintas Advocaciones que nuestra Diócesis la recuerda y celebra, Nuestra Señora de Luján, Nuestra Señora de la Merced, Nuestra Señora de Stella Maris, Nuestra Señora de Loreto y Nuestra Señora del Buen Viaje, que nos siga sosteniendo y acompañando y que el ejemplo de su Si nos estimule en la fidelidad de lo cotidiano.

Mons. Santiago Olivera, obispo castrense