Lunes 20 de septiembre de 2021

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Primer domingo de Cuaresma

Homilía de monseñor Marcelo Daniel Colombo, arzobispo de Mendoza, para el primer domingo de Cuaresma (Iglesia de Nuestra Señora de la Carrodilla, 21 de febrero de 2021)

Queridos hermanos,

Hemos comenzado la Cuaresma, un tiempo de singular significación para el camino cristiano en cuyo horizonte está la Pascua, triunfo de Dios sobre la muerte y el pecado.

La Palabra de Dios nos propone en la primera lectura la Alianza entre Dios y los hombres, al fin del Diluvio universal, expresado con el signo exterior del arcoíris. Después de la devastación de una lluvia tan grande, llegaba el momento de recomenzar. Si la pedagogía bíblica recurre a una imagen tan dolorosa y dramática como la del diluvio y sus terribles consecuencias, nos llena de confianza la esperanza en que Dios hace nuevas todas las cosas y es posible empezar con Él un camino nuevo. Podemos decir que la fidelidad de Dios triunfa sobre la debilidad del hombre para hacerlo vivir un tiempo nuevo.

En la segunda lectura, el autor sagrado nos habla del bautismo; allí el agua recibe nuestra humanidad y la redime en Cristo. Nacemos a la gracia sumergiéndonos como el Señor en esas aguas y vivir su misma vida.

El evangelio, en todos los ciclos, en el primer domingo de cuaresma, relata las tentaciones de Jesús en el desierto. El texto de Marcos que hoy leemos, presenta con sobriedad los aspectos centrales de esa experiencia de Jesús, que va al desierto por cuarenta días para preparar su misión. El desierto es un lugar particularmente significativo. Esos cuarenta días recuerdan los cuarenta días del diluvio, tiempo de purificación para los hombres o los cuarenta años del pueblo caminando por el desierto hacia la libertad. En ese prepararse, no le faltan tentaciones ni adversidades al Señor, aunque cuenta también con el auxilio de las fuerzas de Dios, la ayuda de los ángeles. Como nos sucede a todos en la vida, siempre Dios está para ayudarnos; cuando queremos afrontar una misión, la preparación no resulta sencilla. Están nuestras propias resistencias y temores, están las dificultades del camino y del mal presente en la vida social. Pero nunca nos faltará la ayuda de Dios para animarnos a seguir adelante, buscando su Reino.

La Cuaresma desafía nuestra esperanza, viviendo este tiempo como un tiempo de Dios en el que Él quiere hacer nuevas todas las cosas (cfr. Francisco, Mensaje para la Cuaresma, n. 2). La ascesis cuaresmal nos pide despojarnos, privarnos, de todo lo que nos distrae de ese encuentro imprescindible. La oración personal y comunitaria, la reconciliación, la capacidad y el empeño que pongamos en trasmitir aliento y confianza a los corazones abatidos, ayudan mucho a vivir la novedad a la que Dios nos invita. Los cuarenta días de la Cuaresma son para nuestro bien y el de los hermanos. No se trata de la reiteración ritual de una parte del tiempo litúrgico como cada año. Es una experiencia siempre nueva, la de dejarnos habitar por la invitación de Dios a una transformación interior donde despojados de cuanto nos traba y nos amenaza, nos encaminemos al encuentro del Cristo pascual.

Mons. Marcelo Colombo, arzobispo de Mendoza