Lunes 22 de julio de 2024

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Conmemoración de los Fieles Difuntos

Homilía de monseñor Jorge Eduardo Scheinig, arzbispo de Mercedes-Luján, en la Conmemoración de los Fieles Difuntos (2 de noviembre de 2020)

Podríamos comparar la muerte, pensar la muerte, como una pared gigante, enorme. Entonces, nosotros tenemos la experiencia humana de un límite infranqueable, que patentiza lo pequeños que somos, lo frágiles que somos.

Somos humanos, humus, tierra. La muerte nos hace experimentar eso, la muerte de nuestros seres queridos. En definitiva uno cree que es muy fuerte, que es muy potente, pero no lo somos tanto. Somos muy pequeños, muy limitados.

Y eso lo vamos experimentando a lo largo de la vida, pero la muerte es la mayor experiencia de nuestra limitación. Para algunos, la experiencia de la muerte es una situación de angustia, de dolor, de desesperación.

Ese muro, esa pared, se convierte en algo pesado. Uno sabe lo que significa a veces el duelo de un ser querido y tal vez lo hemos experimentado en carne propia, o con alguna amiga, algún amigo; lo difícil que es transitar la separación de un ser querido que muere.

Algunos otros, a ese muro, tan fuerte, tan grande, lo tienden a desdramatizar. Uno ve la falta de respeto que hay hoy en alguna cultura sobre la muerte.; esas películas de los muertos vivos, o todo lo de la noche de brujas, la noche de muertos.

A mí me parece que en el fondo es una forma de desdramatizar algo que no podemos manejar, que no podemos controlar.

A uno le llama la atención, siempre me llamaron la atención los cementerios modernos. Hoy celebraba en nuestro cementerio viejo, en donde la muerte es fuerte, los edificios, las cruces

Los cementerios modernos son un jardín, un jardín de paz, como si la muerte se superara porque uno va a un lugar verde, con árboles. En realidad, para nosotros, la muerte, esa pared enorme, solamente la supera Jesucristo, que es el que abre en esa pared una puerta.

Nosotros creemos que Jesús pasó por la muerte, una muerte difícil, una muerte en cruz, que fue sepultado, pero que resucitó. Y entonces, la Pascua de Jesús es la puerta que se abre en esa pared que para nosotros era infranqueable.

El Señor hace un boquete, hace una puerta, pasa él y pasamos todos. La Resurrección de Jesucristo es la promesa de que la Vida es más fuerte que la muerte. Cuando Jesús resucita, cambia el paradigma de la vida.

No sé si nos damos cuenta lo que significa que un muerto haya resucitado. Significa entonces que la Vida es más que la muerte, que la muerte no tiene la última palabra. Aunque los signos de la muerte sean fuertes, la descomposición de nuestro cuerpo, la ceniza, nuestro convertido en ceniza; aunque los signos de la muerte sean fuertes, nosotros creemos que la Vida es más que la muerte.

¿Y por qué creemos en eso? Por Jesús que murió y resucitó. La fe nos une a ese misterio pascual. ¿Qué estamos haciendo nosotros hoy? Celebrando la Resurrección de Jesucristo.

Nos decía recién el evangelio que las mujeres van al sepulcro, y van como nosotros vamos al cementerio, a ver un cádaver, muerte, un signo de muerte. Y no lo encuentran, entonces se llenan de temor porque unos les dicen ¿Por qué buscan aquí? Él no está acá. Este no es el lugar de él, Él ha resucitado. Entonces estos seres les dicen a las mujeres, ¿no se acuerdan que él les decía que iba a morir, pero que iba a resucitar? Entonces ahí reavivan la fe.

Lo que quiero decirles, queridas hermanas, queridos hermanos, es que ninguno de nosotros está exento de dudar. Hemos venido a misa a lo largo de la vida, comulgamos, rezamos, pero la muerte es algo tan serio, que ninguno de nosotros está exento de dudar, de desesperar.

Entonces necesitamos que otros nos digan “está vivo, ha resucitado”. Todos necesitamos de la fe, de la fe de la Iglesia, de la fe de las hermanas, de los hermanos, que comparten el camino. Cualquiera de nosotros puede sentir que esa pared, aunque tiene puerta, se cierra y podemos tener miedos muy grandes. Por eso está bueno que celebremos la Misa, por eso está bueno que recemos, que comulguemos, que reavivemos la fe.

Hoy es un día para reavivar la fe que tenemos. Que a veces por las circunstancias de la vida la tenemos hilvanada. A veces es robusta, es fuerte y nos da seguridad. Pero muchas veces también puede nuestra fe flaquear.

Por eso como estas mujeres recibieron el mensaje, muchas veces a lo largo de la vida nos vamos a tener que decir unos a otros: “Resucitó, está vivo”. Y muchas veces vamos a tener que renovar la fe.

Entonces hoy que traemos a la memoria a todas nuestras personas difuntas y también a todos los que han muerto en este día, hacemos un acto de fe, en que “pasaron la puerta”. No están con nosotros y los signos de la muerte son evidentes, no están con nosotros, pero pasaron la puerta y están en Dios, están con Dios. Han sido transformados, son una nueva creatura, decía la primera lectura, son algo nuevo.

Recuerdo también una comparación que siempre me gustó recordar en este día.

Como un nenito que se siente tan cómodo en la panza de la madre y ahí está en el mejor de los mundos. En un momento el nenito empieza a percibir, a darse cuenta, que se está por acabar ese mundo, no tiene idea lo que es nacer y tampoco tiene idea de lo que pasa del otro lado del nacimiento.

Así puede pasar también con nuestra transformación. En algún momento tenemos que dejar este mundo, y aunque no sabemos lo que es parir, nacer a otra vida, por la fe y sólo por la fe, creemos que del otro lado, están las manos del Padre.

El chiquito nace y está en las manos de mamá, en las manos de papá. Podemos pensar que nuestra pascua y la pascua de nuestros seres queridos es encontrarse con las manos del Padre.

Los invito a tener una celebración llena de fe, llena de confianza en el Dios de la Vida. Jesús murió, pero ha Resucitado. Abrió la puerta para Él y para todos nosotros.

Hoy en el cementerio pensaba en la cantidad de personas que habrán muerto con, con fe, con confianza y otras no. Pero el Dios de la misericordia es para todos, no es para algunos. Por ahí aquellos que murieron sin fe descubrieron algo asombroso, que es el amor de Dios. Entonces eso los llenó de vida.

Recemos por ellos para que estén llenos de la vida de Dios.

Mons. Jorge Eduardo Scheinig, arzbispo de Mercedes-Luján