Martes 26 de enero de 2021

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Misa Crismal

Homilía de monseñor Gabriel Bernardo Barba, obispo de San Luis, en la Misa Cristmal (Parroquia Santo Cristo de La Quebrada, 27 de octubre de 2020)

Tanto en el libro de Isaías, como en el Evangelio de Lucas, vemos al Espíritu de Dios que se hace presente y cubre…, anima…, y acompaña al Ungido. Y lo hace para la misión. Para llevar la BUENA NOTICIA a los pobres, a sanar (vendar) los corazones heridos…, para liberar.

Claramente un Don que no es para sí…, un Don de Dios que se entrega para ser dado a los pobres, a los heridos. Estas lecturas marcan la esencia de nuestro ministerio: elección de Dios, presencia del Espíritu… y sobre todo ¡ENVÍO…!

Jesús dio pleno cumplimiento y en Jesús, solo en Él, nuestro sacerdocio tiene plenamente sentido. Por eso nunca debemos ni apartarnos y alejarnos de Él. Sobre todo, desde la oración cotidiana, necesaria…, irreemplazable. Y… en lo posible… frente al Sagrario…, alimento para lo que se nos ha encomendado.

Momento de intimidad diaria, aunque muchas veces nos cueste, y hasta por momentos, nos resulte sumamente árido…, o bien no tengamos tiempo…; si en eso aflojamos…, solo es cuestión de tiempo para que llegue el desmoronamiento. Esa oración y el diario alimento Eucarístico, sostendrá nuestro envío. Para que nuestro sacerdocio no deje de se servicio. Sabemos que cansa y agota, pero…, es esencial a nuestro ser. ¡No hacemos…! ¡SOMOS…! Nos configuramos con Cristo Sacerdote. Somos con Él, y en Él…; lo nuestro no es ni un trabajo ni una profesión. Es justamente “ser con Jesús”. Y si nos separamos de esa fuente entonces corremos el peligro de ser para nosotros. Servidores de nuestras ideas y no de los demás. El otro…, el prójimo…, nuestros feligreses…, el pueblo en general será a quien debemos ver para servir y construir fidelidad desde nuestro ministerio.

Hoy, es un día verdaderamente histórico. Será la primera vez que se celebra en el Cristo de La Quebrada nuestra Misa Crismal y a su vez, es mi primera Misa Crismal junto a ustedes.

La Cátedra se trasladó junto al presbiterio a los pies del Cristo. Donde esta una de las raíces más profundas de la piedad popular de San Luis y nos acompaña también la Virgen del Trono… quien, desde hace siglos, ocupa un lugar importante en la fe del pueblo puntano.

Todo esto, en un marco mundial único de pandemia. Que impone particulares sentimientos.

Nos sentimos “heridos y agobiados”, rezamos en la oración por la Patria. Bien le cabe a nuestro pueblo tan golpeado por la pandemia, sea por el COVID, pero sea también por la economía. por el cansancio y por no ver una perspectiva futura de cambio.

Dado el contexto de Misa Crismal permítanme expresar esta frase desde lo nuestro propio…, desde lo sacerdotal. Desde el día 2 de junio, día que recibí el anuncio de ser su próximo obispo…, desde allí, mi corazón y pensamiento se ha centrado en San Luis. ¡Aquí está…! ¡Aquí estoy…!

Luego de recorrer permanentemente la Diócesis y de no parar de “ver y escuchar”, veo justamente que esta frase de la oración por la Patria nos cabe y nos ilumina:

Nos sentimos heridos y agobiados. Algunos más conscientes que otros.

En cuanto a lo nuestro propio, he visto sacerdotes que han dejado el Ministerio, por motivos varios. Por soledad, por obligación de las circunstancias, porque erraron el camino y no pudieron salir de sus propios enredos…, o falta de un acompañamiento oportuno. Al respecto no debemos descuidarnos nunca y cuidarnos unos a otros…, todos podemos ayudarnos a cargar la cruz o levantarnos si nos hemos caído. El llamado nos une…, tenemos un mismo llamado…; la fragilidad también…, somos todos humanos, por eso es tan importante la misericordia y la fraternidad entre nosotros.

También veo muchos sacerdotes que permanecieron y permanecen fieles. Y a otros debemos acompañar para ayudar a sanar sus heridas. Esta es una construcción que debemos realizar juntos.

En toda la Iglesia…, en todos los presbiterios…, tenemos una gran tentación. Cercana y apetecible: el clericalismo. Es difícil de reconocer y verlo como algo propio. Es muy fácil reconocerlo viéndonos desde afuera (como nos ven…). Se refleja claramente en las obras: no salir…, ser servidos…, no querer cambiar. Juzgar, decir lo que deben hacer los demás. Sentirnos los fieles custodios de una Iglesia que nos hemos convencido que tiene un único formato.

Cuando desde la época Apostólica, cada Iglesia que acompañaba cada uno de los Apóstoles era distinta y propia, pero sin embargo ÚNICA por el amor y por la comunión con Pedro. Y que sus diferencias y crisis han permitido a la Providencia de Dios que suscite los cambios oportunos y necesarios en la Iglesia, a través de las personas que el mismo Espíritu ha suscitado.

En este tiempo histórico, para sanarnos y fortalecernos, debemos dar pasos concretos: como por ejemplo desterrar de nuestros pensamientos (y luego acciones que derivan de ello), palabras de oposición como: “conservadores, modernistas, pasteleros…”, no sé si se dan cuenta de cuánto daño hace a la unidad, enredarnos en esas palabras que desde hace años escuchamos o decimos, como verdaderas espadas de dos filos.

Es tiempo de dar lugar a la grandeza en la UNIDAD.

La dureza de estas palabras, terminan marcando acciones similares. Pastorales marcadas por la imposición y la dureza. Donde muchos quedan fuera. En otra diócesis, no aquí…, pero bien viene al caso, he escuchado decir: “prefiero pocos, pero buenos” … y eso justificaba perfectamente una pastoral diminuta, centrada en quienes piensan y obran igual que yo y los demás quedan literalmente afuera.

Pareciera como que si el Evangelio del Buen Pastor, donde deja las 99 para recatar a la perdida, no tuviera lugar, o se vive de modo absolutamente al revés.

Los invito a que miremos con valentía los números fríos, de nuestras parroquias y comunidades. qué cantidad de habitantes tenemos y…, a cuántos llegamos verdaderamente. Miremos fríamente cuántos laicos están a nuestro lado…, y cuántos no están…, porque no se sienten parte.

Por lo menos verlo…, pensarlo… y rezarlo, para pedirle a Dios nos dé Luz y claridad para saber cambiar aquello que sea necesario. Pero…, en un proyecto común.

Miremos también fríamente nuestras estructuras parroquiales…, capillas…, grupos…, etc.

Está claro que, no llegamos a muchos. Pueden haberse anestesiado nuestros sentimientos y se nos nubla la vista para poder actuar adecuadamente a los tiempos actuales.

Mientras tanto, nuestra gente sigue teniendo fe… y quiere vivir su fe… y su búsqueda, muchas veces, termina por otros caminos dado que no se han sentido incluidos…, o contenidos en la Iglesia donde han recibido la fe. Donde han sido bautizado por sus padres.

Providencialmente y, significativamente estamos aquí, a los pies del Cristo de La Quebrada. Me parece un SIGNO FUERTE y PROVIDENCIAL. Estamos donde está el corazón y la fe de la gente sencilla que ha permanecido fiel a su fe recibida. Y nos enseña desde las mismas palabras de Jesús cuando rezada diciendo: “te alabo Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque te has revelado a los pequeños. Sí Padre, porque esa es tu voluntad” (Mt 11, 25).

Esa frase de Jesús y esta Espiritualidad Popular vivida desde este Santuario, nos señala un camino que debemos profundizar como presbiterio junto a toda la Diócesis.

Construir el Reino de Dios junto a los más sencillos como maestros, catequistas y guías. Una pastoral que se refleje en catequesis profundas y sencillas. Llenas de vida. Que nos lleven a la unidad en el Amor.

Aprender de la fe de los sencillos y pequeños. A ellos Jesús reconoció en su alabanza al Padre. Caminar junto a ellos en sus procesiones… hoy, convertidas en caravanas de autos que salen por los barrios. No es este un tema menor. Es una Iglesia que se hace visible y testimonialmente en salida por las calles. Allí también debemos estar y acompañar.

Estamos perdiendo “muchas ovejas de este rebaño”. Corremos peligro de quedarnos con una y dejar las noventa y nueve…

Los invito a navegar mar adentro y dejar que el Espíritu nos guíe por nuevos caminos.

Les decía que debemos salir y resulta que, en este tiempo de pandemia, cuando debimos cerrar nuestros templos y encerrarnos…, sin embargo, como Iglesia, terminamos inventando acciones pastorales audaces y novedosas, como nunca hubiéramos hecho. Y llegamos más lejos que nunca…, la realidad nos ha demostrado que es posible renovar nuestras estructuras caducas. Y con esto nada digo en contra de la importancia de la presencialidad.

Debemos rezar, ver y escuchar nuestra realidad, para que sigamos este camino de transformación eclesial. No tengamos miedo a renovar estructuras y acciones pastorales.

Los invito a caminar juntos trabajando por la unidad y sosteniéndonos unos a otros. Como dice Isaías (66,2), poniendo nuestros ojos en el humilde y abatido. Y me pregunto, como sacerdotes de hoy: ¿Están allí nuestros ojos…? ¿los vemos…? ¿los escuchamos de verdad…? ¿los servimos…?

La humildad para nosotros será sin duda, bajarnos de nuestras cátedras…, de nuestras seguridades, de los academicismos, para subirnos y llegar a la altura de la fe sencilla del Pueblo.

Hoy estamos acá para aferrarnos al Cristo puro…, al Señor desnudo…, a la fe más pura, a la fe más sencilla, al Cristo despojado…, a la Iglesia despojada de todo ropaje acumulado por la historia. Para retrotraernos a la sencillez de Jesús de Nazareth. Eso quiero pedir junto con ustedes queridos hermanos sacerdotes, esa Gracia, al Santo Cristo de La Quebrada.

Quiero pedir la Gracia de una Iglesia que se despoje, que se haga sencilla…, que llame a la conversión desde su propio ejemplo de conversión. Hoy estamos juntos como clero que sirve la Iglesia de San Luis. Estamos en un lugar clave de la historia…, de la verdadera tradición de la fe del Pueblo de San Luis. Pido aquí, la conversión de nosotros como ministros sagrados, a fin de llegar a hacernos sencillos como Cristo. Despojarnos de todo clericalismo, para descentrarnos de nosotros mismos. Para ser verdaderos servidores de Dios, de la Iglesia. Servidores del Pueblo.

Que establezcamos pastorales donde la gente, sea tenida en cuenta y escuchada.

Que abra sus puertas…, saliendo a su encuentro.

Que permita dejar entrar a quienes a lo mejor, no dejamos entrar…, o quizá, no encontraron un lugar para entrar porque no se lo supimos transmitir de esa manera.

Santo Cristo de La Quebrada: danos la Gracia de tener corazón como el tuyo…, despojado…, servido y sensible. Atentos a los sufrimientos que nacen de asumir la realidad…, de asumir el dolor del Pueblo. No sufrimientos provocados por silicios que dominamos nosotros…, sino por la cercanía al sufrimiento de los pequeños.

Ahí queremos estar como Iglesia.

Éste es el lugar de nosotros ministros sacerdotes. Ser otros Cristos que hacen presente el sacrificio de la Gracia…; hacer presente a Dios que se da como alimento por medio nuestro. Ser servidores de la mesa…; servidores de la mesa del Altar.

Qué seamos nosotros, alimento para todos…, no para unos pocos.

Los invito a renovar entonces las promesas sacerdotales, no como una formal repetición anual, sino como el reconocimiento de que Dios sigue obrando hoy en nuestra Iglesia, junto a su nuevo obispo, con quien deben caminar en comunión de fe y amor.

Mons. Gabriel Bernardo Barba, obispo de San Luis