Viernes 19 de agosto de 2022

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Inmaculado Corazón de María

Homilía de monseñor Rubén Oscar Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús, en la fiesta del Inmaculado Corazón de María (20 de junio de 2020)

Queridos hermanos:

El misterio de Dios es tan profundo, tan enserio; María, que recibió en su seno a Jesús y lo tuvo nueve meses, acompaña su relación de tenerlo con su corazón.

A los hijos hay que pensarlos, hay que buscarlos, hay que recibirlos y hay que amarlos; es toda una tarea y un desarrollo del que no habría que saltar etapas; siempre la grandeza es el encuentro, es la vida, es el poder traer un hijo al mundo y el poder darlo a los demás.

El Corazón Inmaculado de María nos acerca a su Hijo, nunca le “hace sombra”, nunca compite con Él, nunca se enoja por ninguna respuesta; y en este caso cuando Él, un niño de doce años, se queda en Jerusalén, los padres lo creían perdido y lo buscan, la Virgen le dice “Hijo ¿por qué nos has hecho esto?, estábamos angustiados”. Jesús le responde, Ella acepta y se queda en paz.

Muchas veces buscamos a Jesús y a veces no lo encontramos, como que se nos pierde; pero no se pierde, siempre está. Somos nosotros los que, lerdos y perezosos, no sabemos aceptar las cosas que Dios nos va diciendo: contrariedades, conflictos, dificultades, sufrimientos, pérdidas, todo lo que nos va pasando; siempre hay que dejar en Él la última palabra.

Pero ¿por qué dejamos en Él la última palabra?, porque Él es la Palabra y también la primer Palabra. “¡No tengan miedo, confíen en Mí!”, “Yo he vencido al mundo”, “Yo estaré con ustedes hasta el final de los tiempos.” Esas palabras tienen que resonar en nuestro corazón, esas palabras tienen que resonar en nuestra vida para que el Señor esté realmente. Hoy le pedimos a María que nos ayude a revestirnos de los mismos sentimientos de Cristo Jesús.

Hoy es sábado, hoy es el día de la patria, el Día de la Bandera y tenemos que rezar mucho por nuestro país para que los corazones argentinos -y de aquellos que viven en nuestro suelo- tengamos la capacidad de buscar siempre el bien común, el bien de todos y no sólo de algunos. Ni intereses particulares, ni ideologías, ni competencias indebidas, ni egoísmos ocultos, ni palabras engañosas; que tengamos esa capacidad de superar una dificultad y poder refundar nuestra Nación, enaltecer la bandera para que no se ensucie con el pasar del tiempo y para que siempre la tengamos enarbolada, limpia y digna, que nos represente y nos represente bien.

Que el Corazón Inmaculado de María fortalezca nuestro corazón y que si nosotros miramos a Cristo vamos a mirar a todos nuestros hermanos. Se lo pedimos al Señor por la intercesión  de su Madre, que es nuestra Madre.

Que así sea.

Mons. Rubén Oscar Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús