Martes 28 de mayo de 2024

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Misa Crismal

Homilía de monseñor José Antonio Díaz, obispo de Concepción, durante la Misa Crimal (Iglesia catedra, 27 de marzo de 2024)

Queridos hermanos:

Transitando este año dedicado a profundizar en la oración, la experiencia más hermosa y más alta de intimidad y diálogo con Aquel que sabemos nos ama y a quien amamos por sobre todas las cosas, resuena con fuerza el pedido de los discípulos a Jesús: “Enséñanos a orar” (Lc. 11,1). Ese pedido, se reitera hoy a la Iglesia y a sus pastores. Enséñennos a orar. La súplica revela una necesidad fundamental, encontrar el camino de encuentro con Dios. Es una dimensión primordial en la misión de toda la Iglesia y sobre todo, en la vida de los pastores del Pueblo de Dios.

En el afán por ser hombres de acción, tratando de llegar a todos y resolver todos los problemas pastorales que a diario se nos presentan, nos olvidamos que somos también y ante todo hombres de oración.

La oración nos construye, nos centra en lo fundamental. Es nuestro eje primordial, que nos permite el equilibrio necesario para no desbordarnos en un activismo vacío y pelagiano que pone en la voluntad y en los métodos la fuente de la eficacia pastoral.

Aprender a orar, fue una búsqueda de los discípulos que lo piden expresamente al Señor. Seguramente motivados, por un lado, por la experiencia que tuvieron algunos de ellos con Juan el Bautista: “enséñanos a orar como Juan enseñó a sus discípulos”… pero sobre todo, estaban inspirados en el ejemplo de Jesús que constantemente buscaba estar a solas con su Padre. Ver a un sacerdote en oración hace mucho bien y contagia.

El sacerdote está llamado a ser un hombre de oración, porque la vida interior del sacerdote repercute en toda la iglesia, empezando por sus fieles. “Rezar es la primera tarea del obispo y del sacerdote. De esta relación de amistad con Dios se recibe la fuerza y la luz necesaria para afrontar cualquier apostolado y misión, pues el que ha sido llamado se va identificando cada vez más con los sentimientos del Señor y así sus palabras y hechos rezuman ese sabor puro del amor de Dios”.

La oración es el principio vital en la vida del sacerdote. La fuerza motora que nos impulsa. El tiempo dedicado a la oración es el mejor momento, el más alto y más profundo. El de mayor inspiración. Es la oxigenación espiritual que nos revitaliza.

La oración es también, consuelo en medio de las dificultades. Cargados con un sinnúmero de situaciones, el sacerdote puede salir a buscar compensaciones humanas y materiales lejos del Señor. Entonces es cuando comenzamos a medir los logros pastorales y espirituales con una métrica meramente humana. Ya no nos alegramos por el bien espiritual del pueblo que se nos ha confiado porque tampoco lo anhelamos ni deseamos. Cedemos entonces a la mundanidad espiritual de la que tanto nos habla el Santo Padre.

La oración, es un ámbito de intimidad y de diálogo con Aquel que sabemos nos ama y por quién hemos consagrado la vida. En la oración cultivamos la amistad con Jesús, y desde esa amistad superamos la tentación a reducir el ministerio sacerdotal a un nivel de funcionarios de lo sagrado

La oración, es también, fuente de creatividad pastoral. En la oración de los sacerdotes están todos aquellos que se les ha confiado. Nadie más creativo que Dios a la hora de responder a los desafíos pastorales.

Jesús responde a los discípulos enseñándoles la oración del Padre Nuestro. Es una oración sencilla que sintetiza y está en el corazón del Evangelio. Es una escuela de oración. La primera enseñanza es que somos hijos en el Hijo. Elevamos nuestra oración como un hijo que habla a su padre. Eso nos ayuda a superar la tentación de creernos dueño de la viña, que es el origen del clericalismo. No somos dueños, somos simples servidores. En el sufrimiento Jesús aprendió a obedecer, algo que es propio del hijo.

La segunda enseñanza que quiero resaltar es que oramos siempre como Iglesia. Y en esta Misa Crismal es muy bueno hacer notar que nuestra oración presbiteral debe ser hecha en comunión con los hermanos sacerdotes. El camino de la fraternidad comienza con el aprender a ser hijos, lo cual se traduce en fraternidad. Si no nos sentimos hermanos, es porque en el fondo, no nos sentimos hijos. La comunión presbiteral es un camino de filiación y fraternidad.

Lo tercero que quiero subrayar, es que las tres primeras peticiones del Padre Nuestro acentúan los intereses de Dios. Santificado sea Tu Nombre, Venga a nosotros Tu Reino y hágase tu Voluntad, son los deseos y aspiraciones más altas. En ello están sintetizadas incluso nuestras necesidades, porque la Gloria de Dios es nuestra felicidad. De ese modo, priorizamos la Voluntad de Dios sobre la nuestra, con la certeza de que no sabemos pedir lo que conviene, pero si se cumple lo que Dios quiere siempre será lo más conveniente para nosotros.

Toda nuestra labor pastoral debe ser hecha para Gloria de Dios, según su Voluntad y para instaurar su Reino. Lo demás viene por añadidura.

En cuarto lugar, el pan cotidiano y el Pan eucarístico sintetizan lo más básico de nuestras necesidades. Pedir el pan cotidiano es también trabajar por los que no tienen lo necesario para vivir. Estamos atravesando un momento muy difícil en nuestra Patria. Múltiples factores nos trajeron hasta aquí. Lo cierto es que la pobreza se está acentuando y profundizando. El Señor sabe de la importancia de tener un pan en la mesa para compartir. Que eso suceda, no es fruto solo de factores técnicos de la economía, es también, y sobre todo, fruto de la sensibilidad y solidaridad de todo el pueblo y en especial de quienes nos gobiernan.

Pedir el Pan Eucarístico también implica trabajar por facilitar a todos la participación en la Eucaristía. Somos pocos los sacerdotes en nuestra Diócesis y a veces el afán por multiplicar celebraciones va en detrimento de la calidad de las mismas. La Eucaristía debe ser el centro, la fuente y el culmen de toda nuestra vida parroquial y diocesana. Y eso debe notarse en su cuidado y preparación. Pero a la vez, nada justifica que pongamos límites a la participación de los fieles, ni por razón de los estipendios ni por la estratificación y acepción de personas.

En quinto lugar, la petición que Jesús quiso resaltar de modo particular. “Perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a quiénes nos ofenden”. No solo debemos estar reconciliados, también debemos trabajar por la Reconciliación de nuestro Pueblo. Nosotros tenemos en nuestras manos el Sacramento de la Reconciliación. Cuánto tiempo le dedicamos? Muchas personas viven presas del rencor y el resentimiento, sin poder perdonar. Es de las mayores fuentes de amargura e infelicidad. Abramos y acerquemos la posibilidad de experimentar el amor y la misericordia del Señor a nuestros hermanos. No hacerlo sería un pecado de omisión grave de lo cual se nos pedirá cuentas.

En sexto lugar, las últimas dos peticiones. En la oración sacerdotal Jesús decía: “No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del Maligno” (Jn 17, 15). La importancia de la oración para no caer en tentación y vernos libres de todo mal se hace visible en la constatación de nuestra fragilidad. Constatamos con frecuencia los contrastes entre nuestra buena voluntad y buenos propósitos y a la vez la facilidad con la que volvemos a caer. Le pasó a los apóstoles y en especial a Pedro que prometía con entusiasmo dar la vida por Jesús pero lo termina negando ante una sirvienta. A Pedro no le faltó amor, le sobró fragilidad y presunción, dice un autor. Por eso lloró amargamente. Se vió superado por su fragilidad. Llorar nuestros pecados con dolor nos hace bien. Es signo de verdadero arrepentimiento. Judas en cambio no soportó su error y se autodestruyó.

En Gaudete et Exultate el Papa Francisco nos dice. “La corrupción espiritual es peor que la caída de un pecador, porque se trata de una ceguera cómoda y autosuficiente donde todo termina pareciendo lícito: el engaño, la calumnia, el egoísmo y tantas formas sutiles de autorreferencialidad, ya que «el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz» (2 Co 11,14). Así acabó sus días Salomón, mientras el gran pecador David supo remontar su miseria. En un relato, Jesús nos advirtió acerca de esta tentación engañosa que nos va deslizando hacia la corrupción: menciona una persona liberada del demonio que, pensando que su vida ya estaba limpia, terminó poseída por otros siete espíritus malignos (cf. Lc 11,24-26). Otro texto bíblico utiliza una imagen fuerte: «El perro vuelve a su propio vómito» (2 P 2,22; cf. Pr 26,11)”.

Lo más grave no es caer, sino acostumbrarnos a vivir en pecado.

En la lucha contra el malo, aquel que quiere dispersar el rebaño, es indispensable la fortaleza y la integridad del pastor. En gran medida, la creciente indiferencia religiosa, que deriva en un marcado sincretismo religioso, se inicia en un proceso de desautorización del pastor. Ceder a la tentación de vivir en pecado, sin luchar ni resistirnos, es caer en una vida vacía de comunión con Dios y de autenticidad pastoral.

Vivamos en profundidad este año dedicado a la oración, oremos mas y enseñemos a orar a nuestro pueblo.

Que nuestra Madre Inmaculada nos proteja y acompañe.

Mons. José Antonio Díaz, obispo de Concepción