Jueves 1 de diciembre de 2022

Documentos


Fiesta de San Cayetano

Homilía de monseñor Marcelo Julian Margni, obiso de Avellaneda-Lanús, en la fiesta de San Cayetano (7 de agosto de 2022)

Lecturas bíblicas: Ezequiel 34, 11-16
Salmo 22, 1-6
1Timoteo 6, 6-12
Mateo 5, 1-12a

Cada año el 7 de agosto nos invita a acercarnos como peregrinos a san Cayetano, el «santo de la paz, el pan y el trabajo».

Venimos como peregrinos: no simples visitantes, sino peregrinos -pueblo que camina en la fe, con la meta segura de su esperanza-. Venimos movidos por la certeza de que Dios escucha no sólo la súplica que le traemos aquí, por intercesión de san Cayetano, sino que también escucha, conoce y se conmueve ante el clamor callado de quienes no tienen paz, pan, trabajo digno, vivienda digna, salud… La certeza de que, como decía Jesús, Dios conoce lo que necesitamos antes incluso de que lleguemos a pedírselo (cf. Mt 6, 8.32).

Junto a ustedes, vengo también yo como peregrino. Y como ustedes traigo conmigo no sólo mi súplica sino también la de tantas mujeres y tantos hombres de nuestros barrios y ciudades, creyentes y no creyentes, nuestro pueblo, que están sufriendo las penurias y estrecheces de este tiempo. Es mi primer «san Cayetano» entre ustedes; hace hoy exactamente un año, se publicaba la noticia de que vendría a acompañarlos como Obispo de Avellaneda-Lanús, a esta bendita Diócesis poblada de vecinos que hoy mismo claman por paz, pan y trabajo. Me estremece pensar que este, nuestro rincón al sur del Gran Buenos Aires, alguna vez territorio fecundo de oportunidades y de esperanzas, habitado por obreros, obreras y trabajadores, se ha ido convirtiendo cada vez más en territorio de desocupados. Son muchos, cada día más, quienes no llegan a tener lo indispensable para una vida digna, y se ven como empujados más y más hacia los márgenes. Y a la angustia de las carencias, se le suman el desamparo del abandono o la indiferencia. No nos acostumbramos al drama del hambre, la desocupación, o la falta de oportunidades; no queremos acostumbrarnos tampoco a la indiferencia. Nuestra oración se hace eco de este dolor. Es también nuestro dolor. Son nuestros hermanos y hermanas, son nuestro pueblo.

En la palabra de Dios que acabamos de escuchar, Dios está respondiendo ya a nuestra súplica. ¿Cómo? Señalándonos un camino. Dios no pasa indiferente ante nuestra necesidad, ni quiere que nosotros pasemos indiferentes. Las bienaventuranzas que Jesús acaba de proclamar nos hablan a nosotros hoy. Nos muestran una esperanza capaz de iluminarlo todo, hasta las situaciones más inciertas y oscuras. Nos proponen el espíritu que ha de animar nuestra vida como pueblo y como comunidades cristianas para abrazar ya desde ahora esa esperanza. Nos señalan el camino por el que Dios se deja encontrar y en el que quiere encontrarnos. Nosotros quisiéramos ser peregrinos que se dejan alumbrar el camino por estas bienaventuranzas. Las escuchamos, entonces, con actitud de conversión.

Feliz el pueblo que tiene alma de pobre, corazón sencillo, que no pone su confianza ni en ostentación ni en riquezas, que actúa sin prepotencia ni arrogancia, y en cambio busca construir desde abajo, solidariamente, una tierra más justa, humana y fraterna.

Feliz el pueblo que llora con quienes lloran; que sabe compartir la suerte de últimos y perdedores, los descartados, los que no cuentan; que hace suyo este camino que fue primero el camino de Jesús.

Feliz el pueblo paciente, que espera a pesar de todo, que sabe resistir sin ceder a la violencia, con la actitud desarmada, mansa y humilde de Jesús.

Feliz el pueblo que tiene hambre y sed de esta justicia, y por eso no deja de buscar su propia conversión para andar caminos de fraternidad verdadera, de vida digna para todos comenzando por los últimos, de paz con lo creado, de comunión con Dios. Feliz el pueblo misericordioso, que ha escuchado la voz de Dios que le dice: «Misericordia quiero, no sacrificio» (cf. Mt 9, 13; 12, 7) y va aprendiendo a mirar a los otros sin prejuicios ni rigorismos, a escuchar a los otros buscando comprender y consolar, a estar cerca de los otros para «cuidar del débil y del pobre» (Sal 41, 2).

Feliz el pueblo de corazón limpio y conducta transparente, que no se hace cómplice de la corrupción ni se desentiende tampoco de sus propias mezquindades y pecados, que busca vivir con sencillez y autenticidad esa justicia que espera y le prepara el camino.

Feliz el pueblo que trabaja por la paz, que no se deja seducir por discursos de intolerancia y de odio; que sabe reconocer la violencia -también su propia violencia, esa que nos habita- y oponerle resistencia; que en un mundo devastado por enfrentamientos y guerras elige ser, hasta en lo más pequeño, artesano de una cultura de paz.

Feliz este pueblo -parece decirnos Jesús-, aún si sufre hostilidad y hasta el martirio a causa de su fidelidad. La fidelidad de Dios no lo abandona. El reino de Dios es suyo; suyo el consuelo y la misericordia de Dios. Un día verá el fruto de su esperanza, un día recibirá como herencia la tierra de hermanos y hermanas que Dios mismo le prepara.

Con las bienaventuranzas que Jesús anuncia, que nos anuncia, Dios está respondiendo ya a nuestra súplica humilde por paz, pan y trabajo. Más que nunca nuestra sociedad necesita de comunidades, de cristianas y cristianos, que vivan con alegría y sinceridad este espíritu de las bienaventuranzas. Nuestra autoridad y credibilidad frente a la humanidad de hoy no está en muestras de poder ni en discursos, sino en el compromiso alegre, humilde y sincero con este camino anunciado y vivido por Je sús.

En este sentido, permítanme agregar una palabra de reconocimiento y de gratitud hacia tantas personas que, en comedores, centros de Cáritas, emprendimientos solidarios y movimientos sociales, a lo largo de estos años y también en este último tiempo, sin aguardar de brazos cruzados ni quedarse en el lamento, han sabido responder a la crisis con creatividad, compromiso y esfuerzo. Son muchas, más de las que aparecen en redes sociales y medios. Es su acción, casi siempre anónima y con frecuencia menospreciada, la que sostiene la esperanza, la que muestra el rostro más genuino y auténtico de lo humano e, incluso sin que ellos mismos lo sepan, testimonia la fidelidad de Dios, que no abandona a su pueblo.

Cada año el 7 de agosto nos hacemos peregrinos por la paz, el pan y el trabajo. Cada año, cada día, Dios nos llama de nuevo a ser ese pueblo de las bienaventuranzas que prepara, ya desde ahora, una tierra de fraternidad, de justicia y de paz.

Mons. Marcelo Julián Margni, obispo de Avellaneda-Lanús