Domingo 3 de julio de 2022

Documentos


Vigilia de Pentecostés

Homilía de monseñor Gabriel Barba, obispo de San Luis, en misa de la Vigilia de Pentecostés (Monasterio Santa María en la Santísima Trinidad, 4 de junio del 2022)

Celebramos el misterio de Dios en esta fiesta de Pentecostés y esta liturgia, sin duda nos va metiendo, pedagógicamente en el Misterio, nos ha ido enseñando y recordando todas las cosas propias del Espíritu Santo.

Seguramente a cada uno de los que participamos, nos habrá ido diciendo cosas distintas de acuerdo a nuestras necesidades, pero también a todos juntos, el Espíritu Santo nos va a dar un mensaje común que tiene que ver con la unidad.

No existe Iglesia sin la unidad. La Unidad es lo propio de la Iglesia. Entonces, también, los dones que descienden sobre cada uno es el don de la Iglesia, que es el Espíritu Santo que da la unidad.

En este caso celebramos esta Vigilia de Pentecostés en nuestra Iglesia de San Luis y eso recibimos y eso le pedimos.

Y eso que recibimos es lo que debemos construir, y eso que debemos construir es de lo que debemos ser testigos: es la Unidad.

Pentecostés es una fiesta que remonta a las celebraciones judías y que tiene que ver con los 50 días después de la Pascua.

Jesús es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, Él es nuestra Pascua. La Pascua de Cristo ha sido la Cruz. La Pascua del Señor se vivió en el Calvario…

La Pascua de Cristo lavó nuestros pecados. Así como rompe con el pecado para transformarlo en vida, a través de su Resurrección, la Pascua de Jesús ha sido la “gran rotura” para los apóstoles, el gran escándalo para los discípulos, para los que habían construido prolijamente, lo que ellos deseaban de Dios, sus expectativas del Mesías. Esto explota por los aires y no queda, en término bíblico: “piedra sobre piedra”.

Esa muerte de Jesús en la Cruz, ese despojo en el calvario, esa entrega tan escandalosa, tan horrible, tan no deseada por los apóstoles. Ellos querían la gloria, querían el reino: “¿quién va a estar a tu derecha?, ¿quién a tu izquierda? Dale a mi hijo un lugar en tu reino”, dice la madre de uno de los apóstoles.

Tenían una construcción del Mesías que debía romperse ¡y se rompió en la Cruz! no quedó piedra sobre piedra.

Y los inundó la sombra, los inundó la oscuridad, pero en el miedo de las tinieblas empieza a brillar una luz, la luz de Cristo resucitado.

Este miedo permaneció en el corazón de los discípulos y por eso se encerraban, porque tenían miedo, porque les daba seguridad y Jesús entra estando las puertas cerradas y les desea la paz, porque ellos tenían las puertas cerradas de su corazón, estaban en la noche oscura. No se dieron cuenta, todavía no habían aprendido todo lo que Jesús les había comunicado, seguían con sus construcciones personales y Jesús destruye todo eso… Es la pedagogía de Dios.

Espíritu Santo, Señor y dador de Vida, Espíritu Santo, ¡el gran matador, el que nos mata!

La muerte también Dios la convierte en Vida y la muerte se hace necesaria para que la vida crezca,

si el grano de trigo no cae en tierra y muere, no puede dar fruto.

Los apóstoles también, siguiendo a Jesús después dieron testimonio hasta el final, supremos testimonios, fueron mártires, fueron testigos de la Vida, pero primero hubo un martirio previo en los apóstoles que fue morir a sí mismos para poder después ser testigos de Jesús.

Cada uno tenía una construcción de su vida, una construcción de seguridad, de poder, de certeza, de firmeza, de grandeza…todo lo que ellos querían de Dios, y Jesús muerto en la Cruz, desnudo, solo, triste, desamparado: “Padre, porqué me has abandonado”…

Ese frío de muerte todavía estaba en los apóstoles y la paz se la fue devolviendo el Resucitado, pero todavía faltaba algo más, Él tenía que volver junto a Dios y no dejarnos huérfanos, y prometió su Espíritu, y así llegamos a esta fiesta de Pentecostés…

Hoy, por largo tiempo, tuvimos en nuestras manos las velas encendidas como las lenguas de fuego,

¡hoy vimos las lenguas de fuego en nuestras velas!

El Fuego del Espíritu Santo que viene a renovar, que viene a hacer nuevas todas las cosas. Que viene a renovar el interior de cada uno. Que viene a renovar la Iglesia.

La fiesta de Pentecostés deja de ser la fiesta de las chozas, para llegar a sr la fiesta del Espíritu del Dios con nosotros, que se refleja en la Iglesia, que ilumina a la Iglesia, la sostiene y la llena de vida con María, una presencia especial, con María, que a partir de ahora acompaña a su pueblo permitiéndonos decir que todas las generaciones la proclamamos ¡feliz!

En cada Ave María que se desgrana en las manos del pueblo sencillo, proclamamos a la Virgen como cumplimiento de las promesas, aquella Virgen que estuvo también presente en Pentecostés.

Hoy vivimos la Vigilia de nuestro Pentecostés diocesano, misteriosamente en este monasterio, en Belén, rodeados de jóvenes. ¿Qué nos está diciendo Dios? No tengo ninguna duda que algo nos está diciendo por medio de ustedes.

Vamos a tener que trabajar mucho y vamos a tener que prepararnos mucho, porque Dios quiere un rostro joven de nuestra Iglesia.

Dios quiere que también nosotros, como Iglesia de San Luis, vivamos la Pascua para poder vivir la fiesta de Pentecostés.

¡No tengamos miedo a morir! No tengamos miedo a vivir lo que vivieron los apóstoles: ¡se les derrumbó todo! Se les derrumbó todo, se les cayó todas las seguridades, las certezas, las maravillas que habían elaborado en sus corazones con la mejor buena voluntad de lo que querían del Mesías…

Pero la muerte de Jesús y la resurrección vino hacer nuevas todas las cosas.

Eso que vivieron los apóstoles lo tenemos que vivir nosotros, pues seguimos siendo la Iglesia fundada sobre los apóstoles, bajo la guía de Pedro.

En esta Vigilia vamos a pedir al Espíritu Santo que rompa nuestras durezas y que no tengamos miedo de aquello que se nos desmorona, es de Dios la muerte, es de Dios la muerte porque triunfa la Vida.

Pero la Vida triunfa sobre la muerte resucitando, asume la muerte, asume el despojo, asume la pérdida para que solo quede la Vida de Dios.

Cada uno de nosotros debe morir… Miremos a nuestros corazones a qué tenemos que morir para recibir entonces, la vida del Resucitado, y hoy, en esta fiesta los dones del Espíritu Santo.

También como diócesis tenemos que aprender a morir a aquellas estructuras que no son de Dios,

que tienen que ver con nosotros…

La primera lectura nos recordaba la “torre de Babel”. La torre de Babel fue construida sobre el amor a uno mismo… el amor a los constructores, eran “ellos”, por eso se creó esa gran construcción, cuando la vida de Dios se tiene que construir solamente en el Amor de Dios…

Que nuestra Iglesia de San Luis rompa también ese amor a uno mismo para solamente gastar nuestro tiempo en el amor a Dios. Romper aquellos proyectos que solo miran a nuestras seguridades y que construyamos una Iglesia revivida permanentemente por la fuerza del Espíritu, con la libertad de los hijos de Dios, animados por el Espíritu, con la fortaleza de la Unidad que solo Dios puede dar.

Nuestros egoísmos nos llevan a la dispersión.

La muerte superada por la Vida del Resucitado, por la gracia del Espíritu Santo, solamente nos lleva a la verdadera unidad que Dios nos quiere dar.

Pidamos en nuestros corazones que sea, sin duda, la gracia del Espíritu Santo que nos anime, nos fortalezca, que borre nuestras faltas, que nos de la eterna alegría.

Mons. Bernardo Barba, obispo de San Luis