Viernes 19 de julio de 2024

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Fiesta de Nuestro Señor de Los Milagros de Mailin

Homilía de monseñor Vicente Bokalic CM, obispo de Santiago del Estero, en la Fiesta del Señor de los Milagros de Mailín (29 de mayo de 2022)

Señor de Mailin, ilumina nuestro peregrinar…

Bendito sea el Dios de la Vida, porque después de dos largos y penosos años pudimos regresar a esta tierra sagrada del Señor Forastero, de nuestro muy amado Señor de los Milagros de Mailin. Como extrañábamos este encuentro maravilloso con nuestro Señor. La pandemia que vino imprevistamente y alteró nuestro día a diá impidió este encuentro de Fe y en comunidad con nuestro Señor. Hoy con corazón gozoso estamos aquí Señor: queremos decirte GRACIAS, a pesar de las penas, lágrimas, abatimiento, de tantos pesares que hemos atravesado en estos años. Nunca perdimos la Esperanza del reencuentro. Creemos que Dios es Fiel y nunca nos abandona: más aún, esta presente en las horas más oscuras de nuestras vidas. Hoy renovamos nuestra Fe, la de toda la Iglesia, la que heredamos de nuestros mayores, la que propagaron misioneros y evangelizadores desde el comienzo de nuestra historia en este pago chico. Somos herederos agradecidos del don recibido y que permanece vivo como las raíces de nuestros árboles.

Durante todo este tiempo nos acostumbramos a contemplar, orar por medio de las redes sociales, pues desde el Santuario nos ayudaron a mantener viva la esperanza y la fe. Cientos y miles de comunicaciones rogando por peticiones, por acciones de gracias, por infinidad de necesidades que vivíamos en familia y comunidad…a lo largo de nuestro Santiago y de lugares lejanos. Permanecimos unidos por estos medios que permitían al menos “encuentros virtuales”. Pero en todo el Señor siguió actuando en nosotros con su gracia y poder.

Cierto que por momentos sentimos fuertemente la debilidad, la soledad, la impotencia, los males que nos rodeaban, la pobreza que seguía creciendo, muchísimas perdidas de seres queridos que sufrimos estos últimos tiempos. Esto ha provocado heridas muy profundas. Hoy abrimos nuestro corazón para que el Señor las mire y alivie. Sabemos, creemos y experimentamos esto: porque El pasó por todo esto y más. Nada le es ajeno de lo humano: porque siendo Dios se hizo hermano nuestro.

Alegría y tristeza en este encuentro: alegría por estar junto al Forastero, tristeza por hermanos muy queridos que ya no están con nosotros: pero sí creemos que están gozando de la Vida, allí donde Vive y Reina el Señor. Con ellos formamos un solo pueblo y un solo cuerpo, los que ya han llegado y los que aún peregrinamos en esta tierra, sabiendo que vamos hacia el Encuentro definitivo con Él.

La Palabra de Dios ilumina nuestra celebración y nos instruye sobre el misterio de la Ascensión de Jesús a los cielos. Es la culminación terrena de la obra redentora del Señor: El Resucitado se manifestó a los Apóstoles durante cuarenta días, dando pruebas visibles que era el mismo que murió en la Cruz, que según las escrituras, era necesaria su Pasión

para salvar la humanidad, y que en su nombre debía predicarse a todos los pueblos de la tierra la Buena Nueva de la Salvación: la muerte ha sido vencida, Jesús está vivo y se manifiesta en la comunidad de los discípulos. La historia de la humanidad tiene un destino, y es un destino de VIDA. Por ello Jesús entregó su Cuerpo y derramó su Sangre en la Cruz. Esta Cruz -que aquí le llamamos Señor de los Milagros- nos regaló la Providencia para encontrarnos con el amor de Dios que sana, libera, transforma y da una vida nueva a todos los que se acercan con fe y con un corazón dócil y humilde. La Cruz de Jesús se convirtió en manantial de gracia, perdón y vida. Es nuestra Esperanza y nuestro bastón en el camino de la vida.

Al respecto decía el Papa Francisco: “La ascensión completa la misión de Jesús en medio de nosotros. De hecho, si es por nosotros que Jesús bajó del cielo, también es por nosotros que asciende. Después de haber descendido en nuestra humanidad y haberla redimido —Dios, el Hijo de Dios, desciende y se hace hombre, toma nuestra humanidad y la redime— ahora asciende al cielo llevando consigo nuestra carne. Es el primer hombre que entra en el cielo, porque Jesús es hombre, verdadero hombre, es Dios, verdadero Dios; nuestra carne está en el cielo y esto nos da alegría. A la derecha del Padre se sienta ya un cuerpo humano, por primera vez, el cuerpo de Jesús, y en este misterio cada uno de nosotros contempla el propio destino futuro. No se trata de un abandono, Jesús permanece para siempre con los discípulos, con nosotros”, (Regina Coeli del 16 de mayo de 2021).

Jesús nos preparó un lugar para estar con Él para siempre.

A la hora de la Ascensión les habló a sus discípulos: “quédense en la ciudad juntos antes de la Misión, serán revestidos de la fuerza de lo Alto”. Es la promesa del Paráclito, el Espíritu Santo. Y en obediencia se quedaron en oración junto a María, y otras mujeres. Esperando al Espíritu Santo. La promesa se cumplió a los pocos días: con el Pentecostés se inició el tiempo de la Iglesia y la Misión.

“Jesús está presente en el mundo, pero con otro estilo, el estilo del Resucitado, es decir, una presencia que se revela en la Palabra, en los sacramentos, en la acción constante e interior del Espíritu Santo. La fiesta de la Ascensión nos dice que Jesús, aunque ascendió al cielo para morar gloriosamente a la derecha del Padre, está todavía y siempre entre nosotros: de ahí viene nuestra fuerza, nuestra perseverancia y nuestra alegría, precisamente de la presencia de Jesús entre nosotros con el poder del Espíritu Santo”, (ReginaCoeli, 24/5/2020).

Con la efusión del Espíritu en Pentecostés comienza la misión de la Iglesia. Por eso la esperanza del cristiano es una esperanza activa. No esperamos nuestra glorificación definitiva pasivos, “cruzados de brazos”, sino que nos ponemos en oración junto a María y a toda la Iglesia para recibir el Espíritu Santo y continuar, también nosotros hoy, la Misión de Jesús. En fin, la solemnidad de la Ascensión reaviva la Esperanza y plenifica la alegría pascual. Es un día de gloria, de victoria, para Jesús y para todos los creyentes. Y es también un llamado firme al compromiso misionero, a ser testigos de Cristo Resucitado…Esta solemnidad está íntimamente unida al inicio de la Iglesia: comunidad de fe, de vida y de misión.

Hemos preparado este encuentro con un lema inspirado en la convocatoria del Papa Francisco a un tiempo sinodal: Señor de Mailin, ilumina nuestro peregrinar hacia una Iglesia Renovada.

El Bautismo nos ha hecho hijos de Dios y hermanos en esta Familia. Es nuestro ser más profundo, es la identidad más hermosa que nadie nos puede arrancar y nos compromete a vivir los valores del Reino de Dios.

Una Iglesia animada por el Espíritu Santo, que habita en cada uno y en la comunidad. Con raíces profundas en la fe que recibimos, pero abierta a las novedades de cada tiempo, de la historia del mundo: con su luces y sombras, con fuertes desafíos. Siempre la Iglesia -inserta en el mundo- recibió cuestionamientos, incomprensiones, muchas veces opacados por el testimonio de nosotros, los cristianos, pueblo y jerarquía. Por ser una Iglesia santa y pecadora: necesita reformarse permanentemente. Muchas veces fuimos los pastores-guías que olvidamos nuestro deber de ser modelos para el rebaño y con nuestras actitudes dispersamos a las ovejas. Por ello necesitamos una profunda conversión personal y pastoral para responder a la misión que nos dejó el Señor.

Una Iglesia humilde y sencilla: que se sienta “servidora” y nunca dueña de las personas y grupos humanos. Una Iglesia que se incline “para lavar los pies de nuestros hermanos, nuestras hermanas”. Una Iglesia que viva el poder como servicio: como signo profético

-no sólo con enunciados que quedan en palabras y/o denuncias, sino y sobre todo con actitudes y conductas de vida. Esto ante tantos testimonios cotidianos de los que buscan sólo el poder y quiere eternizarse en el poder. Iglesia cuya “pasión es el Evangelio” y continuar el camino sin descanso ¹hasta que el más lejano y marginado conozca y experimente el amor de Dios. Es el lema de vida de nuestra Beata Mama Antula: “llevar a Dios donde no es conocido su Amor”.

Una Iglesia donde nadie es excluido, discriminado o mal visto, señalado: siempre de puertas abiertas para todos los que buscan la luz, el amor, la contención, el sentido de sus vidas y sufrimientos. De corazón abierto para aceptar la diversidad en carismas y dones y dejando que el Espíritu Santo nos ayude a integrar, alentar y armonizar. Vivimos tiempos que las brechas se van ampliando: de los pocos que tienen cada vez más y de una pobreza creciente -por la inflación, por la falta de oportunidades, por falta de trabajo genuino, que no genere sólo relación de dependencia sino que sea un trabajo humanizador que promueva la persona. Al mismo tiempo que la desigual distribución de los bienes, que éstos se pongan al servicio del trabajo y no de especulaciones políticas y dirigenciales.

Iglesia que brinda el tesoro de la misericordia y la compasión, no sólo de palabras sino con gestos y proyectos concretos de inserción, cuidado y sanación de los hermanos, de los más afligidos y olvidados: que quedaron al margen de la vida: pensemos en el creciente número de adictos, de los que quedaron sin escuela, casi 25 % de adolescentes y jóvenes, de los que deben emigrar del campo, porque no hay oportunidades de proyecto de vida o porque no se les defiende su derecho sobre la tierra en la que vivieron por generaciones.

Iglesia que no se abroquele en los centros y olvide las periferias: que escuche el clamor silencioso de los pobres que claman por el pan de las mesas y el pan de la PALABRA. Una conversión de mirada: no mirar desde los centros sino desde las periferias para ir integrando a todos. Todos están invitados a la mesa de la Vida.

Iglesia con estilo sinodal: que es caminar juntos, escuchando atentamente lo que el Espíritu nos señala en ésta hora: sin desesperanza, sin ansiedad, sin derrotismo y pesimismo. Iglesia que se sabe animada y guiada por el Espíritu y donde está el Espíritu allí hay vida. Conscientes 1de pobrezas y carencias, pero aferrados a la Cruz: signo de vida, de amor, de esperanza. Transformada por el amor que brota del Corazón herido y lleno de Amor del Señor, para ser mensajeros de la misericordia, de la bondad, de la perseverancia en nuestra misión, de la cercanía a todos para anunciar, testimoniar y trabajar por hacer una sociedad donde podemos soñar y vivir nuestra condición de hermanos.

Una Iglesia-comunidad, que reza, medita la Palabra de Vida, celebra la Fe. Una Iglesia que vive, crece y madura y evangeliza por la fuerza del Espíritu. Así nos enseñaba San Pablo VI en el año 19175:

“No habrá nunca evangelización posible sin la acción del Espíritu Santo…"Gracias al apoyo del Espíritu Santo, la Iglesia crece" Él es el alma de esta Iglesia. Él es quien explica a los fieles el sentido profundo de las enseñanzas de Jesús y su1 misterio. Él es quien, hoy igual que en los comienzos de la Iglesia, actúa en cada evangelizador que se deja poseer y conducir por El, y pone en los labios las palabras que por sí solo no podría hallar, predisponiendo también el alma del que escucha para hacerla abierta y acogedora de la Buena Nueva y del reino anunciado…Las técnicas de evangelización son buenas, pero ni las más perfeccionadas podrían reemplazar la acción discreta del Espíritu. La preparación más refinada del evangelizador no consigue absolutamente nada sin El…Puede decirse que el Espíritu Santo es el agente principal de la evangelización: Él es quien impulsa a cada uno a anunciar el Evangelio y quien en lo hondo de las conciencias hace aceptar y comprender la Palabra de salvación” (Evangelii Nuntiandi).

Querido peregrinos del Señor de Mailín. Jesús ha triunfado sobre el pecado y la muerte. Su “fuerza es mayor que nuestra debilidad y que la debilidad del mundo entero”. Con María experimentemos su alegría: nuestro Señor esta junto al Padre a quien amaba infinitamente. Permanezcamos en espera de la venida del Paráclito como los discípulos en el Cenáculo junto con María. Que nuestra Madre, Madre del Consuelo, Reina de nuestros corazones haga de todos una familia unida en el amor y la paz.

Mons. Vicente Bokalic CM, obispo de Santiago del Estero