Viernes 19 de agosto de 2022

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Tedeum en acción de gracias por nuestra patria

Homilía de monseñor Roberto Ferrari, obispo auxiliar de Tucumán, en el tedeum del 25 de Mayo con motivo del 212º Aniversario de la Revolución de Mayo (25 de mayo de 2022)

Queridas hermanas y hermanos:

Hoy renovamos esta hermosa tradición comenzando el día de la Patria orando y agradeciendo a Dios por la Argentina.

Rezamos para ello el “Te Deum”, que es un antiguo himno de la Iglesia, un himno de Acción de Gracias que acompañó a nuestra Patria desde el comienzo de su proceso de independencia. La Junta de Mayo, que asumió la soberanía del pueblo, ordenó el “Te Deum” con la mayor solemnidad posible y se celebró en la Catedral de Buenos Aires, el 30 de mayo de 1810.

Y hoy lo volvemos a celebrar, todavía en medio de esta pandemia, pero con la presencia de autoridades provinciales, municipales, militares, policiales, de las distintas fuerzas vivas de nuestra ciudad y provincia, representantes de instituciones y de diferentes credos y del pueblo tucumano, aquí, en nuestra Catedral y en sus casas, a través de los medios de comunicación.

El primer grito que nos sale desde lo profundo es: ¡VIVA LA PATRIA!!... Que es como decir, ¡que siga viviendo! en nuestros orígenes, en nuestros anhelos de libertad, en la entrega y lucha de nuestros ancestros, en nuestros próceres, en nuestra cultura y tradiciones, en cada argentino, en cada tucumano, en nuestra religiosidad profunda, mezclada con sangre patriota en nuestras batallas del norte …

De este modo, este Te Deum, este “cántico de alabanza y de acción de gracias que se eleva a Aquel que, siendo eterno, nos acompaña en el tiempo sin abandonarnos nunca y que siempre vela por la humanidad con la fidelidad de su amor misericordioso”, ha marcado los hitos fundamentales de nuestra historia como Nación y ha expresado el sentir común de los argentinos en momentos claves de nuestra vida política.

El “Te Deum” expresa la actitud más noble que el hombre puede tener ante Dios: “A Ti, oh Dios, te alabamos, a Ti, Señor, te reconocemos”

El 25 de mayo de 1810 es el comienzo de nuestra Patria.

La Primera Junta presidida por Saavedra y aclamada por el pueblo, constituye el primer gobierno criollo.

La Revolución de Mayo puso en marcha un proceso que culminaría con la Independencia Nacional en el Congreso de Tucumán, cuando años más tarde, en 1816, se integren las provincias a la Nación naciente.

En esta pandemia, en esta realidad censada hace unos días, e incluso con esta guerra, que se ha hecho cercana en sus consecuencias, la vida nos prueba, y allí se revela el propio corazón de la Patria y de cada habitante de este suelo querido, su solidez, su misericordia, su grandeza o su pequeñez, porque se nos pone ante la necesidad de volver a elegir, de mostramos tal cual somos, porque no solo las personas, sino los pueblos se ponen a prueba… Como en 1810, allí se eligió, se comenzó a caminar, fuimos haciendo un proceso, un camino hasta la independencia, y con orgullo de “decididos”, decimos que fue aquí, en nuestra tierra, donde se terminó de dar ese grito de libertad.

Esta pandemia, la guerra, y realidades sociales duras, nos han hecho y nos hacen sufrir, pero “si dejamos que ese dolor nos cambie, saldremos mejores, en cambio, si nos atrincheramos, saldremos peor”.

Nos anima el ejemplo del “buen samaritano” de la parábola de Jesús que acabamos de escuchar y nos enseña un modo concreto para salir mejores. El buen samaritano nos muestra a alguien que se detuvo frente al dolor, que no pasó de largo, que se hizo cercano del que sufre, porque es así como descubrimos la dignidad de cada persona, más allá de las circunstancias en la que cada uno viva o se encuentre. No puede ser que lo vivido y lo que vivimos en todo este tiempo no nos cambie, no podemos volver a ser los mismos, nuestra Patria, los modelos económicos, la política, no pueden volver a ser iguales… Jesús no se queda en lo que podría haber pasado si el samaritano no se detenía, o en la impotencia del hombre asaltado, o en el botín de los salteadores, ni en la indiferencia de los que pasaron de largo, sino en las actitudes buenas del samaritano, de ese extraño extranjero, que se detiene, cura, toca, ofrece su caballo, cuida, pone su dinero, se preocupa por los días que vienen…

Actitudes así, como seguro hay muchas entre nosotros, por eso volvemos a decir ¡gracias!, a todos los que han estado y siguen estando, en primera línea, en este tiempo de pandemia, esa entrega y servicio nos invitan a la esperanza, a soñar…

“Soñemos juntos”, nos dice el Papa Francisco y nos invita a soñar, a “buscar el camino a un futuro mejor”, porque el que tiene sueños es el que tiene esperanza, el que sabe que tenemos lo necesario para salir adelante, asumiendo la crudeza de la vida y de la historia que nos toca.

Dejémos que la realidad nos golpee, nos sacuda, pero no para replegarnos, sino para que el sufrimiento nos cambie, nos ayude a salir del individualismo, de la autorreferencialidad, del me salvo yo sólo, para descubrir que nos necesitamos mutuamente, para crecer en el sentido de responsabilidad por los demás y por el mundo. La era moderna que impregna la gesta de mayo, sobre todo con los baluartes de la igualdad y la libertad, ahora necesita, más que nunca, el impulso renovado y convencido de la fraternidad para enfrentar los nuevos desafíos que tenemos por delante. San Pablo, hablando de la libertad, en la primera lectura nos decía “háganse más bien servidores los unos de los otros, por medio del amor”.

Sólo si nos reconocemos hermanos, aunque diferentes y distintos, pero hermanos, podemos construir una civilización nueva, la del amor, la del respeto mutuo, la de la solidaridad, pero para eso necesitamos trabajar unidos por el bien común de todos y cada uno de los argentinos, porque el bien común, que no es la suma de bienes individuales, sino el que le da lo necesario, lo que es justo, lo digno, a cada uno, “es el bien que todos compartimos, el bien del pueblo en su conjunto, y los bienes a los que cada uno debería tener acceso. Cuando invertimos en el bien común, ampliamos lo que es bueno para todos.”

Si es verdad que la Patria es nuestro lugar común, qué importante es que reorganicemos la manera en que vivimos juntos. Como un tiempo de recuperar valores, el de la vida, en todas sus etapas, el cuidado de la naturaleza, de la dignidad de la persona, del trabajo, de los vínculos… “Son todos valores claves para la vida humana que no pueden negociarse ni sacrificarse. Si es un valor, no puede negociarse.” Querer negociar un valor es como querer comprar el amor, y eso es despreciable, nos dice la Biblia en el Cantar de los Cantares.

Jesús nos enseña en la parábola que, si elegimos la fraternidad y la solidaridad por encima del individualismo y la indiferencia, otro futuro es posible… “La fraternidad, el sentido de pertenecer unos a otros, y al todo, es la capacidad de unirnos y trabajar juntos frente a un horizonte compartido de posibilidades…” Respetando la pluralidad y lo diverso contribuir desde lo particular, desde los dones y lo valioso que cada uno tiene, a la construcción de un mundo más fraterno.

Alguien me dijo una vez algo así: “Si quieres saber cómo es un pueblo, sus valores, su esencia, pregunta cómo están sus ancianos y dónde están sus niños…”

“Es difícil generar una cultura del encuentro en la que nos encontremos como personas, con una dignidad compartida, si estamos inmersos en una cultura del descarte, que considera a los ancianos, los desocupados, los discapacitados y los no nacidos como sobrantes para nuestro bienestar…”

¡Reavivemos el deseo de la fraternidad!

“Un pueblo está unido por esa memoria atesorada en la historia, las costumbres, los ritos (religiosos o no) y otros vínculos… Al inicio de la historia de todo pueblo hay una búsqueda de dignidad y libertad, una historia de solidaridad y lucha… Para las naciones del continente americano, fue la lucha por la independencia.”

¡No abandonemos la defensa de la dignidad de cada persona!!

Nos sigue diciendo el Papa Francisco: “Del mismo modo que un pueblo toma conciencia de su dignidad compartida en tiempos de conflicto, guerra y adversidad, el pueblo también puede olvidar esa conciencia. Un pueblo puede caer en el olvido de su propia historia”, de sus valores, de sus convicciones, de sus errores, de su dignidad… “En tiempos de paz y prosperidad, siempre está el riesgo de que el pueblo pueda disolverse en una mera masa, sin un principio integrador que lo una. Así, un pueblo debilitado y dividido se vuelve presa fácil para las más diversas colonizaciones. Aun si no está ocupado por un poder extranjero, en el fondo el pueblo ya entregó su dignidad. Ya dejó de ser protagonista de su propia historia.”

“Sentirse parte de un pueblo solo puede recuperarse de la misma manera en que se forjó: en la lucha y en la adversidad compartidas. Aun si tiene profundos desacuerdos y diferencias, un pueblo puede caminar inspirado por metas compartidas, y así crear futuro.

Conocernos como pueblo es ser conscientes de algo más grande que nos une, algo que no puede reducirse a la identidad legal o física compartida”.

Hay signos y semillas de esperanza cuando vemos esos gestos de desinterés y de entrega, cuando nos descubrimos y sentimos hermanos, cuando valoramos lo bueno del otro y de los otros.

Que hoy renovemos la certeza de nuestra común identidad, nuestro mismo origen, de los mismos anhelos y esperanzas. De un futuro mejor porque hemos aunado los esfuerzos, porque nos hemos encontrado y hemos dialogado, y buscado consensos para algo nuevo, superador, original y creativo en bien de la Patria.

Así, tal vez, era la mirada y el anhelo de los cabildantes y del pueblo de mayo de 1810, de la argentina naciente. 

¡Que esta sea también nuestra mirada y nuestra esperanza!

Feliz día de la Patria!!

Mons. Roberto José Ferrari, obispo auxiliar de Tucumán