Lunes 15 de agosto de 2022

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El Evangelio de la Fraternidad

Carta pastoral de monseñor Marcelo Julián Margni, obispo de Avellaneda-Lanús, para la Cuaresma 2022

Querida comunidad diocesana:

«Y ahora, dice el Señor, vuelvan a mí de todo corazón» (Jl 2, 12). Cada año, la cuaresma hace resonar de nuevo esta palabra del profeta en el inicio mismo de nuestro camino cuaresmal, el miércoles de ceniza. Ahora, este día, este preciso momento de la historia de cada uno y de todos, es el tiempo de un retorno, una conversión renovada, una respuesta pacientemente madurada (y siempre llamada a una madurez mayor) a la buena noticia de Dios en Cristo Jesús.

Este camino de retorno a Dios pasa necesariamente por el otro, nuestro hermano, nuestra hermana. El ser humano no nace, ni crece, ni llega a ser plenamente humano en el aislamiento; nuestras vidas están entretejidas en la trama de una familia, una comunidad, un pueblo, que nos acogieron al venir al mundo, nos dieron un nombre, nos permitieron —con aciertos y errores, con luces y sombras ciertamente, pero en todo caso nunca sin ellos— llegar a ser quienes somos. Por eso es comprensible que Dios haya querido unir en un único amor aquel movimiento por el que vamos a su encuentro y nos hacemos prójimos de quienes «cruzamos» en el camino (Mc 12, 29-31; Lc 10, 25-37). Caminar humildemente con nuestro Dios está indisolublemente ligado a un camino de fraternidad siempre redescubierta, elegida y cultivada (Mi 6, 8; 1Jn 4, 20-21). El testimonio de esta fraternidad es nuestra primera deuda con los demás (Ro 13, 8), y tal vez más que nunca en nuestro tiempo, sea el signo que hombres y mujeres esperan de nosotros.

Por eso, en esta carta pastoral para la cuaresma de 2022, la primera que viviré junto a ustedes, quisiera proponerles algunas sugerencias, algunas pistas que el evangelio mismo nos ofrece, para vivir esta cuaresma como camino de conversión que nos ayude a madurar en fraternidad, como tiempo de retorno a Dios en el encuentro con el otro, con las y los otros, con cada hermana y hermano. Pongo la mirada en tres gestos que pueden sostener este camino: escuchar, hacerse cercanos, cuidar.

1. Escuchar. Al ser interrogado por el primero entre todos los mandamientos, Jesús respondió evocando las palabras que Israel susurra cada día en oración: «Escucha… Amarás al Señor, tu Dios… Amarás a tu prójimo…» (Mc 12, 29-31). Es interesante que Jesús no haya querido «acortar» su respuesta, quitando ese primer «Escucha». Nos recuerda que la vida de fe es siempre respuesta a un don y una llamada, y que la escucha es precisamente el gesto que caracteriza –o debería caracterizar– nuestra vida de creyentes. Con razón nos advertía Jesús: «Miren cómo escuchan» (Lc 8, 18). Aquí hay un primer indicador de la «calidad» de nuestra vivencia del evangelio: de qué modo y en qué medida somos capaces de escuchar a otros suele revelarnos también de qué modo y en qué medida somos capaces de escuchar el propio evangelio.

¿Podremos cultivar, en esta cuaresma, esa actitud de escucha a la que nos llama continuamente el evangelio? Escuchar no surge siempre espontáneamente ni se improvisa; implica una decisión y, con mucha frecuencia, un trabajo interior. Escuchar supone hacer silencio, silencio de los labios y también del corazón, que realmente dé lugar al otro y a su palabra. Supone no anticiparse al otro, sino acoger, con una apertura sincera y sin intenciones ocultas, su palabra. Supone tomarse el tiempo, dar tiempo a la escucha. Somos parte de una sociedad saturada de ruidos, rumores y palabras, y nada de esto podemos darlo por supuesto. «Escuchen…», «miren cómo escuchan»: he aquí una primera llamada del evangelio para esta cuaresma.

2. Hacerse cercanos. Con la llamada a escuchar viene también a nosotros la llamada a hacernos cercanas y cercanos. En una humanidad desgarrada por enfrentamientos (cerca o lejos), en la que desigualdades de todo tipo llegan al extremo de lo inhumano, cristianas y cristianos no podemos hacer oídos sordos. El camino de Jesús ha sido siempre el camino de la cercanía, en el que él mismo –como aquel pastor que sale en busca de su oveja (Lc 15, 4-7)– toma la iniciativa. Ha sido el andar de quien no teme salirse del propio camino, dejando de lado sus propios intereses y proyectos, para inclinarse con misericordia hacia el ser humano despojado, herido y abandonado al borde de la muerte (Lc 10, 30.33-35). Ha sido el camino de quien llega incluso a identificarse con «los más pequeños»: hambrientos y sedientos, extranjeros y desamparados, enfermos y encarcelados (Mt 25, 34-36.40)… los últimos, quienes son tenidos por nada (1Co 1, 28).

¿Sabremos, en esta cuaresma, adentrarnos más profundamente en el camino abierto por Jesús, para seguirlo allí donde ha querido estar y buscarlo allí donde quiere ser encontrado? ¿Sabremos salirnos de nuestros propios caminos, dejando de lado, al menos por un momento, nuestros intereses, puntos de vista y proyectos, para ponernos al lado de quienes sufren? ¿Sabremos corrernos del centro, para no pasar indiferentes ante el dolor de tantas y tantos? El ejercicio de la «limosna», la solidaridad concreta, y en cierto modo también el del ayuno, practicados con el mismo espíritu que Jesús y según su enseñanza (Mt 6, 2-4.16-18), nos encaminan en esta dirección: el camino de una cercanía real, sin ostentaciones ni hipocresías, con quienes sufren en nuestro tiempo.

Cada una y cada uno, y también cada comunidad, sabrá recrear –¡el Espíritu que habita en nosotros es un Espíritu creativo!– esta cercanía de Jesús en su propia vida. Tal vez haya alguien que, habiendo sufrido la soledad en este tiempo, necesite de nuestra presencia desinteresada y fraterna. Tal vez podamos ejercitarnos en un compartir más generoso de nuestro tiempo, de nuestras capacidades, de nuestros recursos. Tal vez se trate de salir de nuestras «zonas de confort» para mirar las cosas, la realidad, la historia, desde la altura de los más vulnerables. En todo caso, se trata de no ponernos nosotros mismos en el centro, sino al otro.

Hay una gracia oculta en esta llamada exigente del evangelio. Cuando cristianos y cristianas ponemos nuestra fuerza en la cercanía con los más débiles y vulnerables de nuestro pueblo, nos encontramos de nuevo con la frescura y la vitalidad del evangelio.

3. Cuidar. El camino de Jesús está entretejido de gestos de una cercanía entrañable, de una profunda humanidad, de una atención que sabe reconocer y abrazar al otro. Esos gestos encarnan un amor que, con ternura y delicadeza, cuida la vida del otro. Es la compasión de Jesús ante el pueblo que lo busca como ovejas que no tienen pastor (Mc 6, 34) y el amor con el que se anticipa y responde al hambre de la multitud en un lugar desierto (Mc 6, 35-37). Pero es también la delicadeza de la mano extendida hacia la suegra de Pedro (Mc 1, 31), hacia el leproso (Mc 1, 41), hacia la hija de Jairo (Mc 5, 41). Es la compasión que lo mueve a acercarse a la viuda que ha perdido a su único hijo (Lc 7, 12-15), a dar el primer paso hacia la mujer encorvada (Lc 13, 10-13), a interponerse entre la mujer condenada y quienes vienen a apedrearla (Jn 7, 53–8, 11). Precisamente gracias a gestos como estos, Jesús puede presentarse sin hipocresía como el pastor que, con amor entrañable, conoce a sus ovejas (Jn 10, 14), que crea para ellas espacios de libertad en los que se nutren sus vidas (Jn 10, 9), que no las abandona a su suerte (y menos aún las expone a la muerte), sino que arriesga por ellas su propia vida (Jn 10, 10-15).

«Yo les doy vida eterna…, nadie las arrebatará de mi mano» (Jn 10, 28): la certeza de este amor que cuida de nuestras vidas debería movernos también a nosotros a hacer otro tanto. En nuestro tiempo se ha venido fortaleciendo entre nosotros —la Iglesia, las comunidades cristianas— la conciencia de esta identidad: siguiendo a Jesús, buscamos ser custodios de la vida. Nuestra identidad más genuina, nuestro rostro más auténtico, no es el de maestros y guardianes de una doctrina moral, sino el de un pueblo que, con amor entrañable, genuino y humilde, cuida la vida.

Estos largos meses de pandemia, que aún estamos transitando, tal vez nos han enseñado no sólo que nadie se salva solo, sino también que es más urgente que nunca aprender —como humanidad, como Iglesia, como creyentes— este delicado arte del cuidado. Cuidar la vida de quienes están a nuestro lado, velar ante todo por la vida de las personas más vulnerables y expuestas. Cuidar los espacios compartidos, los ámbitos de encuentro, para que sean sanos en todos los sentidos. Cuidar la vida de quienes están expuestos a violencias y abusos de distinto género. Cuidar la vida de la tierra, nuestra casa común; custodiar la belleza, la diversidad, la integridad de todo lo creado. El testimonio de la fraternidad tal vez se encarna hoy bajo este signo del cuidado.

* * *

Queridos hermanos, queridas hermanas: Al comenzar la cuaresma de este año 2022, en el marco de un camino sinodal de toda la Iglesia convocada por el Papa Francisco, quise proponerles estas sencillas sugerencias para animarnos mutuamente a entrar por esta senda. En vano sería cualquier esfuerzo de sinodalidad, si no experimentáramos realmente el desafío y la belleza del don de la fraternidad. En varias ocasiones me han preguntado en estos meses hacia dónde quiere ir el obispo. Mi respuesta podría ser esta: quisiera que, como Iglesia diocesana de Avellaneda-Lanús, pudiéramos redescubrir juntos la llamada y la gracia de la fraternidad, que brota del corazón mismo del evangelio, como nos lo viene recordando continuamente el Papa Francisco.

Por eso mis palabras no han querido ser otra cosa que un eco de la Palabra, unas reflexiones humildemente puestas a su servicio, con la esperanza de que en esta cuaresma podamos seguir madurando juntos en esa fraternidad que Jesús nos anuncia como buena noticia: «Todos ustedes son hermanos y hermanas» (Mt 23, 8), y que desde la primera comunidad cristiana hasta nuestros días (Jn 13, 35; Hch 2, 42-47; 4, 32-35) se ha convertido en señal distintiva de nuestro seguimiento de Cristo. Quiera Dios que podamos también nosotros cantar con el salmista:

«Miren qué belleza, qué dulzura,
vivir hermanos y hermanas en la unidad.
Porque allí manda el Señor la bendición:
la vida para siempre»
(Sal 133, 1.3).

Reciban mi saludo fraterno y mi bendición.

Mons. Marcelo Julián Margni, obispo de Avellaneda-Lanús

Avellaneda, 28 de febrero de 2022.