Viernes 12 de agosto de 2022

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90 años del Monasterio "Regina Martyrum y San José"

Homilía de monseñor Víctor Manuel Fernández, arzobipos de La Plata, en la misa en acción de gracias por los 90 años del Monasterio Regina Martyrum y San José (22 de octubre de 2021)

¿De qué sirven nuestras buenas decisiones, nuestros esfuerzos, nuestros cansancios, nuestros sufrimientos por ser fieles y hacer el bien? Nosotros no lo sabemos, porque no se puede medir ni controlar para qué sirvió cada acción, eso está en el misterio del Señor que lo ve todo.

Pero sí podemos tener una certeza, que nuestras acciones y nuestras decisiones tienen consecuencias. Jesús lo dice en su explicación de Lucas 13, 1-9. Allí él niega que los sufrimientos sean un castigo de Dios por nuestros pecados, pero sin embargo agrega que si no nos convertimos terminaremos mal. Siempre hay algo que estamos construyendo con nuestras decisiones de cada día, aun con las más pequeñas.

Hoy queremos agradecer noventa años de buenas decisiones, de tantas respuestas a Dios que se han vivido en este monasterio y que sin duda no han sido inútiles. Este Monasterio es parte de un plan de salvación del Señor y cada una de las hermanas que pasó por aquí ha sido importante, con su entrega y su oración ha alimentado el fuego de la Iglesia.

Se trata de tantas ofrendas invisibles para los ojos del mundo, esas tantas ofrendas que conforman la vida de una consagrada, aunque sólo el Señor lo vea. ¿No dice el Evangelio que es mejor que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha? Sólo para Dios, para su gloria.

Sin embargo, podríamos recordar algunos hechos de la historia de este Monasterio y de la vida del convento. Podríamos recordar la generosidad en el origen del Monasterio, en Potosí, a las primeras monjas que llegaron 2 de Corpus y 2 de Salta. Hasta llegar a la reciente Fundación en Tandil, o a los inicios de la nueva Asociación de Monasterios que se está gestando.

Pero eso no sería en realidad lo más importante, sino que lo que cuenta es la vocación de cada una de las hermanas que entrega su vida cada día como ofrenda, y cada uno de los actos de amor que conforman esa ofrenda, y así construyen todo el Cuerpo místico que es la Iglesia.

Como decía Santa Teresita: “En el corazón de la Iglesia yo seré el amor”. El amor que alimenta, el amor que impulsa, el amor que vivifica la Iglesia. Amor que es obra del Espíritu Santo y por eso hay que invocarlo a él cada día, y a él lo invocamos en esta celebración para que siga renovando la vida de este Monasterio, alegrándolo con nuevas vocaciones y hermoseándolo con la santidad de sus hijas. Es el Espíritu que da vida, como dice san pablo, y que infunde esa vida entre las paredes de esta casa de Dios.

Nosotros agradecemos siempre a las hermanas su oración, su intercesión que nos sostiene a todos. Pero detrás de esa intercesión está lo más grande y lo que le da su mayor valor: la ofrenda de sus vidas, el deseo de dar gloria a Dios, porque las hermanas están aquí ante todo para que Dios reciba adoración, esa adoración que este mundo perdido le niega. Cuántos cristianos se pierden en discusiones, resentimientos, pequeñeces, y así se dejan contagiar por el espíritu del mundo y terminan negándole a Dios la adoración que él merece. Menos mal que aquí, en el centro de la Arquidiócesis, están las hermanas asegurándonos que Dios reciba gloria y adoración. Y eso es también lo que queremos este día.

Ustedes saben que eso no depende tanto de los sentimientos ni de los estados de ánimo. No importa cómo nos sintamos en este momento. Lo que importa ahora es que estamos en la Eucaristía, donde le ofrecemos al Padre lo más precioso y más grande, lo que más le da gloria: Jesús, su Hijo entregado hasta el fin.

Como las hermanas viven así sus vidas, en espíritu de ofrenda junto con Cristo, sabemos que el Padre aquí es glorificado, bendito sea. Por eso siempre decimos que en este lugar es donde mejor se muere, las muertes por Covid que sufrió la comunidad no fueron una tragedia, simplemente volvieron al Padre, y el cementerio que guarda el monasterio es realmente un lugar de paz. Vale la pena recordar que cuando san Ignacio de Antioquía se dirigía al martirio sonreía y decía: “Hay dentro de mí un manantial que clama y grita: Ven al Padre”. Después de dar gloria a Dios toda la vida en este lugar, cómo no desear entrar en el seno infinito de Dios para que nuestra adoración se vuelva plena, inmensamente feliz.

Ofrendamos entonces con Cristo este Monasterio y sus 90 años de historia, para la gloria del Padre. Amén.

Mons. Víctor Manuel Fernández, arzobispo de La Plata