Miércoles 26 de enero de 2022

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Un tiempo habitado por el Espíritu

Mensaje de monseñor Ramón Alfredo Dus, arzobispo de Resistencia, con motivo de la fase diocesana del Sínodo de la Sinodalidad (Resistencia, 16 de octubre de 2021)

El proceso sinodal 2021-2023

Queridos hermanos y hermanas:

El domingo 17 de octubre de 2021 iniciamos un camino con toda la Iglesia hacia el sínodo universal que se realizará en octubre del año 2023. Ese Sínodo quiere recoger preguntas y esperanzas, fatigas y deseos de nuestra humanidad en la que habita la Iglesia. Sínodo significa caminar juntos, se concibe como un itinerario eclesial a la escucha del Espíritu Santo, que es el verdadero protagonista del Sínodo.

Toda la Iglesia, cada uno de modo personal y en sus comunidades, buscará los medios para disponerse a escuchar al Espíritu Santo y a dejarse guiar por su impulso. Como dijo Jesús: el Espíritu, como el viento sopla donde quiere, se oye su voz, no sabes de dónde viene ni adónde va; lo mismo sucede con quien nace del Espíritu (cf. Jn 3,8). En la Iglesia, todos hemos nacido por el agua y el Espíritu, por el bautismo, y somos parte del ese único cuerpo eclesial y por eso también protagonistas de este acontecimiento. Por eso, el único punto de partida para participar del sínodo, y no puede ser otro, es ser bautizado. Porque el Bautismo es nuestro manantial de vida del que deriva una idéntica dignidad de hijos de Dios, aun en la diferencia de ministerios y carismas, de dones y servicios que edifican la variada vida cristiana y eclesial.

Con esta conciencia de fe, todos estamos llamados a participar en la vida y misión de la Iglesia. Si falta una participación real de todo el Pueblo de Dios, los discursos sobre la comunión corren el riesgo de terminar en buenas intenciones. En nuestra Iglesia hemos avanzado en este aspecto, recordando la asamblea diocesana del año 2019; pero todavía nos falta y nos cuesta la participación, la escucha recíproca y sentirnos miembros vivos y activos de nuestras comunidades. Para no quedarnos al margen o ser solo espectadores, el carné de identidad para participar es el Bautismo. La participación de todos es más que en otros momentos un compromiso eclesial irrenunciable.

Es importante entender que nuestro camino sinodal sea un proceso continuo; que involucre -en fases progresivas y partiendo desde abajo- a las parroquias, a los agentes pastorales, a las capillas y a los movimientos, en un trabajo apasionado y encarnado. Podemos renovar nuestros ambientes con un estilo de comunión y participación que nos impulse a salir al encuentro, que es signo vivo de la misión.

En comunión con toda la Iglesia, y en el espíritu de papa Francisco, como Iglesia diocesana vivamos esta ocasión de encuentro, escucha y reflexión como un tiempo de gracia; un tiempo de gracia que, en la alegría del Evangelio, nos permita captar al menos tres oportunidades que tenemos:

1. La primera es que nos encaminemos, no solo por ocasiónsino de modo estructural a estrenar, hacia una Iglesia sinodal; a vivir en familia de fe, donde todos se sientan en casa y se sientan partícipes.

2. El Sínodo también nos ofrece una oportunidad para ser Iglesia de la escucha, para tomarnos una pausa, frenar nuestras ansias pastorales y detenernos a escuchar. Escuchar el Espíritu en la adoración y la oración. Para tener oídos y escuchar a los hermanos y hermanas en sus esperanzas y desafíos, en sus crisis de fe y en el sentir las urgencias de renovación en nuestra vida pastoral. Descubrir juntos las señales que provienen de nuestras realidades locales.

3. Por último, tenemos la oportunidad de ser una Iglesia de la cercanía. Redescubrir así el estilo de Dios que es cercanía, compasión y ternura. Dios siempre ha actuado así en la historia. Si no llegamos a ser Iglesia de la cercanía con actitudes de compasión y ternura, no seremos la Iglesia del Señor. Y esto no sólo con las palabras, sino con la presencia, para establecer mayores lazos de amistad con la sociedad y con el mundo. Una Iglesia que no se separa de la vida, sino que se hace cargo de las fragilidades y las pobrezas de este tiempo nuestro, que cure las heridas y sane los corazones quebrantados con el bálsamo de Dios, del amor de su Espíritu.

Si no está el Espíritu, no habrá Sínodo, dijo el papa Francisco. Que este Sínodo sea un tiempo habitado por el Espíritu: porque tenemos necesidad del Aliento siempre nuevo de Dios, que libera de toda cerrazón, revive lo que está muerto, libera de ataduras y difunde la alegría.

El Espíritu Santo es Aquel que nos guía hacia donde Dios quiere, y no hacia donde nos pueden llevar nuestras ideas o nuestros gustos personales. Un padre del concilio Vaticano II, recordaba: «No hay que hacer otra Iglesia, pero, en cierto sentido, hay que hacer una Iglesia otra, distinta». Y este es el desafío.

Por una “Iglesia distinta”, abierta a la novedad que Dios le quiere indicar, invoquemos al Espíritu con más fuerza y frecuencia, y dispongámonos a escucharlo con humildad, caminando juntos, tal como Él -creador de la comunión y de la misión- desea, es decir, con docilidad, valentía y confianza.

Vivamos este Sínodo en el espíritu de la oración que Jesús elevó al Padre con vehemencia por los suyos: «Que todos sean uno» (Jn 17,21). Estamos llamados a la unidad, a la comunión, a la fraternidad que nace de sentirnos abrazados por el amor divino, que es único. Todos, sin distinciones, y en particular los Pastores, como escribía san Cipriano: «Debemos mantener y defender firmemente esta unidad, sobre todo los obispos, que somos los que presidimos en la Iglesia» (De Ecclesiae catholicae unitate, 5). Caminamos juntos en el único Pueblo de Dios, para hacer la experiencia de una Iglesia que recibe y vive el don de la unidad, y que se abre a la voz del Espíritu.

Fraternalmente en Jesús, el Buen Pastor Resucitado

Mons. Ramón Alfredo Dus, arzobispo de Resistencia
Resistencia, 16 de octubre de 2021