Lunes 15 de agosto de 2022

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Apertura diocesana del Camino Sinodal

Homilía de monseñor Marcelo Julián Margni, obispo de Avellaneda-Lanús en la apertura diocesana del Camino Sinodal convocado por el papa Francisco (Parroquia San Juan María Vianney, Monte Chingolo, 17 de octubre de 2021)

La página del evangelio que escuchamos ilumina especialmente nuestra ce­lebración de hoy, esta apertura en nuestra Diócesis del camino sinodal convo­cado por el Papa Francisco.

Jesús está en camino con sus discípulos. Va hacia Jerusalén, y con toda cla­ridad les ha hablado de su destino de cruz. Es la tercera vez que anuncia el rechazo, la condena y finalmente la muerte que sufrirá allí. Pero los discípulos siguen sin comprender, parecería que incluso sin escuchar. Porque no sólo no caen en la cuenta de la seriedad con la que Jesús afronta su misión –servir hasta dar la vida–, sino que se ponen a pedir privilegios, a querer reservarse primeros puestos, a discutir quién es más importante.

Es una situación que seguramente conocemos bien, que tal vez hayamos experimentado más de una vez en el interior de nuestras comunidades y, si somos honestos con nosotros mismos, en el interior de nuestro propio corazón. Continuamente nuestras pretensiones y recelos, nuestras desconfianzas y ri­validades, amenazan la comunión en la que Cristo mismo nos ha llamado y reunido. Deseosos de seguir a Jesús, sí, no terminamos de acoger su llamada a ser verdaderamente comunidad, pueblo que camina unido.

La respuesta de Jesús es taxativa: «Entre ustedes no debe suceder así. Quien quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y quien quiera ser el pri­mero, que se haga siervo de todos». El modelo es el propio Jesús: «el mismo Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud». Aquí está, en algún sentido, todo el evangelio que la Iglesia anuncia. El primer testimonio que la comunidad de discípulos y dis- cípulas de Jesús, a lo largo de la historia, está llamada a dar al mundo, no son palabras o mensajes; no es tampoco una actividad, una acción organizada, un trabajo en relación a tal o cual problemática. No, el primer testimonio de la comunidad cristiana es la comunidad misma, su modo de vivir –a imagen de Jesús y con su mismo Espíritu – una fraternidad auténtica, fundada en rela­ciones de servicio recíproco, de acogida recíproca, de entrega recíproca. ¿No es este el signo que nos dejó Jesús como testamento antes de su pasión? «En esto todos sabrán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tienen unos a otros» (Jn 13, 35).

Como nos muestra el camino de los primeros discípulos junto a Jesús, este modo de vivir, este llamado a ser comunidad, no es algo que se alcance en un momento ni de una vez y para siempre. Supone un compromiso paciente, una atención continua, una conversión cotidiana. Supone un esfuerzo compartido y a largo plazo por llegar a ser aquello que estamos llamados a ser y que, en cierta medida, por la gracia de Dios, ya somos: comunidad, pueblo de Dios. El camino sinodal, al que el Papa Francisco ha convocado a las Iglesias de todo el mundo, encuentra precisamente aquí su raíz y su aliento. El «tema» de este sínodo no es ningún tema; es más bien el llamado a redescubrir y renovar, en todas las dimensiones de nuestra vida como Iglesia, la vocación sinodal del pueblo de Dios. Todos y todas estamos convocados. Todos nuestros ámbitos de servicio y acción (la catequesis, la liturgia, la solidaridad, las distintas pas­torales...) están comprometidos. Todas nuestras estructuras e instituciones (desde lo más pequeño e inmediato en los grupos, las comunidades locales y las parroquias, pasando por las diócesis y los servicios diocesanos de anima­ción pastoral, hasta las instancias universales de animación y servicio...), todo está llamado a entrar en este camino compartido de escucha y discernimiento, de oración y reflexión, de renovación y conversión.

La pregunta que tal vez podríamos hacernos, entonces, es cómo vamos a entrar en este camino, para que la celebración de hoy no represente un evento, que se olvida y se pasa la página en cuanto termina. ¿Con qué actitud entra­mos, con qué actitud entro yo en este camino sinodal? ¿Nos sucederá tal vez lo que a aquellos primeros discípulos de Jesús, que se enamoran de sus pala­bras pero no llegan a comprender, a acoger su llamado, y enseguida se olvidan de ese amor concretamente vivido, esa fraternidad pacientemente cultivada? ¿Volveremos a escuchar la llamada de Jesús, a entrar en un camino sincero de conversión, que nos lleve a ser comunidad auténticamente fraterna, verdade­ramente evangélica?

Sólo el Espíritu de Jesús puede disponernos como conviene a entrar en este camino. Sólo el Espíritu de Jesús puede guiarlo y hacerlo fecundo. Con las pa­labras del Papa Francisco, al iniciar en Roma el proceso sinodal, podríamos entonces humildemente invocar al Espíritu:

Ven, Espíritu Santo.
Tú que suscitas lenguas nuevas
y pones en los labios palabras de vida,
líbranos de convertirnos en una Iglesia de museo,
hermosa pero muda, con mucho pasado y poco futuro.

Ven en medio nuestro,
para que en la experiencia sinodal
no nos dejemos abrumar por el desencanto,
no diluyamos la profecía,
no terminemos por reducirlo todo a discusiones estériles.

Ven, Espíritu Santo de amor,
dispon nuestros corazones a la escucha.
Ven, Espíritu de santidad,
renueva al santo Pueblo fiel de Dios.
Ven, Espíritu creador, renueva la faz de la tierra. Amén.
[1]


Nota
[1]Papa Francisco, Discurso en el momento de reflexión para el inicio del proceso sinodal, 9 octubre de 2021.