Sábado 23 de octubre de 2021

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San Luis Rey

Homilía de monseñor Gabriel Bernardo Barba, obispo de San Luis, en la solemnidad de San Luis Rey (25 de agosto de 2021)

Celebramos hoy a un gran santo cuyo nombre dio impronta identitaria a la ciudad pequeña, que en medio del camino nacía rodeada de incertidumbre. No hay datos documentales de cómo fue aquel acto primero, tan solo el nombre del Rey Santo es la única certeza que dio existencia a la ciudad al poder nombrarla. “SAN LUIS DE LOYOLA NUEVA MEDINA DEL RIO SECO”, fue su nombre completo.

En esta primera parte de la liturgia, escuchamos fragmentos de la Palabra de Dios. De la Sagrada Escritura, de la Biblia… que es un libro que seguramente estará en más de una de nuestras bibliotecas…, en nuestros hogares…

Muchas veces, escuchamos la expresión “yo no leí la Biblia”… como si fuera ésta un solo libro. Cuando en realidad son la compilación de muchos libros (73) reconocidos por la Iglesia como inspirados por Dios, por eso forman parte del canon de libros reconocidos a los que reconocemos como “Palabra de Dios”. En ellos no encontramos solo la ágil pluma de sus autores, sino, en ellos encontramos la voz del mismo Dios que se ha revelado. Por eso es tan importante dar lugar en nuestra vida a la lectura, oración y meditación de La Palabra. Dejar que Dios nos siga hablando y diciendo a través de ella…; cuánto bien nos haría que, en todas las parroquias, en la catequesis den el lugar que le corresponde a la Palabra… de tal manera que la Biblia esté en las manos de cada niño, de cada familia, para luego, poder estar en sus corazones y en sus acciones cotidianas.

San Luis, Rey de Francia, ha sido educado cristianamente por su madre Blanca de Castilla, quien dejó huellas imborrables en su corazón que hicieron que su vida tuviera esa luz de santidad que iluminaba sus acciones, claramente inspiradas en la Palabra de Dios. Construyó su santidad no solo por sus grandes virtudes, sino por el modo en que amó a su pueblo al que gobernó con justicia.

Justamente lo que escuchamos en la primera lectura de hoy, del Profeta Isaías (Antiguo Testamento), nos habla del “ayuno” como práctica religiosa. Y en este vínculo de lo humano con lo divino a través de este gesto tan profundo como lo es el ayuno, nos previene acerca de lo que Dios quiere, espera y mira en nosotros: un ayuno que se realiza no por la privación de algo que se convierte en ofrenda, sino en acciones concretas de la vida que vividas con los más pobres y con los que sufren injusticias que, por el hecho de haberlos tenido en cuenta y haber atendido a su problemática, eso mismo, será tenido en cuenta por Dios y se convierte en camino de Santidad.

San Luis, aprendió muy bien la lección de su madre quien le transmitió la Palabra y él la puso por obra. Hoy, él nos enseña a seguir el ejemplo del camino marcado con su vida. Dejar en libertad a los oprimidos, romper yugos, dar pan al hambriento. Cada una de esas realidades con “lugares de Dios”. Son una oportunidad para salir a su encuentro y, para vivir la fe y no solo para declamarla como una expresión abstracta que no toca la vida real y cotidiana.

De qué me serviría decir que amo a Dios si no soy capaz de amar al prójimo. Tarea que no tiene fin. Que se actualiza día a día. La fe debe encarnarse, sino se transforma en mera ideología.

San Luis rey, supo hacer de esas acciones, una realidad cotidiana. Y por eso la Iglesia, posteriormente lo ha reconocido y nos lo pone como ejemplo e intercesor al reconocer su santidad.

Caminamos hoy y somos parte de una sociedad que muchas veces camina a espaldas del mismo Dios. O se olvida de Él como si fuésemos autosuficientes…; el salmo de esta liturgia, también nos lleva a reconocer nuestra felicidad desde el temor del Señor. No un temor de miedo, sino un temor reverencial, de respeto y de amor a Dios Padre. Temor que nos fortalece, todo lo contrario, a anularnos. Por eso frente a nuestra sociedad, como cristianos, debemos ser vivos actores en la construcción de un mundo nuevo. Hacer presente la vida que brota de Dios y que nos anima. Debemos ser testigos de esta Buena Nueva. De esta Buena Noticia de la salvación.

Como lo hacemos cada veinticinco de agosto, venimos a agradecer, venerar y a encomendarnos a nuestro santo patrono, que dio nombre a nuestra Provincia. Hacer memoria de él en esta liturgia nos anima y alimenta a seguir sus pasos que no son otros sino, los de seguir los pasos de Jesús. Atento a nuestra época e historia propia. A hacer vivo el Evangelio hoy en tierras sanluiseñas. Desde su inicio, él contempla y protege a esta ciudad que creció y tiene identidad propia apoyada en su nombre, aprender a escuchar su mensaje expresado en su modo de vivir puede convertir a esta ciudad que él amó desde el inicio, en un espacio de Bien, de Justicia y de Paz.

Nuestras Iglesias y templos, son lugares de encuentro y casas donde las comunidades nos reunimos para rezar, para celebrar, para alimentar nuestro espíritu. Para formar comunidad como verdadera Iglesia. Pero nos equivocaríamos si solo nos quedamos en la conformidad de compartir solo intraeclesialmente, sino que debemos formarnos y alimentarnos para salir al encuentro…, llegar a quienes no conocen el amor de Dios. Nuestro anuncio no solo debe darse como palabra proclamada, como fe que se defiende de ataques externos, sino como testimonio vivo del amor de Dios que nos ha sido dado y nos llama justamente a hacerlo vivo y presente en el mundo.

La fe cristiana ha enriquecido siempre la historia del pueblo de San Luis. Esta fe ha sido quien acompañó la vida de este pueblo, sosteniéndolo especialmente en los momentos más difíciles.

Y a cada época le toca…, nos toca…, vivir esta fe encarnadamente.

Dejémonos iluminar por la Palabra y con las enseñanzas de Jesús, y ponerlas en práctica. Para ello contamos también con el ejemplo de los santos y, en este caso, con el ejemplo de San Luis. No para repetir exactamente lo mismo que él ha hecho. Hoy no debemos vestirnos de cruzados, ni de fantasear historias como si fuésemos cruzados que batallamos con la espada como soldaditos. Tenemos que aprender a poner en práctica sus virtudes a la vida y necesidad propia de hoy. Llevar a Dios en el verdadero amor, como claramente nos lo recordaba el Evangelio que acabamos de escuchar. Y tener un corazón atento y solidario para no seguir de largo frente a las duras realidades que sufren aquellos que están a nuestro lado.

San Luis ha sabido hacer una profunda síntesis entre la realeza propia de su vida y la realeza de Cristo que guía también su propia vida. Y supo vestirse simultáneamente con sus finas ropas de rey y su sayal de terciario franciscano que le hace redimensionar su vida y su poder. No quedó ni enceguecido ni obnubilado con su realidad, sino que supo ponerse al servicio de los pobres y de su pueblo que lo admiraba entre otras cosas, porque no hablaba mal de nadie y estaba siempre cerca de la gente. San Luis era el rey que hablaba a su pueblo él era el rey de la palabra cristiana.

San Luis es un santo laico. No era sacerdote… o religioso. Era un laico que vivió el evangelio. Nunca debemos olvidar que nuestro santo patrono ha llegado a la santidad desde ese lugar.

La santidad no es un status o privilegio de unos pocos, ni una tarea imposible. La santidad es un proceso… un camino hacia Dios que se va construyendo en la medida que dejamos que Dios vaya transformando nuestros corazones. Luego, esa misma santidad se verá reflejada en las acciones.

Claramente no han abundado los reyes santos. Pero, justamente, nuestro santo patrono nos marca que es posible. No fue fácil su lugar, salir de la tentación de tomarlo para su propio servicio, convirtiéndose en servidor. En él celebramos que no hay lugar donde la Gracia de Dios no llegue…, no hay lugar donde vivir la santidad no sea posible. San Luis rey supo hacer de su lugar en el mundo, un camino de Dios…, un camino del Evangelio. Su camino de santidad. Y esta experiencia nos enseña a todos. No es solo para algunos pocos. En las relaciones humanas y, a distintas escalas, todos debemos ser servidores. Vivir el evangelio. Ser servidores unos de otros. Ver al prójimo como sujeto de respeto y de cuidado. Como hermano y no como instrumento. Como persona que refleja la dignidad de los hijos de Dios y que se nos da como una oportunidad para llegar a Él.

Pido de un modo muy en especial, en esta Misa que celebramos juntos, que la Palabra escuchada, y el Pan de vida que compartimos abra nuestros ojos y corazón con la intercesión y ejemplo de San Luis rey, para que hoy, cada uno de nosotros y en nuestras propias realidades hagamos visible el amor de Dios que nos lleve a construir un mundo distinto, una sociedad de hermanos, que vaya preparando nuestro gran y definitivo encuentro, junto a todos los santos en la casa del Padre, allí donde ya no habrá ni llanto, ni dolor, ni muerte.

Cuánto deseo que la Iglesia de San Luis, muestre con la vida y testimonio de quienes formamos parte de ella, que aquí estamos, para caminar juntos en la fe y en la esperanza, saliendo particularmente al encuentro de aquellos que más necesitan del amor y de la misericordia de Dios que nos ha sido dada.

Mons. Gabriel Bernardo Barba, obispo de San Luis